Extraños en el tiempo
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Un chico llamado charlie
UN CHICO LLAMADO CHARLIE
Se apresuró por las calles iluminadas por la nebulosa luz de la luna.
Los apagones seguían siendo frecuentes y, si había algo de lo que podían estar seguros eso era, precisamente, que el servicio eléctrico ya no era de fiar.
Pasaba lo mismo con las llamas azuladas del gas, mientras que los puñados de carbón de contrabando no eran más que un recuerdo distante para la mayoría, sobre todo para aquellos como Charlie.
Seguían inmersos en las hostilidades que se habían tragado el mundo y que habían golpeado con especial ferocidad la ciudad donde él había nacido.
No obstante, a Charlie no le importaba la oscuridad; en realidad, en ese momento era una aliada para él.
Siguió deslizándose sobre los ladrillos amontonados que parecían un oleaje paralizado y rodeó las escuetas señales de advertencia de posibles proyectiles sin detonar.
Charlie había visto una vez una bomba desactivada.
Los toscos caracteres del artilugio estaban escritos en un idioma que en realidad no podía leer, aunque sabía qué decían exactamente:
GOTT VERDAMMT DIE ENGLISCHE
Bueno, Dios decidiría a qué pueblo condenaría, y él desde luego no creía que fueran a ser los ingleses.
Las cosas eran en ese momento mucho más esperanzadoras que un año antes, al menos según los fragmentos que captaba de la radio y las conversaciones que oía en las calles, y los titulares de los periódicos que conseguía atisbar.
Se subió la cinturilla de sus andrajosos pantalones con tres vueltas en el dobladillo.
Hasta la semana anterior habían estado doblados en una tienda de segunda mano en la que vendían artículos recuperados a cambio de unos chelines.
La cola salía por la puerta y serpenteaba por la acera, formada por desesperados habitantes del East End que querían incrementar sus escasas reservas de productos básicos.
Su abuela, que casi había agotado su asignación de ropa en la cartilla de racionamiento, había esperado pacientemente durante horas sobre la maltrecha acera para conseguirle a su nieto un par de pantalones decentes que al menos pudieran durarle todo el año siguiente.
Al final de las largas piernas patizambas de Charlie había unos zapatos que le estaban demasiado pequeños y lo obligaban a pisar con tiento incluso cuando tenía prisa, que solía ser siempre.
Cuando cesó un momento el aullido del viento que atravesaba los amplios y ominosos abismos en los que antes se habían alzado los edificios, Charlie oyó el trastabillante eructo de un automóvil que se acercaba.
Rápidamente se metió detrás de un contenedor de basura lleno de restos del bombardeo del edificio que tenía delante.
Cuando vio quién se acercaba, el niño se alegró de haberse escondido.
La pareja de agentes de ojos legañosos pasó por allí en su desvencijado Morris. Buscaban a gente como Charlie, gente que no se traía nada bueno entre manos; el dedo acusador del West End señalaba con tenacidad Bethnal Green, Stepney y East Ham.
No tramo na bueno, pero tengo una buena razón pa hacerlo, pensó Charlie.
Los pobres atesoraban sus posesiones porque siempre las tenían a la vista. Los ricos no echaban en falta aquello de lo que tenían cuatro unidades más. Por esto, Charlie no sentía ningún reparo al despojar a los pudientes de parte de sus excedentes.
El Morris desapareció en la noche y Charlie salió de detrás del contenedor de basura. Pasó junto a una tienda bombardeada sin escaparate ni puerta y miró el letrero que tenía delante: estamos MÁS ABIERTOS DE LO HABITUAL .
Su objetivo aquella noche estaba claro: zapatos.
La oferta de calzado para chicos de su edad era inusualmente escasa en Londres, aunque sabía que para aquellos con suficiente dinero tenía que haberla.
Bueno, él no tenía dinero, así que en su caso el proceso sería un poquito diferente, al menos desde el punto de vista de la ley.
Su destino era el San Salvador, un importante colegio. La mayoría de los estudiantes matriculados allí lo estaban debido a la influencia del dinero y de los títulos nobiliarios. Pocos habían conseguido acceso con méritos reales.
Charlie no tenía dinero, título nobiliario ni mérito.
No se dirigía a ese colegio para recibir una educación privilegiada o pensando en la gloria futura, sino para hacerse con unos zapatos decentes.
Habría preferido un trabajo remunerado al flagrante robo, pero era demasiado pequeño, demasiado maleducado, demasiado ordinario (un término que había oído más de una vez) para un empleo retribuido como, por ejemplo, el de ayudante de dependiente o carnicero.
E incluso en los trabajillos que encontraba de vez en cuando parecía que, cuando llegaba el momento de pagar, la gente encontraba todo tipo de razones por las que no podía separarse de sus chelines.
La lluvia cayó y embelleció lo que parecía ser una brillante capa de escarcha.
En realidad, era el cristal pulverizado de las ventanas rotas que después había fundido el calor de las bombas.
Bajo la intensa llovizna, aquella capa resplandecía como los restos metálicos de un avión, algo que Charlie también había visto.
Los aviones habían abundado en el cielo de Londres, y no todos se habían quedado en él.
Noche tras noche, con la máscara de gas puesta, Charlie se había acurrucado con el cuerpo tan tenso como un puño mientras el acero, los explosivos y los detonadores colisionaban contra el ladrillo, la piedra y el mortero, y a menudo, contra la frágil carne.
Uno nunca sabía cuándo algo caído de arriba te golpearía y sería el final.
Hasta entonces, él había sobrevivido a todo ello.
Se humedeció los labios finos y tomó aire profundamente.
No eres un niño.
Eres un hombre.
Compórtate como tal, Charlie.
Ese había sido su mantra desde hacía algún tiempo. Quizá lo sería el resto de su vida, por larga o breve que esta resultara ser.