28 · Lo que era
La roca se preparó para morir, y Lachlan la preparó como si morir fuera lo de menos.
Repartió a los hombres con el menguante ya empezado, partiendo en dos lo que no alcanzaba ni para uno: la mitad al cuello de la calzada, con Eachann y el erizo de lanzas, a aguantar el cebo; la otra mitad abajo, a las peñas de poniente, a recibir las quillas de don Guiberto cuando el agua dejara varar.
Dio cada orden una sola vez, sin levantar la voz, y los suyos las cumplieron sin rechistar, porque a esas horas hasta el último de ellos había entendido que de aquella no salían vivos, y los hombres que se van a morir no le discuten al que los manda.
—Las barcas de Cinaed, listas —le dijo a Coll—. En cuanto empiece, las mujeres y los críos al agua por el oeste, mientras poniente aguante. No esperéis orden mía.
—¿Y si poniente no aguanta?
—Entonces que salgan antes. —Le sostuvo la mirada al viejo—. Si yo caigo, la orden es esa, Coll. Al agua. Aunque queden hombres vivos en la roca. La sangre y los críos primero. Lo demás es ruido.
Coll asintió despacio. Llevaba cuarenta años sin necesitar que le explicaran de qué iba aquello.
Eachann lo cogió del brazo cuando pasaba a su lado.
—Te vas a poner tú en poniente. —No era pregunta—. En el peor sitio. Por donde primero van a romper.
—Donde más falta haga.
—Donde más fácil sea no volver, querrás decir.
—El viejo le buscó la cara—. Escúchame una cosa, que te conozco desde que me llegabas al cinto.
Esta roca te necesita vivo mañana más que muerto esta madrugada.
No te tires al hierro para no tener que pensar.
Eso no es morir por la manada, muchacho.
Eso es otra cosa, y la sabes tan bien como yo.
—Suéltame, Eachann. —Lo dijo sin rabia, que fue seguramente lo que más le preocupó al viejo—. Que tengo una guerra que perder.
Eilidh llegó con las hachas a la espalda y la cara todavía sucia de la pelea.
—Está abajo —dijo—. En la cámara del fondo, con barra y con Dùghall delante. No ha abierto la boca desde que la bajamos. Ni una palabra. —Lo miró—. ¿La sacamos un rato antes de que esto empiece? Por si sabe algo más. Por si hay otra puerta, otra hora, algo que no nos haya soltado.
—No.
—Lachlan. Si guarda una sola cosa más y no la sacamos, y entran por ahí, mañana—
—He dicho que no. —No alzó la voz, pero algo en cómo lo cortó le borró a Eilidh el resto de la frase—. No se la toca. No se le saca nada a tormento. Si esta roca cae hoy, no va a caer habiendo hecho eso. Lo demás, lo que sea, me lo llevo yo a la tumba antes que eso.
—Es la espía —dijo Eilidh, pero ya más bajo, casi a modo de aviso, no de pelea—. La que nos abrió la puerta. Te lo dije desde el primer día.
—Lo sé mejor que tú. —Y eso sí la calló del todo, porque era verdad, y porque por una vez Eilidh entendió que tener razón no le había dado a aquel hombre nada que se pudiera querer.
* * *
Subió a ver a su padre antes de bajar a ningún sitio, porque tenía claro que una de las dos cosas —la noche o el viejo— no llegaba al alba, y se temía que ninguna.
Domhnall llevaba días sin volver del todo, hundido en esa frontera donde los que se mueren pasan ya más tiempo del otro lado que de este.
Mór estaba a su vera, mojándole los labios con un trapo.
Pero al entrar Lachlan, el viejo abrió los ojos, y por una vez —la última, resultó— los tenía limpios, como si la cercanía del final le hubiera devuelto un rato la cabeza para que la gastara en algo.
—Suena a hierro ahí fuera —dijo. Le salía la voz en un hilo—. ¿Es esta noche?
—Es esta noche, padre.
—Bien. Que sea pronto, entonces. —Cerró los ojos, los volvió a abrir—. ¿Estás listo, hijo?
Y Lachlan, que llevaba horas siendo de piedra delante de todo el mundo, se encontró de rodillas junto al jergón, diciéndole la verdad, porque a un padre que se muere se le dice la verdad o no se le dice nada.
—Era ella —dijo—. La del halcón. Sorcha.
Era la espía de Reynold. Lo fue desde el primer día, mandada con todo medido, criada para esto desde la cuna.
Y yo lo supe a medias y no quise verlo. La encubrí, padre.
La protegí. La... —se le quebró la voz, una vez, y la dejó quebrarse, porque ya no quedaba nadie ante quien sostenerla— la puse por delante de la manada.
Hice justo lo único que me dijiste que no hiciera jamás un Faoláin.
Y a lo mejor la roca cae al amanecer por eso.
Esperó el reproche. Se lo había ganado. Lo necesitaba, casi: que el viejo le dijera te lo advertí, para tener algo duro a lo que agarrarse en mitad de todo lo blando.
Pero Domhnall no le dio el reproche. Lo miró largo, con aquellos ojos que la muerte le había aclarado para lo último, y lo que le salió fue peor.
—Pobre cría —dijo.
—¿Qué?
—La del halcón. Sorcha. —Cogía el aire a sorbos, entre frase y frase—.
¿Tú te crees que esa niña se fabricó sola?
La hicimos, hijo. Entre todos. Nosotros la dimos: de pecho, sin un mes cumplido, la pusimos en manos de Sorne con estas mismas manos.
Y Sorne la afiló veinte años y nos la devolvió por el filo.
La mitad la puso Reynold. La otra mitad la pusimos aquí, el día que la entregamos.
No le cargues a ella la cuenta entera, que la mayor parte la firmamos otros.
—Y de pronto se le encendió algo detrás de los ojos, una urgencia, como si recordara que tenía una cosa que contar y que se le acababa el tiempo de contarla—.
Escúchame. Esto no te lo acabé de decir aquel día, en el muro.
Lo de los críos que mandábamos al sur. Lo del precio que se paga.
Ella no tendría que estar viva, Lachlan.
¿Me oyes? Ni ella. Ni tú. Sois los dos que volvis—
Se quedó sin aire. La urgencia se le rompió en una tos honda que le dobló el pecho contra las mantas, y Mór se inclinó deprisa, y para cuando se le pasó la tos el viejo había resbalado otra vez hacia el otro lado, con los párpados a media asta, perdido de nuevo el hilo, dejando la frase colgada en el aire igual que la había dejado semanas atrás.
—Padre. —Lachlan le apretó la mano—. Padre, acábalo. ¿Los dos que qué? ¿Qué precio?
Pero Domhnall ya no estaba para acabar nada. Respiraba, y poco más.
—Déjalo —dijo Mór, muy bajo—. Por hoy ya no vuelve.
A lo mejor ya no vuelve nunca. —Y miró a Lachlan, y en la cara de la vieja había algo que a él le gustó todavía menos que el silencio del padre: miedo, y lástima, y un secreto del tamaño de aquella roca—.
Y eso que iba a decirte, muchacho... reza por no tener que enterarte nunca.
Esta noche tienes bastante con la guerra.
La otra cosa, si el mar te deja vivo para oírla, ya vendrá a buscarte ella sola.
—Si tú sabes lo que iba a decirme, dímelo tú. —Lachlan se puso en pie—. No me dejes a medias como me deja él.
—No. —La vieja le sostuvo la mirada sin pestañear—.
Hay cosas que se cuentan y cosas que se heredan, y esta se hereda.
No soy yo quien te la pone en la mano. —Le agarró la muñeca con una fuerza que no le pegaba al cuerpo seco que tenía—.
Pero júrame una cosa, Lachlan. Si vuelves vivo de ese muro, ven a verme a mí antes de decidir nada de la de ahí abajo.
Antes de soltarla, antes de colgarla, antes de tocarle un pelo. A mí primero. Júramelo.
—¿Por qué?
—Porque lo que tú crees que tienes encerrado ahí abajo y lo que hay de verdad no son la misma cosa. Y porque a lo mejor esa cría es lo único que se interpone entre esta roca y algo mucho peor que el rey. Júramelo.
—Te lo juro —dijo, sin entender, y fue el único juramento de aquella madrugada que no supo que iba a tener que cumplir.
—Pues anda. Ve a pelear.
* * *
Bajó a las entrañas de la roca cuando ya no le quedaba nada más arriba que mandar.
No para hablar con ella. Él mismo había dado la orden: que no hablara con nadie. Bajó porque los pies lo llevaron, como llevan a un hombre a mirar por última vez una casa antes de que arda.
La tenían en la cámara del fondo, la que la roca guardaba para lo que no quería que tocara el agua: una puerta de roble viejo con una barra echada por fuera. Dùghall montaba guardia y se apartó al ver al laird, sin preguntar nada.
Lachlan se quedó delante de la puerta. Dentro no se oía nada.
Ni llanto, ni golpes, ni voz pidiendo. Claro que no.
La habían criado para no hacer ninguna de esas cosas.
Estaría sentada en lo oscuro, derecha, esperando lo que viniera, igual que esperaba el halcón con la caperuza puesta: quieta, porque le habían enseñado que quieta es como menos duele.
Puso la mano en la barra.
Y se quedó así, con la palma en el hierro frío, el tiempo que tardó en entender una cosa que le dio más miedo que todo el ejército que esperaba la marea: que lo único que quería en el mundo, horas antes de morir defendiendo aquella piedra, era levantar la barra.
Entrar. Sentarse con ella en lo oscuro. Dejar que le mintiera otra vez, si hacía falta, con tal de oírle la voz una vez más antes del hierro.
Y que ese querer —ese exactamente— era la prueba de que tenía que dejar la puerta como estaba.
Porque un hombre que abre esa puerta esta madrugada no es un laird.
Y un laird con esa mujer del otro lado no defiende ninguna roca.
Su padre se lo había dicho con el último aire que le quedaba claro.
Ningún Faoláin. Por mucho que la quisiera. Ninguno.
Quitó la mano del hierro.
—No voy a entrar —dijo, bajo, contra la madera; no a ella, o puede que a ella, ya no sabía distinguir las dos cosas, igual que ya no sabía distinguir nada que tuviera que ver con aquella mujer—.
¿Me oyes? No voy a entrar. Ni esta noche ni ninguna.
Te di un nombre porque creí que era lo único tuyo que no había tocado nadie antes que yo.
Lo único limpio. Y me equivoqué hasta en eso.
Resulta que no hay un solo trozo de ti que no viniera ya apuntándome desde antes de que nacieras.
Ni el nombre. —Cogió aire—. Así que quédatelo tú, Sorcha. Yo ya no lo quiero en la boca.
No hubo respuesta del otro lado. No la esperaba. A lo mejor —pensó, y fue lo último blando que se permitió en mucho tiempo— ni siquiera lo había oído.
Subió a morir a su muro. Y a su espalda dejó la puerta cerrada, con la barra echada, y detrás de la barra a la única persona que en treinta años de vida lo había conocido entero, por dentro, hasta el fondo; que había resultado ser, de cabo a rabo, de la cuna a aquella hora, un arma que le fabricaron despacio y le mandaron a casa con cara de mujer y voz para decirle al oído lo que él necesitaba oír.
Y mientras subía hacia el hierro y el agua, Lachlan MacFhaoláin consiguió por fin la cosa que su padre llevaba toda la vida pidiéndole y que él, hasta entonces, no había sabido darle entera: la manada por delante de todo.
De todos. Sin nadie dentro. Sin una sola persona a la que dejar pasar de la puerta.
Le había costado quedarse solo del todo para conseguirlo.