Extraña entre los lobos 26 · Cerco de sospechas
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26 · Cerco de sospechas

Faltaban horas para el menguante, y la roca entera contenía la respiración.

Lachlan llevaba toda la noche en el muro, mirando los fuegos del rey amontonarse en la cabeza de la calzada, repartiendo a su gente como se reparte lo poco que se tiene cuando se sabe que no va a alcanzar.

No había dormido. No iba a dormir. Tenía a su padre apagándose en la alcoba de arriba, sin volver ya en sí, y abajo a doscientos hombres y a una manada de viejos y de críos esperando que él, que mandaba ahora, encontrara la manera de que el mar siguiera siendo su muralla unas horas más.

Y tenía, clavado entre todo lo demás, el aviso de la del halcón.

No defendáis solo la calzada. Os entra por el mar, por poniente.

Se lo había quitado de la cabeza a fuerza de voluntad, porque no podía mover la guerra entera por una corazonada de la única persona a la que media manada quería colgar; porque, si le hacía caso y venían por la calzada como decía Coll, perdían la roca por haberla creído a ella.

Lo había descartado. Y aun así volvía, una y otra vez, como vuelve una piedra al zapato: ¿y si tenía razón?

—Deberías bajar a dormir un rato —le dijo Eachann, a su lado—. Mientras se pueda. Luego ya no se va a poder.

—Duerme tú, si puedes. —Lachlan no apartó la vista del agua—. Yo me quedo. Eilidh sigue fuera, ¿no?

—Salió con cuatro a tantear la orilla en cuanto cayó la noche. A ver si pillaban a alguno suelto y le sacaban por dónde piensan entrar. —Eachann escupió—. Como si hiciera falta. Ya sabemos por dónde. Por la única puerta que tenemos.

—¿Y si no? —Lachlan lo dijo sin pensarlo, mirando el agua negra de la cara de poniente, la que no vigilaba nadie—. ¿Y si se amontonan en la calzada solo para que miremos ahí, y entran por otro lado? Por el mar. Por aquí.

Eachann lo miró como se mira a un hombre que lleva demasiadas noches sin dormir.

—¿Por poniente? ¿Con qué, Lachlan, a nado?

Para arrimar quillas a estas rocas hay que leer el agua tan bien como Coll, y los del rey son gente de tierra adentro: de caballo y de torre.

No saben leer una marea ni para pescar una caballa.

—Le puso una mano en el hombro—. Te lo está metiendo ella en la cabeza.

La del halcón. Lleva un día llenándote de pájaros.

No te la quites de encima ni para hacer la guerra.

Y Lachlan calló, porque era verdad que se lo había metido ella, y porque no podía explicarle a Eachann por qué la corazonada de una espía le pesaba más que la lógica de un hombre honrado.

* * *

Eilidh volvió antes de lo previsto, y volvió deprisa, y eso ya fue señal de que traía algo.

Subió al muro con tres de los suyos —faltaba uno, y nadie preguntó por él— empujando por delante a un hombre maniatado, un sornés con la cara partida y la nariz sangrando, que miraba a los lobos con el odio cansado del que ya se da por muerto.

Y en la otra mano, Eilidh traía un rollo de pergamino lacrado, y lo traía como se trae una cabeza cortada.

—Lo cogimos volviendo a su orilla por la lengua de arena —dijo, y le brillaban los ojos de una manera que a Lachlan no le gustó—.

Correo. Llevaba esto cosido en el forro.

—Le tendió el pergamino—. No lo he abierto.

Quería que lo abrieras tú. Delante de todos.

Porque me da en la nariz, Lachlan, que aquí dentro está lo que llevo semanas diciendo, y por una vez quiero que lo leas tú en voz alta, no yo.

Se había juntado gente. Eachann. Coll. Media docena más, atraídos por el prisionero y por la cara de Eilidh. Lachlan rompió el lacre —cera roja, el sello de los Sorne, no le hizo falta más para que se le secara la boca— y desenrolló el pergamino al hilo de una antorcha.

Era una orden. De campaña. Letra de escribiente, latín por medio, el estilo seco de los del sur. La leyó por encima primero, deprisa, y luego más despacio, porque la primera lectura le había parado el corazón y necesitó la segunda para creérsela.

—Lee —dijo Eilidh—. En voz alta. Para todos.

Lachlan leyó. Le costó, porque la voz no quería salirle.

—«...el grueso se mostrará en la cabeza de la calzada al caer la tarde, con barcas y haces, de modo que toda su fuerza acuda a guardar el paso.

..» —Levantó un momento la vista hacia el agua, hacia el ejército amontonado tan a la vista, tan fácil de leer, y por dentro se le abrió un agujero—.

«...y el golpe verdadero lo dará don Guiberto por la mar, con las naves, sobre la cara de poniente, en cuanto la marea deje varar las quillas; que estará desguarnecida, pues hacia allí no esperan ataque. »

Un silencio. Coll soltó el aire entre los dientes. La calzada era el cebo. Poniente era el golpe. Exactamente lo que ella había venido a decirle, palabra por palabra, y él le había dicho que no.

—Sigue —dijo Eilidh, muy bajo—. No has llegado a lo que importa.

Y Lachlan, que ya sabía que lo que importaba venía, llegó a la última línea, y la leyó porque no leerla habría sido más cobarde todavía.

—«Todo ello conforme a lo que nos tiene dispuesto nuestra gente dentro de la roca: la rehén que les devolvimos, Isobel de Sorne, que les abrió la puerta y nos la tiene abierta. Hónrese su servicio cuando la plaza caiga.»

Nadie dijo nada. El prisionero sonreía, con la boca rota, mirando a Lachlan, porque había entendido lo que acababa de pasar.

—No me miréis así. —Escupió un diente con la sangre—.

Yo solo llevo el correo. Pero es verdad, montañés, hasta la última letra.

Lleváis meses durmiendo con la que os abrió la puerta.

La del pelo claro. La del halcón. —Se rió, un sonido húmedo—.

Esa la criamos nosotros, desde cría, para esta noche.

Y vosotros la sacasteis medio ahogada del mar y os la metisteis en casa, y la calentasteis, y le disteis de comer.

Don Reynold lo dijo antes de mandarla: que los lobos son tan brutos que adoptarían al lobo que viene a comérselos, con tal de que llegue mojado y temblando. —Volvió a reírse—. Y mirad.

Uno de los lobos le cruzó la cara con el revés de la mano y lo calló. Pero ya estaba dicho, y era lo mismo que decía el pergamino, solo que ahora tenía voz, y la voz lo hacía peor.

Y Eilidh, que no sonreía, que tenía la cara de quien lleva razón y por una vez no le encuentra ningún gusto, dijo solo dos palabras:

—Te lo dije.

* * *

Lachlan se quedó con el pergamino temblándole un poco en la mano, y por dentro las dos cosas que decía aquella orden le golpearon por separado, como dos olas distintas.

La primera: que ella tenía razón. Que el golpe venía por poniente.

Que si él hubiera defendido solo la calzada, como pensaba, como Coll decía, habría echado a su gente entera a guardar un cebo mientras las naves de don Guiberto desembarcaban por la espalda, sobre la cara desguarnecida, sobre el sitio por donde esa misma noche iba a sacar a los niños.

El aviso de la del halcón acababa de salvarle la roca.

No el aviso, se corrigió: el despacho. Ahora lo sabía por el despacho.

Pero ella se lo había dicho antes. Ayer. Rogándoselo.

Y la segunda, la que le partía: que la del halcón era la espía.

Estaba escrito. Con su nombre. Con el sello de Sorne.

La rehén que les devolvimos, que les abrió la puerta.

No era ya la sospecha de Eilidh, ni una barca al alba, ni un fardo hundido en el mar.

Era una orden de campaña del enemigo que la nombraba como suya.

El trazado, las cuevas, la manera de respirar de la roca: todo lo que llevaba semanas goteando hacia el sur había salido de aquella mujer.

Eilidh tenía razón desde el primer día. Desde que la sacaron del mar.

Y entre las dos olas, ahogándose, Lachlan se agarró a la única tabla que flotaba, y era una tabla que no tenía ningún sentido:

¿Por qué?

¿Por qué una espía, la noche antes de que su amo cerrara la trampa que ella misma había preparado, iba a bajar a rogarle al enemigo que guardara poniente?

¿Por qué iba a venir a desmontarle la finta a su propio rey?

Una espía que quiere que la plaza caiga calla.

Deja que ataquen por donde nadie los espera.

No corre a avisar a la presa. Y ella había corrido.

Le había rogado, con una cara que él no le había visto nunca, que no mandara a los niños por poniente.

No encajaba. La mujer del despacho y la mujer del muro de ayer no eran la misma, y eran la misma, y Lachlan no sabía cómo caben dos mujeres en un solo cuerpo sin que una de las dos sea mentira.

—Hay que cogerla —dijo Eachann, en voz baja, casi con pena—. Ya, Lachlan. Antes del asalto. No puedes dejar suelta por la roca a la que pone esto —señaló el pergamino— la noche que entran. Si esto es verdad, esta noche, mientras peleamos, ella tiene las manos libres para abrirles la última puerta.

—Cogerla, no. Colgarla. —El que habló fue uno de los jóvenes, con el miedo hecho rabia—. De la roca, de cara al rey, para que vean lo que les hacemos a los suyos. Para que sepan que su perra ya no les sirve.

—La cuelgas y le haces a Reynold el favor que no le hicimos nosotros.

—Lachlan no levantó la voz, pero algo en ella los hizo callar a todos—.

Pensad un momento, antes de tener tantas ganas.

Esto —golpeó el pergamino con dos dedos— nos lo ha mandado el enemigo.

Atado a un correo que dejamos coger demasiado fácil, en la lengua de arena, la noche antes de entrar.

¿No os huele a nada? A mí me huele a que quieren que lo encontremos.

A que quieren que nos volvamos contra ella, que nos peleemos entre nosotros esta misma noche, que colguemos a una de los nuestros con sus propias manos mientras ellos cruzan.

Reynold Sorne no regala una verdad si no le saca un muerto.

—¿Una de los nuestros? —Eilidh se rió sin gana—. No es de los nuestros, Lachlan. Esa es justo la cuestión. Nunca lo fue.

—Hay que oírla —dijo él, y le salió ronco, y supo, al decirlo, que acababa de gastar el último resto de crédito que le quedaba con su gente—. Antes de cogerla, de colgarla o de creerla. Oírla. Una vez. Yo. Es lo único que pido.

Eilidh lo miró largo. No con rabia: con algo peor, con lástima.

—La quieres —dijo—. Lo sé. Te lo avisé también, eso, hace tiempo: que no confundieras quererla con fiarte de ella.

—Negó con la cabeza—. Óyela, si te empeñas.

Eres tú el que manda, mientras tu padre respire.

Pero óyela con esto en la mano —le tocó el pergamino— y con cuatro hombres en la puerta.

Porque lo que tienes ahí no lo desmiente ni la mejor boca del mundo.

Y la suya, montañés, es la mejor que he visto mentir en mi vida.

* * *

Lachlan iba a contestar. Iba a decir algo —no sabía el qué, algo que ganara tiempo, que aplazara lo inaplazable una hora más, lo que fuera con tal de no tener que ir a buscarla con un nudo de hombres detrás y la prueba de su traición en el puño—.

Pero levantó la vista. Y no le hizo falta ir a buscarla.

Porque venía ella.

Cruzaba la roca hacia el muro, hacia él, en mitad de la noche y de los preparativos, con Dùghall siguiéndola sin atreverse a pararla, andando derecha, sin esconderse, con la cara de quien ha tomado una decisión y va a cumplirla cueste lo que cueste. Venía hacia él. A propósito. A decirle algo.

Y Lachlan se quedó allí, con la orden de campaña que la condenaba apretada en una mano, mirando acercarse a la mujer que le había salvado la roca y que se la había vendido, sin saber —porque no podía saberlo— que la del halcón venía, esta vez, a contarle por fin la verdad entera con su propia boca; que él la iba a recibir con la prueba en el puño y cuatro hombres a la espalda; y que, de las dos maneras que tiene una confesión de llegar tarde, la peor es llegar en el mismo aliento que la condena.

Todo apuntaba a ella.

Y ahí venía ella, derecha, a entregarse, sin saber que ya no le quedaba nada que entregar que él no tuviera ya escrito, con el sello de su padre, en la mano.