25 · Deshacerlo
La roca entera se había puesto a prepararse para morir con un orden que a Isobel le encogió lo que le quedara dentro.
No la habían encerrado. Lachlan no lo había consentido —soy su fiador, había dicho, y eso, en aquella costa, pesaba más que el recelo de Eilidh—, pero le habían puesto a Dùghall a tres pasos, con cara de no querer el encargo.
—No voy a saltar al mar, muchacho —le dijo ella, sin volverse—. Puedes mirar el agua, que es más bonita que mi nuca.
—Tengo órdenes de mirarte a ti —contestó Dùghall, incómodo—. Lo siento. No es nada personal.
—Ya. —Casi le dio pena—. A mí tampoco me lo parecía, lo que hacía. Y mira.
Y volvió a mirar la otra orilla, porque era lo único que le quedaba por hacer, y mirando la otra orilla empezó a sentir un hielo en la nuca que no tenía nada que ver con el viento.
Algo no cuadraba. Y lo veía solo ella, porque a ella la habían criado precisamente para ver lo que los demás no ven.
El ejército del rey se amontonaba en la cabeza de la calzada. A la vista. Todo él. Barcas, haces, tablones, hombres y más hombres, colocándose despacio frente al único sitio por el que se cruzaba a pie, como quien anuncia a gritos por dónde piensa entrar.
Y eso —lo evidente, lo limpio, lo fácil de leer— era justo lo que la helaba.
Porque ella conocía la mano que movía aquel ejército.
La había estudiado veinte años sin saber que la estudiaba.
Y Reynold Sorne no daba nunca el golpe que se veía venir.
Reynold te enseñaba una puerta, te hacía juntar a toda tu gente delante de ella, y entraba por otra que ni sabías que tenías.
Su vida entera había sido eso: enseñarle a una niña un padre y un hermano por delante mientras por detrás, callado, le afilaba un cuchillo.
Veinte años de finta. ¿Iba a hacer ahora, con una roca, algo más burdo de lo que había hecho con ella?
No. Aquella calzada erizada de hombres era el cebo.
El golpe de verdad venía oculto, y caería tarde, cuando los lobos ya hubieran echado todo a defender el paso y botado las barcas.
Y a una roca en el mar solo se la podía sorprender por un sitio: por el mar.
Por la cara de poniente. Por donde el rey aún no se dejaba ver tras los cabos.
Por donde, esa misma noche, Lachlan iba a mandar a las mujeres, a los viejos y a los niños rumbo a Cinaed.
Los iba a meter en unas barcas y los iba a mandar a remar, en lo oscuro, derechos hacia donde Reynold tenía escondido el golpe.
A Isobel se le secó la boca. Lo veía tan claro como si lo hubiera planeado ella —y en parte lo había planeado, semanas atrás, cuando le contó a Crisdean cómo respiraba esta roca—.
Los lobos iban a guardar la puerta equivocada, los inocentes iban a remar hacia una emboscada, y ella era la única en toda la roca que lo sabía.
Y no podía decirlo.
Lo intentó de la única manera que se le ocurrió sin abrir el precipicio: por la marea. Bajó hasta Coll, que leía el agua de poniente con el ceño fruncido, y se le puso al lado como si solo mirara el mar.
—Coll. La hora que abre la calzada esta noche. La misma que la seca. —Habló bajito—. Esa hora también arrima una quilla a estas rocas de poniente, ¿verdad? El agua no distingue.
El viejo la miró de reojo, sin sorpresa, como quien ya había pensado lo mismo y no le había gustado.
—No distingue, no. —Volvió la cara al agua—. Quien sabe cuándo se seca el paso sabe cuándo puede acercar barcas a esta cara. Sí. Lo había pensado yo también, muchacha. No me hace falta que vengas tú a decírmelo.
—Pues decídselo a Lachlan. Que no deje poniente sin guardar.
—Yo leo el agua. No mando la guerra. —Coll escupió a un lado—.
Y aunque la mandara: tu palabra, hoy, en esta roca, no vale ni la marea baja.
Si el aviso de guardar poniente sale de la boca de la del halcón, Eilidh no oye un aviso.
Oye una trampa. Oye a la espía mandándonos quitar hombres del paso por donde de verdad vienen.
—La miró, y no había crueldad, solo cansancio—.
Si sabes algo, muchacha, vas a necesitar algo más que una corazonada para que te lo crean.
Vas a necesitar contarles de dónde lo sacas.
Y eso, por la cara que traes, es justo lo que no quieres contar.
Isobel no le contestó. No hacía falta. El viejo había puesto el dedo en el centro exacto de la herida.
* * *
Lo encontró en la cara de poniente, dando instrucciones a los que aparejaban las barcas. Se le había puesto, en un día, cara de viejo. Dùghall la siguió a tres pasos; Lachlan le hizo un gesto y el muchacho se apartó lo justo para no oír.
—Tenéis que escucharme —le dijo ella, bajo, deprisa—. Sé cómo suena viniendo de mí. Escuchadme igual.
—No es buen momento, halcón. Estoy mandando una guerra.
—Es por la guerra. —Le sostuvo la mirada—. Esos de enfrente, amontonándose en la calzada a la vista de todos: no os fiéis de eso.
—Es por donde se cruza. Por donde van a venir. Lo dice Coll, lo ha visto medio muro. ¿Qué quieres, que defienda el lado por donde no vienen?
—Quiero que no defendáis solo ese. —Habló más rápido—.
Quien amontona su gente tan a la vista, tan fácil de leer, es porque quiere que mires ahí.
Para que pongas toda la fuerza ahí. Y mientras miras la calzada, te entra por otro lado.
Por el mar. Por esta cara. —Señaló el agua con la barbilla—.
No mandéis las barcas esta noche, Lachlan.
O no con niños dentro. Guardaos hombres para poniente.
Os lo pido como no os he pedido nada en mi vida.
Lachlan dejó en el suelo el rollo de cuerda que tenía en las manos. La miró largo, y en esa mirada Isobel vio pelear las dos cosas que llevaban días peleando dentro de él: el hombre que la quería y se lo había dicho sabiendo lo que era, y el jefe al que media manada le pedía la cabeza de ella.
—Eso que dices —habló despacio— es lo que haría un buen general.
Amagar por un lado y entrar por otro. Lo sé.
Yo lo haría. —Entornó los ojos—. Pero hay mil maneras de saber que un enemigo puede amagar.
Tú no me dices que puede. Me dices que va a hacerlo.
Con esta certeza. Esta noche. Por poniente. —Bajó la voz—. ¿Cómo lo sabes, halcón?
Y ahí estaba. La pregunta. La única que no podía contestar.
—Lo sé y ya está. Hacedme caso.
—No me vale. —No se enfadó; fue peor, le habló casi rogando—.
No me puede valer, ¿lo entiendes? Llevo un día tapándote.
He puesto mi nombre por el tuyo en esa piedra, delante de todos, delante de Eilidh, que tiene razón en todo menos en el final.
Y ahora me pides que mueva la defensa entera, que deje el paso flojo, que no saque a los críos por donde los tengo que sacar, ¿por una corazonada que ni me explicas?
—Dio un paso—. Si te hago caso y luego vienen por la calzada como dice Coll, y la encuentran floja por haberte creído a ti, se acabó.
No yo. La roca. Necesito poder decirle a la manada por qué.
Una razón, Sorcha. Una sola que yo pueda repetir sin que me arranquen el mando, y muevo a todo el mundo esta misma noche. Te lo juro por la roca. Dame con qué.
—No puedo daros la razón sin... —Se mordió el resto. El borde del precipicio estaba ahí, a un palmo, y al otro lado estaba todo lo que tenía que perder.
—¿Sin qué? —Le buscó los ojos, y le habló muy bajo, casi con miedo, como quien tira de un hilo sabiendo que al final hay algo que no quiere encontrar—. Termina la frase. No puedes sin... ¿qué?
La había llamado Sorcha. Otra vez. El nombre que ella le rechazó, el que dijo Mór una sola vez.
Lo soltaba bajito, en mitad de la guerra, como se sujeta algo que no se quiere dejar caer.
Y a Isobel se le partió por dentro lo poco que le quedaba entero, porque entendió para qué lo decía: para recordarle, sin decirlo, lo que se prometieron la otra noche.
No te quiero a pesar de lo que eres. Te quiero sabiendo lo que eres.
Solo que no la sabía. Le faltaba el último trozo. Y terminar aquella frase era enseñárselo.
Abrió la boca. La verdad le subió hasta los dientes: no puedo deciros cómo conozco a ese hombre sin deciros que soy lo que él fabricó.
Y no la dijo. Allí no. No con Dùghall a tres pasos, los remeros mirando de reojo y media manada esperando una excusa para colgarla antes de que le diera tiempo a usar lo que sabía.
—Nada —dijo, y la voz le salió rota—. Da igual. Olvidadlo.
Y vio en su cara que aquello —que ella se cerrara justo ahí, justo cuando él le rogaba que se abriera— le pesó más que ninguna acusación de Eilidh. Que cada vez que ella callaba, Lachlan tenía que sostener un poco más solo, y con menos, el peso imposible de seguir creyéndola.
—Como quieras. —Y se le había metido escarcha en la voz—.
Defenderé la calzada, que es por donde vienen.
Y sacaré a los míos por poniente, que es la única salida al mar que les queda.
No me juego a mi gente entera a un presentimiento que ni quieres contarme.
—Recogió la cuerda del suelo—. Pero si sabes algo, halcón, lo que sea, este es el momento.
Esta noche se muere gente. Mañana ya no le sirve a nadie lo que sepas.
Y se dio la vuelta, y siguió aparejando las barcas que iban a llevar a los niños justo hacia donde ella sabía que esperaba la muerte.
* * *
Isobel volvió al muro y se quedó mirando el agua sin verla. Las cuentas ya las había hecho, y todas eran malas.
Si callaba, protegía el único trozo limpio que le quedaba en el mundo —aquel hombre que la había querido con los ojos abiertos—, y a cambio la manada echaba su fuerza al sitio equivocado, las barcas salían por poniente, y Reynold cerraba la trampa sobre una cara desguarnecida y sobre unos botes llenos de viejos y de críos.
Tormod entre ellos. Los niños de las cuevas.
Morirían casi todos, porque ella prefirió no hablar.
Y si hablaba, les daba con qué defenderse; pero el precio estaba escrito y no admitía regateo.
En el instante en que dijera yo abrí esa puerta, conozco a quien os ataca porque me crió él, dejaría de ser, para Lachlan, la mujer que había querido.
La colgarían de la roca. Y antes, vería apagarse en su cara lo único que había sido suyo de verdad en toda su vida.
No había forma de salvarlos sin perderlo. Lo miró por todos los lados, con la frialdad con que la habían enseñado a mirar, y no la encontró.
* * *
Y entonces, de rodillas por dentro aunque de pie por fuera, frente a un mar que pronto se llenaría de muertos, la cosa sin nombre que dos casas habían fabricado para ahogar y para cortar tomó, por primera vez en su vida, una decisión que no le había mandado nadie.
No la tomó por buena. No había ninguna buena; ya lo había comprobado.
La tomó porque, de todas las maneras horribles de acabar, había una sola que podía mirar de frente: que no fuera por su culpa.
Que el cuchillo, por una vez, en lugar de abrir una garganta, se pusiera de filo entre la gente y el golpe.
Aunque se rompiera al hacerlo. Aunque perdiera al único que lo había sostenido sin cortarse.
Reynold la había criado para destruir esta roca.
Pues iba a usar todo lo que Reynold le había metido dentro —las lenguas, la cabeza fría, conocer la mano del enemigo mejor que el propio enemigo— para hacer justo lo contrario.
Iba a desmontarle la finta. Aunque la verdad que hacía falta para desmontarla le costara el cuello y le costara a él.
Se apartó del muro. Dùghall se puso tenso.
—Voy a hablar con Lachlan —dijo, y le salió tranquila, la voz de quien ya cruzó el puente y solo le queda andar por el otro lado—. A solas. Luego me atas a lo que quieras. Pero ahora apártate, muchacho, que no me queda mucha noche y la voy a gastar entera en contar la verdad.
Dùghall la miró. Era joven, y tenía la mano en el cuchillo, y no sabía qué hacer con una presa que pedía ir derecha hacia el jefe en vez de huir de él.
—Si das un mal paso —dijo, y le tembló—, te paro. Lo sabes.
—Lo sé. Pero no voy a dar un mal paso. Voy a dar el peor de todos. —Casi le sonrió—. Y ese no lo para ni tú ni nadie.
Y echó a andar hacia la cara de poniente, hacia el hombre que la quería sabiendo lo que era, a quitarle eso también; a salvarle la gente con la única moneda que le quedaba: él.