Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

El periodo de tiempo inmediato que seguía a un incidente muy intenso provocaba que Tom Janssen mostrara su verdadera naturaleza.

En el pasado, había visto a distintos compañeros reaccionar de diversas formas.

Algunos se tomaban un tiempo para ellos mismos, alejándose tanto de sus compañeros de trabajo como de su familia.

El inspector sospechaba a veces que le daban a la botella a escondidas.

Otros se reunían en algún pub de por ahí para calmar los nervios y la ansiedad residual bebiendo juntos.

En el pasado, él también habría participado de cosas de ese estilo.

Al fin y al cabo, era lo que se hacía. Sobre todo, los de la vieja guardia.

Pero él no. Ya no. La impresión general que la gente tenía de él era que poseía una gran capacidad para afrontar las situaciones y para tomarse cualquier acontecimiento con calma, que era una persona segura y digna de confianza.

Esa reputación era razonable y él no veía necesidad alguna de cuestionarla.

Nunca había sido una persona a la que le gustara armar alboroto o compartir sus sentimientos, independientemente de las circunstancias.

En retrospectiva, lo que solía hacer era esconderse un poco después del incidente en cuestión.

No tanto en su vida profesional, pero sí en la privada.

No era algo saludable, pero era una característica que había reconocido en sí mismo a lo largo de los años y sabía que tenía que trabajar en ello, pero siempre se hacía el loco.

Sentía que no podía hacer nada al respecto.

En realidad, no era más que una elección propia.

Así era como había terminado de vuelta en su tierra, en Norfolk.

Samantha y él habían querido cosas diferentes de su matrimonio.

Él no se dio cuenta de ello hasta el momento en el que se la encontró en la cama con uno de sus mejores amigos y compañeros de trabajo.

El shock, el dolor y la humillación fueron demasiado para él, por lo que se quitó de en medio.

Ahora, Samantha había vuelto a su vida. Para ser honestos, ella nunca lo había llegado a dejar.

Su presencia siempre estaba ahí, como en segundo plano, observándolo desde la distancia.

A pesar del daño que le había hecho, de todo el dolor que sufrió, los sentimientos seguían ahí.

Si acaso, solo se habían intensificado. ¿Se deja de amar a alguien porque te haya hecho daño o tal vez el rechazo solo sirva para reforzar los lazos que te unen con esa persona?

Después de todo, él no se había tomado jamás a la ligera el hecho de entregarle su futuro a nadie.

Era algo para toda la vida. Ese era el compromiso, la expectativa.

Y, sin embargo, allí estaba Janssen, dudando de esas decisiones.

Durante la mayor parte de los últimos dos años había seguido adelante como si aquel compromiso ya no fuera viable.

Consideró que la intensidad de sus sentimientos eran en realidad el reflejo de lo que creía haber perdido y no de sus necesidades verdaderas.

Cuando Samantha entró en su casa, el barco en el que ahora se encontraba, y le echó un vistazo, le dijo que aquello no era algo que estuviera hecho para él.

Que tampoco le pegaba vivir en Norfolk. Samantha tenía razón en que se había marchado de allí y se había ido a Londres porque era el lugar en el que quería estar.

Eso era lo él había creído que necesitaba.

Sam se había equivocado. Ambos lo habían hecho.

Unos pasos en la cubierta anunciaron su llegada.

Janssen sintió una opresión en el pecho de una forma que no había experimentado cuando se enfrentó a lo que creía que era una escopeta cargada.

Le pareció extraño. Ella llamó a la puerta y él la invitó a entrar desde abajo.

Cuando la vio bajar los escalones, respiró hondo.

Alice sonrió. Era una sonrisa forzada. Estaba nerviosa. Al igual que él.

—Hola —lo saludó ella. Se detuvo en medio de la cocina, con las manos en los bolsillos del abrigo.

—¿Cómo estás? —le preguntó él. La pregunta sonó vacía y Alice se encogió de hombros con indiferencia, ocultando sus sentimientos—. ¿Quieres algo? ¿Una copa de vino o un té?

Ella negó con la cabeza.

—Saffy está con mi madre —dijo, mirando a su alrededor sin fijarse en nada en particular—.

Tengo que ir a recogerla dentro de un rato, pero, cuando me has llamado, parecías…

—Dejó la frase sin terminar y lo miró a los ojos—.

Parecía algo importante. ¿Estás bien? —le preguntó, entrecerrando los ojos.

—Sí, estoy bien —dijo él, desestimando la pregunta.

Se estaban midiendo el uno al otro. La última vez que Alice estuvo allí, Janssen había ensayado las palabras, había planeado la noche como si de una operación policial se tratase.

Todo salió terriblemente mal, pero él tenía un plan.

En esa ocasión, no había ninguna sofisticación. Tan solo tenía que decir las cosas.

—Escucha, la otra noche… —dijo Janssen, haciendo una mueca al recordar—. No deberías haberte enterado de esa manera. Te he ocultado cosas y…

—Tom —lo interrumpió ella, levantando una mano—, no tienes que darme explicaciones. Bueno, sí, obviamente sí… Pero no de esta forma. Cuando estés listo para hablar de ello, yo voy a estar ahí para escucharte. Pero tiene que ser cuando tú estés listo, no porque sientas que me debes algo.

—Te debo una explicación —protestó él—. Y, como mínimo, una disculpa de verdad. La he cagado… muchísimo.

Alice se rio.

—Eso es quedarse corto. Sí, la has cagado —dijo la mujer, cuya sonrisa se desvaneció—.

Pedirle a una persona que se case contigo cuando tú ya estás casado…

Y, además… —continuó, inclinando la cabeza hacia un lado—, que tu mujer llegue justo cuando lo estás haciendo…

Sin duda, es una proposición de matrimonio que quedará para la historia y se recordará durante mucho tiempo.

Ahora le tocó a él reírse, pero con un sentido del humor bastante macabro.

—Sin duda, fue memorable —admitió.

La expresión de Alice se volvió melancólica. Parecía buscar las palabras adecuadas.

—Todos cargamos con un bagaje, Tom. Hay cosas que ocultamos a nuestros seres queridos, incluso a nosotros mismos. Lo que necesito saber es hacia dónde crees que nos dirigimos. Viendo los acontecimientos actuales —continuó Alice, enarcando las cejas—, ¿vamos hacia algún sitio juntos?

—Samantha —comenzó Janssen, mirándola a los ojos para evaluar su reacción al escuchar el nombre su esposa— me dijo que todo esto…

—dijo, haciendo un gesto amplio para señalar el interior del barco— no tenía que ver con mi verdadera personalidad.

Ni el barco ni vivir aquí en Norfolk… Ni tú y Saffy.

Ella cree que mi lugar está en Londres. Por eso me fui allí, por eso me casé con ella.

—¿Y tiene razón? —preguntó Alice. Daba la impresión de temer la respuesta.

—No. A ella le venía bien que estuviéramos allí.

Se adaptaba a nuestro estilo de vida. Pero eso era lo que le iba bien a ella, no a mí —añadió el inspector.

Alice respiró hondo y pareció ganar en presencia, echando los hombros hacia atrás mientras él pronunciaba aquellas palabras—. Mi lugar es este. Este soy yo.

Janssen se acercó a Alice y se alegró mucho al comprobar que ella no se apartaba.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó la caja del anillo.

La miró a los ojos, sostuvo la caja en la palma de una mano y se dispuso a abrirla con la otra, pero Alice extendió rápidamente una mano y cubrió la caja con la misma, impidiéndole hacerlo.

—Créeme cuando te digo que esta sería la segunda peor proposición de matrimonio de la historia, Tom. Espero que no sea así como resuelves todos los momentos difíciles de tu vida personal.

Janssen sonrió, sintiendo una mezcla de nerviosismo y vergüenza.

—No voy a casarme contigo, Tom Janssen —dijo Alice.

Esas palabras le dolieron al inspector nada más salir de la boca de la mujer.

Ella esbozó una media sonrisa, sin apartar la mirada de él—.

Pero… tampoco quiero que reclames la devolución del dinero del anillo.

Quizá deberías quedártelo por un tiempo.

Janssen miró la mano de Alice, que estaba sobre la suya. Ella apretó con fuerza, presionando su mano con cariño.

—Puedo hacer eso —susurró el inspector.

La sonrisa de Alice se hizo más grande. Se puso de puntillas, sin soltar las manos de Janssen, y lo besó en los labios. Él no respondió, entendiendo de alguna manera que no debía hacerlo. Alice se apartó, acariciándole el dorso de la mano mientras lo hacía.

—Tengo que volver con Saffy —dijo en voz baja. Retrocedió y atravesó la cocina para dirigirse hacia las escaleras que conducían a la cubierta superior. Se detuvo al subir el primer escalón y lo miró—. Te lo digo en serio, Tom. Solo cuando estés listo.

Janssen asintió y ella siguió caminando.

Una vez que desapareció de su vista, el inspector suspiró y miró la caja que tenía en la mano.

¿Cómo se le había ocurrido pensar que eso iba a ser una buena idea?

Comenzó a pensar en Samantha; la visualizó subiéndose al taxi frente a su hotel.

A pesar de todo, también le debía una explicación a ella.

Su mujer había aceptado su decisión sin discutir.

Era la primera vez que lo hacía, pero él se había armado de valor y preparado para la conversación.

Le habló de tal forma que ella comprendió que estaba hablando en serio.

Su relación había terminado, y eso era lo mejor para ambos.

Incluso aunque en aquel momento no lo pareciera.

Podrían haber perdido fácilmente otra década antes de darse cuenta de ello.

Janssen abrió el cajón que tenía más cerca, metió la caja dentro y lo cerró. Su móvil emitió un pitido y vio que era un mensaje de texto de Tamara.

¿Quiere unirse a mí y tomar algo?