Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 34 #3
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CAPÍTULO 34 #3

Janssen se detuvo, reprimiendo el impulso de reafirmar su posición, sin saber si esa duda podría costarle la vida.

Cook miró hacia arriba para encontrarse con sus ojos.

Hubo un instante breve de comprensión entre los dos hombres y Janssen vio cómo Cook hundía los hombros.

El inspector dio un paso adelante, se apartó del pecho el cañón de la escopeta y lo dirigió hacia el techo abovedado.

Cook aflojó el agarre del arma y Janssen se la quitó.

El inspector se alejó con la escopeta en la mano y respiró aliviado.

Simon Cook se derrumbó y rompió a llorar desconsoladamente.

Se llevó las manos a la cara, se desplomó en el suelo y las lágrimas se convirtieron en sollozos cuando las emociones contenidas se desbordaron.

La sensación de alivio en el estudio era palpable.

Era evidente que Abigail y Tara también habían liberado su tensión.

Abigail fue a buscar un taburete cercano y, apoyándose en un banco de trabajo, se sentó en él.

Tara se dejó caer contra la pared, miró al techo y maldijo en voz baja con alivio.

—¿Está bien? —le preguntó Cook en voz baja a Janssen—. Sarah… ¿está bien?

—Todavía no lo sabemos —respondió el inspector con tono seco mientras inspeccionaba el arma que tenía en las manos.

—Le hice daño, ¿verdad? No era mi intención… Solo quería saber la verdad.

—¿Y se la contó?

—Me dijo que fue Baker —explicó Cook, abatido—. Hasta que ese detective no me dijo que estaba siguiendo a Tara, no me di cuenta de que Sarah me había mentido. Y Tara también.

Janssen dirigió la mirada hacia Tara, que apartó la vista y respiró hondo.

Justo en aquel momento, Tamara apareció desde la antesala.

Tara no protestó cuando la inspectora jefe le dio la vuelta para que quedara de cara a la pared y le echó los brazos hacia atrás.

Le puso las esposas y luego la empujó con fuerza contra la pared.

La acción se llevó a cabo con más contundencia de la que Janssen consideraba necesaria.

Cuando Tara estuvo inmovilizada, Tamara volvió a darle la vuelta y la bajó con suavidad al suelo para que quedara sentada de espaldas contra la pared.

La inspectora jefe se situó delante de Janssen y lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada.

A él le sorprendió aquella actitud. Janssen examinó la escopeta y descubrió que aquel modelo en concreto no tenía seguro manual.

Se aseguró de que el cañón doble apuntaba hacia el suelo y lo abrió.

Ninguna de las recámaras contenía ningún cartucho. El arma no estaba cargada.

El inspector resopló. A continuación, inclinó el arma para que Tamara pudiera verla. Ella le echó un vistazo y se inclinó hacia él para hablarle en voz baja, de modo que solo él pudiera oírla.

—De todas formas, me parecía bastante letal mientras le apuntaba al pecho —le dijo con agresividad—. No sé qué es lo que le está pasando, Tom, pero no se atreva a volver a hacer algo tan temerario nunca más, ¿me comprende? Recupere la compostura.

Janssen no sabía si la pregunta contenida en la reprimenda había sido retórica o no.

En cualquier caso, Tamara no esperó una respuesta.

Lo miró un segundo más, pero enseguida se dio la vuelta, en cuanto escuchó el sonido de sirenas que se acercaban.

Janssen la observó mientras salía del estudio.

Se sintió muy cabreado durante un instante, pero enseguida el enfado se disipó para dejar paso a un sentimiento de culpa.

No sabía de dónde provenía. Su decisión de intervenir había sido instintiva, no consciente.

Por alguna razón que no fue capaz de comprender, le vinieron a la mente imágenes tanto de Alice como de Samantha.

En cuestión de segundos, los agentes de policía inundaron el estudio bajo las órdenes de Tamara.

Arrestaron a Abigail, y también a Simon Cook.

Ninguno de los dos opuso resistencia. Janssen, seguro de que los recién llegados tenían la situación bajo control, caminó hasta el fondo de la estancia y salió a través de la pared de cristal hecha añicos, con cuidado de no clavarse ninguno de los fragmentos que quedaban.

El viento que provenía del mar era fuerte y una abertura en las nubes iluminó la costa con un destello de luz plateada.

El inspector sacó su móvil y pensó en lo que iba a decir.

Llevaba días posponiendo aquello, utilizando el caso como excusa.

Tamara tenía razón. La situación se había convertido en algo que lo consumía todo, estaba confuso…

Era una distracción no deseada de aquello en lo que debería haber estado concentrado.

¿Se habría desarrollado todo de la misma manera si él hubiera estado más centrado?

De una forma u otra, tenía que resolverlo.

Se llevó el teléfono al oído y se apartó del viento para asegurarse de que se le oyera bien.

—Hola.

—Hola. Soy yo —dijo en voz baja—. Siento no haberte llamado, pero… Escucha, he estado pensando mucho en lo que dijiste. ¿Podemos hablar? No por teléfono, ¿en mi casa?

—¿Cuándo?

El inspector miró hacia el interior del estudio. Solo se veían agentes con chalecos reflectantes. Las luces azules de emergencia parpadeaban más allá de la casa, iluminando los árboles que bordeaban la propiedad.

—Esta noche.