Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

—No estábamos intentando matarla —dijo Tara, a cuya voz había regresado el tono desafiante—. Que se cayera del árbol fue un accidente.

—Porque le estaban tirando piedras —espetó Janssen.

—Aun así, fue un accidente —repitió Tara.

—Y se cayó del árbol… ¿directamente al agua, o eso fue después? —preguntó el inspector.

—Eso fue idea de Neil —explicó Abigail—.

Cuando nos dimos cuenta de… cuando vimos que estaba muerta, entramos en pánico.

A ver, podrá entenderlo, ¿verdad? Nosotras éramos unas simples niñas, asilvestradas y fuera de control, sí, pero seguíamos siendo niñas.

Fuimos corriendo de vuelta a Wellesley, poniéndonos en lo peor.

Tara habló con Neil y… se les ocurrió la idea del suicidio.

—Fue idea de Neil. Yo no tuve nada que ver con eso —aclaró Tara.

A Janssen no le sorprendió en absoluto aquel desmentido. No podía saber si Tara estaba diciendo la verdad o no. Todo lo que Tara Byrons había hecho hasta aquel momento daba a entender que tenía poca credibilidad.

—Pero matar a Susi fue idea tuya —dijo Abigail—. Y eso es responsabilidad tuya. Yo no he tenido nada que ver.

Aquella acusación fue hiriente y muy poco oportuna.

Simon Cook salió de su ensimismamiento, entrecerró los ojos, levantó la escopeta y apuntó a Tara.

Ella inspiró hondo. Janssen dio un paso hacia la izquierda para colocarse entre Tara y Cook; la escopeta apuntaba ahora hacia su pecho.

Cook permaneció donde estaba, mirando a Tara, que estaba detrás del inspector.

—¿Por qué? ¿Por qué tuviste que matarla? —preguntó Cook, con los ojos humedecidos por la emoción mientras hablaba.

Janssen deseaba que Tara no respondiera.

Ya tenían todas las respuestas, no les hacía falta escuchar nada más.

Nada de lo que se pudiera decir en aquel momento podría cambiar lo que habían hecho.

Era imposible saber qué decidiría hacer ahora Simon Cook con toda esa información. Tenían que evitar provocarlo más.

Janssen pensó por un momento en Tamara, imaginándose que debía haberse escapado de la casa para pedir ayuda.

Esa era su esperanza. O lograba hacer entrar en razón a Simon y el hombre desistía, o tenía que ganar tiempo hasta que llegara la unidad de intervención armada.

Incluso en el segundo de los casos, la situación era tan volátil que no tenía ni idea de cómo acabaría.

Una persona, o quizá más, terminaría muerta, y el inspector quería evitarlo si era posible.

— ¿Por qué? —repitió Cook, apretando los dientes.

—Porque Susi no entraba en razón —respondió Tara, frustrada por la falta de comprensión de Simon Cook—. Contar la verdad no nos iba a beneficiar en nada. A nadie le importó entonces y a nadie le importaría ahora.

—Entonces, ¿por qué no hablar de ello? —replicó Cook—. Si a nadie le importa, ¿por qué no?

—Porque nos destrozaría. A todas nosotras —dijo Tara, lanzando una mirada fulminante a Abigail—. ¿Y para qué? ¿Para aliviar la conciencia de una adolescente rebelde? Es nuestro pecado y tenemos que vivir con él —espetó.

—Pero Susi no podrá vivir con él, ¿verdad, Tara? Ni tampoco Neil —dijo Abigail con un tono de gran pesar en su voz.

—Genial, Abi. Qué gran momento para ponerte sentimental conmigo —dijo Tara, menospreciándola.

Janssen ladeó la cabeza, intentando que Cook desviara su atención de Tara y se centrara en él. Lo miró a los ojos y mantuvo el contacto visual mientras le hablaba.

—Simon, escúchame un momento. —Cook lo miró fijamente, sin moverse—.

Necesito que pienses en la situación. Susan ya no está con nosotros.

Lo sabes. Yo estoy aquí. He oído cada palabra que se ha dicho en esta conversación.

Ninguna de los dos va a salir indemne de esto.

Ni de lo que le pasó Kirsty ni a Neil Baker y, desde luego, tampoco de lo que le ocurrió a Susan. Esto puede terminar ahora.

—Me ha mentido —susurró Cook.

—Sí, es verdad. Además, muchas veces. Pero eso ahora no importa. Lo importante eres tú… y tu hijo. Piensa en Connor.

Al escuchar el nombre del adolescente, la expresión del rostro de Cook cambió ligeramente, pero seguía manteniendo la mirada fija en Tara y su escopeta no dejaba de moverse entre sus manos temblorosas.

—¿Cuántos años tiene Connor? ¿Quince, casi dieciséis?

—le preguntó Janssen. Cook no respondió—.

No muchos más que los que debía tener su madre cuando pasó por todo aquello.

Imagínatelo como a ella, teniendo que vivir sin padres y viéndose obligado a encontrar su sitio en el mundo por sí solo a esta edad. ¿Qué piensas sobre eso?

Janssen dio un paso adelante. El temblor de Cook parecía extenderse por todo su cuerpo. Transmitía una sensación de angustia y tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Piensa en Connor, Simon. Piensa en tu hijo y en lo mucho que te necesita. Tú eres la única certeza en su vida. La única persona que siempre estará ahí para lo que necesite…

Janssen extendió lentamente una mano con la palma abierta hacia el cañón del arma.

Observó cómo Simon Cook seguía con la mirada el avance de dicha mano.

El cañón se tambaleaba con más violencia cuanto más se acercaba a él.

La mano de Janssen, en comparación, estaba firme, lo que no reflejaba la adrenalina que corría por su interior.

—No puedes hacerle esto a Connor —le dijo en voz baja, conteniendo la respiración mientras cerraba con delicadeza los dedos alrededor del cañón. Cook se tensó. ¿Habría ido demasiado lejos?