CAPÍTULO 34
La irrupción de Tom Janssen pilló a todos por sorpresa, sobre todo a Simon Cook, que, con los ojos muy abiertos, giró el arma hacia él. Janssen se detuvo y extendió las manos ante él para indicarle con el gesto que él no suponía ninguna amenaza.
—Tranquilo, Simon —dijo con el tono de voz más tranquilo que pudo—. No hagamos nada precipitado, ¿de acuerdo?
Por el rabillo del ojo, vio que tanto Tara como Abigail lo estaban mirando y, sin duda, se estaban preguntando cuánto tiempo llevaría allí, escuchando la conversación.
Mientras tanto, Cook dirigía alternativamente la mirada hacia las tres personas que tenía delante.
Tanto Abigail como Tara se quedaron petrificadas y solo Janssen avanzó con cautela hasta colocarse entre las dos mujeres mientras mantenía la mirada fija en Cook.
El cañón doble de la escopeta seguía apuntándole.
Janssen comenzó a creer que su presencia había cambiado los planes de Cook.
La incertidumbre había sustituido a la rabia que parecía mostrar al principio.
El inspector evaluó al hombre. Tenía la cara enrojecida, pero mucho más de lo que cabría esperar si eso se debiera solo a esa rabia.
Estaba sudando; su frente estaba cubierta por una fina capa de sudor que reflejaba la luz del techo y el pelo parecía húmedo a causa de ese sudor.
Cook se acercó un poco más. Janssen vio que tenía las pupilas dilatadas.
Gracias al viento que ahora aullaba a través de la abertura creada por la entrada de Cook, le llegó un fuerte olor a alcohol.
Era difícil determinar de qué podría ser capaz aquel hombre, ya que sus movimientos eran erráticos e impredecibles, probablemente sintiéndose envalentonado por el alcohol.
—Simon —dijo Janssen, procurando mantener la calma y un tono tranquilizador—. Esto no va a servir para nada. No hay necesidad de que se agrave la situación y…
—¿Qué coño sabrás tú? —le espetó Cook, con una expresión de dolor en el rostro. No dejaba de apuntarle con la escopeta para enfatizar lo que decía.
—Sé que estás sufriendo —respondió el inspector, sin inmutarse ante el arrebato de Cook—. Y llevas haciéndolo bastante tiempo.
—Simon, ¿qué estás haciendo? —preguntó Tara.
La intromisión de la mujer enfureció a Janssen. Su intento de calmar la situación requería que ella permaneciera en silencio. La descripción que Abigail había hecho de la mujer estaba resultando precisa. Era una persona temeraria.
—¡Cállate! —gritó Cook.
—Sí, cállate, Tara —susurró Abigail.
Cook la fulminó con la mirada y Abigail bajó la cabeza, apartando la vista de él.
—Simon —continuó Janssen, tratando de erguirse como foco de su atención—. No es necesario que esto vaya a peor, ninguna otra persona tiene por qué salir herida. Todos podéis salir de esta… solo si… bajas el arma.
El inspector hizo un gesto con la palma de la mano, ilustrando despacio la acción.
—¿Como ellas? —replicó Cook, señalando con la cabeza a Tara y luego a Abigail—. Ellas pueden salir de esta, como en el pasado. Como si nada hubiera ocurrido.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Janssen.
— Ellas —insistió Cook, señalando con la punta del cañón—. Y Sarah… Susan. ¡Con lo que le hicieron a la otra chica!
—No lo entiendo —replicó Janssen.
—Ha perdido la cabeza —dijo Tara, desestimándolo.
—¡Tú cállate! —volvió a gritar Cook, que dio otro paso adelante y apuntó a Tara con la escopeta—.
No me mientas, otra vez no. Eso es lo que tú eres para mí, una sucesión de mentiras.
Susan me contó lo que hicisteis. No la creí.
Debería haberlo hecho. —Cook retiró una mano de la escopeta y se frotó la frente con fiereza.
Parecía que los ojos, llenos de lágrimas, se le iban a salir de las órbitas—.
Estaba borracha y llorando… Era algo imposible.
Al menos, para Susan. Para mi Susan. Ella nunca podría haber sido parte de algo así.
—¿Qué hicieron, Simon? —preguntó Janssen, mirando alternativamente a Cook y a las mujeres.
—Está como una cabra, eso es lo que le pasa —espetó Tara.
Esta vez, Simon Cook no le entró al trapo, solo desvió la mirada hacia ella.
—Kirsty. Ese era su nombre.
—¿Kirsty Davies? —preguntó Janssen.
—Sí. Ella misma —dijo Cook—. Susan me contó…, me contó cómo la subisteis a ese árbol y…
—¡Cállate, idiota! —gritó Tara.
Por un momento, pareció que Simon iba a hacerle caso. La reprimenda de la mujer pareció desconcertarlo. Janssen comprendió en aquel momento la influencia que Tara ejercía sobre él, y entendió por fin de qué iba la relación que ambos mantenían. Poder y control.
—Ah, y es por eso por lo que habéis estado juntos —dijo Janssen, mirando alternativamente a ambos y fijando la vista en Tara después—. Usted necesitaba saber qué estaba sucediendo con Susan. Pensó que Simon tendría más información que usted, así que se metió en su vida.
—Exacto —dijo Cook, asintiendo con entusiasmo—. Igual que la otra vez. No sabía bien por qué volviste a buscarme tan pronto después de que encontraran a Susan. No lo entendía. Igual que tampoco lo entendí hace años, cuando desapareció.
Simon miraba a Tara fijamente. Janssen lo interpretó como una mirada de afecto, como si estuviera recordando un gesto de generosidad que hubieran tenido con él años atrás.
—Pero aquello también era mentira, ¿verdad?
—prosiguió Cook, cuya ternura se disipó para dar paso a una hostilidad cada vez mayor—.
La tenías bailando a tu son… todas la teníais —añadió, dirigiéndose ahora a Abigail, que seguía sin mirarlo a ojos.
Apuntando con el arma a Tara, continuó—: Pensaba que me apreciabas, que me apreciabas de verdad, pero solo querías saber dónde estaba Susan, a dónde se había ido, para poder controlarla, para poder controlarlo todo. Harías cualquier cosa por conseguirlo.
—Usando los pocos talentos con los que ha sido agraciada —dijo Abigail.
—¡Que te den por culo, Abi! —murmuró Tara en voz baja.
—Yo, Simon, Neil… quien sea —replicó Abigail—. El que se pica, ajos come. Tú eres tal y como acabamos de decir.
—Zorra —volvió a murmurar Tara entre dientes mientras negaba con la cabeza.
Las dos mujeres charlaban como si no tuvieran una escopeta apuntándoles a un metro de distancia. Janssen encontró aquella conversación surrealista, dadas las circunstancias.
—¿Y qué pasó con Kirsty? —preguntó Janssen al aire, sin dirigirse a nadie en particular.
—Fue un maldito accidente —respondió Tara, tratando de desestimar la pregunta, pero Abigail adoptó una actitud diferente.
—Éramos solo unas niñas, haciendo cosas de crías —dijo entre dientes apretados—. Kirsty era nueva… diferente al resto de nosotras.
—¿En qué sentido? —le preguntó el inspector.
—Más fuerte, tal vez. No lo sé, pero, sin duda, menos dispuesta a hacer lo que le mandaban. Ni aunque lo hiciera Neil Baker o Nicholas… o cualquiera de nosotras.
—¿Quería Kirsty que cesaran los abusos? —preguntó Janssen.
Abigail asintió.
—¿No lo querían todas ustedes? —insistió el inspector. Abigail evitó mirarlo a los ojos, pero él percibió un instante de complicidad entre ella y Tara—. Lo tomaré como un no, entonces.
—No nos juzgue, inspector —dijo Abigail—. No se trataba de abusos como probablemente usted piensa. No es que nos violaran.
—Si tenían trece o catorce años, me temo que así es como lo vería la ley.
—La ley —se burló Tara—. La mayoría sabíamos muy bien lo que hacíamos. Queríamos la atención con las mismas ganas con las que ellos querían ofrecérnosla.
—Eran niñas —dijo Janssen.
Tara negó con la cabeza y esbozó una sonrisa irónica.
—Nos mandaban de un lado a otro continuamente —dijo. Abigail asintió con la cabeza—. No le importábamos una mierda a nadie. Incluso cuando Kirsty… murió, nadie vino a ver qué había pasado. Se trató de forma superficial y las cosas siguieron como si nada.
—¿Mataron a Kirsty? —preguntó Janssen.
—¡No! Por supuesto que no —exclamó Tara, desafiante—. Teníamos que darle una lección, eso es todo.
—¿Para evitar que agitara las aguas y creara problemas?
—Fue idea de Neil —aseguró Abigail—. Quería conseguir que Kirsty se retractara de las acusaciones. Si no lo hacía…, entonces todas tendríamos que irnos del hogar infantil. Nos separarían y nos mandarían a otra parte. Eso no era lo que queríamos, ninguna de nosotras lo quería.
—¿Excepto Kirsty, tal vez? —preguntó el inspector. Una vez más, Abigail apartó la mirada. Janssen se giró hacia Tara para dirigirse a ella—. ¿Y qué pasó con lo del árbol?
Tara negó con la cabeza. Fue un gesto que reflejaba cansancio.
—La agredimos, a instancias de Neil, es cierto. Ella huyó de nosotras y… la perseguimos como una jauría de perros de caza.
—En retrospectiva, ahora me parece que éramos personas diferentes —añadió Abigail, retomando la narración—.
Íbamos corriendo, gritando… incluso riéndonos.
Si pudiera volver atrás y hablar con aquellas chicas, les diría que se detuvieran.
Que pensaran en lo que estaban haciendo… , que se dieran cuenta.
Ambas mujeres se quedaron en silencio. Incluso Simon Cook parecía perdido en medio de la historia mientras esperaba el desenlace.
—¿El árbol? —insistió Janssen.
—Kirsty debía estar cansada, no podía escaparse de nosotras… —continuó Tara—. Se subió al árbol pensando que estaría a salvo y, durante un rato, así fue.
—¿Y luego qué?
Ninguna de las dos mujeres habló. Bajaron la mirada y se produjo un silencio incómodo.
—Le tirasteis piedras —dijo Simon Cook con un tono de voz seco. Todas las miradas se volvieron hacia él—. Eso fue lo que me contó Susan. Le tirasteis piedras y cantos. Ella os gritó que pararais, os suplicó…, pero no lo hicisteis. Continuasteis.
Janssen miró a las dos mujeres. Se había esfumado cualquier gesto de arrogancia o intento de justificación de lo que habían hecho. Ambas miraban al suelo avergonzadas.
—No. No paramos —reconoció Abigail en voz baja, levantando a continuación la cabeza para mirar a Janssen—. Y, hasta el día de hoy, sigo sin entender por qué.