Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 33 #3
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CAPÍTULO 33 #3

Se acercaron aún más y Janssen vio que la puerta estaba ligeramente entreabierta.

Recordó que daba a una pequeña antesala en la que Abigail guardaba abrigos, botas y trastos, y le hizo un gesto a Tamara para que entraran.

Respiró hondo y abrió la puerta con cuidado, con la esperanza de no delatar su presencia.

Ambos lograron colarse en la pequeña antesala sin llamar la atención.

Se oían dos voces distintas, una de las cuales pertenecía a Abigail.

La discusión entre las dos mujeres era acalorada.

—¡Eres una tonta! —exclamó Abigail—. ¿Cómo has podido ser tan temeraria?

—Temeraria no, proactiva.

Janssen miró a Tamara con la intención de que le confirmara sus sospechas de a quién pertenecía la otra voz. Ella articuló silenciosamente la palabra «Tara». Mientras que Abigail hablaba con cierto tono de nerviosismo en su voz, Tara Byrons se mostraba tranquila y mesurada.

—Eres demasiado pasiva, Abi. Siempre lo has sido.

—¿Pasiva? Mejor eso que ser imprudente.

—He hecho lo que había que hacer… —dijo Tara—. Por el bien de todas nosotras.

Janssen se acercó a la puerta, tratando de echar un vistazo hacia el interior a través del hueco que había entre la bisagra y el marco.

Arrastró el talón sobre los adoquines irregulares del suelo.

Justo en ese momento se produjo una pausa en la conversación y el inspector temió que las mujeres hubieran advertido su presencia.

Contuvo la respiración, al igual que Tamara.

Su paso en falso pasó desapercibido y se acercó lo suficiente como para poder ver el interior del estudio.

Las dos mujeres estaban frente a frente, a unos metros de distancia.

Tara daba la sensación de estar tan tranquila como le había parecido por el tono de su voz, mientras que Abigail estaba tensa, con los brazos cruzados por delante del cuerpo en una actitud corporal defensiva.

La iluminación del estudio era intensa y, donde antes había una vista al mar, a través del hastial completamente acristalado, aquella noche solo se veía el reflejo del interior.

El estudio era una isla de luz en medio de la oscuridad que lo envolvía.

Las dos mujeres discutían pensando que estaban aisladas de todo.

—¿Y en qué situación crees que nos has puesto? —le preguntó Abigail acusadoramente—. ¿Crees que ha sido una especie de golpe maestro? Lo único que has hecho es resucitar aquel desastre lamentable.

—Como si tú hubieras sido capaz de olvidarlo —se burló Tara.

—Pues sí, lo he hecho —respondió Abigail. Parecía indignada.

—¿En serio? Anda que no está presente en todas las obras que has pintado —espetó Tara, que hizo un gesto con un brazo para indicar las obras de arte apiladas a su alrededor—.

Cada lienzo es una instantánea de lo que te define, Abi.

Oscuridad, amargura… La tristeza que habita en lo más profundo de tu corazón es evidente. Eres una puta amargada y una deprimida.

Abigail resopló con desprecio.

—Al menos yo he logrado sacarle algún provecho a lo que sucedió. ¿Qué has hecho tú con ello? Eres casi tan mala como Sarah, escondiéndote detrás de tu moda y de tus coches de lujo. ¿Sabes?, ya ni siquiera estoy segura de quién eres… Si es que alguna vez lo estuve.

—Verás —dijo Tara, señalando desafiante con un dedo a Abigail—. El regreso de Susi habría sacado todo esto a la luz de nuevo. Debería haberme escuchado, pero no lo hizo. Si lo hubiera hecho, nada de esto habría sido necesario.

—No eres ni la mitad de inteligente de lo que crees, Tara —atacó Abigail—. Podríamos haber convencido a Susi, pero tú tenías que actuar impulsivamente, como siempre.

— Tú no estuviste allí, ¿recuerdas? Te negaste a venir a…

—¿Por qué coño iba a querer volver allí? ¡Por qué íbamos a querer hacerlo cualquiera de nosotras!

—¡Pues eso es justo lo que te digo! Susi insistió. Quería hacer un viaje morboso al pasado. Volver a estar en esa habitación, hablando sin parar de que todo había empezado allí. ¡Te lo estoy diciendo, había perdido la cabeza!

—¿Y Sarah? ¿Por qué la has mandado al hospital?

—¿Sarah? —repitió Tara, perdiendo su actitud desafiante—. ¿De qué estás habl…?

Justo en ese momento, se escuchó un estruendo ensordecedor.

Tanto Tara como Abigail se sobresaltaron, y esta última gritó estupefacta.

Janssen notó que Tamara dio un salto al oír el ruido.

El inspector fue testigo directo del momento en el que la silla metálica que había en el patio atravesó la pared de cristal y cayó estrepitosamente sobre el suelo de piedra del interior del estudio, entre una lluvia de fragmentos de cristal.

El panel central se resquebrajó y el cristal que no había estado en la trayectoria de la silla permaneció en su sitio durante un breve instante, pero al final también se separó y comenzó a caer al suelo en pedazos.

Una figura emergió de la oscuridad atravesando la recién creada abertura.

Sus botas crujían a cada paso mientras pasaba por encima del cristal roto.

Simon Cook miró con ira a las dos mujeres, con una expresión de rabia en el rostro que no podía disimular.

En sus manos tenía una escopeta de cañón doble.

La culata estaba firmemente apoyada en su costado y los cañones apuntaban a Tara.

Instintivamente, sin dudarlo, Janssen comenzó a dirigirse hacia el interior del estudio.

Sintió que Tamara lo agarraba del antebrazo, pero la apartó y avanzó hacia el interior.