CAPÍTULO 33 #2
—Ella sabía muy bien lo que sucedió allí —dijo Janssen—. Y la artritis de Abigail Thomas hace que la idea de que ella pudiera dominar físicamente a Neil Baker, o incluso a Sarah Caseley, sea descabellada. Usted ha visto a Tara. ¿La considera físicamente capaz?
—Está muy en forma y es alta. Atlética —explicó Tamara, mirando la foto de Tara sobre el tablón—.
Tuvo éxito en el equipo de remo de su universidad, a juzgar por los recuerdos que tiene en su casa.
Sin duda, es posible. Entonces, ¿a dónde se estará dirigiendo Tara esta noche?
No puede saber que Sarah Caseley sigue viva, ¿verdad?
—Aunque lo supiera, es imposible que pueda acercarse a ella. Sarah está muy bien protegida. ¿Y si Tara está tratando de silenciar a cualquiera que también sepa lo que ella intenta mantener en secreto?
—Si seguimos esa lógica, eso la conduciría hasta Abigail, ¿no? ¿Quién más tenemos? Encontramos la tarjeta profesional de Abigail en el cadáver de Susan Cook. O bien Susan tenía pensado hablar con ella, o ya lo había hecho —argumentó Tamara.
—Sí, tengo la sensación de que Abigail nos está ocultando algo. Sabe más de lo que dice, pero no se siente amenazada.
—Sigo sin comprender dónde encaja Simon Cook en este escenario —añadió la inspectora jefe.
Janssen tenía que estar de acuerdo con eso.
Siempre cabía la posibilidad de que existiera una atracción física real.
Simon Cook no era interesante en términos económicos ni tampoco tenía ninguno de los rasgos que él consideraría atractivos para las mujeres.
Pero también era cierto que había otros factores que podrían haberlos unido.
Existían numerosos estudios psicológicos que concluían que las personas que habían tenido cierto tipo de crianza cuando eran jóvenes a menudo se sentían atraídas de forma inconsciente por personalidades similares durante su vida adulta.
En lugar de buscar reemplazar lo que les había faltado durante su infancia, los patrones de comportamiento estaban tan arraigados y eran tan habituales que buscaban repetirlos.
Esa era la confirmación científica de por qué algunos hombres o mujeres se sentían atraídos por personas que les recordaban a sus figuras paternas.
Conociendo los antecedentes de Simon Cook y los de Tara, ¿se sentiría ella atraída por las carencias afectivas de él?
También era posible que Simon fuera otro de los objetivos de la mujer, pero el inspector lo dudaba mucho.
Tara había estado con Cook aquel mismo día.
Si pretendiera actuar en su contra, ya lo habría hecho.
—Deberíamos hablar con Abigail —dijo Janssen—. Quizá podamos plantearle algo de todo de esto y ver cómo responde.
—Estoy de acuerdo —coincidió Tamara, que miró su reloj—. También deberíamos difundir la descripción de Tara. Si alguien la ve, que la traiga a comisaría.
—¿Y qué hacemos con Eric? —preguntó el inspector, recordando que le había colgado el teléfono sin darle instrucciones.
—Deje que le dé vueltas a todo un rato —contestó Tamara—.
Ha cometido un error. Veamos qué hace al respecto.
Imagino que se quedará fuera de la casa de Tara hasta que le digamos lo contrario.
No es mala idea que esté allí. Llámelo y dígale que tenga cuidado.
Si estamos en lo cierto, Tara es una persona peligrosa y completamente impredecible, no sabemos cómo va a responder si se la desafía.
***
Condujeron hasta la casa de Abigail Thomas en silencio.
Tom Janssen no dejaba de pensar en la teoría de la que habían hablado.
Todo lo que habían considerado era factible y, sin embargo, seguía sin ser capaz de respaldar la teoría sin reservas, no tenía suficiente convicción.
Faltaba algo y el hecho de no poder identificar de qué se trataba le resultaba frustrante.
Al girar hacia el camino de entrada de la casa de Abigail, vio una furgoneta blanca aparcada en el lateral de la casa.
En sus visitas anteriores no recordaba haber visto ningún vehículo, pero, viviendo tan lejos, Abigail necesitaría un medio de transporte.
Una furgoneta, además, tenía sentido, dado el requisito adicional de tener que transportar sus obras de arte.
Había varias luces encendidas dentro de la casa y las cortinas permanecían abiertas a pesar de que hacía tiempo que se había puesto el sol.
Se detuvieron frente a la vivienda y el inspector apagó el motor del coche.
Ambos se bajaron del mismo y se acercaron a la entrada.
Llamaron al timbre y esperaron, pero no hubo movimiento en el interior.
Janssen se inclinó hacia delante para mirar a través de la ventana delantera hacia el salón.
Las luces estaban encendidas allí, al igual que en la cocina, que estaba un poco más allá.
La chimenea estaba preparada, pero no encendida.
Como el inspector recordaba los problemas que Abigail tenía con sus articulaciones, se imaginó que no estaría en la casa si no había fuego en la chimenea.
—Vamos a mirar en el estudio —instó Janssen, haciendo un gesto con la cabeza hacia el lateral de la casa.
Tamara estuvo de acuerdo y se dirigieron a la parte trasera de la propiedad.
La luz que se filtraba a través de la puerta exterior y de la única ventana, situada a tres cuartos de la altura de la fachada oeste, iluminaba el estudio de Abigail.
Al tratarse de un antiguo edificio agrícola, la ventana era pequeña y el cristal estaba empañado por el paso del tiempo y la suciedad.
Una silueta se movió en el interior del estudio, una sombra que pasó junto a la ventana.
—Al menos está en casa —dijo Tamara.
Llegaron cerca de la entrada y la inspectora jefe estuvo a punto de anunciar su llegada llamando a la puerta, pero dudó al oír voces elevadas. Miró a Janssen y él le indicó con un gesto que esperara.