CAPÍTULO 33
Tom Janssen colgó el teléfono fijo de su escritorio con vehemencia, atrayendo la atención de Tamara.
—¡Maldita sea! —exclamó, mirándola mientras se acercaba a él—. Eric se las ha arreglado para perder a Tara.
—¿Cómo ha podido pasar? ¿Ha descubierto que la estaba siguiendo?
Janssen negó con la cabeza.
—Ni idea. Va a pie, así que no puede haber ido demasiado lejos. El vecino de al lado dice que ha salido por la puerta trasera, pero que no iba vestida para correr.
—Los vecinos cotillas tienen su utilidad —dijo Tamara—. ¿A dónde cree que puede haber ido?
Janssen se frotó las sienes, pensando. Tanto él como Tamara se habían pasado la última parte de la tarde revisando la correspondencia que Gretta les había proporcionado.
Tara Byrons y Susan Cook habían estado en contacto de forma frecuente durante los últimos tres años, lo que convertía a Tara en una persona de gran interés para el caso.
La aparente relación que mantenía con Simon Cook suponía un giro inesperado que no habían visto venir.
A Janssen le costaba creérselo. Simon jamás podría describirse como un buen partido.
—Las cartas aluden a un pasado sobre el que ninguna de los dos estaba preparada para escribir —dijo Janssen—. Al menos, Tara no lo estaba. Quizá Susan sí que lo hiciera, pero Tara solo hacía algunas insinuaciones.
—Vale —dijo Tamara, sentándose en el borde del escritorio junto al inspector—. Vamos a retroceder un poco. Susan desaparece. No sabemos con certeza si estaba huyendo de algo o de alguien, pero busca asilo con su madre biológica.
—Y, por alguna razón —continuó narrando Janssen—, después de nueve años, llega a la conclusión de que tiene que volver para enmendar algo.
El hecho de que fuera a Wellesley nos invita a pensar que se trata de algo que sucedió en ese lugar y que posiblemente involucrara a otras chicas o trabajadores del hogar infantil.
Quizá a ambos, ¿quién sabe? Por lo que parece, eso nos conduce hasta Neil Baker, aunque me cuesta creer que Nicholas Levy no estuviera involucrado…
—Quizá lo correcto sería decir que Levy lo desconocía —sugirió Tamara—. Si no participó activamente en los abusos, es muy posible que, cuando los descubrió, intentara encubrir lo que estaba pasando después de que sucediera.
—Si no sabía nada, y era un hombre tan decente como dice Abigail Thomas, ¿por qué haría algo así al enterarse? —preguntó Janssen, que miraba a Tamara mientras se daba golpecitos con la punta del bolígrafo en el labio inferior.
—Dejando de lado el daño potencial que sufrirían su apellido y su reputación, hay que contar con que el escándalo sin duda habría obligado a cerrar Wellesley —respondió Tamara—.
Todo el buen trabajo y la energía positiva que podía aportar a la vida de esas niñas se habría ido al garete.
Me atrevería a decir que se ha observado ese mismo planteamiento en otros escándalos de gran magnitud.
Por ejemplo, los abusos cometidos a lo largo de la historia en el seno de la Iglesia católica.
—Tampoco fue lo correcto en ese caso —replicó Janssen—. A Baker lo apartaron. Quién sabe a qué otras personas habrá tenido acceso en las últimas dos décadas. A los abusadores como él, concederles impunidad solo sirve para envalentonarlos.
Tamara levantó las manos.
—Estoy de acuerdo. No lo estoy justificando. Solo digo que puedo imaginarme cómo sucedió.
—Bueno, entonces, ¿qué hay de Neil Baker?
—dijo Janssen, que se levantó de su asiento y cruzó la sala para examinar la información de Baker que tenían sobre uno de los tablones—.
Asesinado y disfrazado de suicidio. La forma en la que se escenificó todo resultaba demasiado obvia.
Nivel aficionado. Era imposible que nos pasara desapercibido.
—Se me antoja una idea improvisada sobre la marcha —apuntó Tamara—. Una solución rápida al problema en el que Baker se había convertido.
—¿Cuál era ese problema? —preguntó Janssen sin apartar la vista del tablón; estaba de pie frente al mismo, con las manos en las caderas.
Tamara se situó a su lado.
—La conversación que tuvimos con él… debió dejarlo desconcertado —dijo la inspectora jefe, señalando la parte del tablón en la que estaban los detalles sobre Baker—.
Estaba preparado. No digo que nos estuviera esperando a nosotros, pero sí que la policía, o quizá un periodista, fuera a verlo algún día.
Por eso nos ofreció a Levy como cabeza de turco.
—Consciente de que ese hombre no estaba en condiciones de enfrentarse a un interrogatorio o a un juicio…
Tamara asintió.
—Se habían lanzado acusaciones contra Levy…
—pensó Janssen en voz alta—. Si Baker tiene que testificar, entonces confirma que Levy estaba involucrado.
El hombre no puede ser sometido a un nuevo interrogatorio debido a su estado de salud, por lo que nunca se enfrentará a un juicio, porque es incapaz de comprender los cargos que se le imputan.
—El caso llega a los medios y Levy es condenado ante los ojos de la opinión pública, que tiene la necesidad de culpar a alguien —concluyó Tamara—.
Baker recibe algunas críticas por no haber dado un paso al frente antes, pero, y esto es lo más importante, solo se le considera un testigo, nunca un autor.
—Entonces, ¿quién lo ha matado? —preguntó Janssen—. ¿Otro agresor del que aún no tenemos constancia? Había algunos trabajadores más en aquella época que no hemos conseguido localizar.
—Es una posibilidad —admitió Tamara.
—Pero no está convencida de eso, ¿verdad?
—No, no lo estoy. A Baker lo han matado apresuradamente.
No fue algo premeditado. No sé si lo obligaron a escribir la nota de suicidio o si la añadieron después, fruto de una ocurrencia tardía, pero tengo la impresión de que todo se hizo con muchas prisas.
Si no, el asesino lo habría pensado todo mejor.
Habría limpiado las suelas de los zapatos.
Le habría hecho firmar la nota. Pequeños detalles que pueden consolidar o destruir una farsa.
—Pero Baker debía sentirse lo bastante cómodo en presencia del asesino como para reunirse con el mismo en un lugar tan aislado —argumentó Janssen—. Para mí, eso apunta a un cómplice.
—A un cómplice en la conspiración, sí —admitió Tamara, que se giró hacia él y levantó un dedo para señalar con énfasis—. Pero eso no significa necesariamente que fuera un cómplice en los abusos.
—De acuerdo. Me ha dejado sin respuesta. ¿En qué está pensando?
—En algo que me dijo Sarah Caseley el otro día. ¿Se acuerda del día en el que estaba esperando fuera de la comisaría?
Janssen asintió.
—Me dijo algo así como que no deberíamos sorprendernos por el comportamiento de las niñas maltratadas que vivían en Wellesley —explicó Tamara arrugando un poco la frente, pues era obvio que le costaba recordar las palabras exactas—.
Que harían cualquier cosa para escapar… incluso correr a los brazos de cualquiera que las aceptara.
En ese momento, lo interpreté como una referencia a los hombres que recogían a las chicas en las puertas del hogar para explotarlas, convirtiéndolas en prostitutas menores de edad dentro de sus círculos sociales, pero ahora…
Quizá se estaba refiriendo a algo completamente diferente.
—¿Cree que se refería a Neil Baker? —preguntó Janssen.
Tamara asintió y consideró aquella posibilidad.
El síndrome de Estocolmo estaba científicamente demostrado.
Las personas cautivas o maltratadas, y en este caso varias mujeres habían sufrido ambas cosas, desarrollaban sentimientos hacia los maltratadores y eran capaces de establecer fuertes vínculos emocionales con ellos.
Incluso llegaban a defender o perdonar sus comportamientos abusivos.
—Entra dentro de lo lógico —añadió Tamara—. Estamos haciendo preguntas. Baker tenía que estar seguro de que sus acciones del pasado se iban a seguir manteniendo en secreto. Los vínculos de ese tipo se arraigan con el tiempo, de forma casi automática, pero él necesitaría estar seguro.
—Parece que le salió peor de lo que esperaba —dijo Janssen—. Suponiendo que tenga razón, y siendo una teoría sólida, ¿por qué matan a Baker? La víctima mata al abusador…, ¿por qué? También deben temer represalias por su propio comportamiento.
—¿Por complicidad? —teorizó Tamara.
A Janssen le pareció que esa idea era, en el mejor de los casos, endeble. La expresión que adoptó su cara debió transmitirle a Tamara ese pensamiento y la inspectora jefe reconoció su inseguridad, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Sin embargo, apuesto a que todas las iniciales que encontramos grabadas en la puerta de «el agujero» de Wellesley pertenecen a las víctimas de Neil Baker —añadió Tamara—.
Y sabemos, gracias al examen preliminar del cuerpo de Baker que ha realizado el forense, que murió mucho antes de que atacaran a Sarah Caseley, así que eso descarta que fuera él quien lo hiciera.
—¿Estamos trabajando en la hipótesis de que el asesino de Baker y el de Susan son la misma persona? —preguntó Janssen.
—En este momento no podemos afirmar nada, pero resulta plausible —respondió Tamara, que volvió a mirar los tablones.
—Entonces, ¿eso rige también para Sarah Caseley?
—preguntó Janssen—. Al fin y al cabo, si alguien mató a Susan Cook para impedir que revelara lo que ocurrió en Wellesley, y luego mató a Baker por la misma razón…
, ¿no es lógico pensar que Sarah también pudiera estar al tanto y que quisieran silenciarla?
—Y fracasaron en el intento —añadió Tamara.
Sarah Caseley seguía en el hospital, y había un agente custodiando de forma permanente su habitación en la unidad de cuidados intensivos hasta que pudieran garantizar su seguridad.
—Si asumimos que el asesino es una de las víctimas de Baker, ¿quiénes nos quedan que sean de la zona? —preguntó Janssen—. La propia Sarah Caseley, Abigail Thomas y Tara Byrons.
—Sin embargo, no encontramos las iniciales de Tara en la puerta —argumentó Tamara.