Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 32 #3
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CAPÍTULO 32 #3

Eric estaba descolocado. Lo único que importaba ahora era localizar a la mujer.

Cogió su móvil y vio tres mensajes sin leer y varias llamadas perdidas tanto de Janssen como de la inspectora jefe.

Se iba a meter en un buen lío. Ignorando la pregunta de Cook, giró la llave en el contacto y arrancó el coche.

Se inclinó hacia delante y limpió el interior del parabrisas para desempañarlo y poder ver.

Luego, se abrochó con rapidez el cinturón de seguridad.

—¡Eh! —protestó Cook cuando Eric puso el coche en marcha—. ¡Contésteme, maldita sea! ¿Qué quiere de Tara?

Eric miró al hombre y volvió a apartar la vista, con una necesidad de marcharse que lo consumía por dentro. Pulsó el botón y la ventanilla se subió automáticamente mientras comenzaba a alejarse. Aún podía escuchar a Simon Cook reprendiéndole mientras él empezaba a acelerar por el aparcamiento.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —se gritó Eric a sí mismo, viendo por el espejo retrovisor la silueta de Simon Cook, gesticulando enérgicamente.

No había forma de poder explicar aquello.

Antes de llamar a sus compañeros, tenía que encontrar a Tara Byrons, porque de lo contrario se iba a liar parda.

El trayecto de vuelta hasta la casa de Tara fue estresante.

Cada coche con el que Eric se cruzaba era objeto de sus insultos; cada cruce y cada retraso consecuente no hacían más que aumentar su nerviosismo.

Cuando llegó a su destino, se sintió aliviado al encontrar el Audi de la mujer en la entrada de la casa.

Las luces de la misma estaban encendidas y Eric respiró más tranquilo mientras aparcaba en un lugar similar al que había ocupado unas horas antes.

A esas horas, la calle estaba repleta de coches; fue una suerte que encontrara un hueco.

Cogió su móvil y ordenó sus ideas antes de llamar a la comisaría.

Leyó primero los mensajes y sintió una opresión en el pecho cuando vio que le habían pedido varias veces que los llamara, además de varias preguntas relativas a su paradero.

Al margen de las llamadas perdidas, había un mensaje de voz de Tamara. Escuchando su tono, parecía molesta.

— Eric, si recibe este mensaje antes de hablar con Tom o conmigo, queremos que traiga a Tara Byrons a comisaría para interrogarla.

Hubo una pausa y a Eric le pareció que la inspectora jefe estaba hablando con alguien en segundo plano, ya que la conversación se oía amortiguada. Luego, volvió a escuchar su voz.

— Llámeme cuando reciba este mensaje, Eric.

No sabía qué instrucción seguir primero.

Salió del coche y se vio obligado a esperar a que pasara un vehículo para poder cruzar la calle, con una sensación cada vez mayor de pánico.

La había cagado, pero, si conseguía llevar a Tara a comisaría sin mayores complicaciones, aún podría salvar la situación.

Segundos después, estaba delante de la puerta de la casa de la mujer.

Llamó al timbre y esperó, frotándose las manos con fuerza para calentarlas.

No hubo respuesta, así que volvió a tocar el timbre, pero esta vez durante el doble de tiempo.

Se agachó y levantó la tapa del buzón, incrustado sobre la puerta, pero las tiras de cerdas usadas para bloquear las corrientes de aire le impedían tener visibilidad.

Cada vez más preocupado, se levantó, volvió a tocar el timbre tres veces más y terminó golpeando la puerta con el puño.

La puerta de la propiedad contigua se abrió y asomó por ella la cabeza de un hombre, que lo miró directamente desde allí.

Se trataba del mismo hombre al que había visto horas antes sacando la basura.

—¿De vuelta otra vez? —le preguntó.

Eric no sabía qué decir, así que se limitó a asentir.

—Es usted policía, ¿verdad? Lo vi por aquí hace un par de días hablando con Tara.

—Tiene buena memoria —dijo Eric. «Y también buen oído», pensó para sí mismo.

—Si espera encontrar a Tara, no está —dijo el hombre.

Eric frunció el ceño, dio un paso atrás y echó un vistazo a la fachada de la casa. La planta baja estaba iluminada, al igual que el rellano y al menos uno de los dormitorios de la planta superior.

—Ha salido. La he visto marcharse.

—Pero su coche está aquí —protestó Eric.

—Desde el jardín se accede a una puerta trasera. Todos los que vivimos en este lado de la calle tenemos una. Dan al camino ecuestre que bordea los campos traseros. Esa es la ruta favorita de Tara para correr cada mañana.

A Eric le pareció un tanto inquietante que el hombre conociera la rutina de Tara, aunque en aquella ocasión le resultara útil.

—¿Es eso lo que ha hecho, salir a correr? —le preguntó.

El hombre se encogió de hombros.

—¿Cómo voy a saberlo? Soy solo su vecino.

—¿Cuándo se fue?

—Hace una hora, más o menos.

Eric maldijo internamente.

—Gracias —le dijo al hombre.

Se dio la vuelta y comenzó a alejarse de la puerta.

Sacó su móvil y vaciló cuando tuvo el pulgar suspendido sobre el botón verde de llamada.

Estaba seguro de que Janssen le iba a echar una buena bronca, pero le daba más miedo la reacción que pudiera tener Tamara.

Respiró hondo, pulsó el botón y esperó. Unos instantes después, Janssen respondió.

—Eric. ¿Dónde has estado todo…?

—Señor, lo siento —dijo, interrumpiendo al inspector en cuanto reunió el valor para hacerlo—. La he cagado. Tara no está aquí. Se ha largado.