CAPÍTULO 32 #2
—No he tenido suerte con Tara en su trabajo.
Se ha dado de baja por enfermedad esta semana —le dijo, saltándose las formalidades, pues tenía muchas ganas de compartir con el inspector lo que acababa de averiguar—.
Sin embargo, he conseguido encontrarla en su casa.
Ha salido de allí hace un rato y la he seguido hasta el camping en el que vive Simon Cook.
—Intuyo que hay algo más —dijo Janssen.
—Por la forma en la que se han saludado, creo que son algo más que buenos amigos —dijo Eric mientras rebuscaba en su móvil—. Te estoy mandando algunas fotos.
Siguió un silencio; Janssen había puesto la llamada en espera y, presumiblemente, estaría viendo los archivos adjuntos. Poco después, Eric volvió a escuchar la voz del inspector.
—No soy ningún experto en cuanto a qué cosas les atraen a las mujeres de los hombres, pero diría que Tara Byrons juega en una liga completamente diferente a la de Simon.
—Yo he pensado lo mismo —dijo Eric—. No le veo sentido alguno a esa pareja.
Eric llegó a su coche. Echó un vistazo hacia las caravanas de uso permanente y comprobó satisfecho que podía ver la de Simon desde aquella posición.
—Desde luego, no desde el punto de vista de Tara. Sí puedo comprender que a él le resulte atractiva la idea… —De repente, preocupado ante la posibilidad de que se malinterpretara su último comentario, trató de aclararlo—. A ver, ya sabes. No tiene muchas virtudes que…
—No te preocupes, Eric. Yo pienso lo mismo.
—¿Qué quieres que haga?
—Quédate con ellos por ahora. Voy de camino a recoger a Tamara al hospital —dijo Janssen—. Sarah Caseley se encuentra en estado crítico pero estable. Es poco probable que podamos hablar con ella pronto. Voy a poner al día a Tamara y ya veremos qué hacemos a partir de ahí.
Eric se despidió del inspector, colgó y dejó el móvil en el asiento del copiloto.
Se sacó la cartera del bolsillo trasero porque le resultaba incómodo estar sentado sobre ella, la dejó junto al teléfono y se metió las manos en los bolsillos del abrigo.
Hacía frío aquel día y el cansancio parecía aumentar esa sensación.
Dejó escapar un suspiro de amargura por la suerte que le había tocado, pensando que, en aquel momento, Tara y Simon estaban disfrutando de la tarde mucho más que él.
***
Eric se despertó sobresaltado. Por un momento, se había desorientado y no era capaz de recordar dónde estaba.
Tenía frío y sentía el cuerpo rígido. Las ventanillas del coche estaban empañadas.
Había una persona junto a la puerta del conductor.
Quienquiera que fuera, volvió a golpear con los nudillos sobre la ventanilla.
Eric sentía la cabeza a punto de estallar.
Le pesaba el cuerpo. Debían haberlo despertado bruscamente de un sueño profundo.
Puso la llave en el contacto para activar el sistema eléctrico del coche y bajó la ventanilla.
Simon Cook se inclinó, miró hacia el interior y agitó la mano a su lado.
Tenía vendados los nudillos de la mano derecha; los golpes sobre la ventanilla del coche parecían haber agravado el dolor.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —preguntó Cook.
Eric negó con la cabeza, pues, por un momento, se había quedado sin palabras. El exterior estaba oscuro. Las farolas iluminaban el aparcamiento con un resplandor naranja artificial. ¿Cuánto tiempo llevaba dormido?
—Lleva horas aparcado aquí. Esto no es un área de servicio —continuó Cook, que no dejaba de inspeccionarse el dorso de la mano—. Es el aparcamiento de una empresa privada.
—Lo sé… Lo sé —balbuceó Eric, que aprovechó para mirar el reloj. Eran más de las seis—. ¿Le duele la mano?
Simon Cook lo miró fijamente, frunciendo el ceño.
—Trabajo aquí. Me raspé los nudillos contra un perno al enganchar una caravana a un vehículo —explicó Simon mientras continuaba inspeccionando el interior del coche de Eric—. ¿Qué está haciendo aquí?
Simon dejó de examinar el habitáculo cuando vio lo que había sobre el asiento del copiloto.
—Yo estaba… eh… —balbuceó Eric.
—¿Es policía? —preguntó Simon Cook, sorprendido. La expresión de su rostro se oscureció.
Eric se sintió repentinamente a la defensiva.
¿Cómo podía saberlo? Nunca se habían visto.
Siguió la mirada de Cook hacia el asiento del copiloto, donde había dejado su cartera.
Estaba abierta; su placa y el escudo de la policía estaban completamente a la vista.
Maldijo en silencio mientras negaba con la cabeza.
—¿Qué está haciendo aquí? ¿Me está siguiendo? —insistió Cook.
Lo hizo con un tono de voz que parecía teñido de miedo, o tal vez de ira, quizá ambas cosas. Eric no sabría decirlo.
—No, no. En absoluto —replicó Eric, que sintió que lo invadía el pánico—. ¿Dónde está Tara?
Soltó aquellas palabras sin pensar. Cook se quedó desconcertado.
—Tara… Yo… No sé qué… Yo… —murmuró, confundido. Eric se mantuvo serio, esperando una respuesta. Cook se encogió de hombros en señal de disculpa—. No lo sé. Creo que se ha ido a su casa. ¿Por qué, qué quiere de ella?