Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Eric Collet reprimió un bostezo. Le dolía la espalda de llevar tanto tiempo en el coche y necesitaba ir al baño con mucha urgencia.

Echó un vistazo al reloj del salpicadero e intentó calcular cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había dormido algo, pero al cabo de unos segundos se rindió.

Todo le resultaba demasiado agotador. Sentía una tentación cada vez mayor de cerrar los ojos.

Miró hacia la calle en ambas direcciones, y comprobó que estaba tranquila.

Consideró la posibilidad de dar un paseo.

¿Llamaría la atención si lo hiciera? No había mucho tráfico, así que la respuesta a esa pregunta era probablemente afirmativa.

El Audi de Tara Byrons estaba aparcado en la entrada de su casa.

Era un coche muy bonito y se preguntó cuánto costaría mantenerlo.

¿Le pegaría a él? Era un poco llamativo.

«A Becca podría gustarle», pensó. Descartó la idea de inmediato.

No le gustaría. No le interesaban los coches ni las cosas materiales en general.

Lo que le importaba era la gente. Eso era lo que le encantaba de ella.

Eric suponía que eso se debía a que tenía una familia muy extensa en la que había muchos sobrinos y sobrinas.

Esa, probablemente, sería la razón por la que siempre estaba hablando del futuro y preguntándole qué pensaba sobre la idea de tener hijos.

Planificar, eso era lo que a ella le encantaba.

Un hombre salió de una casa contigua a la de Tara, con una bolsa blanca de basura en las manos.

Miró hacia la calle y sus ojos se detuvieron en Eric, que se encogió en su asiento en un gesto casi involuntario, tratando de pasar desapercibido.

¿Lo estaba mirando a él? El hombre avanzó hasta el final del camino de entrada de su casa, donde los servicios municipales recogían los contenedores.

Dejó caer la bolsa en uno de ellos, cerró la tapa y entró de nuevo en la casa sin volver a mirar a Eric. El oficial se relajó.

Había muy pocos coches aparcados junto a las casas.

La mayoría de la gente estaría en el trabajo, con total seguridad.

Eric estaba sentado en un coche sin distintivos policiales en la calle de Tara, tan cerca de su casa como se atrevía, pero lo bastante lejos como para no llamar la atención si la mujer miraba por la ventana.

Había ido primero a su centro educativo, pero no había visto su coche entre todos los que estaban aparcados en la zona reservada para los trabajadores.

Llamó al colegio poniendo un pretexto falso y le dijeron que Tara Byrons no estaba disponible.

Tras una breve conversación, colgó después de que le contaran que estaba enferma y no había ido a trabajar.

No fueron capaces de facilitarle una fecha prevista para su regreso.

Aquello le intrigó, ya que Tara parecía estar bastante bien cuando Tamara y él hablaron con ella.

¿Se habría puesto enferma después de aquello?

No le daba la impresión de que fuera una persona delicada.

De hecho, todo lo contrario: le parecía una mujer atlética que estaba en una forma excelente.

Eric sentía que se le caían los ojos y ajustó la calefacción del coche, bajándola a dieciséis grados, y aumentó la potencia del aire.

Sintió el frío en la cara y, sobre todo, en los pies, y le resultó desagradable, pero necesitaba mantenerse alerta.

Aunque no sabía para qué. Como aquello no le sirvió de nada, decidió que necesitaba estirar las piernas, aunque solo fuera para alejar sus recurrentes pensamientos sobre sus necesidades fisiológicas.

Así pues, apagó el motor y alcanzó la manilla de la puerta.

Apenas había puesto un pie en la acera cuando se abrió la puerta de la casa de Tara y la mujer salió de ella.

Eric maldijo entre dientes; ya no podía volver al coche.

Sería sospechoso y llamaría la atención.

Cerró la puerta del coche, pero no echó el seguro por si necesitaba moverse rápidamente.

Emprendió el camino hacia la casa más cercana, se detuvo para atarse los cordones de los zapatos y se arriesgó a mirar a Tara.

Iba vestida de manera informal y estaba claro que no se dirigía al trabajo.

Incluso desde una distancia como aquella, le pareció que tenía buen aspecto y que, desde luego, no estaba postrada en cama, como le había dado a entender el trabajador de la escuela.

Tara miró en su dirección mientras abría la puerta de su coche, pero no pareció advertir su presencia.

Eric se incorporó y continuó caminando justo cuando Tara daba marcha atrás con su coche para salir hacia la calle.

El oficial no se atrevió a mirarla de nuevo mientras continuaba avanzando hacia la puerta de aquella otra casa.

Pulsó el timbre y lo escuchó resonar en el interior mientras el coche de Tara pasaba justo detrás de él.

Cuando se alejó un poco, Eric giró la cabeza y la vio llegar al final de la calle y poner el intermitente para girar a la derecha según se acercaba al cruce.

La puerta que tenía ante él se abrió y apareció una mujer con una mirada expectante en el rostro. El oficial esbozó una sonrisa.

—Hola. ¿Puedo ayudarlo en algo? —le preguntó.

Eric negó con la cabeza, avergonzado.

—No, lo siento. Me he equivocado de número.

Corrió hacia su coche y se subió a él de un salto.

Los neumáticos chirriaron cuando dio la vuelta y arrancó a toda velocidad.

Con un poco de suerte, podría recuperar la distancia que lo separaba de Tara.

No quería tener que explicarle a su jefe que había perdido a su presa mientras estaba sentado en un coche enfrente de su casa.

Como no venía nadie al llegar al cruce, pudo salir de la urbanización sin demora y dirigirse en la misma dirección que Tara.

En apenas unos segundos, dio con una fila de coches que se había formado tras un tractor que avanzaba por la calzada.

Por suerte para él, pudo ver el Audi de Tara cerca de la cabeza de dicha fila.

Como Eric conocía bien las carreteras locales, sabía que nadie iba a escapar de aquel pequeño atasco con rapidez.

Avanzó con cautela por la carretera de la costa durante tres kilómetros más hasta que se percató de que Tara señalizó que iba a girar y cruzó el carril contrario.

Cuando él llegó al cruce, la mujer estaba a cierta distancia, así que se dispuso a seguirla.

Como había escapado ya del tráfico lento y ahora se encontraba en una carretera más abierta, aceleró.

Tara Byrons debió hacer lo mismo, aprovechando la velocidad y la potencia de su coche, porque él no conseguía recortar distancias.

Sin embargo, las carreteras de la zona estaban llenas de rectas, aunque hubiera también algunas curvas y giros.

Las oportunidades de desviarse hacia otras carreteras eran escasas.

Eric pudo seguir el coche de Tara con relativa facilidad.

Solo cuando la mujer pareció estar cerca de su destino, Eric se acercó a su coche lo suficiente como para sentir la necesidad de reducir la velocidad y evitar despertar sospechas en ella.

Tara giró a la izquierda y entró en un camping para caravanas.

Eric hizo lo mismo. Justo después de la entrada, la carretera se bifurcaba en dos rutas: una conducía al área de servicios comunes y a un pequeño aparcamiento, y la otra terminaba en el área en el que se encontraban las caravanas.

Tara cogió este segundo camino. Eric se detuvo en el aparcamiento.

Era la opción menos arriesgada y estaba seguro de que podría mantenerla vigilada desde aquel punto estratégico.

El camping estaba tranquilo, apenas había gente por allí.

Eric detuvo su coche justo en el hueco que existía entre el edificio que albergaba la oficina y la tienda y lo que a él le daba la sensación de que era el área de lavandería.

Desde allí tenía una buena vista, si acaso ligeramente obstaculizada, de las caravanas de uso permanente y del camino que conducía hasta ellas.

Observó cómo Tara aparcaba su coche al otro lado del edificio.

La mujer inspeccionó la zona con aire despreocupado antes de dirigirse a su derecha y salir del campo de visión del oficial.

Eric se bajó deprisa de su coche y recorrió tan rápido como pudo la distancia que lo separaba del edificio en el que estaba la tienda, utilizándolo como refugio para ocultarse.

La tienda estaba cerrada y tenía las persianas bajadas.

Se asomó por una esquina y vio a Tara caminar con determinación hacia una de las caravanas.

Cuando llegó a ella, llamó a la puerta con los nudillos.

Segundos después, la puerta se abrió hacia fuera y Simon Cook la sujetó para que no se cerrara.

Fue muy evidente que el hombre se alegró de verla.

Cuando Tara se acercó un poco, se inclinó hacia él y se dieron un beso de bienvenida breve pero apasionado.

Cuando ella pasó junto a Simon, él la siguió con la mirada y deslizó la mano desde el marco de la puerta hasta la parte baja de la espalda de la mujer.

Tras echar una última mirada hacia el exterior, Simon volvió a entrar y cerró la puerta.

«Vaya, vaya, vaya», susurró Eric para sí mismo, mirando la pantalla de su móvil para ver las fotos que acababa de tomar.

A pesar de la distancia desde la que las había sacado, tenían buena calidad.

Cuando amplió la primera de las imágenes para verla bien, comprobó que ambos eran fácilmente identificables.

Buscó el número de Janssen y se llevó el teléfono al oído mientras regresaba al coche.