Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Janssen abrió la puerta de la sala de interrogatorios y entró.

Gretta Mulholland, la líder de la comunidad de los Hermanos de Plymouth donde Susan Cook vivió durante los años en los que estuvo desaparecida, estaba sentada sola detrás de una mesa.

Lo único que había delante de ella era un vaso de plástico vacío de la máquina expendedora de café, que uno de los agentes le había llevado mientras esperaba.

La mujer levantó la vista por un instante cuando Janssen entró, pero pronto volvió a bajarla hacia la mesa que tenía delante.

En su anterior encuentro, había transmitido la sensación de estar en control de la situación y de ser muy autoritaria.

Ahora, sentada en aquella sala de interrogatorios, envuelta en un abrigo gris y una bufanda, parecía mucho mayor de lo que era, frágil y diminuta.

—Gretta —la saludó el inspector, que cerró la puerta tras de sí y se sentó frente a la mujer—. Debo decir que me ha sorprendido un poco recibir la llamada.

Gretta levantó la vista y se encontró con la mirada del inspector, llena de curiosidad. Asintió para indicar que lo comprendía.

—No es que haya venido aquí sin meditarlo mucho, inspector.

Janssen vio las arrugas de su rostro y la oscuridad de la piel que rodeaba los ojos de la mujer. Estaba profundamente angustiada y parecía llevar días sin dormir bien.

—La noticia que nos dieron sobre Susan, sobre su muerte…, me impactó mucho.

En su día a Janssen le había dado la impresión de que no era así, pero no hizo ningún comentario al respecto.

—Y me temo que no fui del todo sincera con ustedes —añadió Gretta, levantando la vista para mirar al inspector a los ojos, y desvió la mirada con rapidez.

—¿En qué sentido?

—Yo sabía que Susan iba a volver aquí y sabía por qué. Lo que le sucedió aquí hace muchos años la motivó a venir en busca de nosotros, de nuestra comunidad… hace casi diez años.

—¿Fue a buscar a su comunidad?

Gretta negó con la cabeza.

—Bueno, no exactamente. Fue a buscar a su madre —dijo Gretta de forma seca—. Fue a buscarme a mí.

Janssen sintió que se le desplomaban los hombros a causa de la sorpresa. Eso no se lo había visto venir. Susan Cook había sido abandonada por su madre cuando era niña, pero él no sabía que hubiera ninguna conexión con Gretta. La mujer leyó la sorpresa en su expresión.

—Gretta es un nombre que yo adopté, inspector, y después me casé. Temí que ustedes descubrieran la conexión entre nosotras desde el momento en que vinieron a Bluebelle. Con el tiempo, estoy segura de que lo habrían hecho.

—¿Por qué no nos lo contó sin más?

—Tengo mucho que perder, inspector. La comunidad que Jefferson, mi difunto marido, y yo nos esforzamos tanto en construir se basa en la confianza y en la unión.

¿Cómo podría destruir todo eso? Tiffany Cole era una joven a la que le estaba costando muchísimo hacerse un lugar en el mundo en el momento en el que se quedó embarazada.

Cometió muchos errores, vivió una vida sumida en el pecado.

La enterré hace veinticinco años. Su tiempo se había acabado.

—¿Nadie lo sabía?

—No —respondió la mujer, moviendo la cabeza de lado a lado en señal de negación—.

No lo sabían. Ni siquiera mi marido tenía conocimiento de la existencia de Susan.

De mi pasado, sí. Era un hombre bueno y cariñoso que perdonó los pecados de mi vida anterior.

Verá, Bluebelle era la casa de sus antepasados y juntos construimos nuestra comunidad, tratamos de obrar un cambio en nuestro entorno para la gloria de Dios.

Cuando Susan llegó, yo acababa de perder a Jefferson.

Falleció repentinamente de un infarto y admito que yo me sentí muy perdida en mi aflicción.

»Fue la fuerza de la comunidad, junto con mi fe, lo que me ayudó a superarlo.

Me tomé la reaparición de mi hija como una bendición, otra oportunidad de redención.

Me aseguré de que Susan comprendiera que nuestro pasado siempre permanecería entre nosotras dos, desde el momento en que llamó a la puerta de mi casa.

Ella lo aceptó, y eso la convirtió en una persona mucho mejor de lo que yo jamás seré.

Nunca podría haberla culpado por la ira y el resentimiento que sentía, aunque en realidad no era así.

Ella necesitaba a alguien. Necesitaba a su madre.

—¿Cómo la encontró?

Gretta desvió la mirada y se quedó unos instantes con la boca abierta.

—A día de hoy, sigo sin saberlo. Susan era una joven inteligente e ingeniosa, mucho más que su madre a esa misma edad, se lo aseguro.

La dejé… Cuando la abandoné, lo hice en las puertas de un hospicio.

Sabía que lo gestionaba la iglesia, que la iban a cuidar mucho mejor de lo que yo podría hacerlo.

Que terminaría en un buen hogar. Metí un par de fotografías en el bolsillo de su abrigo.

Eran de nosotras dos, de cuando ella era pequeña.

Deben estar guardadas en algún sitio, no lo sé.

»En fin, eso no hace más que demostrar que yo solo era una cría.

El hospicio se puso en contacto con las autoridades y la policía me localizó y me detuvo.

Fue lo mejor que me ha pasado en la vida.

Me vi obligada a enfrentarme a mis demonios, el alcohol y las drogas.

Encontré consuelo en la presencia del Señor.

A mi hija la estaban cuidando mejor de lo que yo jamás podría haberlo hecho…

y me fui. No esperaba volver a ver a Susan nunca más.

En cualquier caso, ella me localizó. Como le digo, era una chica ingeniosa.

Me impresionó y me sorprendió a partes iguales.

—¿Por qué me lo cuenta ahora? —preguntó el inspector.

Gretta suspiró.

—Por varias razones, si le soy sincera. A pesar de lo que pueda creer, mi conciencia me ha atormentado desde el día en el que la abandoné.

Susan ha estado presente en mis pensamientos y en mis oraciones todos los días desde entonces y, si no estaba en condiciones o no fui capaz de hacer lo correcto por ella en vida, tal vez debería hacerlo en la muerte.

Janssen se recostó en su asiento, cruzó los brazos sobre el pecho y reflexionó sobre aquellas palabras.

—¿Y no teme una reacción negativa por parte de su comunidad si se descubre su secreto?

Gretta lo miró fijamente.

—Ya se ha descubierto, inspector. He reunido al grupo para hablar con todos ellos antes de venir aquí.

Sin duda, estarán evaluando mi futuro en estos momentos.

Me he puesto en sus manos y, sea cual sea su decisión, ya me castiguen o me perdonen, no será nada en comparación con las cosas con las que tendré que vivir hasta el día de mi muerte.

Debería haber intentado detener a Susan, haberla protegido como es el deber de una madre.

—Usted no podía saber lo que le iba a pasar.

—Puede que no. Pero el tiempo de los secretos se ha terminado. A todos nos llega el día en el que debemos enfrentarnos al juicio tras cruzar las puertas del cielo, y yo pretendo hacerlo con la conciencia tranquila.

Gretta se agachó para coger algo que tenía a un lado y volvió a ponerse derecha; en una mano tenía una bolsa de plástico doblada, que dejó sobre la mesa.

Hubo un breve momento de duda antes de empujarla hacia el inspector.

Este entrecerró los ojos, sin saber muy bien qué era lo que tenía ante sí.

Le dio la vuelta a la bolsa, la desplegó y examinó su contenido.

Había un montón de sobres en el interior, todos abiertos y sujetos entre sí con una goma elástica.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Gretta se enderezó del todo.

—Son cartas personales —explicó. Janssen enarcó una ceja en un gesto inquisitorio—. De Susan. Las cogí de su habitación antes de que ustedes fueran a Bluebelle.

—¿Por qué hizo tal cosa?

—Estaba aterrorizada, inspector.

El tono de su voz y la mirada desesperada que había en sus ojos le indicaron a Janssen que aquella respuesta había sido sincera.

—Aterrorizada por lo que podría perder si todo el mundo supiera la verdad sobre mi pasado.

—Gretta se retorcía las manos mientras hablaba—.

Me arrepiento de muchas cosas que he hecho en mi vida, inspector Janssen.

Tener a mi hija no es una de ellas. Ahora lo comprendo.

Ni puedo ni quiero decir el nombre de su padre…

Casi no puedo ni mirarme al espejo cuando pienso en él.

Fui sincera con Susan. No hablaría con ella de su padre por mucho que insistiera…

y créame, insistió mucho, pero eso me lo llevaré conmigo a la tumba.

Es hora de que la gente conozca a mi maravillosa hija, a la que estoy orgullosa de haber podido conocer.

—¿Y qué me dice de sus efectos personales? ¿Un diario? —preguntó Janssen, mirando dentro de la bolsa.

—Lo quemé.

—¿Que hizo qué?

Janssen sintió cómo lo invadía la ira, aunque fue capaz de contenerse.

—Lo siento. No debería haberlo hecho, pero después de su visita… Intenté enterrarlo todo, ocultar el pasado lo mejor que pude. Susan hablaba en el diario de mí, de su infancia y de cómo se sentía acerca de nuestra relación actual. En ese momento, no podía permitir que nadie lo viera.

—Habría información en él que podría ser vital para encontrar a su asesino.

—Lo sé —dijo Gretta. Su tono contrastaba con la gravedad de sus actos—. Pero ya está hecho y no se puede revertir.

—Me ha dicho antes que usted sabía por qué Susan volvió a Norfolk —dijo el inspector, abriendo las manos—. ¿Podría iluminarme al respecto?

—Para enfrentarse a sus demonios mientras aún estuviera a tiempo de hacerlo, inspector. Para reparar una injusticia.

—Lo dice como si le quedara poco tiempo.

—Oh, y tanto. Mi hija padecía cáncer, inspector.

—Lo sabemos. El forense nos informó de ello.

—¿Sabía usted que su última sesión de quimioterapia había fracasado? ¿Que ya no se podía hacer mucho más por ella?

Janssen negó con la cabeza.

—No, no lo sabía. Lo siento. ¿Cuánto tiempo le quedaba?

—Meses, años… ¿quién podría saberlo con exactitud?

—¿Cuál era la injusticia a la que se ha referido?

Gretta se inclinó hacia delante, colocó con calma las manos sobre la mesa con las palmas hacia abajo y señaló la bolsa que el inspector tenía ante sí.

—Tiene que leer las cartas.

—¿Las has leído usted?

Gretta ladeó la cabeza.

—Algunas, sí. A veces el tono es cordial; otras veces… no tanto.

—¿De quiénes son?

—De personas a las que Susan quería, inspector Janssen. Y, al parecer, guardar secretos es algo habitual en nuestra familia.

***

Janssen se sentó a solas en la sala de operaciones y comenzó a revisar las cartas manuscritas que había recibido Susan Cook.

Pocas veces se sentía tan descolocado como en aquel momento.

Tamara no contestaba al móvil y todas las llamadas terminaban en el buzón de voz.

Dejó la carta que tenía en la mano sobre el escritorio y se frotó la cara con energía en un intento de sacudirse el cansancio.

Necesitaba tener la mente despejada. Escuchó que alguien entraba en la sala de operaciones por detrás de él. Se giró y vio a Eric.

—Qué oportuno, Eric. Coge tu abrigo, necesito que hagas un recado.

Eric se detuvo en el sitio en el que estaba. Sus dedos apenas habían tocado la cremallera de su abrigo. El oficial miró a Janssen y, luego, hacia el reloj de la pared. El inspector le leyó el pensamiento.

—Puedes comer algo de camino.

—¿A dónde voy? —le preguntó Eric con algo de frustración.

—Necesito que vayas a ver a Tara Byrons.

Eric volvió a mirar el reloj.

—A esta hora, estará en la escuela. ¿Quieres que la recoja para traerla aquí?

—No —respondió Janssen, negando con la cabeza—. Quiero que la vigiles de cerca. Quiero saber a dónde va y con quién habla. Nada más. No la pierdas de vista e infórmame de cada movimiento que haga.

Eric frunció el ceño.

—¿Por qué nos interesa Tara?

Janssen se levantó, cogió la carta que tenía delante y se la ofreció a Eric.

—Porque llevaba bastante tiempo sabiendo dónde se encontraba Susan Cook.

Eric echó un vistazo a la hoja y levantó la vista para mirar a Janssen.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Eric.

—No lo sé con certeza, pero llevan intercambiando cartas desde hace al menos un par de años.

—¿Por qué nos ha mentido?

—Esa es la pregunta, Eric. En efecto, ¿por qué?