CAPÍTULO 30 #2
Cuando entró en la misma, le pareció que nada había cambiado.
Los técnicos de la escena del crimen la habían examinado minuciosamente, catalogando y fotografiando cada centímetro de la estancia.
Janssen se situó en el centro de la habitación y enfocó con la luz de su móvil buscando cualquier cosa que le llamara la atención.
No había nada. «Debe haber venido aquí por alguna razón», pensó .
A menos que estuviera reviviendo acontecimientos pasados…
, glorias pretéritas, como los maltratadores solían hacer.
Quizá había sido una última experiencia para avivar el recuerdo antes de quitarse la vida.
El inspector abandonó su búsqueda y volvió al exterior.
Eric estaba en cuclillas junto a la puerta del lado del conductor.
Estaba abierta, lo cual le irritó. El chico debería saber que eso no se debía hacer hasta que llegaran los técnicos de Criminalística.
Eric debió leerle la cara cuando se acercó a él, ya que se levantó para ofrecerle una explicación.
Janssen estaba decidido a echarle un buen rapapolvo.
—Hay algo en el espacio para los pies —explicó Eric, señalando hacia los pies de Baker.
Janssen aparcó su mosqueo y se acercó para ver por sí mismo. Entre los pies del fallecido, junto a los pedales del coche, había un trozo de papel, aparentemente arrancado de un cuaderno. No estaba doblado y, ladeando la cabeza, pudo leerlo.
Lo siento. Ninguna de ellas se lo merecía.
No me merecían.
La nota no estaba firmada y la letra era titubeante y errática.
—¿Qué te parece? —preguntó Eric.
Janssen no respondió. En vez de hacerlo, examinó el calzado de Baker, así como la alfombra que cubría el suelo debajo de los pies del hombre.
Después, recorrió con la mirada la parte posterior de sus piernas.
Acto seguido, salió del habitáculo para escudriñar el terreno alrededor del coche.
Se dirigió a la parte trasera del vehículo, echó un vistazo rápido a los asientos traseros y luego fue hacia el maletero.
Con cuidado de no mover la manguera insertada en el tubo de escape, se puso un par de guantes de látex y probó la puerta del maletero del Land Rover, que no estaba cerrada con llave.
—Suicidio —le dijo Eric—. ¿Crees que pudo hacerlo a causa de la presión que le provocó comprender que la verdad estaba a punto de salir a la luz?
Janssen abrió la puerta del maletero e inspeccionó el interior.
Estaba vacío. Volvió a cerrarla y miró a su alrededor.
Recorrió con la mirada el edificio, y luego los campos circundantes.
Un lugar donde podía acontecer un horror tan indescriptible en un entorno tan hermoso. Miró a Eric y negó con la cabeza.
—Solo si Baker fuera capaz de deslizarse hacia atrás para entrar en el coche.
—¿Cómo dices? —preguntó Eric.
—Los talones de sus zapatos. Hay barro en la parte trasera de los zapatos, que se extiende hasta la base de los pantalones.
—¿Alguien lo arrastró hasta el coche? —preguntó Eric, visiblemente sorprendido.
—Eso es lo que yo creo. No dudo de que lo hayan matado los gases, pero me da a mí que él no lo sabía. Échale un vistazo tú mismo y vuelve a leer la nota.
Janssen se hizo a un lado mientras intercambiaban posiciones. Eric se acercó de nuevo a los pies de Baker, releyó la nota manuscrita y examinó los zapatos.
—La letra es temblorosa, tienes razón —dijo Eric—. ¿No podría deberse a la emoción…, al frenesí asociado a la acción que estaba a punto de llevar a cabo?
—O un indicio de coacción. Tener al lado de tu cabeza el cañón de una escopeta cargada te infundiría un miedo atroz y produciría un efecto similar —explicó Janssen—. Además, partiendo de la hipótesis de que fuera Baker quien agredió a Sarah Caseley…, ¿dónde está la escopeta?
Eric se encogió de hombros.
—Podría haberla tirado en algún sitio.
—¿Para qué molestarse en hacer eso si vas a venir aquí a suicidarte?
Eric no pudo rebatirlo. A nivel estrictamente superficial, el suicidio encajaba a la perfección, pero bastaba con rascar un poco la superficie para descubrir la verdad.
—Esto solo cuadraría si Neil Baker lo hubiera perpetrado todo como un montaje —afirmó el inspector—. Alguien quiere que cerremos la investigación y carguemos la culpa sobre Baker.
—Muy limpio y ordenado —dijo Eric—. Pero ¿quién?
Janssen respiró hondo y se pasó una mano por el pelo.
Ninguna de las personas con las que habían hablado en relación con el caso parecía capaz de decir la verdad.
Todos parecían estar mintiendo. Lo único de lo que estaba seguro era de que no se podía fiar de ninguno de ellos.
Sonó su teléfono. Cuando fue a contestar, vio que la llamada procedía de la comisaría.
—Señor, hay alguien esperándolo en la comisaría.
Reconoció la voz de Gavin, el empleado civil que atendía la recepción durante la semana.
—Me parece que no voy a volver para allá pronto —le dijo—. ¿Puede tomarle los datos y yo me pondré en contacto más tarde?
—La mujer es bastante insistente, señor.
Por un momento, Janssen se temió que Samantha hubiera ido a la comisaría y se la imaginó reprendiendo al recepcionista mientras exigía verlo, pero descartó la idea. Ni siquiera ella sería tan estúpida como para hacer algo así.
—¿Sabe quién es? —preguntó.
—Una señora llamada Gretta Mulholland. Dice que quiere hablar con usted sobre lo que asegura que es un asunto urgente.
Le he explicado que usted no se encontraba aquí en la comisaría, pero…
—El recepcionista bajó la voz. Probablemente la mujer estaría cerca y podría oírlo—.
Pero no me explica de qué se trata. Solo quiere hablar con usted o con la inspectora jefe Greave, y yo no sé cuándo la inspectora jefe…
—Dígale que estaré allí en breve —dijo el inspector, que colgó a continuación. Se volvió hacia Eric y señaló el Land Rover—. Tendrás que esperar aquí a que llegue el equipo forense. Mandaré a algún agente a recogerte. Tengo que regresar a la comisaría.
Janssen volvió rápidamente a su coche, sintiendo una gran curiosidad por saber qué habría motivado que Gretta quisiera hablar con ellos.