CAPÍTULO 30
Janssen estaba contemplando los tablones que colgaban de una de las paredes de la sala de operaciones, examinando la red de amistades, conocidos y posibles agresores que tenían algún tipo de vínculo con Susan Cook.
Le sorprendió cómo el hecho de profundizar en lo que había sido un caso relativamente sencillo de desaparición podía haber desentrañado tal entramado.
—¿Cómo vamos con Neil Baker? —preguntó.
Eric, que estaba trabajando sin descanso en su ordenador con el teléfono sujeto entre la oreja y el hombro, levantó la vista hacia él. El oficial estaba en espera en una llamada con la compañía telefónica de Baker.
—Sus amigos y familiares no lo han visto ni han sabido nada de él desde que lo viste en Holkham. Más tarde ese mismo día le mandó un mensaje a su hijo para decirle que se iba a escapar por ahí unos días, pero no le dijo a dónde.
—¿Es eso algo inusual?
Eric negó con la cabeza.
—Aparentemente, no. Según parece, tiende a actuar de forma impulsiva.
Kyle, su hijo, me ha dicho que lo llamó anoche después de que el hospital se pusiera en contacto con él porque su padre no había acudido a su cita de diálisis.
Va tres veces por semana, todas las semanas, y tenía cita el mismo día que hablaste con él.
Que falte a una cita de diálisis sí que es inusual.
A su hijo le saltó el buzón de voz y Neil no le ha devuelto la llamada.
—¿Cuentas bancarias, tarjetas de crédito?
—Nada. Si está gastando dinero, lo está haciendo en efectivo —afirmó Eric—. A menos que hayamos llegado tarde y ya haya abandonado el país —añadió, frunciendo el ceño—. ¿Lo ves probable?
Janssen no respondió. Todavía estaba tratando de comprender cómo Baker había logrado engañarlo con tanta facilidad.
Suspicaz por naturaleza, un rasgo esencial en un buen detective, el inspector no había desconfiado de Baker como solía hacerlo.
Quizá Tamara tenía razón. No estaba pasando por su mejor momento.
El caos en su vida personal estaba afectando a su trabajo.
Una vez que se resolviera aquel caso, tendría que tomar algunas decisiones.
—Sí, sigo aquí —dijo Eric con desaliento. Daba la sensación de que lo habían vuelto a poner en espera, porque suspiró y volvió a centrarse en su pantalla.
Teniendo en cuenta que no habían obtenido ningún resultado en gasolineras, tiendas o cajeros automáticos, estaban prácticamente sin pistas sobre el posible paradero de Neil Baker.
La descripción del hombre y la información relacionada con su vehículo ya se habían difundido entre los organismos competentes y, si intentaba coger un vuelo para salir del país, sería detenido de inmediato.
Janssen estaba bastante seguro de que Baker no había abandonado el país.
No había pruebas de que hubiera realizado ninguna compra online relacionada con alguna compañía aérea o algún ferri.
Si intentaba pagar algún tipo de billete en efectivo, su pasaporte saltaría en el sistema y darían la señal de alarma.
No. Neil Baker seguía en el Reino Unido, y Janssen se atrevería a aventurar que permanecía por aquella zona.
—Sí. Genial. Gracias —dijo Eric, que de repente pareció animarse y se incorporó en su asiento. Movió el ratón e hizo clic sobre algo en la pantalla—. Sí, lo tengo, gracias.
Eric colgó y levantó la vista con una amplia sonrisa en el rostro. Janssen se acercó y se colocó de pie detrás de él.
—¿Qué tienes?
—Todos los registros relacionados con los movimientos de Neil Baker durante la última semana. Bueno, los de su teléfono.
—Y por registros te refieres a…
—Conexiones con las torres de telefonía móvil. Eso significa que podemos trazar…
—Los lugares en los que ha estado. Sí, lo entiendo. Empieza por los más recientes, ¿quieres?
Eric abrió la hoja de cálculo en su ordenador.
Observaron el círculo girando en la pantalla durante unos segundos, que se hicieron eternos, mientras la máquina procesaba la solicitud.
La pantalla se iluminó y reflejó los datos.
Eric clasificó enseguida la información aplicando filtros de cronología.
—¿Dónde ha estado? —preguntó Janssen.
—Un momento —respondió Eric, acercándose a la pantalla para verla más de cerca.
Copió la información de una celda, la llevó a otra pantalla y la volcó allí.
Se abrió una nueva pestaña con un mapa. Janssen reconoció la topografía.
Seguía estando en el norte de Norfolk. Eric amplió la imagen y se generó un círculo sombreado, en cuyo centro se encontraba la última torre de telefonía móvil a la que se había conectado el teléfono de Baker.
El resto del círculo era el área que cubría esa torre en particular. Era extensa.
—¿Hay algún solapamiento? —preguntó el inspector.
—¿Entre torres?
Janssen asintió.
—Lo hay —respondió Eric, señalando la pantalla—, pero estos son datos en tiempo real. Su móvil está conectado a esta torre en este momento.
Eric amplió el mapa, enfocando la zona con mayor nitidez. Era predominantemente rural, como gran parte del norte de Norfolk.
—¿Qué demonios crees que está haciendo ahí? —preguntó Eric.
Janssen sabía dónde encontrar al hombre.
—Vamos, Eric —instó, dándole una palmada en el hombro al oficial—. Pongámonos en marcha.
—¿En marcha? ¿En marcha a dónde?
***
El Land Rover rojo estaba aparcado delante de la entrada principal de Wellesley Manor.
La expectación por obtener un resultado, que había sido cada vez mayor desde que salieron de la comisaría, se desvaneció de forma inmediata.
Janssen apagó el motor del coche y miró a Eric antes de bajarse.
Por la expresión del rostro de su compañero, tampoco parecía tener prisa por hacerlo.
Las luces de posición del Land Rover estaban encendidas.
El motor, no. Debía haberse quedado sin combustible.
El habitáculo del coche estaba envuelto en gris, impidiendo así que se viera su interior.
Cuando se acercó, Janssen distinguió la silueta inmóvil de una persona en el asiento del conductor.
Escapaba humo a través de la rendija de la ventanilla, que estaba bajada solo lo necesario para que cupiera la manguera.
Para no moverla, rodeó el coche y se situó en el lado del copiloto.
Se bajó la manga para cubrirse la mano, empujó la manilla de la puerta con suavidad y la abrió, dando un paso atrás para evitar tragarse la nube de humo procedente del tubo de escape.
Se tapó la boca y la nariz con la mano que le quedaba libre.
Al cabo de unos instantes, el interior del coche se despejó y el inspector pudo acercarse para examinar el cuerpo.
Sin duda se trataba de Neil Baker. Estaba en el asiento del conductor, inclinado hacia delante, con la cabeza desplomada sobre el volante.
Janssen se agachó para tener otra perspectiva y poder observar la cara de Baker desde abajo.
—¿Llamo a una ambulancia? —preguntó Eric, aunque con tono poco entusiasta.
Janssen se inclinó y le tomó el pulso a Baker con delicadeza. El cuerpo estaba frío como el hielo. Ya lo sabía, pero tenía que estar seguro.
—Me parece que es un poco tarde para eso —respondió, mirando a Eric.
El inspector volvió a centrar su atención en el fallecido y no encontró ningún indicio de traumatismo corporal.
Inspeccionó el dorso de sus manos y comprobó que Baker no parecía haber participado en ninguna pelea.
Aparte de la decoloración de tono rojo oscuro bajo la piel, que era evidente en todas las partes de su cuerpo que estaban expuestas, parecía ileso.
La nariz de Baker estaba casi negra, probablemente debido a la sangre que se le había acumulado allí tras caer la cabeza hacia delante después de la muerte.
—¿Siempre tienen este aspecto? —preguntó Eric.
Janssen le respondió mirando hacia atrás.
—Depende del tiempo transcurrido y del grado de exposición al monóxido de carbono —dijo en voz baja—. Este se difunde a través de los alvéolos, se une a la hemoglobina de la sangre y genera ese color rojo o rosa brillante después de la muerte.
El inspector miró el salpicadero. Todavía estaba iluminado.
Había estado en lo cierto: el motor se había apagado porque el coche se había quedado sin combustible.
El olor del interior era agobiante y ya sentía que le empezaba a doler la cabeza.
Salió del coche para inhalar una bocanada de aire fresco.
Eric parecía tener náuseas. Tal vez fuera la primera vez que veía un suicidio como aquel.
Habría más a lo largo de su carrera profesional.
—¿Puedes avisar? —le pidió el inspector—. Voy a echar un vistazo en el interior.
Janssen recorrió la corta distancia que lo separaba de la puerta de entrada al edificio y, cuando llegó a ella, encontró la cinta de acordonamiento policial colgando a un lado.
El equipo de Criminalística había precintado el edificio tras el hallazgo del lugar en el que habían atacado a Susan Cook.
En esa ocasión, la puerta se abrió con mucha más facilidad.
El día estaba nublado, pero no demasiado plomizo, aunque eso no afectaba en absoluto al interior, que seguía igual de oscuro.
El inspector encendió la linterna del móvil y se adentró en el edificio.
Alguien había estado allí desde que lo acordonaron, y él estaba muy seguro de a dónde se había dirigido.
Estaba bastante convencido de que no había nadie más en el interior de la casa, pero aun así procedió con cautela.
El avanzado estado de deterioro de la propiedad lo obligaba a ser prudente, y más teniendo en cuenta la fuerte tormenta que acababan de sufrir.
Al llegar a la habitación que las chicas llamaban «el agujero», se encontró la puerta abierta.
De nuevo, habían retirado la cinta policial.
Estaba tirada en el suelo, junto a la entrada de la habitación.