Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Janssen llamó al timbre de la casa por segunda vez y se alejó de la puerta para observar la fachada.

Las cortinas estaban abiertas, tanto en la planta baja como en las habitaciones de arriba.

Miró su reloj. Eran las ocho y media de la mañana.

Aún era temprano. Tamara había acompañado a Sarah Caseley en la ambulancia hasta el hospital, pues quería estar a su lado si recuperaba la conciencia.

Estaba a punto de dirigirse a la parte trasera de la propiedad cuando oyó un cerrojo deslizándose al otro lado de la puerta y una llave girando en la cerradura.

Pudo ver una silueta a través de un resquicio del cristal esmerilado de la puerta.

Unos instantes después, la puerta se entreabrió.

Abigail Thomas lo estaba mirando con recelo.

Él dudaba que la hubiera despertado. Estaba completamente vestida y parecía lista para afrontar el día.

—Inspector —saludó con una sonrisa acogedora—, ¿en qué puedo ayudarlo a esta hora del día?

—Señora Thomas, ¿le importaría que charláramos un momento? Tiene que ver con una conocida suya, Sarah Caseley.

—¿Sarah? Sí, por supuesto. Pase, por favor —invitó la mujer, que abrió la puerta del todo y le hizo señas a Janssen para que entrara.

Abigail había comenzado a dirigirse hacia el interior de la casa cuando él cruzó la puerta tras limpiarse los pies en el felpudo.

A pesar de haberse quitado ya la indumentaria impermeable y las botas de agua que había llevado puestas durante la búsqueda de Sarah, sus zapatos aún tenían barro de la zona anegada en la que habían dejado el coche.

Al observar a Abigail, notó que se movía con rigidez, lo que despertó su curiosidad.

Se apresuró para alcanzarla y seguirla hasta el salón.

Había una taza de café humeante sobre una mesita situada junto a un sillón, al lado de la chimenea sin cerramiento.

El fuego estaba preparado, pero aún no encendido; había leña apilada y un pequeño tronco de abedul plantado encima.

Janssen observó una caja de cerillas abierta sobre el hogar y vio varios de los fósforos esparcidos sobre la losa de pizarra, como si se hubieran caído de la caja.

Abigail se dio cuenta de lo que estaba mirando.

—¿Le importaría hacer los honores, inspector? —le preguntó, señalando la chimenea—. El invierno ya me resulta bastante duro por sí solo, pero, si además hay esta humedad, lo paso muy mal. Le prepararé un café mientras lo hace. Me da la sensación de que le vendría bien tomarse uno. ¿Cómo lo quiere?

—Solo y sin azúcar, por favor.

La mujer tenía razón. Estaba sufriendo los efectos de no haber dormido en toda la noche.

Se desabrochó el abrigo, se arrodilló y cogió la caja de cerillas, mirando hacia atrás mientras Abigail se alejaba con pasos vacilantes hacia la cocina, que estaba al lado.

Encendió una cerilla y se irritó al ver que se apagaba antes de que hubiera tenido tiempo de estirar la mano hacia la pastilla de encendido que había en la base del montón de leña.

La siguiente funcionó mejor, así que el inspector se acercó para mantener la llama contra la pastilla, que ardió de inmediato.

Janssen se puso en cuclillas y esperó a que la leña prendiera.

Cuando estuvo seguro de que las llamas se habían consolidado, recogió las cerillas sueltas, las volvió a guardar en la caja y colocó la rejilla de protección en su sitio.

Abigail regresó con otra taza y se la pasó mientras él se ponía de pie.

—Gracias —le dijo, señalando el fuego—. Es usted muy amable. Lo estoy pasando mal en estos momentos.

—¿Por qué? —le preguntó Janssen.

—La maldita artritis reumatoide —explicó Abigail que, acto seguido, extendió una mano por delante de su cuerpo y la miró fijamente. Tenía los nudillos inflamados y varios de ellos parecían curvados, como garras—. Va empeorando cada año, sobre todo en invierno.

—Y no la sufre solo en las manos, ¿verdad?

La mujer soltó una risa desdeñosa.

—¡Por supuesto que no! Es usted bueno. Debe ser un gran detective —dijo con una sonrisa irónica. Janssen le devolvió la sonrisa—. Me afecta a todas las articulaciones. Nunca he sido de las que hacen las cosas a medias, ya sabe. Hay que terminar lo que se empieza, como se suele decir.

—Perdóneme —replicó Janssen—, pero no parece tener edad para eso.

—Ojalá fuera así, inspector —dijo Abigail con un tono seco de voz.

Le ofreció asiento a Janssen mientras ella hacía lo propio junto al fuego.

El inspector se sentó en el sofá, sosteniendo la taza con ambas manos y apreciando el calor que generaba—.

Eso pensé yo cuando el médico me lo diagnosticó.

Treinta y ocho años. Esa era la edad que tenía.

Al parecer, es algo más común a partir de los cuarenta.

En especial entre las mujeres. ¿Quién lo podría haber imaginado?

Supongo que me tocó antes de tiempo, una suerte.

La mujer le dio un sorbo a su bebida y echó un vistazo hacia el fuego antes de continuar explicándose.

—Mis manos se estaban deteriorando a un ritmo bastante alarmante, sobre todo teniendo en cuenta mi carrera profesional.

Supuse que me había estado exigiendo más de la cuenta con la puesta en marcha de la galería; además, tenía la agenda llena de encargos…

. y varias exposiciones que preparar. Todo iba a un ritmo fantástico.

El período más exitoso de mi vida, sin duda alguna. Y entonces, esto.

La expresión del rostro de Abigail se volvió sombría; no dejaba de mirarse la mano derecha.

—Pero sigue pintando —dijo Janssen.

La mujer asintió.

—Por supuesto. Y algunos días son mejores que otros.

Estoy segura de que siempre pintaré de una u otra forma —dijo Abigail con un suspiro—.

Por desgracia, mis obras más recientes no se consideran tan atractivas como las que realicé en mis mejores años.

Eso me hace parecer muy vieja, inspector.

Apenas han pasado seis años de aquella época.

En fin, basta ya de quejarme. Me ha dicho que tenía que hablar conmigo sobre Sarah.

—Sí. Doy por hecho que la conoce, ¿verdad?

—Por supuesto que sí. Somos amigas —aseguró—. Nos conocemos desde hace mucho tiempo.

—¿Desde que estuvieron juntas en Wellesley?

—Sí.

Abigail no añadió nada más. De nuevo, a Janssen le pareció extraño que Sarah Caseley no les hubiera confirmado aquella amistad cuando hablaron con ella por primera vez y, en vez de eso, hubiera fingido que solo conocía a Abigail por ser famosa en la zona.

—¿Puede decirme cuándo fue la última vez que la vio o habló con ella?

Abigail hizo una pequeña pausa y levantó su taza una vez más, aunque no dejó de mirar al inspector a los ojos en ningún momento.

—Ayer. La vi ayer. Vino aquí, a mi casa. ¿Por qué lo pregunta?

—Alguien atacó a Sarah anoche —dijo el inspector.

Abigail abrió la boca, sorprendida.

—Dios mío. Qué horror. ¿Está bien?

—La secuestraron en su casa, al parecer la golpearon y la dejaron en las marismas. La hemos encontrado a primera hora de la mañana. Me temo que su estado no es bueno.

Abigail se llevó una mano a la boca y miró a su alrededor.

Janssen evaluó el comportamiento de la mujer.

No solo sus respuestas ante aquella información, sino también su estado físico.

Era imposible que aquella mujer hubiera irrumpido en la casa de los Caseley, y mucho menos que hubiera sometido a Sarah y la hubiera arrastrado hasta las marismas. No era físicamente capaz de ello.

—Eso es… terrible —dijo Abigail, mirando al suelo—. No encuentro palabras.

El fuego seguía ardiendo bien, pero Janssen se levantó para echar un leño más grande; luego, volvió a colocar la rejilla y se sentó de nuevo.

—Abigail, ¿conoce usted a alguien que pudiera desear hacerle daño a Sarah?

Ella negó con la cabeza.

—¿Para qué vino a verla ayer?

—Por Susi —afirmó. Luego, miró al inspector un momento, pero enseguida desvió la mirada—. Estaba sufriendo tras enterarse de lo que le había ocurrido. A Susan, quiero decir. Es terrible lo que le sucedió. Y pensar que cuando me visitaron la primera vez se estaban refiriendo a Susan…

Una mano de la mujer aún sostenía la taza; la otra jugueteaba distraídamente con el colgante de su collar.

—¿Y por qué acudió a usted?

La pregunta le provocó un gesto serio que se disipó casi de inmediato. Janssen percibió su reticencia.

—Estamos al tanto de las acusaciones que rodean su estancia en Wellesley. Varias personas han confirmado lo que creían que sucedía allí. Algunas cosas son rumores y otras son lo más parecido a una confirmación que vamos a poder obtener después de tantos años.

—En ese caso, inspector —dijo Abigail—, comprenderá el grado de confianza que existe entre las que pasamos por aquel lugar. Es ese tipo de vínculo que solo se forja ante la adversidad. Sarah necesitaba hablar con alguien y no tiene a nadie más.

—Tiene a su marido. Él se preocupa por ella. Fui testigo de ello anoche.

—¡Ja! —exclamó Abigail, que echó la cabeza hacia atrás en un gesto que denotaba que aquella idea le parecía ridícula—. James Caseley es un machista y un mujeriego, lo sabe todo el mundo. Lo único que le interesa es él mismo.

—Sarah nos dijo que le preocupaba que él pudiera enterarse de su pasado.

—¿Les contó esa estupidez?

Janssen se quedó estupefacto, pero se cuidó de no demostrarlo.

—James lo sabía todo sobre su mujer —aseguró Abigail, sacudiendo la cabeza.

—Entonces, ¿no le ocultaba su estancia en Wellesley?

Abigail suspiró.

—Quiero a Sarah como a la hermana que nunca tuve, inspector, pero es una mujer muy complicada. Con ella nunca se sabe, es tan propensa a…. En fin, no me parece correcto hablar mal de ella dadas las circunstancias, pero le cuesta mucho decir la verdad.

—Entonces, su marido lo sabe todo, según usted… ¿Puede darme más detalles?