CAPÍTULO 28 #2
Se acercó con cautela junto con otras dos personas, una de ellas un agente de la unidad canina, usando la varilla para tantear con cuidado el terreno que tenían por delante de ellos mientras caminaban.
Creía saber dónde debía estaba el suelo en todo momento, pero, hasta que no pudiera verlo, tenía que ser muy prudente.
El interior del coche no se había librado de la crecida de la marea.
El nivel del agua que había en el habitáculo, de color marrón oscuro, alcanzaba la altura de los asientos delanteros y era aún más alto en la parte de atrás.
Janssen miró a través de uno de los cristales del coche y vio que estaba vacío.
La parte trasera del vehículo colgaba peligrosamente sobre el borde de la ribera, así que el coche era inaccesible hasta que pudieran alejarlo de las aguas más profundas.
Eso no sería posible hasta que bajara la marea.
El oficial de la unidad canina indicó que no había indicios de presencia humana dentro del vehículo, así que Janssen negó con la cabeza en la distancia hacia Tamara, quien reconoció la información levantando una mano.
El inspector se sintió aliviado, pero también se temió que hubieran llevado a Sarah hasta el puerto, igual que había sucedido con Susan solo unos días antes.
Se detuvo para mirar a su alrededor. El sol naciente los bañaba con su luz, reflejándose en el agua tranquila que los rodeaba.
Estaba seguro de que encontrarían a Sarah durante ese día.
Una persona podría haber abandonado aquella zona a pie durante la noche, pero era poco probable que lo hubiera hecho con una prisionera a cuestas.
Pero sí que se hacía una pregunta. ¿En qué estado la encontrarían?
El paisaje era llano en todas direcciones; la reserva natural quedaba a la izquierda y el mar abierto se podía ver más allá de las dunas, a la derecha.
Entre ambos puntos, la vegetación sobresalía del agua.
Cualquier pequeño arbusto podría ocultar fácilmente a un ser humano de su vista.
El retroceso del agua de la crecida podría arrastrar a una persona hacia un lugar más profundo o depositarlo en uno de los esteros de marea más ocultos si la topografía del lugar donde se encontraba era propicia para ello.
Quizá su idea de que iban a encontrar a Sarah con rapidez había sido demasiado optimista.
El equipo de búsqueda tenía que desplegarse a ambos lados del camino elevado mientras un segundo equipo avanzaba por una pista diferente, a través de la marisma, hacia el propio Thornham.
Utilizando su varilla de sondeo como bastón, el inspector regresó al lugar donde el equipo de búsqueda se preparaba para partir en busca de Sarah Caseley.
Janssen se alegró de comprobar que sus suposiciones eran correctas.
Aunque había cierta inestabilidad, el nivel del agua permitía el paso cerca de las rutas de senderismo señalizadas.
Durante la oscuridad de la noche anterior, era poco probable que alguien que caminara por allí se hubiera desviado mucho de aquellas rutas.
El nivel del agua podría haber estado algo más bajo cuando lo hicieron, lo que lo habría facilitado aún más.
La decisión de haber elegido aquel lugar le reafirmó a Janssen la conclusión de que tenía que tratarse de alguien de la zona.
Nadie que no conociera el terreno habría tomado una decisión como esa.
La búsqueda avanzaba despacio pero con determinación.
Iban buscando cualquier cosa que no encajara allí: prendas de vestir, calzado o efectos personales que no se consideraran de forma inmediata como algo habitual.
El inspector encontró tiempo para pensar mientras iban avanzando, y en su mente barajó las diferentes posibilidades.
¿Tenía razón Tamara? ¿Habrían hablado ya con el asesino?
De ser así, les faltaba la pieza clave del puzle, la información crucial o el error que lo encajara todo.
Si asumían que Sarah Caseley era otra víctima, a la que habían atacado de forma similar a como lo hicieron con Susan Cook, lo que vinculaba a ambas mujeres era su estancia en Wellesley.
Partiendo de la teoría más plausible de que Susan sabía algo que le había costado la vida, era concebible que Sarah compartiera esa información, lo que la convertía en un objetivo potencial.
Los sospechosos obvios serían los trabajadores del hogar infantil, lo cual integraba en la ecuación las acusaciones vertidas por Kirsty Davies.
Al inspector no le cuadraba nada la muerte accidental de Kirsty.
El caso se había investigado en su momento y se había descartado otra opción, y él se resistía a criticar a sus compañeros por haber llevado a cabo una investigación defectuosa, pero algo no le encajaba.
Al revisar las pruebas documentales que se recogieron cuando sucedieron los hechos, a Janssen le dio la impresión de que se había tratado de una investigación carente de empatía, insensible y desdeñosa.
Se suponía que las investigaciones debían basarse en los hechos, pero en aquel caso el enfoque que se había adoptado le sugería al inspector que se había buscado una resolución rápida.
Cuando los casos se cerraban con rapidez, se pasaban por alto cosas importantes.
Ahora, ocurría lo mismo que entonces. A Janssen se le ocurrió la idea de investigar a la familia biológica conocida de Kirsty Davies, si es que tenía alguna.
Quizá alguna otra persona había considerado la posibilidad de que existiera algo más detrás del caso de la chica y la reaparición de Susan hubiera desencadenado una respuesta catastrófica.
Se escuchó un grito a su derecha. Todos se detuvieron y dirigieron las miradas hacia el agente que tenía el brazo levantado.
Tamara, en calidad de coordinadora, evaluaría el hallazgo antes de reorientar la búsqueda.
Nadie debía moverse a menos que ella diera la orden de hacerlo.
Sería una idea terrible que los miembros de los equipos de búsqueda se desviaran de su ubicación actual, rompiendo así la estrategia ordenada del patrón de rastreo.
Por la reacción de Tamara, la búsqueda de Sarah Caseley había terminado.
La inspectora jefe le hizo una señal a Janssen para que se acercara y se arrodilló en el agua.
El inspector empezó a recorrer el terreno que lo separaba de ella tan rápido como se atrevió y oyó la llamada por radio para pedir una ambulancia, lo que le provocó una sensación de alivio.
Era posible que la mujer aún estuviera viva.
Al acercarse a Tamara, la encontró arrodillada sobre el terreno, ignorando el hecho de que el agua se estaba filtrando por el borde de sus botas y le estaba empapando la ropa.
La inspectora jefe, que sostenía con delicadeza la cabeza maltrecha de Sarah Caseley para asegurarse de que sus vías respiratorias se mantuvieran despejadas, lo miró con nerviosismo.
El pronóstico de Sarah no era demasiado bueno.
Y no era de extrañar, teniendo en cuenta que había pasado la noche en aquel lugar.
Janssen miró hacia el punto de partida de la búsqueda, donde los sanitarios aguardaban, y vio que dos de ellos se dirigían ya hacia donde se encontraban.
—Ya vienen —dijo.
Sarah gimió. Fue un sonido grave y gutural, apenas audible.
Su rostro se contrajo tras un espasmo involuntario.
A Janssen le sorprendía que aún estuviera viva.
Estaba tumbada con gran parte del cuerpo sumergido en agua fría, y el color de su piel era más que pálido, tenía más bien un tono grisáceo.
Como mínimo, debía estar sufriendo hipotermia.
La mujer tenía una herida en la cabeza, justo encima de la sien derecha; la sangre había dejado de fluir a través de ella y se había coagulado.
Tenía el ojo izquierdo visiblemente hinchado, al igual que la mejilla del mismo lado de la cara.
Janssen había visto suficientes palizas a lo largo de los años como para saber que alguien se había ensañado con ella.
—La ayuda viene de camino, Sarah —le susurró Tamara al oído.
Sarah murmuró algo. Apenas movió los labios y sus palabras parecieron incoherentes. Agitó un momento los párpados y, por un instante, Janssen se preguntó si estaba recobrando la conciencia.
—¿Qué has dicho, Sarah? —le preguntó Tamara.
La respiración de la mujer se volvió aún más superficial y sus labios, teñidos de azul a causa del frío, se movieron ligeramente mientras intentaba articular palabras. Solo una parte de lo que dijo fue reconocible.
—Abi —repitió en voz baja antes de perder el conocimiento.
Tamara miró a Janssen.