CAPÍTULO 28
Los faros del coche de Janssen iluminaron el coche patrulla que estaba aparcado cruzando Staithe Lane, el carril que bordeaba Thornham y que conducía hasta el antiguo puerto.
Junto al coche había un agente de policía con un chaleco reflectante que les hizo señas para que se detuvieran.
Janssen frenó y bajó la ventanilla; la lluvia se empezó a filtrar a través de la misma nada más hacerlo.
El agente se inclinó para hablar con ellos, colocando una mano enguantada sobre el marco del parabrisas, no solo con la intención de sujetarse para luchar contra la fuerza del viento, sino también para protegerse la cara de la lluvia torrencial.
El agente hizo una mueca de dolor; el agua le goteaba por el borde de la gorra mientras hablaba.
—No podemos avanzar más, señor —dijo—. La tormenta ha provocado una marejada más grande de lo esperado. El agua ha rebasado los márgenes e inundado el carril hasta el antiguo puerto. El pronóstico del tiempo dice que la situación va a empeorar en las próximas horas.
Janssen miró hacia delante, esforzándose por ver algo. Era la noche más oscura que había visto en mucho tiempo y lo único que podía divisar era la lluvia horizontal que atravesaba los haces de luz de sus faros.
—¿Qué hay del Mercedes? —preguntó Tamara desde el asiento del copiloto.
El agente se inclinó más para poder dirigirse a ella.
—Está ahí delante, señora, pero no hemos podido distinguir a ningún ocupante en su interior.
—¿La unidad de intervención armada?
—Viene de camino —respondió Janssen.
Un instante después, llegó la unidad canina y se detuvo detrás de ellos. Un agente se bajó del coche y se dirigió a la parte trasera del mismo para dejar salir a un pastor alemán.
—Es su decisión —dijo Janssen, mirando a Tamara—. El carril se inunda muchas veces por aquí, no es nada extraordinario, pero… —El inspector dejó la frase sin terminar.
Tamara miró a su alrededor y observó una negrura absoluta que no les permitía ver ningún detalle de lo que tenían por delante.
—La unidad canina no va a servir de nada si la zona está inundada —dijo, decepcionada—. De este sitio salen muchos caminos, ¿no?
—Sí —respondió Janssen—. Son rutas muy conocidas, para pasear por los humedales.
—No podemos ir andando a ciegas en la oscuridad, sobre todo si el sospechoso podría estar armado. ¿Podemos acceder a la zona por otro sitio? ¿Llegan los diversos caminos hasta otros lugares concretos?
Janssen lo pensó. Comprendió lo que Tamara estaba pensando. La elección de una localización era importante para comprender las motivaciones del sospechoso, para hacerse una idea de lo que quería conseguir. Sin embargo, a veces, los lugares que se descartaban podían ser igual de importantes.
—Sí, esta zona es muy abierta. Si se quiere, se puede salir de ella por varios puntos.
Hay una reserva natural, además de varios caminos que conducen primero a las dunas y después a la costa, y otro que termina en Brancaster.
Pero sigue siendo un lugar bastante aislado y extraño como para venir a él.
—Y más en una noche como esta, sin duda… Aquí es donde encontramos a Susan. No es un sitio aleatorio —afirmó Tamara—. Venir aquí es fruto de una decisión específica.
La tentación de pensar que el asesino había vuelto a actuar era inevitable, pero, al mismo tiempo, a Janssen le parecía todo demasiado obvio. Tenía que haber algo más.
—Si el asesino ha traído aquí a Sarah, no podemos permitirnos el lujo de esperar —espetó Janssen.
—No vamos a seguirlos hasta las marismas, Tom —dijo Tamara—. Vamos a reunir a unos cuantos agentes para cercar la zona; cerraremos las vías de entrada y salida y…
—¿Está bromeando? —reaccionó el inspector, que apretó el volante con ambas manos—. No podemos acordonar un área de este tamaño. Necesitaríamos un ejército.
—Es lo mejor que podemos hacer hasta el amanecer —replicó Tamara—.
Si las condiciones fueran mejores, podríamos desplegar equipos de búsqueda, pero estando el tiempo así…
—dijo señalando hacia el exterior del coche, donde el viento golpeaba contra el mismo sin cesar, provocando que, justo en aquel momento, el vehículo se meciera suavemente, como si estuviera ayudándola a argumentar su opinión—. Sería una irresponsabilidad.
—¡Si Sarah está con el asesino de Susan, estará muerta si esperamos hasta el amanecer!
—Tom —dijo Tamara, que se giró en su asiento para mirarlo a la cara—.
Sé que es una mierda, pero no podemos permitirnos que se produzcan más víctimas.
En estas condiciones, con las inundaciones que hay…
no podemos correr ese riesgo. Organizaremos un equipo de búsqueda, reclutaremos a todos los agentes que podamos, pero vamos a esperar hasta mañana y saldremos en cuanto amanezca.
Janssen la miró a los ojos. Tamara tenía razón.
Pero eso no significaba que tuviera que gustarle su decisión.
Sin decir nada más, salió del coche y dio un portazo.
Comenzó a dar instrucciones a los agentes que esperaban en el exterior.
Miró hacia el coche y vio que Tamara lo estaba observando.
No fue capaz de interpretar la expresión del rostro de su compañera.
Al cabo de un momento, ella sacó su móvil e hizo una llamada. Iba a ser una noche larga.
***
A medida que la oscuridad se disipaba, el entorno se iba haciendo cada vez más nítido.
Janssen recorrió con la vista el equipo que habían logrado reunir durante la madrugada.
Junto a él y Tamara Greave había otras quince personas.
Se trataba de varios agentes de policía, dos unidades caninas y varios voluntarios del equipo municipal de salvamento fluvial de aguas rápidas, que conocían bien las vías navegables y su comportamiento en aquellas condiciones.
El frente tormentoso había pasado a las cuatro de la madrugada, tras lo cual, por suerte, había cesado la lluvia.
Sin embargo, el fuerte viento seguía soplando, lo que probablemente iba a dificultar sus esfuerzos porque provocaba que el nivel del agua permaneciera elevado durante más tiempo.
Las nubes costeras estaban desapareciendo y pronto saldría el sol.
Mientras tanto, continuarían trabajando bajo el gris plomizo de la luz del alba.
El equipo de búsqueda avanzó y Tamara se unió a él tras darle las gracias a alguien a través del móvil antes de colgar y guardárselo en el bolsillo.
Janssen le dirigió una mirada inquisitoria.
Ella movió la cabeza de lado a lado en señal de negación.
—No se ha visto a nadie en ninguno de los puntos de control del perímetro —le informó—. Parece que todas las personas sensatas se han quedado en casa durante la noche.
Janssen la evaluó. Parecía cansada. No era de extrañar, ya que se habían pasado la noche en el coche, esperando el amanecer.
Ninguno de los dos había conseguido dormir decentemente.
Estaba seguro de que habían hecho todo lo posible para vigilar los accesos peatonales a las marismas y las rutas conocidas de entrada y salida a la zona, pero también era muy consciente de que cercar aquel perímetro era una tarea poco menos que imposible.
Alguien de la zona, experimentado en aquel terreno, podría sortear la presencia policial sin dificultad, sobre todo en una noche como aquella.
Tamara y Janssen se unieron al equipo de búsqueda, armados con varillas de sondeo para examinar el terreno que tenían por delante mientras comenzaban a avanzar por Staithe Lane.
El antiguo cobertizo de carbón apareció a la vista en cuanto el sol asomó por el horizonte.
El edificio estaba sumergido bajo el agua que inundaba la zona, y había una isla de reciente creación, cerca de la cual flotaban unos cuantos barcos.
Janssen miró a su izquierda a los dos agentes de la unidad de intervención, que se habían unido a ellos por precaución.
Lo más probable era que quien hubiera atacado y secuestrado a Sarah Caseley ya se hubiera ido, y además hacía tiempo, pero aun así les ofrecían seguridad.
El agua le llegaba a Janssen hasta la mitad de la espinilla mientras el grupo seguía avanzando, manteniéndose en todo momento en el camino conocido.
Cuando dejaran atrás el cobertizo de carbón, se dividirían y se adentrarían en las marismas siguiendo las rutas de senderismo, guiados por aquellos que conocían el terreno.
El camino elevado, que conducía hasta la playa a través de los observatorios de aves, permanecía por encima del nivel del agua.
A la izquierda se encontraban los humedales y la reserva natural.
A la derecha estaban los esteros de marea y, más allá, las dunas de arena, que se veían en la distancia.
Incluso a la luz del día había riesgos y tenían que avanzar despacio.
No tardaron mucho en encontrar el Mercedes blanco.
Estaba fuera del agua en un ángulo extraño, con la parte delantera más cercana a ellos elevada.
Parecía que estaba aparcado en la pista que discurría junto al punto de acceso principal al puerto.
O bien el conductor había calculado mal dónde se encontraba, o bien la corriente lo había arrastrado hacia aguas más profundas, porque Janssen estimó que se había detenido en el borde de la ribera, tambaleándose justo en el filo.