Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

Tamara reflexionó por unos instantes.

—Señor Caseley, usted ha invertido en luces y cámaras para mejorar la seguridad a petición de su mujer. ¿Es eso correcto?

—Sí. Yo escucho siempre a Sarah… Es solo que no me di cuenta de que…

—¿Estaban abiertas las puertas exteriores cuando usted ha regresado a casa esta noche?

—Sí, creo que lo estaban —dijo Caseley, frunciendo el ceño en señal de concentración.

—¿Podemos ver las imágenes?

—Por supuesto —respondió—. Podemos verlas en mi portátil, en la cocina.

El hombre comenzó a andar con determinación, muy satisfecho por estar haciendo algo productivo, y los dos detectives lo siguieron.

El portátil estaba al final de la mesa de la cocina, y Caseley lo encendió.

Esperaron mientras el hombre hacía doble clic sobre un icono para cargar el programa. Entonces maldijo en voz baja.

—Maldita sea.

—¿Qué pasa? —preguntó Tamara, acercándose para mirar por encima del hombro de Caseley. La pantalla estaba en blanco, salvo por un mensaje de error.

—No se puede conectar al disco duro… desde donde se envían los datos —explicó, mirando a Tamara a los ojos—. El disco duro está en… mi estudio.

Los tres regresaron al estudio. Esta vez, Tamara entró y Janssen puso una mano con suavidad sobre el antebrazo de Caseley cuando hizo ademán de seguirla.

—Está en el mueble de la esquina, detrás de mi escritorio —afirmó Caseley, guiándola con una mano extendida.

Tamara tuvo mucho cuidado al abrir el mueble para no dejar huellas. Dentro, hacia la parte trasera del primer estante, encontró una maraña de cables. No había rastro del disco duro. Miró a los dos hombres que estaban bajo el umbral de la puerta y movió la cabeza de lado a lado en señal de negación.

—Ha desaparecido. Quizá no eran las llaves del armero lo que buscaban después de todo.

James Caseley perdió el ánimo de manera notoria. La emoción ante la posibilidad de realizar un gran avance se esfumó en cuestión de segundos.

—No me percaté de que estuviera en peligro… De verdad que no —dijo, mirando a Janssen.

—Creo que ninguno de nosotros se percató, señor Caseley. Ese hueco vacío en el armero… —dijo Janssen, señalando el armario destrozado—, ¿falta algún arma de fuego?

Caseley miró al otro lado y Tamara siguió su mirada. Ambos observaron los cartuchos de escopeta que estaban esparcidos por el suelo, al pie del mueble. Se suponía que las municiones debían guardarse separadas de las armas, pero aquel no era el momento de reprocharle al hombre esa infracción.

—Sí —dijo Caseley—. Me falta mi P y V.

—¿P y V? —preguntó Tamara.

—Perugini y Visini, fabricada a medida y grabada para mí en Italia.

—¿Tiene alguna característica distintiva?

Caseley consideró la pregunta, con una expresión de profunda concentración.

—Oh, sin duda. Es una escopeta de calibre doce, con dos cañones superpuestos…, equilibrada para la caza menor, lo que la hace más ligera y fácil de manejar. La culata está adaptada a mis medidas y…

Tamara intuyó que el hombre podía añadir más información, pero, de repente, Caseley interrumpió su descripción. Había sido una distracción momentánea que no duró mucho.

—Haremos todo lo posible por encontrar a Sarah —dijo la inspectora jefe, que volvió a situarse junto a los dos hombres en el exterior del estudio.

Le dio un toque a Janssen en el antebrazo y, con naturalidad, lo alejó de Caseley.

Una vez que estuvo segura de que el hombre no podía escucharlos, se giró hacia el inspector—.

Tenemos que trabajar con la posibilidad de que hayan secuestrado a Sarah.

Muy probablemente, alguien que ahora está armado.

—Estoy de acuerdo —dijo Janssen—. Pero ¿por dónde empezamos a buscar? Supongo que esto tiene que ver con Susan y, por lo tanto, es lógico que gire en torno a Wellesley. ¿Echamos un vistazo por allí?

—No es mala idea —asintió la inspectora jefe.

En aquel momento apareció Eric, que se apoyó en el marco de la puerta principal con una mirada de excitación en el rostro.

—Ha llamado un civil para informar de que un Mercedes conducía de forma muy imprudente. Creía que el conductor estaba borracho. Sería demasiada coincidencia que no fuera el coche de Sarah.

James Caseley apareció detrás de ellos, muy animado.

—¿Es ella? ¿Han encontrado a Sarah? —preguntó.

—Déjenoslo a nosotros, señor Caseley. Los agentes se quedarán aquí con usted mientras trabajamos en el caso.

Tamara le hizo una señal a un agente que esperaba en la puerta principal, que se acercó y guio al hombre abatido de nuevo hacia la cocina. Parecía perdido y confundido por los acontecimientos de la noche.

—¿Dónde han visto el coche? —preguntó la inspectora jefe.

—En dirección al puerto —respondió Eric.

—¿El antiguo puerto de Thornham? —insistió Tamara.

Eric asintió.

—Vamos para allá —instó la inspectora jefe, mirando a Janssen—. Que una unidad de intervención armada se reúna con nosotros allí y que la unidad canina aquí presente también venga. ¿Cuándo se informó del suceso?

—Hace una hora —respondió Eric.

—Entonces, nos llevan una hora de ventaja.