Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

En el camino de entrada de la casa de los Caseley encontraron tres vehículos policiales aparcados detrás del flamante Range Rover de James Caseley.

Uno de los vehículos era una unidad canina y el adiestrador ya estaba peinando los amplios terrenos que rodeaban la propiedad.

La puerta principal estaba abierta y Tamara y Janssen se sacudieron los abrigos antes de entrar.

Los recibió una agente que les indicó que se dirigieran a la cocina, donde Eric estaba sentado junto a James Caseley.

El oficial investigador vio acercarse a sus compañeros y se levantó para recibirlos en la puerta, con una expresión de preocupación en el rostro.

—Sarah Caseley ha desaparecido —afirmó.

James levantó la vista desde su asiento junto a la mesa de la cocina, sobre la que tenía las manos juntas, con los dedos entrelazados. El personaje pomposo y grandilocuente que habían conocido en los días anteriores era ahora una sombra de sí mismo. El hombre parecía conmocionado. Eric bajó la voz.

—El señor Caseley llegó a casa desde Londres esta noche, poco después de las diez, y encontró todo patas arriba, sin rastro de su mujer —les informó Eric, mirando por encima del hombro hacia James.

Este permaneció donde estaba, con la mirada perdida—.

Han revuelto todo el salón. A mí me da la impresión de que ha habido algún tipo de pelea, más que un robo.

Janssen se giró y miró hacia la estancia en cuestión. Había unas puertas dobles en el pasillo que conducían hasta ella e, incluso desde aquella distancia, se podían ver los restos de una mesa que habían volcado. Eric respondió a la pregunta implícita.

—Los forenses vienen de camino, así que de momento no he dejado que nadie entre en el salón. Hay sangre en la alfombra, pero no la suficiente como para que se trate de algo más que una herida superficial.

—¿Falta algo? —preguntó Tamara. Eric la miró, vacilante, y su expresión cambió. La inspectora jefe inclinó la cabeza hacia él y le habló en un susurro—: Sí, Eric, la jefa está borracha. Intente no montar una escena.

—Claro… No…, por supuesto que no —murmuró el oficial, que no tenía ni idea de hasta qué punto debía tomarse en serio aquel comentario.

—¿Falta algo? —insistió la inspectora jefe.

Eric miró su libreta.

—Nada obvio que pudiéramos esperar de un robo, pero…

—¿Pero? —repitió Tamara, preocupada por el tono de voz de Eric.

—Han entrado en el armero del señor Caseley.

Eric los guio de vuelta al vestíbulo y los acompañó hasta el otro extremo del mismo, donde había otra puerta.

Estaba entreabierta y el oficial la empujó suavemente con la punta de la bota.

Tamara se asomó, reacia a entrar para no arriesgarse a contaminar cualquier posible prueba.

El estudio era grande; probablemente había sido un salón antes de que la casa se ampliara en algún momento del pasado.

Había un gran escritorio cerca del centro de la habitación, junto a una chimenea de estilo tradicional.

En el extremo más alejado había un sofá tipo chéster y dos sillones a juego.

Las paredes estaban adornadas con fotografías que mostraban a miembros destacados de la familia, pertenecientes a generaciones anteriores.

El escritorio estaba despejado, pues todo lo que hubiera habido sobre él estaba ahora esparcido por el suelo, incluyendo una lámpara.

Varios de los cajones estaban abiertos y también habían sido vaciados sobre el suelo.

A la izquierda del sofá había un armero, que estaba cerrado con llave.

El cristal de las puertas estaba hecho añicos, al igual que la cerradura.

Tamara pensó de inmediato que no se trataba del modus operandi de un profesional.

Aquel condado era una zona predominantemente agrícola y, por lo tanto, había escopetas por todas partes.

Los fines de semana se celebraban cacerías con frecuencia y muchos de los que asistían a las mismas no trabajaban la tierra, sino que tan solo tenían devoción por las armas.

Como era de esperar, la policía estaba muy pendiente de garantizar la seguridad de quienes poseían armas de fuego, pero no era raro que estas fueran objeto de robos.

En aquel caso concreto, ella lo dudaba. A excepción de una ranura vacía en el armero, las demás armas seguían en su sitio.

—¿Qué cree que buscaban? —preguntó Eric.

—La llave de la cadena —dijo una voz desde atrás. Era James Caseley, que se había acercado y se había colocado unos metros por detrás de ellos—. Mantengo el armero cerrado con llave y las armas aseguradas con una cadena.

—Además de usted, ¿quién sabe dónde se guardan las llaves?

Caseley lo pensó.

—Creo que solo Sarah —dijo con voz monótona, mirándolos de forma inexpresiva. Movió la cabeza de lado a lado, presa de la desolación—. No la creí. Pensé que se estaba volviendo loca.

—¿Qué quiere decir con eso, señor Caseley? —le preguntó Tamara, que se colocó junto a él.

Caseley se quedó inmóvil, con los brazos a los lados, negando con la cabeza.

—Me dijo que corría peligro, que se sentía amenazada…, y yo no le hice caso —dijo, mirando al suelo—. Todo este tiempo ella ha seguido insistiendo… y yo la he ignorado casi por completo.

—¿Qué le decía Sarah? —presionó Tamara.

Caseley levantó la cabeza y la miró a los ojos.

—Que… Que podrían venir a por ella.

—¿Quiénes podrían venir a por ella?

El hombre negó con la cabeza, cada vez más nervioso y confundido. Se llevó las manos a la cara y se cubrió la nariz y la boca con las palmas.

—¿Qué he hecho? ¡Nunca debí haberla dejado sola!

—Señor Caseley —dijo Tamara, intentando que se centrara en ella—. ¿A quién le tenía miedo su mujer?

—No me lo contó. Por eso creí que todo estaba en su cabeza. A ver, que hubiera gente observándola, siguiéndola… Pero no se lo estaba inventando, ¿verdad que no? Por favor, encuéntrenla.

James Caseley extendió las manos y agarró con ellas la derecha de Tamara. Sus ojos imploraban ayuda.

—Haremos todo lo posible, James —le dijo la inspectora jefe, tratando de tranquilizarlo.

El hombre le soltó la mano, y, mientras Tamara la retiraba, observó con cuidado las de él.

No vio ninguna marca ni abrasión, ni tampoco había ninguna en su rostro.

El cuello de su camisa blanca tenía una capa de suciedad en el borde, algo habitual si la había llevado puesta todo el día.

Era poco probable que se hubiera duchado y cambiado aquella noche.

Convencida de que el estado que mostraba el hombre le habría valido una nominación al Óscar de haberlo fingido, descartó que pudiera estar involucrado en lo que hubiera sucedido.

—¿Sarah tiene coche propio? —preguntó Tamara.

Caseley asintió.

—Sí, tiene un Mercedes… Clase C.

—¿Está aquí?

—De ser así, estaría en el garaje —respondió.

—Voy a comprobarlo —dijo Eric, que pasó a toda velocidad junto a ellos para ir a mirar—. Si no está, difundiré la descripción.