Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Tamara abrió la puerta principal de su alojamiento tan silenciosamente como pudo, con la esperanza de que nadie la escuchara llegar.

Llevaba allí un mes y la pareja propietaria de la casa de huéspedes era agradable, muy agradable, y le caían muy bien, pero esa noche quería irse a su habitación sin interactuar con nadie.

La casa tenía cuatro habitaciones, que los dueños alquilaban a través de una página web.

El marido trabajaba de forma estacional; gestionaba un pequeño barco de alquiler que llevaba a los turistas a observar las aves silvestres y la población de focas en su hábitat natural.

Al ser aquella la época más tranquila del año, ella era la única huésped.

Además, la pareja acababa de tener su primer hijo y, a menudo, se veía envuelta en conversaciones sobre bebés y sobre si las cosas que les iban sucediendo en relación al niño eran lo que esperaban o no.

Teniendo en cuenta que una de las principales razones de la ruptura de su compromiso con Richard había sido que no deseaba tener hijos, tenía todavía menos ganas de que le estuvieran recordando el motivo exacto por el que su vida personal estaba hecha pedazos.

Comenzó a subir los escalones, y estos crujieron bajo el peso de su cuerpo.

Pero no apareció nadie, así que llegó hasta su habitación a toda prisa.

Tras entrar en su espacio personal, cerró la puerta y suspiró.

Se trataba de una habitación grande, amueblada con un estilo moderno que ocultaba la verdadera antigüedad del edificio, que, por lo que pensaba ella, debía tener siglos.

Disponía de un cuarto de baño privado y de una cocina pequeña que podía utilizar para las cosas más básicas, pero podía hacer uso de las instalaciones de la planta baja si lo necesitaba.

Estaba claro que tenía que buscarse un lugar para vivir, pero, hasta que no lograra resolver las diferencias con Richard, se encontraba en una especie de punto muerto.

Si hiciera una compra, necesitaría su parte de la propiedad que compartía con él cerca de Norwich.

Pedirle eso a Richard sin duda lo haría estallar.

Sacó de la nevera una botella de vino blanco que ya estaba abierta, se sirvió una copa y se dirigió al sofá situado debajo de la ventana, donde se dejó caer y se puso a contemplar el puerto.

Se acercaban nubes de tormenta, tal y como había pronosticado el tiempo.

Se distinguían aguaceros intermitentes que anunciaban la llegada de la tormenta en el resplandor de las luces que rodeaban el muelle.

También podían verse los barcos fondeados que subían y bajaban con el vaivén de la marea.

Ráfagas de viento golpeaban contra su ventana.

Se sentía agradecida por estar bajo techo.

Empezó a pensar en Richard. Él aún albergaba el deseo de que volvieran a estar juntos.

Eso se debía en parte a la reticencia que ella había mostrado a la posibilidad de dar el paso definitivo y, por otra parte, pensaba ella, a la terquedad de Richard.

Se trataba de un hombre que estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, fuera lo que fuera lo que se propusiera.

Por tanto, que ella rompiera la relación sin su consentimiento era algo que él probablemente no aceptaría, aunque fuera lo mejor para ambos.

Pero había más. Ella no le estaba dando falsas esperanzas, al menos esa no era su intención.

Todos sus amigos y conocidos estaban ahora casados, formando sus familias o ampliándolas.

Durante un tiempo, pareció no existir un fin de semana entre la primavera y el final del verano en el que no tuviera una boda o un bautizo.

Esas invitaciones habían ido disminuyendo a medida que se acercaba a los cuarenta.

Por suerte, también lo hacían las preguntas de sus amigos sobre sus planes de futuro.

Aquello podría cambiar cuando se conociera la noticia de su última ruptura sentimental.

Sin embargo, con su madre no sería exactamente así, porque Richard era siempre uno de los primeros temas del que hablaban cada vez que conversaban.

Por desgracia, eso no ocurría muy a menudo en aquellos momentos.

Después, comenzó a pensar en Janssen, y se preguntó qué le estaría pasando al inspector.

Nunca lo había visto así. Era un buen hombre y un detective muy íntegro.

Más allá de eso, ella había sentido la necesidad de acercarse a él, un instinto que había reprimido desde que tomó posesión del nuevo cargo.

Sus emociones estaban desbordadas y, a pesar de tener una reputación en su vida profesional, era muy consciente de sus defectos en la personal.

Lo último que le hacía falta era sacarse un clavo con otro con quien trabajaba a diario.

Aunque el deseo siguiera aflorando en su interior.

Además, tal vez se estaba sobrevalorando sí misma.

Cada vez que pensaba que él podría compartir sentimientos similares a los suyos, se producía algún comentario que la hacía pensar que la conexión solo era producto de su imaginación.

Mientras le daba sorbos a su vino, pensó en comer algo.

Como era reacia a enfrentarse a una interacción que sería inevitable si bajaba a la cocina, miró el reloj que tenía junto a la cama y se dio cuenta de que lo más probable era que no cenara aquella noche.

Se había quedado en el trabajo más tarde de lo previsto, mandando a casa a Eric y a Tom antes de tiempo mientras ella terminaba.

Todavía le sorprendía que los restaurantes cerraran tan temprano en aquel lugar.

Al margen de los escasos establecimientos de comida rápida, a menos que fueras a un hotel, era difícil encontrar un sitio para comer después de las ocho de la tarde, sobre todo en aquella época del año, y las tiendas no eran nada prácticas.

Se levantó, se acercó a la nevera pequeña y metió otra botella de vino para enfriarla. Si no se iba a preocupar por preparase la cena, lo menos que podía hacer era desconectar como era debido.

***

Se despertó sobresaltada. Por un momento, no recordaba dónde estaba.

Le dolía la espalda y se dio cuenta de que había estado tumbada en una postura incómoda en el sofá.

La lluvia golpeaba con fuerza la ventana que tenía delante mientras el viento aullaba en el exterior.

¿Era eso lo que la había despertado? Las luces de pared de su dormitorio ofrecían un resplandor tenue que iluminaba la habitación.

Volvió a repetirse el sonido; eran unos golpes en la puerta, solo que esta vez más impacientes.

Se incorporó despacio, se levantó del sofá y se estiró, sintiendo de nuevo un pinchazo en la zona lumbar.

Arrepintiéndose de haberse quedado dormida, miró el reloj de la mesita de noche mientras cruzaba la habitación y comprobó que era casi la una de la madrugada.

Se apartó el pelo de los ojos, entreabrió la puerta de su dormitorio y se encontró a Tom Janssen delante de ella. Abrió más la puerta, incapaz de ocultar su sorpresa.

—Tom, ¿qué hace aquí?

Tamara abrió la puerta del todo y lo invitó a entrar.

—He intentado llamarla, pero no contesta al teléfono —dijo el inspector, que la siguió hacia el interior de la habitación.

—Sí, lo siento. Lo había apagado —admitió Tamara, que se avergonzó cuando vio que Janssen le estaba echando un vistazo a la habitación.

La cama estaba sin hacer desde el día anterior y había ropa sucia amontonada sobre una silla junto a ella.

Sobre la mesa, que estaba junto al sofá, había una copa y dos botellas de vino vacías, una al lado de la otra.

Janssen no hizo ningún comentario al respecto—. ¿Qué ocurre?

—Han llamado a emergencias desde la residencia de los Caseley. Tenemos que ir para allá.

—De acuerdo —dijo la inspectora jefe, que se frotó las mejillas para intentar despertarse. Tenía la mente embotada y la boca seca—. ¿Qué sabemos?

—Parece que ha habido algún tipo de altercado. Lo ha denunciado James Caseley. Eric ya está allí.

—Ha sido rápido —dijo Tamara, buscando las llaves.

—Esta noche estaba de guardia, ¿recuerda?

—Ah, sí, claro.

La inspectora jefe cogió las llaves y le hizo un gesto al inspector para indicarle que ya estaba lista para salir.

Cuando llegaron al pasillo, escucharon el llanto de un bebé en la planta baja.

Probablemente fuera más adecuado decir que se estaba quejando a pleno pulmón. Janssen la miró; parecía avergonzado.

—Creo que he despertado al bebé. Imagino que esta noche no le voy a caer muy bien a su casera.

Tamara bajó las escaleras. Connie estaba en la cocina meciendo a su hija en brazos para intentar calmarla.

Al verlos aparecer al pie de las escaleras, se alejó de ellos en un desplante evidente.

Cuando salieron por la puerta, Janssen tuvo mucho cuidado de cerrarla con cautela para minimizar el ruido, aunque era un poco tarde para eso.

—De todas formas, me tengo que mudar ya —le dijo Tamara, que se abrochó el abrigo a toda prisa mientras corrían hacia el coche bajo la lluvia torrencial—. Usted conduce.

Sí, tenía que hacerlo. Ella superaba con creces el límite del alcohol en sangre permitido.

Se acercaron al coche de Janssen y se metieron en él.

Mientras ella se abrochaba el cinturón de seguridad, Janssen se inclinó hacia la guantera y sacó un paquete de chicles de menta.

Se lo entregó sin decir nada y arrancó. Los limpiaparabrisas se pusieron en marcha enseguida para eliminar el agua del parabrisas.

Ella asintió en señal de agradecimiento y se metió dos chicles en la boca.

No quedaría muy bien que llegara a su próximo destino oliendo a alcohol.

Examinó su reflejo en el espejo del parasol y se dio cuenta de que no podía hacer nada con respecto al resto de su aspecto físico, que había adquirido un aire un tanto desaliñado.

***