CAPÍTULO 26
Tamara Greave miró de reojo a Janssen mientras entraba en el aparcamiento de la comisaría.
El inspector prácticamente no había dicho palabra desde que salieron de Holkham.
Apenas había participado en la breve conversación que mantuvieron sobre los recuerdos que Neil Baker tenía de los hechos y sobre la acusación demoledora que había lanzado contra la dirección de Wellesley Manor.
De hecho, lo poco que Janssen intervino fue para darle la razón y concordar con sus valoraciones.
El inspector siempre tenía una opinión propia y la ofrecía de forma activa sin que se la pidieran, al menos a ella. ¿Qué le ocurría?
La inspectora jefe aparcó cerca de la entrada principal de la comisaría y apagó el motor del coche.
El patio trasero, protegido por la seguridad, tenía espacio limitado y, además, ella no trabajaba allí de forma permanente.
La naturaleza de su labor —supervisar una comunidad semirrural muy extensa— la obligaba a viajar entre diferentes lugares de la costa norte.
El cometido itinerante que le habían encargado le daba licencia para estar donde más se la necesitara.
El equipo de allí, que estaba bajo la dirección de Janssen, siempre se había considerado la menor de sus preocupaciones.
Sin embargo, a Tamara le resultaba obvio que el inspector tenía la cabeza en otra parte, y que no estaba centrado en lo que ella consideraba que debía estar.
Janssen se giró hacia ella. Debió ser su sexto sentido, esa sensación que te hace mirar a una persona cuando percibes que te está observando.
—¿Qué? —le preguntó.
El tono de voz con el que lo hizo fue hostil. Realmente no era propio de él.
—Nada —respondió Tamara—. Estaba pensando, sin más.
—Vale —dijo el inspector, que salió del coche sin pedirle una explicación.
Tamara decidió ignorar su reacción y continuó mirándolo mientras cerraba la puerta.
Si él no estaba dispuesto a abrirse y conversar, poco podía hacer ella al respecto.
Dirigió la mirada hacia la puerta de la comisaría.
Vio a una mujer en la esquina del edificio, merodeando por allí visiblemente incómoda.
Incluso desde aquella distancia, supo que se trataba de Sarah Caseley.
Abrió la puerta del coche, llamó la atención de Janssen y señaló la entrada del edificio con un gesto de la cabeza. El inspector miró hacia allá, procurando aparentar naturalidad.
—¿Qué hará aquí? —preguntó Janssen.
—Estamos agitando el árbol. Quizá ella sea la primera en perder pie —respondió Tamara.
Él asintió.
—Voy a entrar por la parte de atrás. Si no entra en la comisaría, doy por hecho que está insegura y que no lo tiene claro. Creo que lo mejor sería que, de momento, vaya sola a hablar con ella —dijo el inspector—. Con mucho cuidado.
—Estoy de acuerdo.
Janssen se dirigió a la izquierda para llegar a la parte trasera de la comisaría, mientras que Tamara caminó hacia la entrada pública.
Sarah Caseley permaneció donde estaba, merodeando por la esquina del edificio, sin que se la pudiera ver desde el interior del mismo.
Cuando Tamara se aproximó un poco más, Sarah fue derecha hacia ella.
Parecía haber estado esperando su llegada.
¿Cuánto tiempo llevaría deambulando por allí?
—Inspectora jefe Greave —la saludó Sarah, esbozando una sonrisa forzada.
No había duda de que la mujer estaba nerviosa.
De no haber sido por su lenguaje corporal y la expresión de nerviosismo que había en su rostro, Tamara habría pensado que no había nada fuera de lo normal con Sarah.
La mujer lucía impecable, vestida con ropa elegante y cara y perfectamente maquillada.
La inspectora jefe imaginó que rara vez se la vería en público, ni tampoco en casa, dicho sea de paso, sin ese nivel de esfuerzo por su apariencia física.
Para el gusto personal de Tamara, el maquillaje era excesivo, pero tenía que reconocer que estaba aplicado con maestría.
A ella le parecía mucho más adecuado para una sesión de fotos que para el día a día.
Para Sarah Caseley, aquel era su estándar personal habitual.
Tamara pensó que tal vez fuera como ponerse una armadura.
—Llámeme Tamara, por favor —respondió—. ¿Ha venido a verme?
Sarah asintió, mirando detrás de la inspectora jefe, aparentemente para comprobar que no la escuchara nadie más. Tamara hizo lo mismo. No había ni un alma a la vista.
—Hace frío aquí fuera, ¿quiere entrar para…?
—¡No! —exclamó Sarah. La agresividad de su tono de voz sorprendió a Tamara. Debería haber advertido que la mujer no iba a querer entrar—. ¿Podemos dar un paseo? —le preguntó Sarah a continuación, suavizando el tono.
Tamara aceptó. Se abrochó el abrigo y miró a su alrededor. Había un camino que partía de la comisaría y las llevaba por una ruta serpenteante que bordeaba las parcelas de alrededor. Le hizo un gesto a Sarah para que la acompañara y ambas se pusieron en marcha.
—¿Qué la trae por aquí? —preguntó Tamara al cabo de unos instantes.
Sarah tenía algo que contar, pero parecía evidente que le resultaba muy difícil hacerlo—.
Me imagino que se trata de algo confidencial y que tendrá que quedar entre nosotras, pero debe ser importante para que haya hecho el esfuerzo de venir.
Sarah respiró hondo y relajó un poco su lenguaje corporal mientras avanzaban por aquel espacio neutral. Tamara lo entendió. Las comisarías eran lugares intimidantes para quienes no estaban familiarizados con ellas.
—No fui completamente sincera con usted la otra noche —dijo Sarah por fin—. En mi casa.
Tamara asintió, pero no dijo nada, pues sabía que no debía hacer ningún comentario que reflejara sus propios pensamientos al respecto. Permitió así que Sarah marcara el ritmo, tanto en el paseo como en el desarrollo de la conversación.
—Es cierto que me preocupa James. Él no sabe nada sobre mi pasado, sobre la época anterior a que me adoptaran —explicó Sarah. Todavía le seguía costando explicarse.
—Pero no se trata solo de él, ¿verdad?
Sarah la miró de reojo y asintió en señal de confirmación.
—Yo fui una adolescente muy difícil, Tamara.
Créame, sé los motivos por los que eso fue así, pero tampoco es que me sirvan de gran ayuda.
Wellesley fue una experiencia horrible en muchos sentidos y…
, bueno, yo no quería estar allí. Hacía todo lo posible por salir de allí tan a menudo como pudiera. Al igual que algunas de las otras.
—¿Kirsty Davies y Susan, por casualidad?
—Sí.
La respuesta fue sencilla y no trasmitió ninguna emoción.
—¿A dónde solían ir? —le preguntó Tamara—. ¿Permanecían juntas?
—La mayoría de las veces, sí —respondió Sarah—.
Dependía de si podíamos salir todas a la vez.
A veces distraíamos la atención de los trabajadores para permitir que alguna de las otras pudiera escapar.
Algunas veces era divertido. —Sarah se rio y la tensión de su rostro se disipó un poco—. Ganarle la partida al personal.
La narración se detuvo por un momento y la atmósfera cambió ligeramente mientras Sarah pensaba en sus siguientes palabras.
—No quiero entrar en detalles —afirmó Sarah un momento después, mirando a Tamara con nerviosismo—. No he venido para hablarle de eso.
—Pero esa es una de las razones por las que no ha hablado con su marido. Lo que hacía y con quién lo hacía cuando se escapaba de Wellesley. Lo que le preocupa no es que se sepa que estuvo residiendo en un hogar infantil, ¿verdad?
—Veo que ha hecho bien su trabajo —reconoció Sarah, resignada ante el hecho de que se sabía más sobre su pasado de lo que ella esperaba.
—¿Sabe quiénes eran aquellos hombres? ¿Dónde se encuentran ahora?
Sarah negó con la cabeza.
—No, y no tengo ningún deseo de revivir aquel periodo de mi vida. Todas buscábamos algo en aquella época. En aquel momento, nos dieron lo que creíamos que necesitábamos. Cosas materiales, atención…, amor —dijo, volviéndose melancólica—. Las cosas que utilizaban para conseguir que nosotras…
No terminó la frase.
—Usted nos contó que pasó poco tiempo en Wellesley con Susan —dijo Tamara—, pero los registros muestran que coincidió allí con ella durante más de un año.
—Lo sé. Mentí —admitió Sarah—. Entré en pánico. James estaba a punto de volver a casa y no quería que todo esto saliera a la luz. Sigo sin quererlo.
—Puede que eso no esté bajo su control. Ni bajo el mío, ahora que lo pienso.
Sarah volvió a asentir y levantó la vista al cielo. Las gaviotas graznaban sobre sus cabezas; su presencia en tierra firme era una señal inequívoca de la llegada de la tormenta prevista para esa tarde.
—Me preguntó acerca de Wellesley.
Tamara asintió.
—Sí.
—Creo que sé el motivo por el que Susan volvió allí —afirmó, reduciendo primero el paso y, finalmente, deteniéndose.
Se giró hacia Tamara y la miró a los ojos—.
Había una habitación… en la planta baja.
—El semblante de Sarah adquirió un aire abstraído; cerró los ojos, como si estuviera recordando algo doloroso—.
Nosotras, las chicas, solíamos llamarla «el agujero».
Era el lugar al que nos llevaban para aislarnos de las demás cuando nos portábamos mal.
Al menos, eso era lo que siempre decían.
Cuando cruzabas un límite arbitrario, una línea cualquiera que ellos pusieran, o incluso aunque no lo hubieras hecho, acababas allí…
A veces durante días, aunque a menudo era difícil saberlo.
Créame, cuando estás aislada y sola en la oscuridad, pronto pierdes la noción del tiempo.
Dependías de las otras para saber cuánto tiempo llevabas allí abajo.
—Pero no era solo eso.
—Oh, no, hay mucho más —admitió Sarah. Aspiró profundamente por la nariz, y la voz se le quebró mientras miraba a través de los campos en dirección hacia el mar, visible en la distancia—.
Al principio pensé que era el lugar en el que pretendían que nos quebráramos.
Para obligarnos a cumplir con las normas.
No había ventanas ni luz…, tan solo una bombilla que colgaba del techo que, a veces, también quitaban para que no se viera nada.
Lo único que tenías era lo que podías oír, sentir…
, oler —explicó. Las palabras rezumaban veneno, rencor, y tenía el rostro contraído por la angustia mientras relataba su experiencia—.
El olor a cigarrillos… Yo también fumaba, pero aquellos cigarrillos eran diferentes, inconfundibles. Mentolados.
A Sarah le corrió una lágrima por la comisura del ojo. La ignoró mientras se deslizaba por su mejilla.
—Sé de qué habitación me habla —dijo Tamara. Sarah la miró; el dolor estaba grabado en la expresión de su rostro—. Susan fue allí. Creo que fue el lugar en el que la atacaron.
—Pobre Susan —replicó Sarah, que sacó un pañuelo del bolsillo de su abrigo y se tocó con él diversos puntos de la cara para que el maquillaje no se estropeara.
—No es demasiado tarde, Sarah. Todavía puede…
—No, no —respondió la mujer, negando con la cabeza y descartando la sugerencia de inmediato—. Bajo ningún concepto voy a hacer público todo esto… Y no solo por la reacción que sin duda tendría mi marido. No. Hay otros.
—¿Otros?
—¿Cree que alguien estaría dispuesto a escuchar a una persona como yo? ¿Cree que mi opinión importa? ¿Que se me tendría en cuenta?
—Creo que se la tendría en cuenta, sí. Le sorprendería saber hasta qué punto sería comprensiva la gente si esto saliera a la luz. Las cosas son diferentes ahora. Los acontecimientos del pasado se ven con un prisma distinto.
Sarah negó con la cabeza enfáticamente.
—O está delirando, o es usted minoría. Quizá ambas cosas.
La gente no quiso saber nada de chicas como nosotras en aquel entonces y desde luego que ahora tampoco querrá que el tema se ponga sobre la mesa.
—La intensidad y el significado emocional que transmitían esas palabras eran notables—.
Cuando le pones un espejo a la sociedad, esta no quiere ver su reflejo.
Me culparán a mí, a Susan…, a cualquiera menos a su propia complicidad.
Nuestros agresores no fueron solo los trabajadores o los cabrones enfermos que nos recogían en las puertas del hogar infantil; también abusaron de nosotras todos aquellos que nos dieron la espalda, relegándonos a un lugar donde no nos pudieran ver. Dejándonos a merced de gente como…
Sarah se detuvo, frenándose en el último momento. Reanudó el paso, pillando a Tamara desprevenida.
—¿De gente como quién? —preguntó Tamara, dándose prisa para ponerse al lado de la mujer.
—Gente que debería haber actuado mejor —sentenció Sarah.
La barrera que Tamara sentía que casi había caído volvió a alzarse plenamente. Quizá de forma incluso más consistente que al principio. Sarah Caseley se disponía a defenderse con determinación desde detrás de la misma.
—¿Por qué ha venido a verme si no es para sacar todo esto a la luz?
Sarah Caseley se giró para mirarla a los ojos con expresión decidida.
—Para pedirle que lo deje estar. No se va a ganar nada volviendo a sacar a relucir todo aquello .
Lo único que conseguirá es arruinar más vidas…
Vidas que algunas de nosotras hemos pasado años tratando de convertir en algo positivo después de lo que pasamos.
Lo destruirá todo. Susan está muerta, Kirsty…
se quitó la vida y Wellesley cerró hace mucho tiempo.
Si no lo demuelen, probablemente acabará cayéndose por sí solo.
No saldrá nada bueno de esto. ¿No lo comprende?
—Usted misma lo ha dicho: Susan está muerta. No puedo, bajo ninguna circunstancia, dejarlo estar, como usted me pide —replicó Tamara—. Mi trabajo es descubrir la verdad.
Sarah negó con la cabeza.
—No, claro que no puede hacer eso. Pedírselo ha sido una tontería por mi parte. Pero todo esto… Remover el pasado no va a servir de nada. Susan tenía sus demonios dentro de ella, sí, pero esto de ahora no tiene nada que ver con lo que nos sucedió allí. Estoy segura de ello.
—Si es así, entonces no formará parte de la investigación —afirmó Tamara—. Ninguna persona de las que están investigando este caso quiere arruinar la vida de nadie. Solo buscamos la verdad.
Sarah la miró fijamente.
—Y usted debería saber una cosa —añadió Tamara, respondiendo a la férrea determinación de Sarah con una expresión igual de firme—. Yo siempre termino descubriendo la verdad.
—En ese caso, también debería tener en cuenta cómo era nuestra vida en Wellesley… ¿Le podría extrañar que hiciéramos todo lo posible por escapar de allí? A veces, incluso, buscando refugio y corriendo a los brazos de cualquiera que quisiera aceptarnos.
Tamara intuyó que aquellas palabras tenían un trasfondo importante, un mensaje implícito más allá de lo obvio, pero, antes de que pudiera reflexionar sobre ello, Sarah se dio la vuelta y se alejó.
La inspectora jefe se quedó meditándolo mientras observaba la silueta de Sarah Caseley, que se alejaba de allí con paso decidido.