CAPÍTULO 24 #2
—¡Ja! —replicó Baker—. Por supuesto que lo recuerdo…, pero no fue Susan.
—No, fue Kirsty Davies.
—¿Y qué? —soltó Baker—. Sigue sin tener nada que ver conmigo.
—Tenemos motivos fundados para creer que Susan Cook regresó a Wellesley en torno a la noche de su asesinato, el fin de semana pasado —aclaró Tamara—. ¿Tiene alguna idea de por qué haría algo así, señor Baker?
Neil Baker le sostuvo la mirada durante un momento, con una expresión seria e implacable en el rostro.
—No tengo ni idea de por qué lo haría, ni tampoco de por qué cree usted que yo podría saberlo.
—Estamos trabajando con la teoría de que algo que le sucedió durante su estancia en Wellesley fue lo que la condujo a volver a Norfolk.
Susan se reunió con alguien en Wellesley, o la siguieron hasta allí, y, quienquiera que fuera esa persona, la mató.
La mujer entró en el edificio y se dirigió hacia una habitación interior que, sin lugar a dudas, tenía algún significado concreto para ella. ¿Le suena eso de algo, señor Baker?
Neil Baker apartó la mirada y la dirigió hacia los alumnos que estaban sobre los rompientes. Tamara tuvo la impresión de que en realidad no los estaba observando, sino que se estaba tomando algo de tiempo para poner sus pensamientos en orden. No pudo evitar preguntarse por qué.
—Cuando Susan desapareció…, lo vi en las noticias. Recuerdo que se armó un gran revuelo cuando encontraron su coche.
—La recuerda claramente —dijo Tamara.
—Sí. En aquel momento, me pregunté si… si se había quitado la vida.
Seré sincero con usted, detective —aseguró.
Miró hacia su derecha, donde Kyle seguía observando de reojo lo que sucedía.
Luego, volvió a girarse hacia Tamara, con el rostro ligeramente contraído—.
En aquella época pasaban cosas en Wellesley.
Yo lo sabía. Muchos trabajadores lo sabían.
—¿Cosas como cuáles?
—Maltrato físico, abuso sexual… —aseguró, respirando hondo y enderezándose—.
Esas chicas… algunas estaban tan perdidas que no sabían en qué creer ni en quién confiar.
A veces parecía que estuviéramos dirigiendo un reformatorio en lugar de intentar recrear un entorno que fuera comprensivo para ellas.
Esas chicas no sabrían reconocer un buen referente en la vida, y mucho menos cómo sacar provecho de él.
—¿Está intentando culpar a las niñas? —preguntó Tamara, a quien, por un momento, pareció invadirla la ira.
—No, no. Por supuesto que no —respondió Baker, tratando de restarle importancia a su comentario anterior con un gesto de la mano—.
No estoy diciendo eso. Lo que quiero decir es que eran vulnerables tanto para las personas con las que convivían dentro de Wellesley como para las de fuera de ese lugar.
Hay que verlo todo en un contexto más amplio.
A casi nadie le importaban esas niñas, ni a sus familias, si es que tenían, ni al Estado, ni a algunos de mis compañeros, que deberían haber actuado con mejor criterio.
—Lo dice usted como si estuviera al margen de todo esto, como si lo estuviera observando desde el exterior —dijo Tamara—. ¿No se le ocurrió denunciarlo?
—¡Yo no podía hacer nada! —exclamó Baker con tono seco, cada vez más nervioso—.
Recuerde que yo era un empleado de rango bajo en aquellos momentos y esas chicas…
casi nadie velaba por la mayoría de ellas.
Sentíamos que estábamos perdiendo constantemente la batalla contra ellas.
Las propias chicas se enfrentaban a nosotros, a la dirección…
Hasta la policía las consideraba una pérdida de tiempo —afirmó, señalándola con el dedo de forma acusadora—.
Esas chicas eran las marginadas. Las sucias —dijo, mirando enfurecido a Tamara, quien, sin embargo, permaneció impasible ante su argumento—.
¿Quién iba a creer a una persona como yo?
—No me corresponde a mí juzgar sí…
—Pero me está juzgando, ¿o no? —espetó Baker.
—Usted ocupaba un puesto de responsabilidad. Los niños que sufren estas situaciones dependen de personas como usted cuando ninguna otra persona cuida de ellos. Al fin y al cabo, eso era parte de su trabajo.
—¡Y esa es la razón por la que me metí en ello!
—siseó Baker—. Después de todo aquello… junto con todo lo que rodeaba a Kirsty Davies…
Permanecí allí, firme, haciendo lo que podía.
Al menos durante un tiempo, pero ni siquiera era capaz de ganarme a las niñas.
Saltaban por las ventanas por la noche y se escapaban para estar con…
—Baker no terminó la frase. Se llevó una mano a la cara y se pasó la palma de la misma desde los ojos hasta la barbilla.
Aprovechó la pausa para tratar de recomponerse un poco.
Tamara y Janssen esperaron a que continuara—.
¿A quién coño le importaba? Yo me sentía como si estuviera en medio de una tormenta perfecta.
La oscuridad me rodeaba, todo estaba fuera de control.
Y sí…, antes de que me lo pregunten, me he sentido culpable cada día de mi vida por mi inacción.
¿Y si hubiera hablado…? ¿Y si hubiera apoyado a Kirsty cuando pidió ayuda?
¿Qué habría pasado entonces? ¿Podría haber cambiado las cosas?
—¿Por qué no lo hizo? —preguntó Tamara.
—Por un lado, tenía miedo —respondió Baker, moviendo la cabeza de lado a lado con un gesto de desprecio—. ¿Quién era yo para desafiar a alguien de esa talla?
—Pero hay algo más, ¿verdad?
—Sí —respondió el hombre, apartando la mirada de la inspectora jefe—. A pesar de todo lo que sabía, de todo lo que creía saber, seguía sin poder creerla del todo.
—¿A Kirsty?
Baker asintió.
—Era una niña increíblemente problemática.
—¿Quién fue? —preguntó Tamara. Baker la miró, impasible—. ¿Quién abusó de las chicas en Wellesley Manor?
Neil Baker miró a su hijo, al que el agua le llegaba por las rodillas mientras enseñaba a una adolescente la posición correcta de los pies sobre su tabla. Movió la cabeza de lado a lado mientras dejaba escapar un profundo suspiro.
—Supongo que ahora ya da igual, teniendo en cuenta cómo está en la actualidad.
—Manteniendo la mirada fija en Tamara, Baker prosiguió—: Nicholas.
Fue Nicholas Levy. Pero… no se molesten en pedirme que testifique sobre ello.
Ambos sabemos que, con su estado de salud actual y con los vínculos familiares que tiene, jamás pisará un tribunal.