Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

El negocio de Neil Baker en Burnham Deepdale, cuya dirección habían logrado obtener, estaba cerrado cuando llegaron.

Tamara puso la mano sobre el cristal de la puerta para protegerse del reflejo que el sol invernal proyectaba sobre el mismo y miró hacia el interior.

No había luces encendidas y parecía que no había habido nadie allí en todo el día.

—Quizá cierre en temporada baja —dijo en voz alta.

Janssen se giró hacia ella y negó con la cabeza; el sol lo cegó por un momento. Era un día despejado y muy luminoso, con cielos muy azules y una brisa suave que soplaba desde el mar. Eran condiciones casi perfectas para practicar kitesurf o paddle surf.

—Este negocio funciona todo el año —afirmó el inspector—. Hay varios lugares a lo largo de la costa donde se pueden alquilar tablas y la gente de por aquí mantiene sus negocios abiertos durante la temporada baja. Tienen mucha más libertad cuando los turistas no invaden las playas y el agua.

—¿Puedo ayudarlos en algo? —les preguntó una voz desde atrás. Ambos se giraron para ver al recién llegado. Acababa de salir de la cafetería situada justo al lado. Janssen le mostró su identificación policial—. Soy Terry Marchant, dueño de la cafetería. ¿Ocurre algo? ¿Tiene algo que ver con Neil?

—Queremos hablar con el señor Baker. ¿Lo ha visto hoy? —preguntó Janssen.

El hombre negó con la cabeza.

—Lo siento, la verdad es que no. Me dijo que tenía cosas que hacer en Holkham esta semana y que probablemente no lo veríamos mucho por aquí.

—¿En la playa de Holkham? —preguntó Tamara.

El hombre lo confirmó con un breve asentimiento.

—Gracias —dijo Tamara.

Marchant volvió al interior de su cafetería, desde donde los observó mientras se dirigían de vuelta al coche.

—Creo que esta conversación va a desatar rumores —dijo Tamara con una sonrisa irónica en el rostro.

Janssen no hizo ningún comentario y la expresión de su rostro permaneció impasible.

Transmitía la sensación de no haber dormido.

El móvil del inspector emitió un sonido; lo sacó y miró la pantalla.

Era un mensaje de texto. Lo leyó y volvió a guardar el teléfono en el bolsillo—. ¿Algún problema? —le preguntó Tamara.

Janssen la miró de reojo sin detener el paso.

—¿Por qué lo pregunta?

—Es que lo noto muy diferente, eso es todo —respondió la inspectora jefe. Él no dijo nada al respecto—. ¿Cómo le fue anoche con lo que tenía planeado?

Janssen la miró por un instante, y enseguida bajó la vista al suelo.

—¿Así de mal? —preguntó Tamara.

El inspector soltó una risa, aunque era evidente que aquello no le hacía gracia.

—No me creería si se lo contara —respondió.

—Inténtelo.

—¿Sabe cuando a veces en la vida crees que casi has conseguido dejar por fin algo atrás, pero de repente vuelve y te atormenta con más fuerza y dureza de lo que jamás podrías haber imaginado? —le preguntó el inspector.

—Puede que haya experimentado algo parecido —respondió Tamara, a quien le vino a la mente la imagen de Richard.

—Pues justo eso —afirmó el inspector, justo cuando llegaron de nuevo al coche.

Tamara lo abrió. Janssen la miró por encima del techo mientras abría la puerta, con una expresión de frustración en el rostro.

—¿Tiene esto algo que ver con Alice, por casualidad?

Janssen se subió al coche sin decir nada y cerró la puerta con fuerza.

—Supongo que sí —murmuró Tamara, subiéndose al asiento del conductor. Metió la llave en el contacto y dirigió la mirada hacia Janssen, que miraba fijamente al frente—. ¿Holkham?

—Holkham —asintió el inspector.

Ella arrancó y metió primera para comenzar a avanzar.

***

No tardaron demasiado en llegar a Holkham.

Aquel era un día ideal para todos aquellos que querían salir al aire libre tras el reciente episodio de tiempo muy variable.

Se esperaba que un frente tormentoso llegara de nuevo aquella tarde, así que la gente estaba aprovechando al máximo el día.

A pesar de ello, el aparcamiento no alcanzaba ni la mitad de su capacidad cuando llegaron.

Había todo tipo de gente paseando: familias, personas que habían sacado a sus perros para darles un paseo o gente haciendo footing.

Dejaron el coche y recorrieron el corto trayecto de una pasarela de madera que había entre los pinos hasta llegar al lugar donde el bosque se abría a la arena.

Desde allí, la playa se extendía varios kilómetros en ambas direcciones.

Tardaron otros cinco minutos en llegar hasta el borde de la franja de dunas que se alzaban entre los árboles y el mar.

Desde lo más alto, miraron a ambos lados de la playa.

A su derecha pudieron observar numerosas cometas en movimiento que les indicaron el lugar al que debían dirigirse.

Más adelante, en la playa, vieron a varias personas en el agua montadas en tablas que impulsaba el viento.

La marea estaba subiendo y las olas eran tales que un par de ellas pudieron ganar un poco de altura sobre los rompientes.

Aparentemente, el resto de las personas que practicaban kitesurf en aquellos momentos eran bastante inexpertas y tendían a caerse.

Según se acercaron, vieron dos siluetas en la orilla dando consejos y alentando a los que estaban en el agua.

Ambos eran hombres; uno de ellos andaría cerca de los sesenta años y el otro tendría veintitantos.

Dando por hecho que el primero de ellos sería Neil Baker, Tamara le hizo un gesto a Janssen para que se acercaran a hablar con él.

El hombre estaba gritando instrucciones a una adolescente a la que le costaba mucho mantenerse en pie sobre su tabla.

—¡Tienes que mantener el peso repartido uniformemente entre ambos pies! —le gritó justo cuando entraron en su campo de visión. El hombre se giró hacia ellos y les sonrió a modo de saludo—. Qué día tan bonito, ¿verdad?

—Sí, está el día maravilloso. Inspectora jefe Greave —se presentó Tamara, mostrando su identificación policial.

Neil la miró brevemente.

—¿Inspectora jefe? —preguntó con una media sonrisa en el rostro, repartiendo su atención entre ella y los surfistas que se encontraban a poca distancia—. ¿Quién se ha muerto?

El hombre preguntó aquello mientras sonreía. Tamara no le sonrió.

—Susan Cook —respondió—. O Cole… si necesita retroceder en el tiempo.

A Baker le cambió la cara.

—Sí, recuerdo a Susan —dijo, girándose hacia la inspectora jefe. Ya se olvidó por completo de sus alumnos—. También recuerdo el momento en el que desapareció. Salió en todos los periódicos.

—Susan residió en Wellesley cuando usted trabajaba allí. ¿La recuerda bien?

—Bastante —respondió Baker—. Pobre chica. Estaba muy desorientada. Bueno, la mayoría de las chicas lo estaban, pero ella era especialmente difícil.

—¿En qué sentido? —preguntó Tamara.

—Problemas de comportamiento, tendencias autodestructivas… —explicó Baker, que se encogió de hombros, miró por un instante a Janssen, que estaba junto a Tamara, y volvió a mirar a la inspectora jefe a los ojos—. Una joven emocionalmente muy herida.

A Tamara le pareció interesante aquella manera de expresarlo. Había sido similar a la forma en la que Tara Byrons les había descrito a Susan.

—¿Qué pensó usted de su desaparición en aquel momento?

—Me imaginé que se había suicidado —respondió, mirándolos alternativamente—.

Por lo que había oído, perdió el rumbo tras dejar Wellesley y se mezcló con todo tipo de personajes turbios.

Ya era propensa a hacer lo mismo cuando estaba con nosotros.

No quiero ni pensar en lo que le pasaría después de marcharse de allí.

—Se casó y tuvo un hijo —le explicó Janssen, que tenía la mirada perdida, contemplando el agua.

Baker se encogió de hombros, en una actitud defensiva.

—Vale, bueno… Me alegro de que lo hiciera. Una pena que no le funcionara.

—Sí, una pena —repitió Tamara—. Hemos encontrado su cuerpo a principios de esta semana, en el agua, en el antiguo puerto de Thornham. La asesinaron.

Baker frunció el ceño.

—Eso es… una noticia terrible. ¡Pobre niña! —exclamó, frunciendo los labios.

—¿Todo bien, papá?

Baker se giró hacia el otro instructor que estaba en la playa, que lo miraba con expresión preocupada. El pelo le caía a la altura de los hombros; la brisa hacía que se le moviera y el joven no dejaba de apartárselo, intentando metérselo detrás de las orejas para quitárselo de la cara.

—Sí, todo bien, Kyle —respondió Baker, haciendo el gesto del pulgar hacia arriba. Kyle volvió a centrar su atención en las personas que estaban en el agua—. Es mi hijo pequeño. Se ha incorporado a la nómina porque estoy pensando en reducir mi carga de trabajo.

A Tamara le sorprendió oír aquello. Neil Baker parecía gozar de buena salud y no parecía necesitar jubilarse todavía.

Tampoco tenía la edad suficiente. A menos que quisiera hacerlo por alguna razón.

Baker pareció darse cuenta de que ella lo estaba evaluando y respondió a la pregunta que no le había formulado.

—No se deje engañar por las apariencias, detective. Cada vez me queda menos tiempo. Necesito un riñón nuevo con urgencia —aseguró con un tono de voz seco. El hombre miró por un instante a Tamara y luego volvió a observar a su hijo, que seguía dando instrucciones.

—¿Está en la lista de espera de trasplantes?

—Desde hace más o menos un año, sí. Mi médico me dice que mi edad no es un problema, pero sí lo es una afección cardíaca subyacente. Incluso si se encontrara un donante compatible, las posibilidades de sobrevivir a la operación serían escasas. Por desgracia, está llegando mi hora.

—Lo siento —dijo Tamara.

Baker se encogió de hombros.

—Así es la vida. Un día todo va sobre ruedas y aceptas todo lo que te vas encontrando por el camino y, de repente, todo cambia. Perdone mi franqueza, pero ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?

—Estamos investigando el caso desde otra perspectiva —le explicó Tamara—. Piense en su época en Wellesley. Se hicieron algunas acusaciones contra los trabajadores por malos tratos. ¿Lo recuerda?