CAPÍTULO 23 #2
El doctor Bevis pareció quedarse satisfecho con las garantías que le habían ofrecido y reanudó su recorrido. Los acompañó por el pasillo hasta la tercera puerta a la derecha, se detuvo de nuevo un momento, miró a ambos agentes alternativamente y llamó a la puerta con los nudillos. La abrió y entró.
—Nicholas —dijo, invitando a Janssen y a Tamara a entrar junto a él—, tienes visita.
Tamara entró primero y echó un vistazo a la habitación.
Nicholas Levy estaba sentado en un sillón de respaldo alto junto a una ventana que ofrecía vistas a los jardines impecables de la parte trasera del edificio.
El hombre tenía las palmas de las manos apoyadas sobre los reposabrazos del sillón y, por un momento, la inspectora jefe pensó que podría estar durmiendo, ya que no había dado ninguna señal verbal o física de haber notado su llegada.
La habitación estaba decorada en tonos neutros y tenía un tamaño considerable.
Había una cama junto a una de las paredes y, más allá de la misma, otra puerta, en la esquina más alejada.
Dicha puerta estaba abierta y Tamara pudo ver que daba a un cuarto de baño con ducha.
Había dos sillas y una mesa auxiliar pequeña junto al ventanal que abarcaba del suelo al techo de la habitación, que estaba orientado al sur y que permitía que una gran cantidad de luz natural inundara la estancia.
El doctor Bevis se acercó a Levy. Ladeó la cabeza mientras observaba a su paciente, que no respondía y seguía mirando por la ventana sin fijarse en nada en particular. Luego, se giró hacia los detectives y les sonrió con un gesto de disculpa.
—Como pueden ver —les dijo—, hay días buenos y días malos.
Tamara pasó junto al médico para situarse frente a Nicholas Levy, el antiguo propietario y director operativo de Wellesley Manor.
Se inclinó hacia delante para colocarse directamente en su campo de visión, proyectando una sombra sobre el anciano.
La inspectora jefe sabía que tenía ochenta y pocos años, ya que lo había comprobado antes de ir allí.
Si hubiera tenido que jugársela sin tener ese dato, habría dicho que Nicholas Levy era al menos una década mayor que eso, si no más.
A pesar de estar encorvado en la silla, se percibía que se trataba de un hombre alto, esquelético, con los ojos hundidos y la piel grisácea.
El hombre no parecía tener color, salvo por las manchas oscuras que eran visibles en la frente y las manos.
Tenía el pelo lacio y grasiento, adherido al cuero cabelludo solo en las zonas en las que aún crecía.
—Señor Levy —comenzó a decir Tamara, inclinando la cabeza hacia un lado y sonriendo—, soy la inspectora jefe Greave, de la Policía de Norfolk.
Se produjo un instante breve en el que dio la sensación de que el hombre no iba a advertir su presencia, pero, cuando Tamara se dispuso a levantarse, hubo un brillo fugaz en los ojos de Levy.
Un segundo después, giró ligeramente la cabeza hacia Tamara, que vio cómo al hombre se le dilataban las pupilas. Una ligera señal de reconocimiento.
—Quizá le vaya mejor adoptando un tono más informal. A menudo eso da mejores resultados.
Tamara aceptó el consejo del médico.
—Nicholas —dijo la inspectora jefe—. Me llamo Tamara. Soy policía.
—¿Rebecca? —preguntó Levy, mirándola fijamente—. Es un poco tarde para volver a casa, ¿no? Deberías haber vuelto hace horas.
Tamara sonrió de forma afectuosa y miró inquisitivamente al doctor Bevis, que extendió las manos por delante de su cuerpo.
—Como les he advertido, no deben esperar demasiado. Rebecca era la mujer de Nicholas —explicó, bajando la voz—. Ya no está entre nosotros, hace tiempo que falleció.
Tamara asintió. Volvió a mirar al hombre, se acercó más y colocó con gentileza la mano izquierda sobre la derecha de él. Levy la miró, frunciendo el ceño.
—¿Dónde está tu anillo de casada? —le preguntó con tono acusador.
—Nicholas, me llamo Tamara. Soy policía. Hemos venido a hablar con usted sobre el tiempo que dirigió Wellesley Manor. El hogar infantil. ¿Le parece bien?
Los ojos de Levy se encontraron con los de ella y, acto seguido, los entrecerró.
—Wellesley… —repitió en voz baja, asintiendo despacio, y acercó la mano izquierda para tomar la de ella entre las suyas—. Tú y yo hicimos cosas buenas en Wellesley.
—Usted cuidó de los niños —dijo Tamara.
—Cuidamos de almas perdidas…, un montón de ellas —dijo Levy, levantando las cejas de manera desapasionada.
—¿Recuerda a una joven llamada Susan? ¿Susan Cole?
—le preguntó Tamara, refiriéndose a Susan Cook por su apellido de nacimiento y observando la reacción del hombre.
No percibió ninguna—. ¿Y a Kirsty Davies?
—Levy apretó ligeramente la mano que tenía sobre la de la inspectora, que no estuvo segura si ese gesto había sido una reacción al escuchar aquel nombre—. Nicholas, ¿recuerda a Kirsty Davies?
Levy bajó la cabeza y acercó la barbilla al pecho mientras respiraba hondo.
Giró la cabeza hacia la izquierda y volvió a levantarla hasta ponerla a la altura de la de Tamara, retirando la mano de la de la inspectora.
Al hombre se le oscureció el semblante, y Tamara vio un tic involuntario en el labio superior.
La inspectora jefe esperó alguna respuesta, pues él parecía estar a punto de hablar.
Al cabo de un momento, Levy abrió mucho los ojos y la miró fijamente sin pestañear.
—¡Tú no eres Rebecca! —siseó—. ¿Quién demonios eres y qué haces en mi dormitorio? Mi mujer te sacará los ojos si te encuentra aquí.
Nicholas Levy se puso nervioso y comenzó a moverse en su asiento; los brazos y las piernas le temblaban, aparentemente presa del miedo.
—Tranquilo, Nicholas —dijo el doctor Bevis, colocándose frente al hombre.
El anciano lo miró, y su expresión de ira se transformó en otra de confusión.
—No entiendo… ¿Quiénes son estas personas? —preguntó Nicholas, mirando a Tamara y a Janssen, que estaba detrás de ella, de espaldas a la ventana.
—Son agentes de policía, Nicholas —le explicó el doctor Bevis, que colocó una mano sobre el brazo del hombre en un gesto tranquilizador y lo frotó con suavidad.
El médico miró a Tamara, que se levantó y dio un paso atrás—.
Existen factores que pueden desencadenar estas reacciones.
Intentamos evitar el uso de palabras como «recordar».
Utilizarlas provoca confusión cuando los pacientes tienen dificultades para hacer precisamente eso, recordar.
—Lo siento. No lo sabía.
—¡Fuera! —le gritó Levy a Tamara, casi escupiendo las palabras—. ¡Fuera de mi casa, maldita sea! ¡Puta, desvergonzada!
A Levy se le acumuló la saliva en la comisura de los labios y le corrió parcialmente por la barbilla.
Con una fuerza recién descubierta, se fue inclinando hacia delante en el sillón, un poco más con cada insulto que iba profiriendo.
El doctor Bevis intentó mantenerlo sujeto, aunque con mucha cautela al hacerlo. El médico miró hacia atrás.
—Creo que sería mejor que salieran de la habitación —dijo.
Tamara asintió y retrocedió aún más. Janssen le puso una mano sobre el antebrazo a su compañera, moviéndose hacia un lado para colocarse entre Levy y ella, y así protegerla.
—¡Puta! —gritó Levy.
El doctor Bevis estaba intentando calmarlo con palabras reconfortantes en un tono extraordinariamente contenido, pero fue en vano. Nicholas Levy arqueaba la espalda e intentaba liberarse del agarre del doctor, a pesar de que este apenas ejercía una ligera presión, tal era la fragilidad del anciano.
Janssen acompañó a Tamara hasta el exterior de la habitación y, una vez en el pasillo, la sensación de alivio fue palpable.
—Esto ha salido… muy bien —dijo Janssen, apartándose para dejar pasar a una enfermera que se disponía a entrar en la habitación.
Tamara percibió que le costaba respirar.
—No debería tomárselo como algo personal —dijo Janssen, mirando hacia el interior de la habitación. Ya no podían ver a sus ocupantes, pero Levy seguía gritando.
—No lo haré —respondió Tamara, que se pasó una mano por el pelo.
—Es imposible que Nicholas Levy se reuniera con Susan Cook en Wellesley la otra noche, y si… y subrayo el «si», tuvo algo que ver con los abusos que se produjeron en el hogar infantil, va a ser imposible que se enfrente a un juicio estando en estas condiciones.
Tamara negó con la cabeza y siguió la mirada del inspector hacia el interior de la habitación.
—Hay una cosa de la que estoy segura, independientemente de ese numerito.
—¿De qué? —preguntó el inspector.
—Ante la mención del nombre de Susan Cook, no ha reaccionado de ninguna forma. Pero, cuando ha escuchado el de Kirsty Davies, la cosa ha cambiado drásticamente.
—Yo no lo he visto. ¿Está segura? —preguntó Janssen, con tono dubitativo.
—Por supuesto —respondió Tamara, dirigiéndole una mirada firme—. Lo que no puedo decirle es por qué. ¿Cómo se llamaba la otra persona que todavía vive en Norfolk?
Janssen lo pensó un instante.
—Baker. Neil Baker. Dirige una empresa de deportes acuáticos en la costa.
—Pues ese es el siguiente sitio al que vamos a ir.