CAPÍTULO 23
Tamara giró hacia la izquierda desde la carretera para introducirse en un camino circular que iba dando la vuelta al edificio hasta llegar a su entrada principal.
Se trataba de una estructura construida solo para su fin, con un diseño estrictamente funcional.
Un edificio rectangular de tres plantas, con una entrada grande cubierta y flanqueada a ambos lados por pilares de hormigón que estaban inspirados en la arquitectura clásica.
Los pilares, pintados de blanco, llamaban la atención al desentonar mucho con el ladrillo rojo del edificio, que los hacía parecer diminutos.
El recinto carecía de valor artístico alguno.
Varios residentes estaban sentados en el exterior del recinto, bajo el porche.
Lo primero que pensó Tamara fue que hacía demasiado frío para que hubiera gente sentada allí afuera.
Se bajó del coche, al igual que Tom Janssen, a quien no le había importado que fuera ella quien condujera hasta allí. Lo miró de forma inquisitiva.
—¿Está bien? —le preguntó.
—Estoy bien —respondió el inspector con aparente cansancio—. Por tercera vez.
—Sí, de momento van dos «bien» y un «estupendamente» —replicó la inspectora jefe.
Jansen negó con la cabeza, pero no dijo nada.
Cuando se acercaron a la entrada, Tamara vio que dos de las personas que había en el exterior estaban sentadas en sendas sillas de ruedas y el otro, en una silla pequeña de plástico, obviamente colocada allí de forma temporal.
Todos iban bien abrigados contra el viento frío; llevaban abrigos puestos bajo las mantas que les cubrían hasta las piernas.
Los tres estaban fumando. Los carteles de «Prohibido fumar» que había en las ventanas de las puertas de entrada explicaban por qué esas personas se encontraban en el exterior.
Tamara tuvo que reconocer que le impresionaba su devoción por la causa.
—Buenos días, caballeros —dijo al pasar junto a ellos.
Dos de los hombres le devolvieron el saludo, mientras que el tercero exhaló el humo, alcanzó la máscara de oxígeno que tenía en su regazo y tomó una profunda bocanada del envase cilíndrico que tenía a su lado.
Aun así, se las arregló para saludarlos con un gesto de la cabeza.
Entraron al vestíbulo y la puerta se cerró tras ellos.
Tamara se acercó al mostrador de recepción y le mostró su identificación policial a la mujer que estaba sentada detrás del mismo.
—Soy la inspectora jefe Greave, de la Policía de Norfolk. He llamado hace un rato.
—Sí, me han avisado de que vendría —respondió la mujer, que cogió el teléfono de su escritorio y marcó una extensión—. Si quieren tomar asiento, el doctor Bevis estará con ustedes en breve.
Tamara le dio las gracias, retrocedió y se reunió con Janssen en el área de descanso.
Ninguno de los dos se sentó. El inspector estaba observando una de las salas comunes.
Muchos de los residentes estaban sentados en semicírculo, conversando entre ellos.
Se podía oír una televisión sintonizada en uno de los canales diurnos, aunque no estaba a la vista.
Resultaba difícil decir qué estarían viendo.
Los trabajadores iban y venían, vestidos con batas y pantalones blancos.
Algunos estaban ocupados preparando la medicación para los pacientes, mientras que otros estaban organizando a quienes necesitaban ayuda con su rutina diaria de ejercicios.
—¿En qué está pensando? —le preguntó Tamara a Janssen.
—Esto me trae algunos recuerdos.
—¿Sus padres?
—Mi madre —respondió el inspector, girándose para mirar a su compañera—. Pasó sus últimos años en una residencia. Después del derrame cerebral, no podía valerse por sí misma en casa.
—Debió ser duro venir a verla a un lugar como este —dijo Tamara—. Por muy buena que sea la atención, en ningún sitio estaría igual que en casa, ¿verdad?
—Yo vivía en Londres en aquella época —respondió Janssen. Hubo una evidente muestra de irritación al mencionar la capital. A Tamara no se le escapó, y le pareció extraño—. No la visité tan a menudo como debería haberlo hecho.
La inspectora jefe intuyó que su compañero no quería hablar más del tema, así que dejaron de conversar.
Sus padres, aunque ya habían superado los ochenta años, seguían llevando una vida más activa que la suya o las de sus hermanos.
Su padre lo atribuía al aire del suroeste de Inglaterra.
Siempre habían sido una familia muy activa y sus padres se resistían a los avances de la vida moderna.
A pesar de ser académicos y de haber trabajado sobre todo en el campo de las ciencias sociales, hasta aquel día seguían sin tener televisión en casa.
La biblioteca de la familia Greave era increíble y las palabras de su madre resonaban todavía en la mente de Tamara: «Todo lo que hay que aprender se puede encontrar en un libro».
Durante su infancia, la forma de pensar sus padres le causaba cierta vergüenza ante sus amigos, pero ahora la comprendía, y la de la televisión era una de las pocas normas que sus padres le habían impuesto que ella seguía respetando.
Observando a algunos de los ocupantes de aquella residencia, se dio cuenta de lo afortunada que era de que el destino no la hubiera obligado a plantearse aún un futuro como aquel para sus padres.
Nunca habían hablado de tales contingencias.
Tampoco es que hablaran mucho últimamente, una situación que debería esforzarse por cambiar.
Aunque también era cierto que había tenido aquella conversación en su mente varias veces en el pasado y que nunca había pasado a la acción.
—¿Inspectora Greave?
Tamara se giró y vio a un hombre acercándose a ella.
Tendría unos cincuenta y cinco años y vestía un traje perfectamente entallado.
La inspectora jefe pudo apreciar la diferencia con respecto a ella.
Su forma de vestir, sobre todo jerséis grandes y pantalones informales, no reflejaba los rasgos más sofisticados de su educación en una familia de clase media alta.
El doctor Bevis le tendió la mano, y ella decidió no corregir el error que había cometido al mencionar su cargo.
—Llámeme Tamara, por favor —dijo. La expresión del hombre, que parecía bastante seria, se transformó en una sonrisa que reveló unos dientes blancos y deslumbrantes.
Tamara pensó que, después de todo, la atención social privada merecía la pena—.
Este es el inspector Janssen —continuó, presentando a su compañero.
El doctor Bevis asintió en dirección al inspector, que sonrió cortés.
—Por la conversación que hemos mantenido por teléfono, entiendo que desean hablar con uno de nuestros residentes.
—Sí. Con el señor Nicholas Levy —respondió Tamara. La expresión del médico cambió, pues frunció el ceño—. ¿Hay algún problema?
—Bueno, no exactamente —replicó el doctor Bevis, que les hizo un gesto con la mano para que lo acompañaran.
Los guio hasta una escalera cercana y comenzó a subir.
Por delante de ellos, continuó la conversación bajando un poco la voz—.
Comprenderán que, aunque no somos un centro médico propiamente dicho, atendemos a personas mayores cuyas enfermedades requieren cuidados integrales.
Muchos de esos residentes padecen enfermedades agudas.
—¿Es ese el caso del señor Levy? —preguntó Tamara.
El doctor Bevis asintió.
—Nicholas lleva ya algunos años con nosotros.
Le diagnosticaron demencia precoz. Su estado se deterioró con rapidez y…
Bueno, lo van a ver ustedes mismos de forma evidente.
No sé qué esperan obtener de su conversación con él, pero, tras su llamada de hace un rato, fui a verlo y hoy estaba teniendo uno de sus días más lúcidos. Así que, bueno, nunca se sabe.
Tamara miró hacia atrás para encontrarse con los ojos de Janssen. Su gesto apesadumbrado indicaba que era tan optimista como ella.
—Admito que no soy una experta en alzhéimer, doctor, pero ¿no es la memoria a corto plazo la que se ve más afectada, mientras que los recuerdos más antiguos permanecen en gran medida intactos?
Bevis asintió con entusiasmo.
—Esa es una valoración sensata, sí.
—Eso es una buena noticia para nosotros —reaccionó la inspectora jefe—. Queremos hablar con él sobre hechos que sucedieron hace muchos años.
—Ojalá su caso fuera tan sencillo, inspectora. Aunque esos hechos lejanos tendrán conexiones más fuertes que permitirán un recuerdo mejor, hay pacientes que pueden tener dificultades para diferenciar entre el pasado y el presente. ¿Comprende lo que le quiero decir?
Una vez más, Tamara no le rectificó por el error en su cargo.
—Y eso provoca una mayor confusión.
—Correcto. La demencia no solo afecta a la memoria, sino que, a medida que la enfermedad va avanzando, provoca que se vayan deteriorando otras facultades.
Los enfermos suelen tener dificultades para encontrar las palabras adecuadas para expresar sus pensamientos.
Además, padecen cambios de humor rápidos y variables, confusión o apatía general.
Estos síntomas pueden manifestarse en cualquier momento, de forma conjunta o por separado.
Uno nunca puede estar seguro de lo que va a encontrarse con ellos, pero sin duda experimentará uno o varios de esos síntomas si pasa un tiempo considerable a su lado.
El doctor se detuvo al llegar al rellano y se volvió hacia Tamara y Janssen. Levantó una mano, con la palma abierta hacia ellos.
—Lo único que intento decirles es que no se hagan ilusiones… Y, si Nicholas reacciona mal, intenten tener paciencia con él. Si él percibe su frustración, solo conseguirán que se ponga más nervioso.
Tamara miró a Janssen, que asintió.
—Lo comprendemos —dijo Tamara con una sonrisa.