CAPÍTULO 22 #2
—Escúchame, Tom. Tú ibas varios pasos por delante de mí en muchos aspectos…
La carrera profesional, los hijos… Yo solo veía que las cosas iban muy bien y no creía que hubiera ninguna necesidad de cambiar nada.
No fui capaz de ver las ganas que tenías de ciertas cosas, y debería haberlo visto. Todavía no es demasiado tarde, ¿sabes?
Janssen se frotó la cara con ambas manos y dio un paso atrás. De todas las opciones posibles, aquella no se le había pasado por la cabeza.
—Creo que ya no estamos en ese punto, ¿no te parece?
—¿Por qué? Todavía tienes tu carrera profesional. Sí, la venta de la casa está a punto de cerrarse, pero podemos empezar de nuevo —dijo Samantha. Sus palabras sonaron cálidas y alentadoras—. Tenías razón. Deberíamos pensar en formar una familia.
—¿Te mudarías aquí? ¿De verdad te ves viviendo en Norfolk?
Samantha resopló con desdén.
—No nos dejemos llevar por la emoción —respondió. Se quitó los guantes y se los quedó en una mano. Su rostro resplandecía. El calor de la chimenea era tal que estaba claro que tener el abrigo puesto resultaba incómodo—. ¿Puedo…? —preguntó, señalando su abrigo.
Janssen asintió.
—Por supuesto.
—Como te acabo de decir, la venta se va a concretar, pero…
—Lo sé. Mi abogado está en contacto permanente con el tuyo.
—Sí —dijo Samantha, inclinando la cabeza hacia un lado—, lo sé. Te decía que podemos encontrar otro lugar donde vivir. Mi padre me ha dicho que no tendría problema en soltar la pasta de nuevo, como hizo la última vez que…
—¿Ya has hablado con tu padre? —preguntó Janssen, incapaz de ocultar un instante de ira. Aquel hombre tenía una personalidad muy autoritaria, un rasgo que había logrado inculcar también en sus hijos—. Claro, era de esperar.
—No sucedió como tú piensas —replicó Samantha, con cierta frustración en su tono de voz—. No le busques tres pies al gato.
—Creo que paso.
—¡Vamos, Tom! No puedes decirme con sinceridad que prefieres vivir aquí antes que en Londres. Hasta el trabajo debe ser aburrido en comparación.
—Me va perfecto.
—No. No me lo creo —afirmó Samantha.
La manera despreocupada en la que lo dijo irritó a Janssen.
—¿Cómo está Cory? —preguntó el inspector.
A Samantha le cambió la cara al oír aquel nombre. Se encogió de hombros.
—No lo he visto.
—Ya, probablemente ya te hayas hartado de verlo.
—Eso no viene a cuento, Tom —dijo Samantha. Quería sonar enfadada, pero no había convicción en su tono de voz—. Cometí un error.
—Sí, lo cometiste —dijo Janssen.
Ella movió la cabeza de lado a lado en un gesto de frustración y se alejó del inspector, buscando un lugar donde dejar su abrigo.
Janssen no hizo intento alguno de cogerlo, enfadado consigo mismo por la pulla infantil que acababa de soltar.
Un antiguo compañero de trabajo o un desconocido cualquiera, en realidad eso daba igual; Samantha había buscado fuera de la relación la solución a un problema sin tener en cuenta las consecuencias y, al final, empeoró las cosas.
La mujer colgó el abrigo en una de las sillas de la zona de estar y se dispuso a dejar los guantes sobre la mesa, pero dudó un segundo antes de hacerlo.
Había visto algo. Se inclinó, cogió una copa de vino que permanecía intacta, bebió un sorbo y se giró hacia el inspector.
—Parece que no soy la única persona que está cometiendo un error en este momento —aseguró.
Había un brillo en sus ojos y Janssen percibió que ese comentario había sido mordaz. Samantha hizo un gesto con la cabeza hacia la mesa y Janssen vio la caja del anillo junto a sus guantes. Seguía abierta; el diamante brillaba bajo la luz que reflejaba la chimenea.
—Eso no es asunto tuyo…
—¡Oh…, creo que sí mientras yo siga llevando tu anillo en el dedo!
—¡Por fin aparece la verdadera Samantha Janssen!
—exclamó Janssen, abriendo mucho los brazos y sin poder contener su resentimiento, que era cada vez mayor—.
Le ha costado un rato, pero sigue estando ahí.
La princesita consentida que espera que el mundo baile al ritmo que ella marca. Ya no, Sam. Ahora no.
Samantha volvió a levantar la copa. Janssen aprovechó el momento para respirar hondo un par de veces y tratar de calmarse.
Muy pocas personas eran capaces de sacarlo de sus casillas, pero a su mujer, sin duda, se le daba de cine.
Una vez que el inspector aceptaba que una persona traspasara el límite que marcaban sus barreras personales, le costaba mucho mantener la compostura emocional cuando se encontraba en una situación emotiva.
A pesar de haber crecido en un entorno familiar abierto, él era el que siempre preocupaba a su madre.
Se encariñaba enseguida con las personas sin tener en cuenta su compatibilidad a largo plazo.
—No es precisamente así como había planeado que fuera esta conversación —dijo Samantha, con un tono de voz conciliador —.
Ya lo sé… Sé que han pasado muchas cosas y que gran parte de ellas son culpa mía —dijo, colocando la palma de la mano que tenía libre sobre su pecho—.
Y sé que tendríamos mucho trabajo que hacer para arreglar las cosas entre nosotros.
Pero…, y soy consciente de que es un «pero» enorme…
, lo único que hace falta es estar dispuesto a intentarlo, querer que suceda.
Si me dices que ni siquiera puedes contemplar la idea, entonces me iré ahora mismo.
Samantha dejó la copa sobre la mesa, se colocó delante de Janssen, extendió las manos y agarró las de él, tirando de ellas hacia sí.
—Puedes huir de las cosas, Tom. Puedes esconderte, buscarte un trabajo nuevo…
—comenzó a decir, mirando a su alrededor—.
Incluso comprarte un barco si quieres. Pero, en el fondo, no puedes cambiar quién eres, y todo esto —continuó, moviendo la cabeza de un lado a otro— no va contigo, Tom.
Hace mucho tiempo que este lugar se te quedó pequeño, y también todos los que lo habitan.
Así es como nos encontramos el uno al otro.
Samantha se acercó al inspector sin soltarle las manos.
Con las botas alcanzaba casi su misma estatura.
Se inclinó hacia él, que seguía apoyado sobre la encimera de la cocina.
Estaba muy cerca de él, tanto que Janssen podía oler la fragancia de su pelo mezclada con la de su perfume, lo que le trajo recuerdos de tiempos más felices.
Samantha levantó la cara hacia él y eso provocó que estuviera aún más cerca.
Janssen no la detuvo hasta que sintió el calor de su aliento en el rostro. Cerró los ojos.
—Creo que deberías irte ya —dijo en voz baja. Sintió un estremecimiento involuntario en las palmas de las manos mientras pronunciaba esas palabras.
Samantha se detuvo, mantuvo su posición un instante más y, a continuación, retrocedió.
Janssen abrió los ojos y vio una expresión de vulnerabilidad en el rostro de Samantha cuando ella le soltó las manos.
La mujer se alejó, se llevó una mano a un ojo y se dio la vuelta.
Volvió a la mesa del comedor, cogió su abrigo y se lo puso.
Janssen vio cómo, mientras lo hacía, miraba fijamente las fotografías, preparándose ya para marcharse.
Cogió los guantes y se giró hacia el inspector, que vio una mancha oscura en la comisura de su ojo izquierdo, donde el rímel había comenzado a correrse.
Samantha se acercó a él sosteniendo los guantes en una mano.
Se detuvo a su lado, levantó la mano que tenía libre y le acarició la mejilla.
—Me alegro de haberte visto, Tom —le dijo; enseguida, retiró la mano de su rostro.
En aquella ocasión, a Janssen no le cabía duda de que lo había dicho en serio.
Mientras caminaba ya hacia los escalones que conducían hacia la cubierta, Samantha se detuvo y cogió un bolígrafo que había sobre la encimera de la cocina, junto a varios sobres sin abrir.
Se inclinó y garabateó algo sobre el primero de ellos, concluyendo la tarea con un gesto elegante de la mano.
Dejó el bolígrafo y apoyó ambas manos sobre la encimera, aparentemente para mirar lo que acababa de escribir.
—Me voy a quedar unos cuantos días en un hotel en Wells, Tom —dijo sin levantar la vista hacia él—. Espero que podamos volver a hablar.
Sin decir una sola palabra más ni mirarlo a los ojos, Samantha se dio la vuelta y subió los escalones para marcharse.
Janssen la vio alejarse. No dijo nada. Se sentía invadido por un torbellino de emociones muy diversas: ira, frustración, alivio y…
decepción. Sostuvo la otra copa de vino por el tallo y la hizo girar en su mano.
El líquido danzó en el interior. Finalmente, se acercó para leer lo que Samantha le había escrito y lo primero que vio fue el número de su móvil.
Era nuevo. Debajo, había una frase escrita:
VALE LA PENA LUCHAR POR TI, Tom Janssen. Un beso.
Janssen suspiró, volvió a leer la frase y se llevó la copa a los labios.
Dio un sorbo. Se trataba de un vino seco que no era de su agrado.
Le gustaba a Alice; por eso lo había elegido.
Pensar en Alice hizo que aflorara el sentimiento de culpa.
Tiró el contenido de la copa en el fregadero, la dejó sobre la encimera y cogió su teléfono móvil.
Tenía en la pantalla de inicio, cuyo fondo era una foto de Alice con Saffy, un acceso directo al teléfono de Alice.
Mantuvo el pulgar suspendido sobre el icono, pero dudó.
¿Cómo podría siquiera empezar a explicarle su pasado?
Y, mucho menos, por qué no se lo había contado todo antes…
Necesitaba tiempo para pensar. Dejó el móvil a un lado y se masajeó las sienes.
—Los planes mejor elaborados… —se dijo en voz baja—. Rabbie Burns… tenías toda la razón.