Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Tom Janssen miró más allá de Samantha, hacia Alice.

La curiosidad que se reflejaba en el rostro de la madre de Saffy se transformó primero en sorpresa, pero a continuación entrecerró los ojos y dejó entrever su indignación.

Samantha siguió la mirada de Janssen hacia Alice y le sonrió de forma cálida, aunque el inspector no se dejó engañar.

Samantha estaba estableciendo su posición de jerarquía sobre los demás, afianzando su dominio de la situación como siempre intentaba hacer.

Alice le devolvió la sonrisa, pero era forzada y terminó cruzando los brazos por delante del cuerpo.

—Sí, Tom —dijo Alice—, ¿cómo saludamos a nuestras esposas en Norfolk?

Janssen sintió un pinchazo en el pecho; de la vergüenza que lo invadió al escuchar la pregunta de Alice, sintió calor en las mejillas y en la nuca.

Comprendió que deberían haber tenido aquella conversación hacía mucho tiempo.

Suspiró y negó con la cabeza mientras trataba de poner en palabras sus pensamientos.

—Soy consciente. Sé que esto no da buena impresión —dijo por fin, levantando las manos en un gesto de súplica—, pero es complicado.

—¿A quién se lo estás diciendo? —preguntó Samantha, mirando alternativamente a uno y a otra.

Janssen la fulminó con la mirada, pero Alice ya había oído suficiente.

Movió la cabeza de lado a lado en un gesto de incredulidad, cruzó la cocina y cogió su abrigo de la percha.

El inspector la siguió, rozando a Samantha al pasar junto a ella.

Esta se giró un poco para dejarle paso y se metió las manos en los bolsillos del abrigo, mirando al suelo mientras lo hacía.

—Alice… —dijo Tom.

Alice se puso el abrigo y lo miró fijamente.

Janssen estaba muy seguro de que quería que se quedara y, desde luego, que no se marchara de esa forma.

Miró hacia atrás para observar a Samantha, que ahora avanzaba por la zona de estar del barco y examinaba con indiferencia todo lo que le llamaba la atención.

Janssen sabía que podía explicárselo a Alice, pero no le salían las palabras.

¿Qué podría decir para salvar la situación?

Se quedó allí con la boca abierta, incapaz de decir nada.

—Creo que es mejor que te deje solo —dijo Alice, que se enrolló la bufanda alrededor del cuello, haciendo énfasis en el sarcasmo.

Le hizo un gesto con la cabeza, mirándolo fijamente a los ojos.

Janssen estaba a punto de disculparse, pero Alice rompió el contacto visual, inclinándose hacia delante para tener visión directa sobre Samantha—. Un placer conocerte, Samantha.

Samantha se giró, enarcó las cejas, asintió y sonrió con educación.

—Igualmente… eh… —dijo casi con despreocupación, moviendo la cabeza con un gesto casi imperceptible para indicar que no recordaba su nombre.

—Alice —dijo ella.

Samantha volvió a asentir, se dio la vuelta y comenzó a mirar las fotografías enmarcadas que había en una estantería cercana. Alice exhaló despacio y se mordió el labio inferior mientras miraba a Janssen furibunda.

—Lo siento —dijo el inspector en voz baja, poco más que un susurro—. Puedo explicarlo, de verdad.

—Ojalá pudiera decir que estoy deseando oír tu explicación —respondió Alice en un tono de voz más alto de lo habitual. Era evidente que no le importaba lo más mínimo quién pudiera escucharla. Se ajustó la bufanda y se dio la vuelta para subir las escaleras.

Janssen alzó la vista y se pasó la palma de la mano por la boca y la barbilla mientras Alice se marchaba. La puerta de la cubierta superior se cerró de golpe con tal fuerza que volvió a abrirse, permitiendo que el viento se colara hacia el interior del barco.

—Parece encantadora —dijo Samantha con tono desenfadado desde el otro lado de la zona de estar.

Janssen la miró. Le estaba dando la espalda.

—Lo es.

—Aunque parecía estar un poco sorprendida —añadió Samantha, que se giró.

Sostenía un marco de fotos en la mano. Inclinó la imagen hacia Janssen para que pudiera verla.

Era una foto en la que aparecía él junto a Alice y Saffy, tomada en la playa el invierno anterior.

Llevaban ropa de abrigo y posaban para la foto poniendo caras divertidas. Era una de las favoritas de Janssen.

—No es la única que lo está —dijo el inspector, caminando hacia Samantha.

—¿Tan extraño es que una mujer quiera ver a su marido una vez al año, más o menos? —preguntó la mujer.

Era una pregunta sarcástica, y Janssen la ignoró.

—Exmujer —dijo secamente—. En serio, ¿qué estás haciendo aquí, Sam?

Janssen no estaba de humor para juegos de palabras.

—Todavía no, Thomas —replicó Samantha, agitando un dedo en su dirección de forma juguetona—. Sigo siendo tu mujer. Te guste o no.

—No me gusta —respondió Janssen—. Y, una vez que se ratifique oficialmente, ya no lo serás, así que ¿a qué has venido?

—Cuando me dijiste que necesitabas un poco de distancia para aclarar tus ideas, no me imaginé que te fueras a alejar de la civilización durante casi dos años…

—Esto es Norfolk, Sam. Está a un par de horas de Londres.

—Y también da la impresión de estar varias décadas por detrás.

Aquel comentario molestó mucho a Janssen.

A Samantha nunca le había gustado ir a Norfolk, a la casa del inspector, con él.

No le importaba pasar allí un fin de semana, pero siempre insistía en irse al extranjero y le parecía tedioso el deseo de Janssen de ir a su tierra natal; se lo tomaba como una obligación molesta.

No es que ella discriminara, pues tampoco volvían a menudo a Shannon, su ciudad natal, en el oeste de Irlanda.

Samantha se giró hacia él. Su actitud desdeñosa se suavizó mientras hablaba:

—Huiste, Tom. No pudiste afrontar el reto y huiste.

El inspector se sintió invadido por la ira, pero no respondió.

Ella tenía razón. Él no había querido hablar de ello.

No había querido tratar de resolver el conflicto, como ella deseaba.

Siguió con la mirada a Samantha mientras ella recorría la habitación, echando un vistazo al nuevo hogar del inspector.

—Hablabas muchas veces de tener un barco —dijo la mujer tras un minuto de silencio entre ellos—. ¿Lo estás disfrutando? Me refiero a vivir aquí.

—Sí. Bueno, la mayoría de las veces, sí —respondió, reprimiendo la exasperación que le producía su presencia.

Ella le iba a decir lo que le diera la gana en el momento en el que le diera la gana. Así funcionaba ella, siempre de la misma forma. «¿Qué espera conseguir viniendo aquí?», pensó Janssen.

—Sam…

—Cometí errores, Tom —reconoció Samantha, interrumpiéndolo y girándose hacia él.

Era la primera vez desde su separación que admitía algo de forma voluntaria.

Eso despertó la curiosidad del inspector—.

Centré mi atención en exprimir lo máximo de la vida…

, de nuestro matrimonio. Fue egoísta y debería haberte dado más cosas de las que tú querías. Ahora me doy cuenta de eso.

Aquella afirmación lo dejó desconcertado.

Esperó el comentario posterior que siempre llegaba cuando ella lo sorprendía con una autocrítica objetiva.

Pero no llegó. Samantha lo observó, esperando expectante su respuesta.

Como Janssen no dijo palabra, ella pareció molestarse, rompió el contacto visual y reanudó su recorrido por la habitación.

Señaló la serie de fotografías que había estado inspeccionando, en concreto, una en la que Alice abrazaba a Saffy.

—Qué niña tan mona —afirmó. Janssen asintió—. Supongo que no es tuya, ¿verdad?

—No, claro que no.

—Bueno, no puedes culparme por preguntar… —dijo, bajando la voz tanto que casi se convirtió en una especie de susurro conspirador—, viendo que has desarrollado una gran habilidad en guardar secretos.

—Eso no es asunto tuyo —replicó Janssen.

Lo decía en serio. Su vida pronto dejaría de ser asunto de Samantha, en cuanto terminara la espera de dos años.

—Quizá. Aunque me ha dado la sensación de que estaba un poco enfadada —dijo Samantha.

Su tono de voz no parecía indicar que le preocupara demasiado la relación que Janssen tuviera con Alice.

Al menos, esa era la impresión que daba—.

Sinceramente, no me sorprende que estés saliendo con alguien Eres un partidazo, Tom.

El inspector ignoró el cumplido. Incluso estando seguro de que había sido sincero, siempre le había resultado difícil aceptar los halagos y los elogios, aunque no comprendiera por qué.

—Siempre quisiste tener hijos, para recrear la vida familiar en la que creciste… Y aquí estás…, de vuelta en Norfolk con un reemplazo, listo para empezar de nuevo.

—Las cosas no son así —dijo Janssen, negando con la cabeza con firmeza.

—No tenías por qué hacer las maletas, abandonarlo todo y regresar aquí, ¿sabes?

—Esa fue mi decisión —respondió el inspector, encogiéndose de hombros.

—¿Echas de menos Londres?

—A veces.

—¿Me echas de menos a mí? —preguntó Samantha, que bajó la voz y se acercó a él hasta quedar a un palmo de distancia.

Por primera vez, Janssen sintió que le estaba haciendo una pregunta sincera, una pregunta que, por cierto, dejaba al descubierto su vulnerabilidad.

Una parte de él quería responderle con dureza, herirla de la misma manera que ella lo había herido a él.

Pero no podía hacerlo. Hacía mucho tiempo que había decidido que no actuaría así.

—A veces —repitió él.

Samantha sonrió. Una expresión de alivio, no de gracia.

—Como te acabo de decir, cometí errores —prosiguió Samantha, mirándolo a los ojos e insistiendo para que Janssen hiciera lo mismo. Él no se vio capaz de apartar la mirada—. ¿Y si te dijera que he estado pensando en qué nos equivocamos y en qué podríamos hacer de cara al futuro?

—Ay, Sam… —dijo Janssen, sacudiendo la cabeza.