CAPÍTULO 21 #2
—Sería perfecto —dijo Alice, cuya sonrisa se hizo más grande. Un brillo en sus ojos acompañaba a esa sonrisa.
Janssen podía percibir que ella respiraba rápidamente y que no sabía qué hacer con las manos.
Se dio cuenta también de que las suyas no dejaban de temblar.
Abrió la caja y le mostró el contenido. Un diamante solitario corte marquesa en oro blanco; sencillo y elegante, según le había aconsejado el joyero.
Por la cara de Alice, había sido un gran consejo.
El momento se vio interrumpido por el sonido estridente de una sirena, que los sobresaltó a ambos.
—¡El risotto! —exclamaron al unísono.
Janssen se dio la vuelta y corrió hacia el fuego.
La cacerola echaba humo y ahora ya no había posibilidad de salvar su contenido.
Las asas le quemaron los dedos cuando las agarró, así que lo volvió a intentar utilizando un paño de cocina para protegerse la piel.
Dejó la cacerola a un lado y se unió a Alice para agitar el aire alrededor del detector de humos, en un intento de silenciarlo.
Ella continuó haciéndolo mientras él pulsaba repetidamente el botón de reinicio, pero no sirvió para nada.
Al final, desatornilló la tapa y sacó la pila.
La sirena se detuvo enseguida, pero el zumbido en sus oídos persistió.
El inspector tiró el paño al fregadero, se dejó caer contra los armarios y apoyó ambas palmas contra la encimera.
Los dos recuperaron el aliento y se miraron.
Janssen dirigió la mirada hacia los restos carbonizados de sus esfuerzos culinarios y se pasó la lengua por el interior de la mejilla. Se había cargado la cena… a menos que se le ocurriera algo que pudiera elaborar con perifollo, rúcula y queso parmesano. Alice siguió su mirada.
—Por lo menos, el vino no se ha quemado —dijo, señalando la botella que había sobre la mesa.
—Creo que eso es lo único que no ha salido mal —respondió Janssen con una sonrisa, considerando la ironía de lo que acababa de suceder. Había optado por hacer las cosas de forma simple para minimizar las posibilidades de que algo saliera mal.
Alice lo miró a los ojos.
—¿Por dónde íbamos?
Janssen miró a su izquierda, retrocedió hasta la mesa y regresó con la caja del anillo.
La abrió, miró el anillo y, luego, a Alice.
Ella volvió a sonreír. A pesar del fracaso rotundo del plan que había elaborado, a ella no parecía importarle.
Janssen comprendió que el plan no tenía demasiada trascendencia.
Podrían estar en cualquier lugar, haciendo cualquier cosa, y el momento seguiría siendo igual de especial para los dos.
—Alice —comenzó a decir, colocándose delante de ella y arrodillándose.
Se sintió un poco tonto, quizá vulnerable.
Las palabras que llevaba ensayando toda la tarde le vinieron a la mente de forma desordenada, pues los nervios habían regresado—.
Sé que llevas tiempo pensando en el futuro de nuestra relación, en hacia dónde nos encaminamos.
Y, lo admito, he tardado en darme cuenta de…
Se oyó un golpe en la puerta desde la cubierta superior, como si alguien llamara. Al principio, Janssen lo ignoró, pensando que sería algo que se habría movido con el viento. Pero volvieron a llamar, esta vez con más fuerza. Suspiró e inclinó la cabeza hacia un lado. Alice se rio.
—Esta noche no te está saliendo nada, ¿verdad, Tom? —dijo.
Janssen se levantó, moviendo la cabeza de lado a lado en un gesto de frustración.
—Debería haber puesto un cartel en el amarre.
—Yo estoy más cerca —dijo Alice, mirando hacia los escalones—. Voy a abrir la puerta, tú ve encendiendo las velas y no pienses que te vas a librar de esta. Vamos a terminar esto… ¡a menos que haya muerto alguien más!
Janssen se giró y se acercó a la mesa, dejó la caja del anillo y cogió las cerillas mientras Alice subía los escalones hacia la puerta.
Cogió una cerilla de la caja, la encendió, prendió las dos velas y sopló para apagar la cerilla, agitándola para dispersar el humo sulfuroso.
Cogió la botella de vino, sirvió dos copas hasta la mitad y la volvió a dejar en la mesa.
Se oyeron pasos que bajaban desde arriba.
—¿Quién era? —preguntó el inspector, que se giró con una copa de vino en la mano con la intención de dársela a Alice. Se quedó atónito al ver la mujer que tenía ante él.
Llevaba el pelo diferente. Caía en ondas por debajo de los hombros y tenía toques de color caoba.
El abrigo largo de color camel que vestía le llegaba justo por encima de unas botas de un rojo muy vivo, a juego con su pintalabios.
La mujer sonrió, inclinando la cabeza hacia un lado, y se apartó el flequillo de los ojos con una mano enguantada.
—Hola, Tom. Tengo que decir que eres un hombre difícil de encontrar.
Janssen se quedó sin palabras.
—No esperaba un abrazo, pero ¿no me merezco al menos un «hola»? —preguntó la mujer. El tono suave y melodioso de aquel acento irlandés le resultaba familiar y reconfortante.
—Samantha… ¿Qué…? ¿Qué estás haciendo aquí? —logró decir tras unos segundos de un silencio incómodo.
Samantha miró a Alice, que estaba detrás de ella, a su derecha, antes de volver a centrar su atención en Janssen.
—¿Así es como un marido saluda a su mujer aquí en Norfolk?