Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Se oía el viento arremolinándose en el exterior; sacudía el barco y contribuía a que hubiera un mayor oleaje.

La presión del viento que se filtraba a través de la chimenea de leña provocaba que las llamas se apagaran y se reavivaran cuando recibían más oxígeno.

Tom Janssen dejó el cuchillo, cogió un paño de cocina, se secó las manos y se dirigió a la chimenea.

Cogió otro leño, abrió la puerta y lo echó al fuego.

La temperatura del aire era extrañamente templada para aquellas alturas del año, pero el viento que azotaba el barco hacía que no lo pareciera.

No obstante, Janssen había disfrutado del tiempo que había pasado viviendo allí durante los últimos dieciocho meses.

La falta de comodidades suponía un reto, pero se podía superar fácilmente con un poco de esfuerzo.

Lo que él había pensado que constituiría un verdadero desafío al final había resultado no serlo tanto.

Vivir sin televisión era mucho más fácil de lo que había previsto, aunque la llegada de la fibra óptica a la zona implicaba que incluso eso era accesible si se deseaba.

Él utilizaba la fibra para trabajar, pero la mayoría de las veces le resultaba mucho más agradable sentarse frente al fuego con un libro.

Volvió a la cocina para centrarse en la preparación y se dispuso a cortar las hojas de las hierbas, separándolas de los tallos.

Las añadiría a la cacerola, cuyo contenido se estaba cocinando a fuego lento, poco antes de servir para asegurarse de que mantuvieran su forma.

Le llegó a la nariz un olor a quemado, así que redujo la intensidad del fuego y levantó la cacerola durante unos instantes.

Poco después, volvió a ponerla al fuego y vertió con un cucharón un poco del caldo de verduras.

El líquido siseó al entrar en contacto con el metal y empezó a burbujear al instante.

Removió el contenido y añadió otro poco.

El arroz no se había pegado. Lo había evitado a tiempo.

Echó un vistazo a su alrededor y comprobó que todo estaba listo.

El parmesano estaba rallado y bien dispuesto, al igual que el perifollo fresco y la rúcula.

La mesa estaba puesta. Había colocado sobre la misma una botella de vino blanco frío, que había utilizado en parte para cocinar, junto a dos copas.

Por regla general, Janssen no bebía, pero, en las pocas ocasiones en las que lo consideraba justificado, lo hacía.

Todo estaba listo, salvo su abrigo, que estaba tirado sobre uno de los asientos de la mesa.

Pensó detenidamente, pues tenía la sensación de que aún le faltaba algo.

Fuera lo que fuera, no caía en ello. Miró su reloj: Alice llegaría pronto.

Siempre y cuando no se retrasara. Alice era la persona más puntual que conocía.

Odiaba llegar tarde. Tamara Greave era la antítesis.

Al pensar en Tamara, y tras remover el contenido de la cacerola, cogió el informe del forense que Eric le había entregado antes de salir de la oficina.

Lo dejó junto al fogón y, mientras removía distraído la comida con una mano, comenzó a releer el documento.

Cuando revisaron durante la tarde las circunstancias que rodearon el intento de suicidio de Kirsty Davies, hubo algo que lo inquietó en las conclusiones que se habían alcanzado.

Las pruebas materiales del árbol dañado y de cómo había acabado el cuerpo de la niña en el agua eran plausibles, pero lo que lo desconcertó fueron las omisiones del informe.

La herida en la cabeza, causada por el golpe contra las rocas que había junto a la orilla del río, era lo bastante grave como para haberle provocado a Kirsty la pérdida del conocimiento, dejándola expuesta a su ahogamiento.

En tales circunstancias, los pulmones de Kirsty deberían haber estado llenos de agua.

Con toda probabilidad, también habría aire atrapado en el interior de los mismos, pero no parecía que se hubiera medido la cantidad de agua, y tampoco que se hubiera analizado para asegurarse de que el agua provenía del río.

Si lo hicieron, desde luego aquello no estaba documentado en el informe.

Si se determinaba que la causa de la muerte era el ahogamiento, no solo debía describirse como tal, sino que debía examinarse con mucha minuciosidad. ¿Por qué no fue así?

—¿Se está quemando algo? —preguntó Alice, que había comenzado a bajar los escalones hacia el interior del barco.

Janssen estaba tan concentrado en el expediente que no se había dado cuenta de que el líquido se había evaporado.

—Maldita sea —murmuró, añadiendo rápidamente más caldo, que hirvió de inmediato y provocó que se levantara una nube de vapor. Se inclinó hacia atrás y se apresuró a remover el contenido de la cacerola con entusiasmo, sintiendo algo de resistencia en la base.

—¿Necesitas ayuda?

Alice se quitó el abrigo y la bufanda, y los colgó en las perchas situadas al pie de las escaleras. Cruzó la cocina, colocó las manos a ambos lados de la cintura de Janssen y se puso de puntillas mientras él giraba la cabeza hacia un lado para mirarla. Ella le dio un beso en la mejilla.

—Hola, guapo —dijo Alice con una sonrisa cálida.

—No, todo está bajo control —respondió él, devolviéndole la sonrisa e inclinándose para besarla—. Todo va según lo previsto.

Con el codo, apartó el informe del forense para alejarlo del fogón. Alice le echó un vistazo.

—¿Algo interesante?

—El suicidio de una adolescente —respondió el inspector, cuyo rostro adoptó una expresión que reflejaba la tragedia del suceso.

—Vaya, qué lástima —reaccionó Alice, que retrocedió un paso para echarle un vistazo a la cacerola y a los ingredientes que esperaban a ser añadidos—. Pero esa no es la razón por la que fuiste a Thornham, ¿verdad?

Janssen negó con la cabeza mientras miraba el arroz y las verduras. Parte de la cebolla picada se había chamuscado ligeramente, pero, con un poco de suerte, el plato saldría bien.

—No. Esto ocurrió hace veintitantos años, pero podría estar relacionado.

—¿En serio? ¿Cómo?

—Aún no lo sé —dijo el inspector. Le lanzó una sonrisa irónica mientras añadía otro cucharón de caldo a la cacerola.

—¿Qué vamos a cenar, risotto? —preguntó Alice, dirigiéndose hacia la mesa.

—Risotto de setas silvestres, para ser exactos —respondió.

—Mi favorito. Parece que has preparado todo con detalle.

—Hasta he asado las setas primero.

—Soy una mujer afortunada. Recuerdo que una vez dijiste que todo esto te parecía demasiado engorroso. ¿Qué estás tramando, Tom Janssen? —dijo Alice, sonriendo.

Janssen se rio y añadió las setas asadas, una mezcla de shiitake, setas ostra y girolle, estas últimas compradas ante la insistencia de un amigo suyo que era cocinero en un popular restaurante italiano de Sheringham.

Al ver que iba haciendo sus progresos en la cocina, pensó que, después de todo, sería capaz de lograrlo.

La cocina no le resultaba ajena; se le daba bastante bien y le resultaba relajante.

Sin embargo, no le gustaba demasiado preparar risotto.

Le molestaba la atención que se requería durante todo el proceso.

Era fácil de preparar, pero también era muy fácil cargárselo.

No era el plato ideal para una persona cuya mente saltaba de un tema a otro casi todo el tiempo.

—¿Te preocupa que se estropee el generador o algo así? —preguntó Alice.

Janssen vio que estaba señalando las velas que había colocado sobre la mesa.

—No. He pensado que podría ser… No sé, ya sabes… ¿Bonito? —dijo, tratando de restarle importancia.

—Sí, lo es. ¿Las enciendo?

—Claro —respondió Janssen. Abrió el cajón que tenía a su derecha y sacó una caja de cerillas. Se las lanzó y ella las atrapó con destreza.

—Voy a quitar esto antes —dijo Alice. Cogió el abrigo de Janssen, que estaba cerca de las velas.

En ese momento, el inspector recordó lo que se había olvidado antes, que era precisamente el elemento más importante de aquella noche. Alice deslizó el antebrazo bajo el abrigo del inspector y lo levantó. Janssen soltó el asa de la cacerola y se acercó a ella.

—No te preocupes, yo lo…

Fue demasiado tarde. El movimiento de su abrigo provocó que algo resbalara por la mesa y cayera contra el suelo, resonando al hacerlo.

Alice también lo vio y trató de coger la caja mientras caía.

Se agachó antes de que Janssen hubiera tenido tiempo de acercarse y dudó al intentar cogerla.

Janssen se detuvo y suspiró al ver cómo su plan para aquella noche se había desmoronado en cuestión de segundos.

Alice fue a recoger la caja azul, forrada de terciopelo, pero instintivamente se echó atrás.

Miró hacia arriba para buscar los ojos de Janssen y luego apartó la vista, permaneciendo de rodillas con su abrigo colgado del antebrazo.

Parecía no saber qué debía hacer y se quedó paralizada en el sitio.

No fue solo ella. Se sucedieron unos instantes incómodos entre ambos hasta que Alice comenzó a levantarse despacio y Janssen recuperó en un gesto rápido la caja del anillo.

El inspector respiró hondo, cerró los dedos alrededor de la caja que tenía en la palma de la mano y se puso de pie.

Se sentía avergonzado. La expresión del rostro de Alice se mantuvo tensa un instante más, hasta que sus labios lograron esbozar una media sonrisa tímida.

Janssen la había pillado por sorpresa, tal y como había planeado, aunque lo había hecho de la forma más inesperada.

El inspector no sabía qué debía pasar a continuación.

—¿Es esto…? —comenzó a preguntar Alice, aunque no terminó la frase.

Ambos desviaron sus miradas el uno del otro.

—Eh… Bueno, sí. A ver, no ha salido exactamente como había planeado. Había pensado en una cena, velas… La noche está despejada y podríamos dar un paseo por la orilla —dijo, haciendo una mueca al pensar en cómo sus planes se habían ido al traste—. Sé que todo eso no sería demasiado especial, pero…