CAPÍTULO 20 #2
—Se denunció que se había fugado en múltiples ocasiones. La policía siempre la encontraba en casa de su novio —explicó Eric, leyendo el expediente—. Repetidos casos de posesión de alcohol y drogas.
—Da más bien la sensación de que estaba intentando escapar un rato del hogar de acogida —replicó la inspectora jefe—. O de sí misma.
—Pero no necesariamente como resultado de sus experiencias en el centro infantil. Podría haber estado buscando llamar la atención. Un grito de auxilio llevado a cabo a través de acusaciones muy dramáticas —dijo Janssen.
—Suena usted igual que los agentes que investigaron el caso —lo acusó Tamara, irritada por lo que acababa de decir.
Janssen se encogió de hombros ante el comentario de su jefa.
—Solo digo que puedo entender cómo llegaron a esa conclusión —dijo Janssen, sin mostrar arrepentimiento.
Tamara miró a Eric, tratando de ocultar su enfado. Janssen era obstinado. Aunque tenía razón.
—¿Ha dicho que le ha costado encontrar el informe de la denuncia?
—Sí. Estaba bastante escondido. He tenido que bajar al archivo con uno de los empleados para poder dar con él.
He tardado bastante. Solo tenemos la copia impresa del informe.
Por alguna razón, este expediente no aparece en la base de datos digital.
Tampoco me han dado una respuesta satisfactoria que explique ese hecho. Supongo que ningún sistema es perfecto.
—¿Quién presentó la denuncia? ¿Fue Susan, por casualidad? —preguntó Tamara.
—No, no fue ella. Ni siquiera se la menciona —dijo Eric. A Tamara se le hundió un poco el ánimo. Eric volvió a leer el documento—. La denunciante fue Kirsty Davies —dijo triunfalmente.
—¿Cuál es su fecha de nacimiento? —preguntó Janssen.
Eric la leyó mientras el inspector se giraba hacia su ordenador portátil y accedía a la base de datos nacional de la policía. Eric se dispuso a hablar, pero por alguna razón no lo hizo. Janssen introdujo los datos y pulsó intro. El sistema procesó la solicitud mientras todos esperaban expectantes.
—¡Mierda! —exclamó en voz baja, volviéndose hacia Tamara—. Kirsty Davies está muerta. —Miró la información que aparecía en la pantalla y señaló la fecha registrada de su muerte. Había ocurrido hacía más de tres décadas—. Según mis cálculos, Kirsty tenía catorce años cuando murió.
—Eso significa que aún permanecería en el sistema oficial de protección infantil —dijo Tamara—. ¿Seguía residiendo en Wellesley en aquel momento?
—Os llevo mucha ventaja —dijo Eric con emoción en su tono de voz. El oficial buscó su libreta.
A Tamara le complació ver el entusiasmo del joven a pesar de la carga de trabajo que tenía en aquellos momentos. Su reticencia a cortar a Janssen era bastante reveladora. Eric andaba tenso con su inspector.
—Se sospechó que Kirsty Davis había huido.
Y no por primera vez, como ya os he explicado.
Avisaron a la policía y se llevó a cabo una búsqueda inicial, como cabría esperar.
Amigos, lugares frecuentados y esas cosas.
Pero, en aquella ocasión, a diferencia de otras anteriores, nadie afirmó haberla visto.
La hallaron en un río dos días después. He encontrado el informe del forense mientras estaba abajo en los archivos.
En un principio sospecharon que la causa de la muerte había sido ahogamiento.
Cosa lógica, ya que la encontraron en el agua.
Tenía una lesión en la base del cráneo, en el lugar en el que se une con el cuello, probablemente causada por un traumatismo por impacto contundente.
El forense encontró estrías en los tejidos del cuello.
Tamara se dejó caer en la silla y levantó la vista hacia el techo.
—¿Así que sospecharon que la habían estrangulado? ¿O tal vez ahorcado?
—Lo segundo —respondió Eric—. La policía peinó la zona siguiendo el curso del río, que atravesaba campos abiertos, marismas y bosques.
Encontraron un árbol con una rama que se había roto recientemente y, cerca de él, prendas de ropa que coincidían con la descripción de las que llevaba Kirsty el día en el que la vieron por última vez.
La conclusión fue que se había intentado ahorcar usando una soga improvisada, pero la rama no pudo soportar el peso de su cuerpo y terminó rompiéndose, provocando que la niña cayera al río.
Determinaron que debió golpearse la cabeza contra las rocas al caer al agua.
La hipótesis fue que el intento de suicidio fracasó, pero el golpe en la cabeza la dejó inconsciente y terminó ahogándose.
Se dictaminó que se había tratado de una muerte accidental, no de un suicidio.
—Llámenme cínica por pensar esto —dijo Tamara, cruzando los brazos por delante de su cuerpo—, pero me da la sensación de que eso era muy conveniente, teniendo en cuenta las denuncias que se habían presentado antes.
Janssen resopló.
—O, a riesgo de irritarla todavía un poco más y de hacer de abogado del diablo por un momento —añadió Janssen, mirando a Tamara a los ojos—, eso también respalda la conclusión de la investigación inicial.
Una adolescente con muchos problemas, que sufre trastornos mentales, se quita la vida.
El resultado final de una serie de circunstancias trágicas. Se puede interpretar de ambas formas.
Tamara le devolvió la mirada. El inspector tenía razón, pues se había sentido profundamente molesta al ver cómo desestimaba su razonamiento, pero el cabreo se disipó en cuestión de segundos.
La inspectora jefe comprendía que Janssen tampoco confiaba en la versión oficial.
Sin embargo, hacía bien en intentar que se centraran en los hechos fundamentales que conocían.
Las conjeturas resultaban útiles, pero las teorías disparatadas e infundadas no tenían cabida en una investigación de asesinato.
—Algo ocurrió en esa habitación —dijo Tamara, que volvió a centrarse en el tablón y recorrió con la mirada el círculo de amigas y conocidas de Susan—. Y una de ellas, o todas, saben exactamente qué fue —añadió con tono incisivo, señalando los nombres de Abigail Thomas, Sarah Caseley y Tara Byrons.
—Eric, ¿puedes hacerme una copia del informe del forense?
—dijo Janssen—. Quiero volver a echarle un ojo en casa más tarde.
Y también averigua dónde están ahora todas las personas que trabajaban en Wellesley cuando ocurrió todo esto.
Creo que deberíamos hacerles las preguntas que quizá no se hicieron durante la primera investigación —concluyó Janssen.
—Vale, me pongo a ello —respondió Eric, cogiendo el expediente.
—Por si acaso se les pasó algo por alto —le dijo Janssen a Tamara cuando Eric se marchó. Ella se quedó mirándolo—. No soy mucho de creer en teorías conspirativas, pero hay que reconocer que es una coincidencia asombrosa.
El inspector miró el reloj de la pared y bajó la voz para que solo Tamara pudiera oírlo mientras Eric trabajaba en la fotocopiadora.
—Sé que es temprano, pero tengo planes para esta noche y necesito recoger una cosa antes. Volveré a revisar todo el papeleo en casa más tarde, pero ¿le importa si me voy ya?
Tamara se encogió de hombros, en un gesto que claramente indicaba que le parecía bien, y el inspector le dio las gracias, se levantó y cogió su chaqueta.
La inspectora jefe percibió de forma evidente que a Janssen le había costado bastante pedírselo.
Ya se había tomado un poco de tiempo libre aquella mañana y ahora quería salir temprano.
Fuera lo que fuera en lo que andaba metido, se lo estaba guardando para sí mismo.
Si necesitaba tiempo, ella se lo concedería sin objeciones.
Él había cambiado un poco recientemente y ella lo notaba, pero aún no sabía qué le estaría sucediendo.