Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Tamara Greave observó cómo Janssen regresaba a la sala de operaciones.

El inspector había recibido una llamada y había salido para buscar algo de intimidad; al hacerlo, Tamara percibió un cambio en su lenguaje corporal.

No era solo que bajara la voz para hablar con un ser querido en aquella oficina diáfana, había algo más.

Regresó a la sala de operaciones caminando con cierto brío, y la inspectora pensó si habría recibido buenas noticias de algún corredor de apuestas local.

No es que Tom fuera demasiado propenso a ello, pero aquella llamada sin duda había provocado una mejora en su estado de ánimo.

—¿Todo bien? —le preguntó cuando Janssen se sentó.

El inspector la miró con una expresión inquisitiva con el rostro.

—La llamada —se explicó Tamara.

Él sonrió.

—Todo bien —respondió, cogiendo el expediente que había sobre su escritorio—. ¿Por dónde íbamos?

—Wellesley Manor. Estábamos intentando determinar quien estuvo allí al mismo tiempo que Susan Cook.

—Exacto —retomó Janssen mientras ojeaba la lista de nombres que tenía delante. Miró a Tamara y, luego, a los tablones de la pared—. Curioso. Sarah Caseley nos dijo que coincidió muy poco tiempo con Susan en el hogar infantil. Fue así, ¿verdad?

Tamara volvió a revisar sus notas.

—Sí, nos lo describió como unos pocos meses. ¿Por qué?

—Según los servicios sociales, ambas residieron en Wellesley durante más de un año. ¿Es un lugar lo bastante grande como para que pudieran no haberse cruzado en él?

En opinión de Tamara, no. El número máximo de niñas que se había registrado en la institución era de dieciocho.

La idea de que dos niñas de edades similares no se cruzaran allí era poco factible.

Teniendo en cuenta el tiempo que había transcurrido desde entonces, existía la posibilidad de que Sarah lo recordara mal.

Aunque, según lo que les había contado Tara Byrons, parecía que Sarah Caseley no estaba siendo del todo sincera.

El deseo de esa mujer de ocultar su pasado a su marido podía extenderse también a la investigación policial.

—Creo que tendremos que volver a hablar con la señora Caseley pronto.

Eso sí, armémonos con todos los datos que podamos antes de hacerlo.

Sin duda, nuestra visita habrá provocado que esté dándole vueltas a la cabeza.

Será interesante ver qué más sale de ahí.

¿Ha conseguido descifrar esos garabatos que encontró en la habitación donde atacaron a Susan?

Janssen sacó las fotografías que habían tomado los de Criminalística. Con su equipo de iluminación especializado, las inscripciones resultaban mucho más fáciles de leer. Habían agrandado las imágenes; Janssen las fijó sobre los tablones.

—Así se pueden ver de forma más clara —dijo tras colocar la última de ellas y retroceder un paso.

Tamara puso el pulgar y el índice de una mano sobre su barbilla, en un gesto reflexivo, y examinó las imágenes.

En la parte superior de la puerta, alguien había grabado el mensaje «Yo estuve aquí».

Si la inspectora jefe tuviera que aventurarse a explicarlo, diría que se había realizado con un instrumento rudimentario y, posiblemente, sin la ayuda de la luz.

Se trataba de una habitación cerrada en la que no entraba luz natural, y el tamaño y la posición variables de las letras sugerían que la persona que las había escrito lo había hecho utilizando su imaginación para determinar el lugar en el que creía que debían estar.

Serían capaces de discernir si las letras eran obra de diferentes manos; el estilo ascendente y descendente denotaba que debía tratarse de personas distintas.

Debajo de la frase había grupos de letras aisladas muy juntas entre sí.

Algunas se superponían, lo que reforzaba la teoría de que habían sido escritas en la oscuridad.

—¿Qué opina de ellas? ¿Son iniciales? —preguntó Tamara.

Janssen la miró.

—Sí, yo he pensado lo mismo —dijo Janssen.

Volvió a su escritorio y cogió la lista de nombres, algunos de los cuales había rodeado ya con un círculo—.

Veamos si podemos encontrar algunas candidatas plausibles.

Sarah Caseley es un buen comienzo. Su apellido de soltera era West y tenemos «SW» en la puerta.

Ninguna otra niña registrada en el hogar tenía esas iniciales.

Del mismo modo, tenemos una KD. Hay dos que encajan con esas letras: Kirsty Davies y Karen Duncroft.

Esta última no residió allí al mismo tiempo que Susan.

Se marchó un par de años antes de que llegara.

—Suponiendo que la lista va de arriba abajo, ¿KD aparece antes o después de SW?

Janssen lo comprobó.

—Después. KD es la cuarta inscripción visible, aunque se superpone a la tercera.

—Si Susan y Kirsty Davies coincidieron en el hogar infantil, entonces es lógico pensar que pudiera tratarse de ella. ¿Ha aparecido su nombre en algún otro lugar de la investigación sobre la desaparición de Susan?

Janssen negó con la cabeza.

—No, en ninguna parte.

—¿Qué es eso de ahí? ¿Es AV? —preguntó Tamara, acercándose al tablón, e inclinó la cabeza para intentar verlo mejor.

—Eso pensé yo también, pero se pueden ver algunos arañazos que no son tan profundos.

Creo que es una W, no una V. Me parece interesante mirar a Abigail Thomas.

Thomas es su apellido de casada. Aunque se divorció de su marido, conservó el apellido.

Es de suponer que eso se debiera a que ya había consolidado su carrera profesional. Su apellido de soltera era Winston.

Tamara se mordió el labio inferior, asimilando lo que aquello implicaba.

—¿Podemos confirmar si se trata de la misma Abigail Thomas?

—Sería una coincidencia increíble que no lo fuera, ¿no le parece? —argumentó Janssen. Tamara asintió—. Y lo que al principio pensé que era TD parece incorrecto. Nadie coincide con esas iniciales.

—¿Podría ser que la D fuera en realidad una B? —preguntó Tamara—. ¿Por Tara Byrons? Cuando Eric y yo hemos hablado con ella esta mañana, ha puesto mucho empeño en transmitir la idea de que está soltera.

—Tiene sentido —dijo Janssen, volviendo a examinar las fotos—. Pero no hay forma de estar seguros.

—¿Y el apellido de soltera de Susan?

—Cole —confirmó Janssen—. Y no, no hay inscripciones relacionadas con ella.

Tamara maldijo por dentro. Eso habría sido extraordinario.

Una forma de vincular a todas las personas con las que habían hablado con el lugar donde creían que habían atacado a Susan.

Algo condujo a esa mujer a aquella habitación concreta.

Las marcas eran demasiado coincidentes como para no tener algún significado.

El deseo de buscar a esas mujeres y preguntarles por el significado de aquellas inscripciones era muy tentador.

Pero tendrían que ser pacientes. Fuera lo que fuera lo que atrajo a Susan a la habitación después de tanto tiempo, bien podría haber sido la causa de su muerte.

Tras la honesta valoración que Tara Byrons había hecho sobre cómo era la vida en Wellesley Manor, tenían que considerar la posibilidad de que hubiera personas que quisieran silenciar a Susan Cook y que tal vez lo hubieran hecho de la forma más brutal.

—¿Qué hay de las acusaciones de las que le ha hablado Tara Byrons? —preguntó Janssen.

—Yo puedo responder a eso —dijo Eric, que entró en la sala de operaciones agitando con animosidad un expediente en la mano. Ambos se giraron hacia él—. Me ha costado bastante conseguirlo.

—¿Qué tiene? —le preguntó Tamara mientras el oficial se sentaba y abría la carpeta.

—Las acusaciones de las que nos ha hablado Tara Byrons se hicieron contra varios trabajadores y detallaban incidentes de agresiones tanto sexuales como físicas contra varias chicas de Wellesley.

Eso sucedió dos años antes de que Susan se fuera del hogar infantil, y también se menciona a Abigail.

Lo acabo de comprobar antes de volver. Estuvo allí con el apellido Winston.

—Sí, ya estábamos considerando la posibilidad de que fuera así —dijo Janssen.

Eric continuó con su explicación:

—Bueno, nunca se llegaron a presentar cargos y la investigación se archivó antes incluso de que se remitiera a la Fiscalía. Se alegó falta de pruebas debido a la poca fiabilidad de los testigos.

La última parte de aquel análisis fastidió mucho a Tamara. En muchas ocasiones, no se profundizaba en la investigación de casos que así lo merecían debido a una aparente falta de credibilidad de la víctima. La inspectora ya sabía hacia dónde se encaminaba el relato de Eric.

—Las dos chicas que presentaron las denuncias tenían problemas de comportamiento bien documentados y los servicios sociales manifestaron que una de ellas era «sexualmente agresiva» —explicó Eric, levantando la vista de papel que leía.

—¿A qué edad? —preguntó Tamara.

Eric revisó el documento.

—Trece.

—La etiquetaron como sexualmente agresiva a los trece años. Era una niña —dijo Tamara, que sintió cómo la invadía la ira—. ¿Qué dijo el agente a cargo de la investigación?

Eric eligió sus palabras:

—Interpretando lo que aquí se dice, me parece que no se creyó los relatos y pensó que solo pretendían causar problemas a la dirección.

La magnitud de las acusaciones de abuso era tal que parecía imposible que tantos trabajadores pudieran haber permanecido impunes ante sus actos durante el plazo de tiempo que se alegaba.

Al parecer, fue una de las chicas la que insistió en hacer una declaración formal, mientras que la otra se retractó de todo lo que había asegurado en su primera declaración.

Al final, fue la palabra de una niña contra la dirección, y no la creyeron.

Ante aquella perspectiva, el testimonio de una niña de trece años con problemas de comportamiento enfrentado contra el de una dirección respetada, el caso se fue abandonando sin que hubiera demasiado ruido.

La investigación apenas pasó de la fase inicial.

—¿Qué problemas de comportamiento? —preguntó Tamara.