CAPÍTULO 19
Tara Byrons miró su reloj a propósito para llamar la atención.
La detective principal sonrió. Era una sonrisa educada, artificial, probablemente algo en lo que estaba entrenada, algo que le habían enseñado para conseguir que la persona con la que hablaba estuviera relajada.
Tara sabía cómo funcionaba: hacer preguntas abiertas y mantener el contacto visual mientras se emitían comentarios reconfortantes para estimular respuestas.
Ese era el procedimiento habitual para tratar con personas, tanto adultas como jóvenes.
—Creo que podemos dejarlo de momento, señora Byrons.
—Señorita —la corrigió.
La necesidad de confirmarles que no estaba casada fue una respuesta instintiva de la que se arrepintió enseguida.
No sabía de dónde había provenido esa respuesta.
Tal vez se tratara de algo generacional, o quizá social, una reacción contra aquellos que aún fruncían el ceño al encontrarse con una cuarentona que ni estaba casada ni tenía hijos.
La creencia implícita de que, o le pasaba algo, o su sexualidad se alejaba de la tradicional.
Su generación bien podría ser la última que viera eso como un problema.
Los niños a los que enseñaba a diario parecían tener una visión mucho más flexible sobre la orientación sexual de cada persona.
Qué rápido parecía estar cambiando el mundo.
Sin embargo, a ella las suposiciones seguían molestándola mucho.
—Discúlpeme —dijo la inspectora jefe, ampliando la sonrisa que mostraba en el rostro—. A mí me pasa lo mismo. Ya debería haberlo interiorizado.
Tara miró la mano izquierda de la agente y se fijó en que no llevaba anillo en los dedos.
Tenían edades similares, pero, en su opinión, la inspectora parecía mayor.
Probablemente porque llevaba muy poco maquillaje y vestía con ropa muy sencilla y corriente.
Quizá la había juzgado mal. Tenía la sensación de que había hablado demasiado, pero rechazó esa idea de forma enérgica.
Nada de lo que había dicho era un secreto.
Todo había salido a relucir con anterioridad y aparecería en algún archivo por alguna parte.
Cualquier tipo de investigación que se fuera a llevar a cabo sobre la muerte de Susan lo sacaría a la luz, así que ¿qué sentido tenía fingir que nada de aquello había sucedido?
A pesar de esa lógica, seguía teniendo una sensación de aprensión por la posible exposición que podría producirse a partir de entonces.
La eficacia con la que había desempeñado sus funciones en la escuela, así como la reputación que había alcanzado en un puesto de trabajo que había tardado tanto tiempo y esfuerzo en poder desarrollar, podrían verse afectadas negativamente.
Aquel tipo de sucesos les ocurrían a otras personas.
Eran hechos dramáticos y sin duda desgarradores, pero casi siempre sucedían en otros lugares.
Pero aquello había pasado allí, dentro de su comunidad, y habría muchos a los que no les importaría escucharlo.
Los dos detectives se dirigieron a la puerta de la calle y salieron al camino de entrada. Tara los siguió, solo un paso por detrás. Cerró la puerta de la casa y caminó con ellos hasta llegar a su coche. La detective principal le tendió la mano y Tara la tomó.
—Siento haberla sorprendido con todo esto sin avisar con antelación. Es posible que tengamos que hablar con usted de nuevo en algún momento.
—Preferiría no tener que volver a remover todo aquello, pero, si lo necesitan, llámenme —respondió.
La detective inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, le entregó a Tara una tarjeta de contacto y se giró para reunirse con su joven compañero, que la estaba esperando junto al coche.
Tara se quedó mirándolos un momento más, antes de abrir su coche y entrar en él.
Miró por el espejo retrovisor para ver cómo se alejaban y sintió que el alivio se apoderaba de ella.
Sacó el móvil del bolso, miró el reloj del salpicadero del coche y suspiró.
La reunión que tenía que dirigir debía comenzar en apenas unos minutos.
Llamó a la administración de la escuela y esperó.
Una voz respondió tras unos pocos tonos.
—Hola, Mary, soy Tara. Siento avisar con tan poca antelación, pero hoy no voy a poder ir.
—¡Oh, vaya! ¿Te encuentras mal? —preguntó Mary, la directora del equipo administrativo.
—Nada grave, creo —respondió Tara, adoptando un tono de voz más grave de lo normal—. Iba a intentar aguantar, pero es mejor que me quede en casa hoy para descansar y recuperarme. No quiero contagiar a nadie por allí.
La voz al otro lado de la línea se rio de forma compasiva.
—Ya tenemos bastante por aquí. Se lo diré a Marcus. Cuídate.
—Lo haré, gracias.
Tara colgó y se llevó el teléfono a los labios mientras pensaba en cuál sería su siguiente paso.
Se desplazó por la lista de contactos de su móvil y encontró el número que buscaba.
Tenía la esperanza de que no hubiera cambiado.
Hacía bastante tiempo que no hablaban. La llamada comenzó a dar tono y Tara esperó a que contestaran.
Justo cuando pensaba que iba a saltar el buzón de voz o que tendría que rendirse e intentarlo más tarde, una voz áspera respondió.
—Hola.
—Hola, soy yo, Tara. ¿Te he despertado?
—Ah… Sí, la verdad es que sí.
—¿Has trasnochado?
—Hoy es mi día libre, así que… Ya sabes cómo es la cosa. Supongo que te has enterado, ¿no?
—Sí —respondió Tara en voz baja, inclinando el espejo para poder verse y comprobar que su pintalabios estuviera bien aplicado—. ¿Estás bien?
Él tosió. Era ese tipo de tos seca que se producía tras una noche de juerga, mucho alcohol, tabaco y una evidente falta de sueño.
—No demasiado.
—He pensado que podría pasarme por allí. ¿Qué te parece?
La pregunta fue dubitativa, no quería forzar la situación. El tono de la voz del hombre se volvió más alegre, parecía más animado.
—Claro… Quiero decir, sí. ¡Sería genial!
—¿Sigues viviendo en el mismo sitio?
—Sí. No me voy a mover de aquí a corto plazo.
—Nos vemos en media hora —dijo Tara, mientras arrancaba ya el coche.
Colgó y colocó el móvil en uno de los portavasos que había entre los asientos.
Se miró de nuevo en el espejo, lo reajustó, dio marcha atrás y salió a la carretera.
Encendió la radio y seleccionó una de sus listas de reproducción.
Se puso en marcha mientras comenzaba a tararear en voz baja la primera canción que sonó.
El tráfico que solía encontrar en su trayecto matutino al trabajo se había disipado en gran medida e hizo el trayecto en muy poco tiempo.
Al ser temporada baja, las carreteras entre Hunstanton y Fakenham, que estarían congestionadas en cuestión de meses, estaban ahora bastante despejadas.
Cuando llegó al aparcamiento, había unos cuantos coches en él, pero no se veía a nadie.
Aparcó cerca de la recepción, salió y echó un vistazo a su alrededor.
La oficina estaba cerrada, así que se dirigió a la parte trasera.
Pasó junto a ella un coche, conducido por uno de los pocos turistas que aún quedaban en el lugar.
Los ocupantes del vehículo no le prestaron atención.
Sus tacones resonaban en el asfalto mientras ascendía por el camino.
Tara lo vio; estaba observándola a través de la ventana de la cocina, apartando la persiana para poder verla mejor.
No tuvo que llamar a la puerta, porque se abrió cuando apenas estaba a tres pasos de ella.
Simon Cook, con aspecto nervioso, la observó y la hizo pasar, mirando a ambos lados de su caravana antes de cerrar la puerta.
Se dio la vuelta para mirarla cara a cara.
Las ojeras de aquel hombre daban testimonio de sus actividades de la noche anterior; tenía también el pelo revuelto y descuidado.
Un profundo olor a alcohol parecía emanar de cada poro de su cuerpo.
—Veo que te estás tomando bien la noticia —le dijo ella, mirándolo de arriba abajo.
Simon se pasó una mano por el pelo, por la parte superior de la cabeza, y se detuvo para rascárselo de un lado a otro cuando llegó a la coronilla. Tenía los ojos muy abiertos y sacudió la cabeza.
—Me ha desconcertado un poco, ¿entiendes? ¿Y a ti?
—Obviamente, estoy conmocionada. No hace falta decirlo —respondió Tara, mirando a su alrededor.
Simon todavía no había recogido la comida de la noche anterior.
Por el aspecto de las bandejas de aluminio y los envases de plástico, parecía que había pedido algo a domicilio.
Entre todos los restos había dos botellas, una en posición vertical y otra tumbada.
Ambas, una de whisky y otra de ginebra, estaban vacías.
El olor general en la caravana era rancio y desagradable.
Debía haberse cogido una buena borrachera—. ¿Y Connor?
Simon movió la cabeza de lado a lado, con tristeza.
—No muy bien. Lo he mandado al instituto. No tiene sentido que se pase todo el día aquí deprimido. Creo que lo mejor para él es estar con sus amigos.
Tara se preguntó si eso sería lo mejor para el crío o para él mismo, pero no hizo ningún comentario al respecto.
Simon se apoyó contra los muebles de la cocina y se presionó los ojos con el pulgar y el índice.
Al cabo de un momento, bajó la mano y la miró a los ojos.
Tenía un aspecto fantasmagórico. Parecía perdido.
Ella dejó el bolso sobre una de las sillas y se acercó a él con los brazos abiertos.
Él se movió hacia Tara, y ella lo abrazó.
El gesto desencadenó las emociones y Simon lloró, hundiendo el rostro en su pecho.
Ella le acarició la nuca mientras le susurraba palabras reconfortantes.
—Todo va a estar bien, Simon. De verdad que sí —le dijo en voz baja mientras miraba por la ventana.
Estiró una mano para ajustar la persiana y evitar así que nadie que pasara pudiera verlos.
Lo apartó de ella con suavidad y le sujetó los brazos con ambas manos.
Luego, las llevó despacio hacia el rostro de Simon, le acarició las mejillas y le levantó la cabeza para que sus miradas se cruzaran.
Le sonrió con ternura. Él parecía estar a punto de volver a llorar en cualquier momento.
—Que la hayan encontrado… Me lo ha hecho revivir todo —susurró el hombre mientras las lágrimas volvían a caer por sus mejillas.
Ella se las secó con los pulgares y, manteniendo las manos donde las tenía, se inclinó y le besó suavemente la frente. Se apartó un poco, volvió a mirarlo a los ojos y le sonrió. Esta vez, él le devolvió la sonrisa.
—Voy a estar ahí para ti —le dijo Tara con cariño.
Simon se inclinó hacia delante y ella hizo lo mismo.
Sus labios se rozaron una primera vez y luego una segunda, antes de por fin unirse en un beso apasionado.
Simon le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo hacia él.
Tara no se resistió. En cuestión de segundos, pudo sentir la excitación de Simon. Algunas cosas no cambiarían nunca.