Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—Sí. Soy subdirectora de una escuela primaria de la ciudad —explicó—. Ahora puedo ver las cosas desde el otro lado.

—No dejo de oír que hoy en día las clases son muy difíciles. ¿Es esa su opinión?

—Yo diría que hoy en día vemos niños con de problemas de todo tipo, lo que sin duda lo hace difícil.

Pero quizá las cosas no sean tan diferentes de cómo eran en el pasado.

Todos tendemos a mirar hacia atrás con nostalgia y excesivo optimismo, pero podría decirse que en la actualidad estamos mejor preparados para reconocer determinadas situaciones.

Ahora distinguimos mucho mejor los indicadores de comportamiento que hasta hace relativamente poco escapaban a nuestro conocimiento profesional.

—Echando la vista atrás a su época en Wellesley, en especial al tiempo que compartió allí con Susan, ¿hay algo que le llame la atención de entonces? ¿Algo que pudiera hacer que Susan volviera allí?

Tara se rio, aunque estaba claro que no le hacía ninguna gracia. La risa tenía un matiz de tristeza y de arrepentimiento. Negó con la cabeza y se mordió el labio inferior.

—Pasaron muchas cosas allí, y trato de no pensar en la mayoría de ellas.

Hay que entender que, siendo niñas pequeñas, nadie nos quería.

Algunas de las chicas tuvieron suerte, pues solo pasaron por allí hasta que encontraron una opción mejor con familiares o hasta que sus padres lograron arreglar su situación.

Después de un tiempo… —comenzó a explicar Tara, pero se corrigió para tratar de encontrar las palabras que más se ajustaban a lo que quería decir—.

Cuando llevas allí un tiempo, te das cuenta de que eso es lo que te ha tocado.

»No hay ningún salvador que vaya a ir a rescatarte para llevarte a un lugar mejor y tienes que conformarte con ello y seguir adelante.

Después de cierto tiempo, eres capaz de evaluar a las personas.

Y, además, de forma bastante exhaustiva.

Ves a las niñas que llegan y juzgas si se van a quedar mucho tiempo o no.

Algunas niñas se engañaban con expectativas irreales sobre su futuro y no paraban de hablar de cuándo irían sus padres biológicos a buscarlas.

Luego estábamos las que lo comprendíamos.

Sabíamos que Wellesley era lo mejor que podíamos esperar —explicó, mirando a Tamara a los ojos—.

Aquel era el momento más duro. Una vez que lo aceptabas, todo iba bien.

—¿Tan malo era?

—No es que fuera malo como tal. Sucedían cosas, tal y como cabría esperar.

—¿Qué tipo de cosas?

Tara le dio un sorbo a su café con una expresión seria y reflexiva en el rostro, como si los recuerdos que estaba rememorando fueran dolorosos.

—Algunos de los trabajadores no se comportaban de la forma que sería deseable —afirmó tras unos segundos de silencio—.

No me malinterpreten, muchas de nosotras éramos niñas horribles, cuidar de nosotras era difícil y, a menudo, recibíamos exactamente lo que nos merecíamos.

No quiero que culpen por completo a todo el personal, ni tampoco quiero caer en la dinámica de culpar a las víctimas.

Pero tienen que entender que Wellesley no era un lugar solo para niñas de la zona.

Había chicas que venían de todas partes: Essex, Midlands, la costa sur…

Todas habíamos sufrido y éramos vulnerables en mayor o menor medida, y aquel no era el régimen más compasivo del mundo.

—¿Está diciendo que las maltrataban?

Tara permaneció de pie con la boca entreabierta, los brazos cruzados por delante del pecho y una expresión inmutable en el rostro.

—Muchas cosas que entonces se consideraban normales ahora no serían aceptables —respondió—.

Permítame decirlo así. No me refiero a todos los trabajadores, claro está.

Algunos estaban exasperados por su incapacidad para controlar…

No, esa no es la palabra adecuada —se corrigió, reflexionando con intensidad—.

Su incapacidad para influir positivamente en nuestras vidas.

En el extremo opuesto estaban los que parecían disfrutar con auténtico sadismo controlando las vidas de niñas vulnerables.

—¿Estamos hablando de abuso físico… sexual? —preguntó Tamara.

Tara Byrons se enderezó y dejó con suavidad la taza sobre la encimera que tenía junto a ella.

—Hablábamos entre nosotras. Se hacían comentarios y se señalaba a determinada gente, sí. No puedo saber cuánto había de verdad en lo que decían algunas chicas.

—¿Fue su propia experiencia? —insistió Tamara, consciente de que debía andar con cuidado, aunque Tara parecía ser una mujer fuerte.

—No, yo no lo sufrí. No creo que me hubieran considerado nunca una candidata potencial.

Nunca encajé en los requisitos. No era retraída socialmente ni influenciable, como suelen ser las víctimas de abusos.

Ahora está hablando la profesora que hay en mí, con años de experiencia en protección infantil.

Me atrevo a decir que yo no era consciente de todo eso por aquel entonces.

—¿Encajaba Susan en los requisitos? —preguntó Tamara.

Tara suspiró y la miró a los ojos.

—No esperaba tener esta conversación cuando me he levantado esta mañana —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza de forma casi imperceptible.

Tamara esperó, decidida a sacar todo el provecho posible de aquella conversación.

A menudo, una charla espontánea e improvisada podía ser mucho más reveladora que cuando un testigo tenía la oportunidad de pensar detenidamente sobre el tema—.

Susan… tal vez, sí. Hablaba de cosas que habían sucedido en Wellesley, pero…

era una chica extraña. Éramos amigas y todo eso, pero nunca sabías a qué atenerte con ella.

Siempre tendía a exagerar las historias o a inventárselas.

Susi también era una de las chicas que se escapaba de la casa a cualquier hora del día y de la noche.

—¿A dónde iba?

Tara se encogió de hombros.

—Su novio, o a menudo más de uno, la recogía en la puerta. Así era como ella los llamaba, sus « novios».

El desdén que Tara parecía mostrar hacia ellos era evidente.

—¿Cómo los describiría?

—Eran hombres… Susan tenía quizá catorce años en aquellos momentos, quince como mucho. Algunas de las niñas eran aún más jóvenes.

Tamara consideró aquella información, sintiendo una profunda sensación de desasosiego en el estómago, una especie de mal augurio.

Nada de aquello aparecía en el expediente de Susan en los servicios sociales ni tampoco en ninguna de las declaraciones que los amigos o los compañeros de trabajo habían realizado con anterioridad.

La explotación que las niñas bajo tutela habían sufrido a lo largo de la historia estaba muy documentada.

Las chicas vulnerables eran presa fácil para hombres mayores, que a menudo se mostraban como parejas cariñosas, colmando a las niñas de regalos y afecto, solo para después ir moviéndolas por su círculo social en un mecanismo sistemático de abuso.

Las víctimas a menudo no consideraban a los agresores como delincuentes, y la policía local también podía hacer la misma interpretación, pues no reconocía a esas personas como abusadores.

Las niñas pensaban que esos hombres les demostraban amor y protección cuando sentían que nadie más en el mundo lo hacía.

—¿Algún trabajador planteó su preocupación al respecto? ¿Se hizo algo de modo oficial?

—¿En relación con los hombres?

Tamara asintió.

—No que yo recuerde. Por lo general, eran las chicas con más problemas las que pertenecían a ese grupo. Creo que a algunos de los directivos les alegraba perderlas de vista un rato de vez en cuando.

—¿Qué puede contarnos de los hechos que describía antes dentro de Wellesley?

—Ah, sí —respondió Tara, frunciendo el ceño como si fuera una pregunta tonta—.

Me sorprende que no estén al tanto de las denuncias.

Todo está en los registros públicos. Se presentaron varias denuncias, pero nunca se llegaron a concretar en algo específico.

Son cosas que pudieron haber pasado o no, pero, al final, todo quedó en nada.

Trasladaron a algunas de las chicas, no sé si como resultado de la investigación o no.

Las cosas cambiaron un poco en la casa después de aquello.

Al menos durante un tiempo. En retrospectiva, dudo mucho que alguien se interesara de verdad por saber lo que estaba sucediendo por aquel entonces.

Me pregunto si pensaron que lo mejor para todos los implicados era que todo quedara en nada.

Las niñas… Bueno, simplemente, seguimos adelante. Tampoco es que tuviéramos otra opción.

—¿Hubo algún trabajador en particular que estuviera implicado? —preguntó Tamara.

—Las acusaciones apuntaron a lo más alto —respondió Tara, mirándola a los ojos.

—¿Fue Susan una de las personas que presentó una denuncia?

—La verdad es que la memoria no me da para tanto. No lo recuerdo muy bien. Lo siento.

—¿Y qué hay de esos hombres con los que Susan solía relacionarse? ¿Conoce alguno de sus nombres o dónde podríamos empezar a buscarlos?

—Lo siento —dijo Tara—. No sabría por dónde empezar. No creo que nadie, aparte de las que solían salir con ellos, lo sepan.

—¿Y quiénes solían salir con ellos? —insistió Tamara, que miró a Eric para asegurarse de que estaba siguiendo la conversación con atención. El oficial estaba a su izquierda, con la libreta en la mano. Tara Byrons dudó—. Podría ser importante.

—Lo sé —dijo Tara, suspirando—. Pero soy consciente de que estamos hablando de la vida de personas y de que todo esto ocurrió hace mucho tiempo. No querría que ninguna imprecisión en mi memoria afectara negativamente en el presente.

—Seremos discretos —aseguró Tamara.

Eso pareció darle cierta calma a Tara, que suspiró y miró al techo.

—Los dos nombres que me vienen a la mente son Kirsty Davies y… Sarah —dijo Tara en voz baja, bajando la mirada para encontrarse con los ojos de Tamara.

—¿Sarah Caseley?

Tara asintió para confirmarlo.