Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Cuando llegaron al cruce, giraron a la izquierda hacia lo que habría sido el aparcamiento de la parte de atrás del antiguo pub.

El edificio estaba vallado y tenía varios carteles de «Se vende» colgados en las paredes y en las ventanas de la planta superior.

En el pasado, para ir más allá de la parte trasera del aparcamiento había que atravesar un prado al que se accedía por un camino que discurría junto a la carretera principal.

Sin embargo, ahora iban conduciendo a través de una urbanización pequeña de casas de nueva construcción, algunas de ellas terminadas y otras aún en obras, por una calle que aún no había recibido su capa final de asfalto, todo ello dentro de los límites de Hunstanton, una famosa ciudad costera.

El coche dio un bote cuando Tamara pasó las ruedas del mismo sobre una tapa de alcantarilla ligeramente levantada.

Dio gracias por no estar conduciendo su Healey por aquel lugar.

Los diseños eran contemporáneos. Predominaban las ventanas de aluminio, los acabados de color crema y los revestimientos de madera de cedro.

Eric se refirió a los marcos de las ventanas como la singular «marea gris», en referencia a la tendencia que se estaba imponiendo poco a poco en las localidades costeras de Norfolk.

Tamara se preguntó si aquel podría ser un lugar que debiera considerar para vivir.

Las viviendas contemporáneas con espacios interiores abiertos y exteriores fáciles de mantener eran una de las pocas cosas modernas de la vida que le resultaban atractivas.

—El número catorce —dijo Tamara, casi para confirmárselo a sí misma.

—Sí —dijo Eric, que fue recorriendo con la mirada las casas a medida que pasaban junto a ellas.

El aparcamiento era de por sí escaso, y varios residentes tenían sus vehículos aparcados parcialmente sobre la acera.

Habían llegado temprano, así que sin duda la congestión disminuiría cuando la gente saliera para trabajar.

Tamara detuvo el coche frente a la casa justo cuando una mujer salía de ella y cerraba la puerta tras hacerlo.

Vestía un traje de chaqueta formal y llevaba un abrigo de color camel colgado del antebrazo y un bolso de cuero rojo al hombro.

Tamara y Eric se bajaron del coche y se acercaron a la mujer, que ya estaba abriendo su coche, un elegante Audi coupé, para llamar su atención.

—¿Tara Byrons? —preguntó Tamara. La mujer levantó la vista mientras dejaba el bolso y el abrigo en el coche y se disponía a entrar en él.

Se giró y los vio acercarse. Tamara la estudió, sacando su placa policial mientras lo hacía.

Tara Byrons tendría cuarenta y pocos años y era alta, delgada y de rostro anguloso.

Llevaba el pelo por los hombros, cortado en un estilo bob que resaltaba sus facciones—.

Inspectora jefe Greave y oficial investigador Collet. ¿Podemos hablar con usted?

Tara los miró a ambos con expresión de sorpresa; luego, le echó un vistazo a su reloj.

—Estaba a punto de irme a trabajar —dijo, sin esforzarse por ocultar su irritación—. ¿De qué se trata?

—Comprendo que ya se estaba yendo, pero no vamos a tardar mucho. Queremos hacerle algunas preguntas —explicó Tamara, esbozando su sonrisa más cálida para tratar de convencer a la mujer—. Seremos rápidos, se lo aseguro.

Tara cerró la puerta del coche, pero su expresión transmitía su descontento ante la posibilidad de llegar tarde al trabajo. Se reunió con los detectives en la parte trasera del coche.

—De acuerdo. ¿En qué puedo ayudarlos?

Tamara se sintió diminuta al lado de Tara Byrons. Era cierto que la mujer llevaba tacones, pero medía más de metro ochenta.

—Estamos interesados en su relación con Susan Cook.

—¿Susan? —respondió Tara, que parecía sorprendida. El viento despeinaba su impecable cabello. Se lo apartó de la cara con la mano con naturalidad—. Hacía años que no escuchaba ese nombre.

—Quizá podríamos hablar dentro —sugirió Tamara.

—Supongo que sí —dijo Tara.

El viento soplaba con fuerza desde mar, que estaba muy cerca de allí, y, encauzado a través de los edificios, les azotaba con ráfagas gélidas.

Tara cogió su bolso del asiento del copiloto del coche y les indicó que la siguieran.

Cuando se dirigía ya hacia la entrada de la casa, un hombre salió de la propiedad vecina y Tara y él intercambiaron saludos convencionales, sin ningún afecto auténtico.

El hombre miró a los dos detectives mientras pasaban junto a él.

Tara sacó del bolso las llaves de su casa y abrió la puerta principal.

Entró y la sujetó, haciéndose a un lado para que Eric y Tamara pasaran.

La inspectora jefe contempló el interior.

Era tal y como se había imaginado: moderno, luminoso y espacioso, con paredes pintadas de blanco y una cocina abierta.

El gran ventanal frontal ofrecía vistas de la calle.

Gracias a la ligera pendiente, podían ver el mar a lo lejos.

En las paredes había varias fotografías de paisajes.

Eran estilosas; algunas de las imágenes eran en blanco y negro o sepia, y probablemente se habían tomado por aquella zona.

La inspectora jefe detuvo la mirada en algunas fotos de la propia Tara Byrons, presumiblemente de su época universitaria.

Una de ellas era una imagen de un equipo que se había sacado en lo que parecía ser un evento de remo; los cuatro miembros exhibían sus medallas ante la cámara.

Al acercarse para leer el texto de la foto de una graduación que había junto a la anterior, comprobó que Tara había sido alumna de la Universidad de Cambridge.

—¿Les apetece un café o una taza de té? —preguntó Tara—. Me he saltado el que me suelo tomar cuando vuelvo de correr por las mañanas, porque hoy iba justa de tiempo.

Sin esperar respuesta, la mujer se dirigió a una máquina que había sobre la encimera. Eric declinó la oferta, pero Tamara aceptó un café solo, a pesar de no ser muy fan de las cápsulas de un solo uso.

—Han dicho que se trata de Susi. ¿Qué es lo que quieren que les cuente sobre ella después de todos estos años? ¿La han encontrado?

—¿Por qué lo pregunta? —quiso saber Tamara.

Tara la miró como si fuera la pregunta más obvia que le pudieran haber hecho.

—Porque están aquí —respondió de forma seca. La máquina zumbó mientras dispensaba el chorrito de café intenso en una taza pequeña. Sarah le pasó el expreso recién hecho a Tamara, que lo aceptó con gratitud—. ¿Tiene esto que ver con el cadáver que han encontrado en Thornham?

Tamara se dispuso a dar un sorbo a su café sin dejar de mantener el contacto visual con su anfitriona, pero estaba demasiado caliente.

—Las noticias vuelan por aquí, ¿no?

—Nadie habla de otra cosa —explicó Tara, que se dispuso a prepararse un café para ella misma—. ¿Seguro que no se siente tentado? —le preguntó a Eric.

El oficial volvió a declinar la oferta.

—Han dicho en las noticias que se trata del cadáver de una mujer y que podría llevar algún tiempo en el agua.

Tengo que admitirles que cada vez que oigo hablar de un cadáver sin identificar en las noticias, ya sean locales o nacionales, tiendo a pensar en Susan —reconoció Tara con un ligero encogimiento de hombros—.

Como no se sabe todavía qué fue lo que le sucedió, supongo que es normal.

—Probablemente lo sea —aceptó Tamara—. ¿No le sorprendería entonces si se confirmara que era ella?

Tara frunció los labios y arrugó la frente, dando la sensación de concentrarse para responder.

—Teniendo en cuenta el lugar en el que se encontró su coche, y sabiendo cómo era ella como persona, no. Siempre pensé que se había quitado la vida. Supongo que no, no me sorprendería en absoluto. ¿Es ella?

—La investigación sigue en curso —afirmó Tamara con tono seco mientras soplaba sobre la superficie del líquido para intentar enfriarlo. Tara aceptó la respuesta sin preguntar nada más—. ¿Mostró Susan algún indicio de que tuviera esa tendencia?

Tara les estaba dando la espalda mientras se preparaba su café y respondió mirando hacia atrás.

—Creo que a Susan le costaba enfrentarse a la vida en general. Algunas personas logran sobreponerse a las adversidades que se les presentan y otras… se pierden por el camino. Yo diría que Susan era de estas últimas.

—¿También eran amigas de la época de Wellesley Manor, junto con Sarah Caseley?

Aquella pregunta pareció desconcertar a Tara, ya que siguió un breve momento de vacilación.

—¿Han hablado con Sarah?

Tamara asintió.

—Entonces, creen que es Susan… Porque, si no, no estarían aquí.

—Hemos revisado los registros de todos los que estuvieron en el hogar infantil al mismo tiempo que Susan Cook. Su nombre aparecía en el expediente.

Tara ladeó la cabeza hacia un lado para mirar a Tamara a los ojos. Parecía estar evaluándola. Tras unos instantes, respondió:

—Sí, conocí a Susan allí. No recuerdo si Sarah estuvo allí a la vez que nosotras o si Susan me la presentó más tarde. La verdad es que no me acuerdo.

—¿Qué recuerda de su estancia allí?

Tara dejó escapar un leve suspiro, cogió la taza de la máquina y la sostuvo con ambas manos.

—Mentiría si le dijera que no fue una época difícil —afirmó, mirando por la ventana.

Se vislumbraba un buque de carga en el horizonte, bordeando la costa mientras se dirigía hacia el norte—.

Wellesley era un lugar hostil, lleno de chicas confundidas.

Lo único que teníamos en común era que, en realidad, nadie nos quería. Todas teníamos nuestra historia.

—¿Cuál era la suya? —preguntó Tamara—. Si no es mucho entrometerme.

—Yo era el caso típico —afirmó Tara con una sonrisa irónica—.

Procedía de un hogar roto, con un padre ausente y una madre que no era capaz de hacer frente a la situación.

Tenía cuatro hijos y todos éramos unos torbellinos, probablemente como consecuencia de que ella estuviera sobrepasada. Al final, fue inevitable.

—¿Ahora es profesora? —preguntó Eric, levantando la vista de su cuaderno.