Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La puerta se cerró, y Sarah Caseley se apoyó contra la pared y miró hacia el techo. Respiró hondo e intentó calmarse. Extendió las manos por delante de ella; no dejaban de temblarle y, por mucho que lo intentara, no podía evitarlo.

—¿Ya se han ido, Sarah? —preguntó James desde el rellano de arriba—. Más vale que te vayas moviendo. Tenemos que irnos pronto.

Sarah se alejó de la pared y se colocó delante del espejo que había sobre la misma, un poco más allá.

Miró fijamente su reflejo y casi no reconoció a la persona que veía.

Iba a subir las escaleras para ducharse y cambiarse.

El resultado final sería muy similar al que veía allí.

Sonrió, en un esfuerzo consciente por determinar su estado de ánimo.

Eso era lo que le había enseñado su terapeuta.

La capacidad de moldear sus emociones por elección propia, en lugar de estar condicionadas por el entorno.

—¡Sarah! —volvió a llamarla James. Esta vez, con un matiz agresivo más que evidente. Había una exigencia implícita en aquella voz.

Sarah no tenía otra opción. Al subir las escaleras, vio a su marido en el dormitorio ajustándose la corbata con su torpeza habitual. Se acercó a él, le apartó las manos y corrigió el nudo.

—Ya está —dijo Sarah, dando un paso atrás.

James se miró en el espejo de cuerpo entero.

Satisfecho con su aspecto, entró en el cuarto de baño del dormitorio.

Cerró la puerta, y Sarah escuchó cómo se abría el grifo y él se lavaba las manos.

Se sentó en el borde de la cama y posó las manos sobre su regazo.

Ya no le temblaban. James reapareció y la miró con el ceño fruncido.

—Más vale que te des prisa. Quiero que salgamos en un cuarto de hora.

—Yo… No me encuentro bien —dijo Sarah, frunciendo los labios—. He pensado que… Tal vez sería mejor que me quedara en casa esta noche. Y acostarme temprano.

James la fulminó con la mirada y se metió las manos en los bolsillos de los pantalones. Se pasó la lengua por el labio inferior, intensificando su mirada.

—No creo que eso sea apropiado —afirmó. Acto seguido, desvió la mirada y cruzó la habitación para coger la chaqueta que colgaba en la puerta del armario.

Se la puso y volvió a mirarse en el espejo.

Giró la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, y se tocó suavemente el pelo a ambos lados de la cabeza para asegurarse de que estaba como deseaba.

Cuando estuvo satisfecho, flexionó la parte superior del cuerpo y, con una última respuesta afirmativa ante su reflejo, se dispuso a salir de la habitación.

Cuando llegó al umbral de la puerta, apoyó una mano sobre el marco de la misma y miró hacia atrás para observar a su mujer.

Enarcó las cejas, inclinó la cabeza hacia delante y la miró a los ojos—.

Quince minutos, Sarah. Te espero abajo. Arreglada.

James se marchó sin decir nada más. Ella no puso objeción alguna.

No discutió. Se levantó de la cama y se acercó a los armarios que ocupaban las paredes de su dormitorio.

Abrió el que quedaba más lejos a la izquierda y se puso de puntillas para alcanzar el estante más alto.

Apartó dos cajas de zapatos apiladas una encima de otra, estiró una mano hacia el fondo y sacó otra caja pequeña.

Estaba forrada en terciopelo morado con detalles dorados.

Era una caja de recuerdos. Volvió a la cama y se sentó.

Levantó la tapa y miró el contenido. Había un collar de cuentas multicolores y un anillo pequeño sobre unas fotografías.

Ambos objetos eran piezas de bisutería y no tenían ningún valor al margen del sentimental, ya que se los había regalado una madre adoptiva años atrás.

Los apartó y sacó las fotografías. La mayoría eran en blanco y negro y habían sido tomadas en los años cincuenta y sesenta, pero había otras incluso más antiguas.

Eran las últimas imágenes que le quedaban de su familia.

Pasó por aquellas imágenes con rapidez, fotografías de su madre biológica y sus abuelos, y se detuvo un instante en una foto de su madre, en la que era muy pequeña y estaba sentada sobre el regazo de una señora de aspecto serio, muy posiblemente vestida con sus mejores galas.

Había también un hombre barbudo de pie detrás de ellas.

Sarah no tenía recuerdos verdaderos de ninguno de ellos.

Quizá algunos sentimientos residuales, aunque nunca llegaría a saber si se trataba de recuerdos auténticos o de fantasías optimistas.

Continuó hasta llegar a una foto en color.

Dejó el resto de las imágenes y sostuvo aquella fotografía frente a ella con ambas manos.

La imagen no tenía ni mucho menos una gran calidad, pues estaba granulada y el paso del tiempo la había deteriorado.

Las esquinas estaban raídas y los colores se habían desvanecido.

Sin embargo, el recuerdo de aquel día seguía muy presente.

Había cinco niñas posando para la foto. Tendrían todas poco más de diez años y estaban de pie ante una cancela cerrada de cinco barrotes, vestidas con ropa de verano y sonriendo ante la cámara.

Sarah deslizó los dedos sobre la imagen y se detuvo cuando estos se encontraron con la niña de la derecha.

Vestía un impermeable rojo con capucha, tenía una complexión delgada y era mucho más baja que las demás, a pesar de tener aproximadamente la misma edad.

Estaba un tanto apartada hacia la derecha, a medio paso de las demás, que estaban cogidas del brazo y sonreían.

La chica parecía perdida. Y lo estaba. Los dedos de Sarah acariciaron el rostro de la niña y cerró los ojos, tratando de contener las lágrimas.

—¡Sarah!

—¡Ya voy! —respondió, con la voz a punto de quebrarse.

Volvió a guardar las fotos en la caja a toda velocidad y las escondió de nuevo.

Del mismo armario sacó un vestido de gala rojo.

Sabía que a James le agradaba. Se miró en el espejo y se lo puso por delante de su cuerpo.

Si se recogía el pelo y se ponía aquel vestido, estaría lista en poco tiempo.

Comprobó que no se le hubiera corrido el rímel, respiró hondo y se miró en el espejo.

—Lo siento, Susi —susurró en voz baja.

Aquellas palabras le sonaron vacías mientras las pronunciaba.