Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 16 #3
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CAPÍTULO 16 #3

—Lo siento —dijo Sarah, bajando la voz—.

Por favor, intenten comprenderlo, mi marido no sabe nada de mi estancia en Wellesley.

Nunca le he contado esa parte de mi infancia.

Después del tiempo que pasé en el hogar infantil, no volví a ver a Susan durante mucho tiempo y, de repente, un día me la encontré por casualidad y nos pusimos a hablar.

Ella estaba pasando por un mal momento, creo que tenía algo que ver con su marido.

En fin, la invité a venir aquí para charlar.

Vino varias veces después de aquel encuentro.

Un día, James volvió a casa inesperadamente y tuve que pensar en algo rápido.

Lo primero que se me ocurrió fue decirle que era nuestra limpiadora.

Susi me siguió el juego. Se le daba muy bien.

—¿El qué? —preguntó Janssen.

—Ya sabe, guardar un secreto.

—¿Y qué puede contarnos del momento en el que desapareció? —preguntó Janssen.

Sarah miró nerviosa hacia el vestíbulo, temerosa de que su marido pudiera reaparecer en cualquier momento.

—Cuando vino el policía, fue un poco incómodo —dijo—, pero James pasa tan poco tiempo aquí…

En fin, prefiero no remover aquel periodo de mi vida.

James es un buen hombre, un tipo cariñoso…

dejando a un lado sus fanfarronerías. Pero…

el estatus social es importante en su familia. No sé si entienden lo que quiero decir.

—Lo entendemos —dijo Tamara, que se acercó a Sarah y le puso una mano sobre el antebrazo, para transmitirle tranquilidad—. ¿Puedo preguntarle a qué se refería su marido con el tema de las cámaras de seguridad?

Sarah parecía avergonzada, pero respondió de forma dubitativa.

—Como les acabo de decir, mi marido está muy ocupado y pasa gran parte de la semana fuera de casa. Muchas veces se queda en Londres, pues tenemos un piso en Chelsea, y yo me quedo aquí sola. No me gustan mucho los perros, así que… Probablemente sea una tontería, lo sé, pero…

—Es comprensible. Gracias por su tiempo, señora Caseley —dijo Tamara.

Sarah los acompañó a la salida. Se despidieron de ella y escucharon cómo se cerraba la puerta nada más salir, incluso antes de que Janssen hubiera tenido tiempo de coger las llaves del coche.

El inspector vio otra cámara en la pared que enfocaba directamente hacia la entrada de la casa y miró a su alrededor.

Había una vista despejada de las tierras que rodeaban la casa hasta las puertas de entrada y los árboles que bordeaban la propiedad.

Abrió la puerta del conductor y se subió al coche.

—¿Qué le parece la mujer? —preguntó Tamara mientras él cerraba la puerta y se abrochaba el cinturón de seguridad.

Janssen miró hacia la casa mientras arrancaba el coche.

—Verosímil.

—¿En qué sentido lo dice? —insistió la inspectora jefe.

Janssen la miró y vio que su compañera parecía intrigada por su comentario.

—Todo en ella es verosímil. Su relación escasa con Susan, no haberla visto durante años, reuniones esporádicas que no le permiten comprender las motivaciones de su antigua amiga…

Verosímil —dijo, encogiéndose de hombros de forma despreocupada—.

La razón para no contarle a su marido una parte de su pasado…

Verosímil. Los motivos que justifican la presencia de todas estas luces y medidas de seguridad…

—Verosímil —concluyó Tamara por él.

Janssen se rio.

—¿Y se ha fijado en cómo ha reaccionado al escuchar el nombre de Abigail Thomas? Sí, es una artista muy conocida, pero…

—Ha mentido descaradamente —afirmó la inspectora jefe.

—Por supuesto que sí —asintió Janssen—. A cualquiera que sea capaz de engañar a su marido sobre una parte importante de la primera mitad de su vida, además de no contarle que la policía ha ido a casa a hacer preguntas, debe dársele bastante bien ocultar la verdad.

Vale la pena revisar los registros de Wellesley para ver si Abigail tiene algún tipo de relación con la institución.

—Tengo dudas con Sarah. Su presencia tan cuidada… Y no me refiero solo al pelo, la ropa o el maquillaje, sino también a cómo se ha comportado con nosotros.

—Siempre teniendo una sonrisa lista para hacernos sentir cómodos y relajados, ¿verdad? —preguntó el inspector.

—Justo eso. Da la sensación de que no solo estuviera ocultando su pasado, sino también a sí misma, poniendo una barrera entre ella y la Sarah que quiere que el mundo vea.

—O tan solo se preocupa por su apariencia… —replicó Janssen—. Algunas personas son presumidas.

Tamara se encogió de hombros.

—Esas personas tienen problemas de inseguridad, autoestima o ansiedad. A veces, las tres cosas en cierta medida.

—¿Es por eso por lo que usted no se esfuerza? —bromeó Janssen.

Ella le lanzó una mirada y él sonrió.

—Muy cierto —respondió Tamara, sonriendo.

—Mañana llegaré un poco tarde, si no le importa —dijo Janssen.

—Claro, no hay problema. Me llevaré a Eric para charlar con Tara Byrons. ¿Todo bien?

—Sí. Solo tengo que hacer un recado. Esa preocupación de la que hablamos.

—Ah, claro. ¿La que yo le mencioné y de la que usted sigue evitando hablar?

—Sí. Esa misma —respondió Janssen.

El inspector arrancó y comenzó a avanzar con el coche. Las puertas se abrieron automáticamente cuando se acercaron; él se preguntó si estarían controladas por un sensor o si alguien los estaba observando todo el tiempo desde el interior de la casa.