Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—No. Me adoptaron cuando estaba a punto de cumplir catorce años —explicó Sarah—, una pareja maravillosa que ya tenía dos hijos varones y quería una niña. Eran mayores, así que una adolescente les venía bien. Supongo que fui una de las afortunadas.

—¿Afortunada en qué sentido?

—Pude marcharme de allí. No me malinterpreten, no todo era terrible. Es decir, que las niñas se vean obligadas a convivir en esas condiciones nunca va a ser un paraíso, pero algunas de ellas eran bastante agradables.

—¿Y las demás? —preguntó el inspector, comprendiendo lo que Sarah no había dicho.

Ella lo miró a los ojos.

—Algunas de las niñas tenían muchos problemas, inspector.

—¿Susan?

—No especialmente, al menos no que yo recuerde.

—¿Le habló Susan alguna vez de alguien más, tal vez de Abigail Thomas?

Al escuchar el nombre de la artista, Sarah movió la cabeza hacia un lado.

—¿Abigail? —repitió.

—¿La conoce? —preguntó Tamara.

—Sí, claro que la conozco —respondió Sarah, mirándolos a ambos alternativamente—. La conoce todo el mundo, ¿no? No, yo no recuerdo que Susan me hablara nunca de ella.

De repente, todos escucharon el sonido de lo que parecía alguien entrando en la casa por la puerta principal. Sarah miró el reloj otra vez. Su expresión se volvió pensativa.

—Lamento mucho no poder serles de más ayuda.

—¡Sarah! ¿Dónde estás? —preguntó una voz bien modulada desde el vestíbulo.

—Aquí, cariño —respondió ella. El tono de su voz se suavizó. Miró a Janssen y sonrió—. Es mi marido, James.

La entrada de James Caseley interrumpió la conversación. El hombre era varios años mayor que su mujer. Cercano a los sesenta, según calculó Janssen. Era un hombre fornido, con mejillas sonrosadas y cabello canoso. Entró en la estancia y de inmediato miró a los visitantes de forma inquisitiva.

—Ya decía yo que por qué estaban abiertas las puertas y de quién era el coche que estaba bloqueando la entrada —le dijo a su mujer; luego, miró a Janssen a los ojos y, aparentemente, comenzó a evaluarlo—. No sabía que estuviéramos esperando invitados.

—Son de la policía, cariño —le explicó Sarah, que se levantó y cruzó la habitación para saludarlo con un beso en la mejilla.

El hombre no pareció siquiera darse cuenta del gesto.

—¿La policía? —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Qué policía?

— La policía —respondió Janssen enfatizando sus palabras. Se levantó y le tendió la mano—. Inspector Tom Janssen.

James Caseley se la estrechó cortésmente.

—¿Qué les trae por aquí? Espero que no sea otra de las extravagantes cacerías de mi mujer.

—No es nada, cariño. Creo que ya estaban a punto de marcharse.

—Te lo he dicho muchas veces, no hay nadie merodeando por la casa. Ahora la tenemos iluminada todos los días como si fuera un árbol de Navidad. He mejorado las puertas y las cámaras de vigilancia por ti.

Daba la sensación de que James se estaba calentando cada vez más. Parecía imparable, a pesar de los esfuerzos de su mujer por detenerlo.

—De verdad, no puedes hacerle perder el tiempo a la policía con tus historias fantásticas…

—Hemos venido por un asunto completamente distinto —lo interrumpió Janssen.

El inspector miró a Tamara, que asintió. Sarah parecía decidida a dar por terminada la conversación. James Caseley parecía menos dispuesto a hacerlo.

—¿A qué han venido entonces? —preguntó James.

Fue su mujer quien respondió antes de que ninguno de los detectives tuviera tiempo de hacerlo.

—Me están preguntando por Susan Cook. ¿Te acuerdas de Susan, cariño?

—Oh… Otra vez ella. Han pasado años. ¿Por qué demonios preguntan por ella? —dijo James, frunciendo el ceño.

—Por desgracia, ha fallecido. Después de todos estos años sin saber nada de ella. Es horrible. Estos agentes están tratando de averiguar qué le sucedió.

James enarcó las cejas. No parecía muy consternado por la muerte de Susan.

—Ah, vale. Bueno, sigo sin entender cómo se supone que debemos saber nosotros en qué anda metida nuestra limpiadora, y más después de tantos años. Lo que los empleados de la casa hagan en su vida privada no tiene nada que ver con nosotros. A menos que nos afecte directamente.

James pronunció aquellas últimas palabras mirando a Janssen.

—¿Su limpiadora?

James asintió.

—Sí. A día de hoy, sigo pensando que nos robaba. ¿Les has contado eso? —preguntó, mirando a su mujer. Luego, se giró hacia Janssen e hizo un gesto con el dedo índice—. Deberían tomar nota de eso.

—¡Ay, James, por el amor de Dios! —exclamó Sarah, con un gesto de exasperación pero manteniendo un brazo alrededor de la cintura de su marido y el otro, relajado sobre su pecho.

—¿Qué? —protestó James de forma inocente—. Vestía muy bien y parecía que nunca le faltaba el dinero.

—Susan trabajaba mucho, cariño.

—Pues a mí no me lo parecía. Siempre que la veía, estaba bebiéndose una taza de té. Se levantaba de un salto y salía pitando en cuanto yo llegaba. Sospechoso. Daba la sensación de que ocultaba cosas.

—Por favor, ignore las críticas de mi marido, inspector. A pesar de lo que dice, apenas conocía a Susan.

—Es solo mi impresión —replicó James, liberándose del suave agarre de su mujer—.

En fin, menos mal que ya estaban a punto de irse.

Tenemos que prepararnos. Llevo acumulando retraso todo el día y no convendría llegar tarde.

Tenemos que salir a las ocho —afirmó, inclinando la cabeza hacia delante y dando varios golpecitos sobre su reloj—. ¿Me disculpa?

Lo preguntó dirigiéndose a Janssen, que sonrió al hombre mientras se daba la vuelta para salir del salón-cocina.

Le hizo un gesto muy elocuente a su mujer para que se fijara también en el reloj.

Una vez que se hubo alejado lo suficiente, Sarah se giró hacia ellos.

Estaba tensa y volvió a retorcerse las manos mientras ambos esperaban expectantes una explicación.