CAPÍTULO 16
—Podríamos haber dejado esto para mañana —dijo Tamara de forma distraída mientras Janssen sorteaba un tramo en el que la carretera se estrechaba.
Tras haber dejado la carretera de la costa, se habían adentrado hacia el interior para aproximarse a Burnham Market y se habían topado con una zona en la que la carretera estaba en obras.
Había un carril cerrado y, en un cruce, un semáforo temporal regulaba el flujo de vehículos en tres direcciones diferentes.
Janssen se quejó entre dientes al verlo—.
Acabo de decir que podríamos haber dejado esto para mañana.
Sarah Caseley seguirá aquí para entonces.
—Lo sé —respondió el inspector, que volvió a acelerar una vez pasado el semáforo.
La casa de Sarah encontraba en las afueras del pueblo y Janssen comenzó a escudriñar las propiedades por las que iban pasando, buscando su destino—.
Pero no es mala idea que adelantemos un poco de trabajo, ¿no? —dijo, mirando a Tamara de reojo.
Estaba oscuro, eran casi las siete de la tarde y no podía distinguir la expresión del rostro de su compañera debido a las luces que reflejaban los coches que pasaban de frente.
—Usted siempre es una persona comprometida, Tom. Nadie podría dudar de eso —replicó Tamara—. Pero ¿seguro que esa es la razón?
—¿Qué quiere decir?
—Sería bueno que recordásemos que tenemos nuestras propias vidas fuera del trabajo.
El comentario le molestó. Se esforzó para no demostrarlo.
—Mire, no sabía que Eric tenía planes. No me había dicho nada.
—A mí tampoco —respondió la inspectora jefe, mirando al frente—. Pero lo oí refunfuñar para sí mismo cuando pensaba que nadie lo estaba escuchando.
Entonces Janssen se sintió culpable. Eric siempre trabajaba sin quejarse. Quizá no le había estado prestando suficiente atención.
—Además —añadió Tamara—, yo no estaba hablando de Eric.
—Bueno, ¿y qué hay de usted? —preguntó Janssen, ignorando el comentario de su compañera e intentando cambiar de tema de forma consciente.
—¿Qué hay de mí?
—¿Cuándo va a irse a vivir a una casa?
Tamara pareció centrar su atención en el paisaje que la rodeaba, mirando a través de la ventanilla del copiloto. Janssen pudo ver el reflejo de su cara en el cristal.
—No lo sé. Ya veré cómo va la cosa. De momento, mi alojamiento me vale.
—¿Ha sabido algo de Richard últimamente?
Prosiguieron unos instantes de silencio, hasta el punto de que el inspector dudó si ella había oído la pregunta. Al final, Tamara movió la cabeza de lado a lado en un gesto de negación.
—La última vez que hablamos, la conversación no fue demasiado bien… —afirmó, mientras seguía mirando el paisaje que iban dejando atrás—. Tengo que admitir que, desde entonces, no he querido cogerle el teléfono.
A Janssen le sorprendió que siguieran en contacto.
Desde que Tamara había cancelado la boda y había aceptado su nuevo puesto de trabajo, poniendo distancia con su antiguo prometido, parecía claro que sus vidas iban a tomar rumbos distintos.
En opinión de Janssen, era mucho más fácil cortar los lazos habiendo puesto esa distancia entre ambos.
Pero, por otra parte, cuando las vidas de dos personas están tan unidas, cuando hay tanto en común, a menudo las cosas son más difíciles.
Quizá aún tuvieran asuntos que resolver.
Janssen pensaba que Tamara era de ese tipo de personas a las que les gusta solucionar las cosas hablando.
Una mujer analítica. Empática. Cualidades que él admiraba. Rasgos que le gustaría tener.
—Creo que es aquí —dijo el inspector, reduciendo la velocidad del coche al llegar a una casa señorial independiente de estilo georgiano, visible a través de los árboles.
Una puerta alta de dos hojas bloqueaba el acceso al camino de entrada.
Janssen detuvo el coche cerca de un interfono, bajó la ventanilla y pulsó el botón.
Esperaron hasta que escucharon la voz de una mujer a través del altavoz—.
Inspector Janssen, de la Policía de Norfolk.
¿Podría hablar con la señora Sarah Caseley, si está en casa?
Se produjo una pausa. Janssen observó la cámara que había instalada sobre la puerta, que lo enfocaba directamente.
Se escuchó un zumbido a través del altavoz y, unos instantes después, se escuchó el sonido de un mecanismo cuando las puertas empezaron a moverse.
Avanzó despacio con el coche. Una serie de luces bordeaban todo el camino y los fueron guiando hasta la casa.
Nada más detenerse frente a la misma, se abrió la puerta principal.
Los recibió una mujer que los saludó con una cálida sonrisa y una mirada expectante.
Manteniéndose detrás de la puerta entreabierta, los miró alternativamente.
Janssen calculó que la mujer tendría poco más de cuarenta años, aunque era difícil determinarlo.
Su vestimenta, peinado y maquillaje eran impecables.
A aquellas horas del día, el inspector normalmente sentía que ya se le empezaban a cerrar los ojos, pero esa mujer daba la impresión de estar enérgica, fresca y con los sentidos alerta.
—¿Señora Caseley? —preguntó Janssen.
La mujer amplió aún más su sonrisa, intentando ocultar su nerviosismo.
—Sí. ¿En qué puedo ayudarlo, inspector…? ¿Janssen, ha dicho?
—Tom Janssen —confirmó el inspector, que sacó su placa y se la mostró.
La mujer se inclinó hacia delante e inspeccionó su identificación; acto seguido, abrió la puerta un poco más y dio un paso hacia el exterior—.
Esta es la inspectora jefe Greave —dijo el inspector señalando a Tamara, que también sonrió.
—Por favor, pasen —invitó Sarah Caseley, haciéndose a un lado para dejarlos pasar.
Aunque tampoco era necesario. La puerta era ancha y el vestíbulo al que daba acceso era fácilmente el doble de grande que el de la mayoría de las casas—.
Tengo curiosidad por saber qué puedo hacer por ustedes esta noche.
¿Va todo bien? No le habrá sucedido nada a James, ¿verdad?
La sonrisa de Sarah se desvaneció, como si de repente pensara que la visita pudiera deberse a algún hecho terrible.
—¿James es…? —preguntó Janssen mientras la mujer cerraba la puerta detrás de ellos.
—Mi marido.
—No se preocupe, seguro que está bien —afirmó Janssen—. Hemos venido para hablar con usted sobre su relación con Susan Cook.
—¿Susan? Madre… Hace mucho de eso —dijo Sarah, que llevó a los detectives hasta una cocina y comedor amplios, un espacio integrado de concepto abierto.
Se encontraban en una construcción contemporánea de una sola planta.
La pared trasera estaba construida en cristal y daba al jardín trasero, que estaba bien iluminado.
Se trataba de un espacio ajardinado muy bien cuidado que contaba también con un rincón para sentarse al aire libre junto a una piscina.
—Ustedes eran amigas antes de que ella desapareciera, ¿verdad? —preguntó Janssen mientras la mujer les ofrecía asiento.
Sarah asintió con entusiasmo.
—Sí, la conocía. Aunque ahora me parece que eso fue en otra vida.
Janssen vio que Tamara escudriñaba la estancia y se preguntó qué estaría pasando por su cabeza.
—Me temo que tenemos malas noticias para usted. Encontramos el cadáver de Susan a principios de esta semana —le informó Janssen.
Los hombros de Sarah se desplomaron; la mujer se echó hacia atrás en su asiento.
—Vaya, eso es horrible —dijo—. Pobre Susan. ¿Tiene esto algo que ver con el cadáver que se encontró en Thornham?
—Me temo que sí —respondió el inspector.
—Es terrible. ¿Es cierto lo que dice la gente?
—¿Qué dice la gente?
—Que la han… ¿asesinado? —preguntó Sarah bajando la voz, como si temiera que alguien pudiera escucharla.
—Todavía estamos investigando las circunstancias de lo ocurrido. Por ahora, mantenemos una mente abierta sobre lo que haya podido suceder —respondió Janssen mientras miraba a Tamara.
—Entiendo. ¿Cómo puedo ayudarlos? Llevo casi una década sin ver a Susan.
Tamara se unió a ellos en la mesa, ocupando un asiento a la derecha de Sarah y enfrente de Janssen.
El inspector observó cómo Sarah miraba a su compañera mientras esta se sentaba.
La mujer entrecerró los ojos; se trató de un gesto fugaz y muy sutil, pero suficiente para despertar su curiosidad. Después, Sarah volvió a sonreír.
—Nos interesa remontarnos un poco más atrás, a cuando ambas se conocieron —dijo Tamara—. Fue en Wellesley Manor, ¿verdad?
Sarah abrió los labios como si estuviera a punto de hablar, pero no dijo nada. Se produjo un silencio. La mujer parecía desconcertada, con la mirada perdida.
—¿Señora Caseley? —insistió Janssen, tratando de llamar la atención de la mujer.
Ella movió la cabeza, saliendo por fin de su ensimismamiento.
—Lo siento. ¿Cómo ha dicho, Wellesley? Sí… Las dos coincidimos allí —dijo, con expresión seria—. Pero eso fue hace mucho tiempo. ¿Qué relevancia tiene?
—Creemos que Susan pudo haber vuelto allí recientemente y estamos tratando de entender por qué podría haberlo hecho. ¿Tiene alguna idea de la razón por la que podría querer regresar allí?
Sarah negó con la cabeza.
—No tengo ni idea de por qué lo haría. ¿Cómo podría saberlo?
Janssen no pudo ocultar su sorpresa.
—Teníamos la impresión de que ustedes dos eran buenas amigas. Que usted era una de las pocas que tenía.
—Bueno… Tal vez haya sobredimensionado un poco nuestra amistad. No sabría decirlo. Creo que no pude ayudarla mucho en relación con el motivo por el que se marchó hace años, ni tampoco ahora.
Sarah miró hacia la pared que quedaba a su izquierda. Janssen siguió su mirada hasta el reloj que había sobre dicha pared. La mujer parecía estar a la defensiva; no dejaba de juguetear con las manos mientras hablaban.
—Verán, Susan y yo estuvimos juntas en Wellesley, pero nuestros caminos se cruzaron muy brevemente… apenas unos meses.
—Susan pasó gran parte de su adolescencia allí —dijo el inspector—. ¿Usted no?