CAPÍTULO 15
Eric Collet se encontraba frente a los tablones que había en la sala de operaciones, revisando una y otra vez lo que había escrito en ellos.
El primer tablón contenía la información que la Policía Científica había documentado acerca del coche de alquiler que había utilizado Susan y que luego se había abandonado.
Desde un punto de vista forense, el interior del coche estaba bastante limpio.
Una llamada telefónica rápida a la empresa de alquiler confirmó sus primeras impresiones.
Al coche se le había realizado una limpieza integral antes de que Susan Cook lo recogiera.
La minuciosidad de esa limpieza era una ventaja para la investigación.
Se habían limpiado tanto el volante como las manillas y los controles del interior del vehículo.
Por lo tanto, las huellas distintivas que hubiera en el coche solo podían haberse dejado en él después de que Susan comenzara a utilizarlo.
Por su propia naturaleza, los coches de alquiler solían pasar por las manos de un buen número de conductores, y también de pasajeros.
Ese gran volumen podría haber dejado multitud de huellas y habría sido difícil separar unas de otras e identificarlas.
Más aún si había que relacionarlas con una persona que ahora se encontrara a muchos kilómetros de distancia, o quizá incluso en el extranjero.
Se había podido confirmar que un conjunto de huellas pertenecía a Susan.
De hecho, la mayoría de las huellas eran de ella, pero quedaban otras por identificar.
De estas últimas, era lógico suponer que algunas pertenecerían a los trabajadores de la empresa de alquiler que habrían conducido el coche a través del aparcamiento de la empresa.
La esperanza era que las huellas restantes pertenecieran al asesino.
Hasta aquel momento, los registros no habían proporcionado ninguna coincidencia en el sistema.
Eric iría al día siguiente a la empresa de alquiler para tomar las huellas de todos los trabajadores que tuvieron acceso al coche y así intentar descartarlos.
Las muestras tomadas del suelo del maletero, así como de la mancha de la puerta del mismo, se habían enviado al laboratorio forense de Norwich para que se analizaran.
Eric estaba seguro de que encontrarían un perfil genético coincidente con el de Susan.
Del mismo modo, el coche también se iba a someter a una inspección rigurosa en busca de otras posibles evidencias que pudieran ayudar a identificar quién había estado en su interior.
Las muestras de pelo o de piel ubicadas en las fibras de la moqueta eran la mayor esperanza del oficial investigador, pero la tierra o los restos orgánicos también podrían indicar dónde habían estado los pasajeros poco tiempo antes.
Incluso la pista más inocua podía suponer un gran avance.
Satisfecho con su trabajo, el oficial dejó el expediente sobre su escritorio y observó el otro tablón.
Comenzó a revisar la información que había recabado a partir de la investigación original sobre la desaparición de Susan, leyendo la denuncia que se presentó y el archivo de persona desaparecida que se creó después, y volvió a comprobar los nombres y las fechas.
Tom Janssen era muy perfeccionista con los detalles, minucioso y metódico.
No es que Tamara Grave fuera diferente, pero ella parecía guiarse mucho más por su instinto.
Esa era la impresión que le había dado a Eric desde que Tamara había llegado.
Cuanto más tiempo trabajaba para ella, más le gustaba el estilo de liderazgo que ejercía.
No era informal, pero tampoco supervisaba todo al extremo.
Su manera de actuar transmitía serenidad y parecía tener una gran habilidad para interpretar a las personas, tendiendo a permanecer callada y respetuosa antes de revelar sus pensamientos. De momento, no les iba demasiado mal.
Cuando Simon Cook acudió a denunciar la desaparición de su mujer, se redactó el informe de la denuncia y el caso se asignó a un detective del Departamento de Investigación Criminal, que no registró nada durante varios días.
Aquello no le sorprendió a Eric. Miles de personas se escapaban de sus propias vidas cada año y, como no existía ninguna razón firme para creer que a Susan hubiera sufrido algún daño, era lógico que la respuesta de la policía hubiera sido poco entusiasta.
El descubrimiento del coche cerca de los acantilados de Sheringham había marcado un antes y un después.
Las llaves estaban en el contacto y el coche estaba abierto.
Se llevó a cabo una búsqueda a lo largo de la costa, tanto por tierra como por mar, pero no se encontró ningún cuerpo.
Al mismo tiempo, la investigación se centró en las personas más cercanas a Susan, así que se habló con amigos, compañeros de trabajo y más detalladamente con su marido, Simon Cook.
Tamara entró en la sala de operaciones, enfrascada en una conversación con Tom Janssen.
—¿Cómo va con la revisión de los archivos antiguos? —le preguntó la inspectora jefe.
—Ahora mismo los estoy examinando —respondió Eric, señalando los tres tablones con un gesto con la cabeza—.
Tengo los resultados forenses del coche de alquiler y los datos más relevantes del archivo de persona desaparecida de Susan y de todas las personas con las que interactuaba antes de su desaparición.
Janssen colgó el abrigo en el respaldo de la silla y cruzó los brazos sobre el pecho mientras examinaba la información de tablones.
—¿Algo interesante en el pasado de Susan Cook? ¿Has sido capaz de averiguar algo? —preguntó Janssen.
A Eric le molestó un poco aquella pregunta.
Llevaba días trabajando sin descanso y se suponía que había quedado con Becca para cenar, en un intento por compensarla por haber cancelado una cita con ella con muy poca antelación tras el hallazgo del cadáver de Susan Cook.
Había sido una estupidez comprometerse a ello teniendo en cuenta las circunstancias de su trabajo.
No debería haber quedado para cenar. Y eso mismo fue lo que Becca le había dicho cuando la llamó para posponer la cita, cosa que había hecho apenas treinta minutos antes de la hora a la que habían quedado.
A Eric no le sentó nada bien que Becca le sugiriera que su amigo y compañero de trabajo Keiron la acompañaría si él no podía hacerlo.
No sabía si estaba intentando ponerlo celoso o no, pero que su jefe reconociera, aunque fuera mínimamente, sus esfuerzos, lo ayudaría un poco a aliviar su frustración.
—Al margen de la denuncia por desaparición, los únicos registros que tenemos de ella son los que conserva su asistente social —afirmó el oficial, haciendo todo lo posible por ocultar su irritación.
Janssen bajó la mirada hacia él—. No he tenido oportunidad de revisarlo a conciencia aún, pero está aquí, junto con todo lo que he podido encontrar acerca de Wellesley Manor, tal y como me pediste.
Eric se acercó a su mesa y examinó la colección de archivos que había sobre ella.
Cogió un dosier en cartulina manila, lo puso encima de otro y se lo pasó todo a Janssen, quien asintió con la cabeza en señal de agradecimiento.
La irritación de Eric volvió a aflorar. El inspector llevaba toda la semana de mal humor.
Eric se preguntaba qué habría hecho él para merecer un trato como aquel.
Con un movimiento casi imperceptible de la cabeza, se giró de nuevo hacia los tablones y vio que Tamara lo estaba mirando fijamente.
Sonrió con timidez, de forma un tanto avergonzada, preocupado porque no sabía cuánto tiempo llevaría mirándolo.
Ella le devolvió la sonrisa. El oficial se aclaró la garganta y señaló el tablón de en medio, en el que estaban los detalles de la investigación de la desaparición de Susan.
—El oficial a cargo de la investigación dedicó tiempo a indagar sobre Simon, el marido de Susan.
Aparte de lo que ya sabíamos, también hubo una ocasión en la que un vecino llamó a la policía a raíz de un incidente doméstico.
Nos advirtió de una discusión porque temía que la pareja de Simon estuviera en peligro.
Tamara miró el tablón, dando la sensación de que estuviera buscando más información de la que allí se detallaba.
—Fue antes de su relación con Susan —aclaró Eric.
—¿Se detuvo a alguien?
Eric negó con la cabeza.
—Los agentes que acudieron al lugar de los hechos estimaron que la situación estaba ya lo bastante tranquila y no consideraron necesario realizar ninguna detención. Este hecho no se tuvo en cuenta durante la investigación sobre la desaparición de Susan.
—Hemos hablado con Simon —dijo Tamara—. Ha sido muy sincero con nosotros sobre sus deficiencias como marido y padre en el pasado…
Parecía sinceramente conmocionado al enterarse de que su mujer desaparecida había fallecido hacía poco.
Dicho eso, quiero seguir prestándole atención.
¿Cuáles fueron sus movimientos a finales de la semana pasada y durante el fin de semana?
¿Con quién se relaciona en la actualidad?
Cuando hablamos con él, dio la sensación de que tenía mucha frustración y rabia reprimidas.
Normalmente, la gente se muestra reacia a mostrar sus emociones cuando la policía les hace preguntas.
Si así es como se comporta delante de nosotros, me pregunto cómo lo hará en privado.
¿Qué hay de las amigas de Susan? Simon nos contó que su mujer se relacionaba con un par de ellas.
—Solo se recoge un nombre importante con quien se habló durante la investigación: Sarah Caseley —informó Eric, echando un vistazo a sus notas y luego al tablón—. Aunque no sé cuál es el vínculo entre ellas.
—Apuesto a que yo sí —aseguró Janssen mientras leía el expediente que tenía en las manos sin levantar la vista del papel—. Las dos residieron en la misma institución para menores.
—¿Wellesley Manor, por casualidad? —preguntó Tamara.
—Exacto —respondió Janssen—. Wellesley funcionó como hogar infantil entre 1984 y 2002, año en el que cerró sus puertas.
Antes de eso era una residencia privada.
Aquí hay un informe que redactó la asistente social de Susan, de la época en la que ella residía allí.
Susan se vio envuelta en un altercado con otra niña y afirmó que estaba defendiendo a una amiga llamada Sarah.
Esa amiga era Sarah West, que me imagino que sería su apellido de nacimiento. Tenía trece años en aquel momento.
—¿La institución era de propiedad estatal? —preguntó Tamara.
—Se trataba de una fundación benéfica —respondió Janssen, volviendo a mirar el documento—. Eric, ¿has conseguido la dirección de Sarah Caseley?
—Sí. Vive cerca de Burnham Market.
—Caseley… ¿Por qué me suena ese apellido? —preguntó Janssen.
—No es de extrañar. Los Caseley son grandes terratenientes de la zona. Cuentan con tierras propias y campesinos arrendatarios.
Janssen miró el reloj de la pared y luego a Tamara.
—Creo que deberíamos ir a hacerle una visita a Sarah esta noche.
Quizá descubramos el motivo por el que Susan regresó a Wellesley —dijo Janssen—.
Eric, a lo mejor tú podrías ir a hablar con Simon Cook para ver si Susan le habló alguna vez de su estancia en el hogar infantil.
A nosotros no nos lo contó, pero quizá no pensó que eso fuera a ser relevante.
Si nos vamos todos ya, podríamos estar de vuelta a…
—O —lo interrumpió Tamara— podríamos dar por terminado el día y arrancar de nuevo mañana. Eric, ¿no dijo que tenía planes para esta noche?
Eric se sorprendió. Él no había dicho nada o, al menos, no recordaba haberlo hecho.
—Sí, es cierto… Pero ¿no deberíamos…?
—Recuerde que nosotros también tenemos nuestras vidas, Eric. Así que sí, sí que deberíamos —afirmó Tamara—. Váyase a casa.
—Claro, sí.
No hizo falta que se lo dijera dos veces.
Eric cogió su abrigo del respaldo de la silla y cruzó la sala de operaciones a toda prisa.
Al llegar al umbral de la puerta, se giró y dio un paso atrás.
Tamara le lanzó las llaves del coche, pues se las había dejado sobre el escritorio, y Eric las atrapó con una mano.
—¡Genial! Gracias.
Apenas había dado un par de pasos en el pasillo cuando empezó a buscar su móvil en el bolsillo.
Resistió la tentación de echar a correr y pulsó el acceso directo en la pantalla de inicio del teléfono para llamar a Becca.
Si se daba prisa, solo llegaría un poco más tarde de la hora a la que habían quedado.
Con suerte, Keiron no llegaría a entrar en escena.