CAPÍTULO 14
Como no tenían una dirección completa, se dejaron guiar por el código postal que estaba programado en el sistema de navegación por satélite de Susan Cook, que los condujo a través de una vía secundaria poco transitada que atravesaba campos abiertos.
El sol ya se había ocultado tras el horizonte y la oscuridad envolvía el paisaje, lo que los obligó a buscar su posible destino con la ayuda de los faros del coche.
Tom Janssen redujo la velocidad. No había señales de vida en las inmediaciones.
No tenían un lugar concreto al que dirigirse, lo que les provocaba cierta frustración y todavía más preguntas.
¿Por qué estuvo Susan tan lejos de todo, en aquel lugar, tan en medio de la nada?
—Un momento —dijo Tamara—. ¿Qué es eso que acabamos de pasar?
Janssen frenó bruscamente. Fuera lo que fuera, había pasado de largo.
La carretera era estrecha y las cunetas a ambos lados, altas, así que, en vez de dar la vuelta, dio marcha atrás.
Fueron retrocediendo hasta llegar a lo que Tamara había visto.
A la izquierda había dos pilares y unas puertas abiertas.
La vegetación que crecía por todas partes ocultaba casi por completo todo el conjunto.
—¿Qué dice esa señal?
—«No pasar», creo —respondió Tamara.
El acceso, del mismo modo, estaba cubierto de hierba y maleza, y también crecía algo de trigo silvestre; el viento había arrastrado sus semillas desde los campos cercanos.
Janssen retrocedió un poco más para poder girar hacia el camino de entrada e iluminó las puertas con los faros.
El camino se curvaba detrás de unos árboles y desaparecía de la vista.
—¿Qué habrá ahí?
Janssen movió la cabeza de lado a lado. Las puertas indicaban algo.
—Ni idea. Vamos a echar un vistazo —contestó, mientras comenzaba a avanzar con el coche.
El camino que partía desde las puertas estaba en mal estado y el inspector tuvo que conducir con cuidado para evitar que el coche rozara el suelo en varios puntos.
Estando ya lejos de la carretera pública que los había conducido hasta allí, apareció un edificio.
El cielo estaba despejado y la luna creciente iluminaba la escena, por lo que pudieron verlo mejor según se acercaban.
Era enorme. Una silueta majestuosa e imponente contra el firmamento estrellado.
Llegaron a una zona de aparcamiento que se encontraba delante del edificio.
Estaba cubierta de grava y resistía el avance de la naturaleza, aunque, aun así, la vegetación crecía también en ella.
Allí, el terreno, que se percibía sólido, parecía soportar mejor el peso del coche que el camino de acceso.
Janssen se bajó del vehículo y examinó el exterior del edificio.
En su época de esplendor, debía haber sido todo un orgullo para sus propietarios.
Tuvo que costar una pequeña fortuna encargar su construcción en un estilo arquitectónico como aquel, por no hablar de su mantenimiento.
Eso explicaría en parte por qué parecía llevar años abandonado.
Las ventanas estaban tapiadas, seguramente en aras de la seguridad del edificio y para que no entraran okupas o vándalos, aunque el inspector no creía que abundaran demasiado en aquella zona del país.
Incluso con la escasez de luz que reinaba, Janssen pudo leer una placa con un nombre que estaba colocada junto al porche.
Rezaba «Wellesley Manor». Junto al nombre se veía otra señal de advertencia que aconsejaba no pasar.
Los edificios antiguos como aquel, si no se mantenían adecuadamente, enseguida caían en un estado de deterioro.
Tamara se acercó a la entrada principal y se detuvo en el umbral.
—Bueno, pues alguien ha entrado hace poco —afirmó tras activar la luz de su teléfono móvil y utilizarla como linterna para iluminar la puerta. Janssen miró—. Y no creo que tuvieran llave.
Alguien había hecho palanca en el marco de la puerta, forzándola en el punto medio de la placa de la cerradura.
El color claro de la madera astillada sugería que no llevaba mucho tiempo expuesta a los elementos.
Janssen corrió de vuelta al coche y sacó una linterna del maletero, junto con varios pares de guantes forenses nuevos, previendo que los podría necesitar.
Cuando regresó a la puerta, le entregó un par de guantes a Tamara, que se los guardó en el bolsillo.
Él tampoco se los puso, pero los sostuvo en la mano mientras empujaba la puerta para asegurarse de no dejar en ella sus huellas dactilares.
La puerta se abrió un poco, pero las bisagras protestaron.
Tuvo que empujarla un poco más para crear un hueco por el que pudieran pasar.
Janssen apuntó con la linterna hacia el interior y tuvieron una primera perspectiva de la entradita de la casa.
Estaba en un estado pésimo de conversación y enseguida les llegó un olor a humedad y a moho.
El inspector miró a Tamara e inclinó la cabeza, y ella asintió.
Acto seguido, entró, y ella lo siguió. En contraste con el exterior, ahora no disponían de ninguna fuente de luz natural.
Solo podían ver lo que la luz de la linterna iluminaba.
El edificio podía tener un exterior majestuoso, pero el interior transmitía la sensación de haber sido esterilizado.
A medida que avanzaban, fueron comprobando que las características que cabría esperar encontrar en el interior de un sitio como aquel estaban presentes, aunque muchas veces alteradas por la instalación de tabiques nuevos tras la reestructuración del espacio que debió tener lugar en algún momento del pasado.
—Esto debió ser una residencia de ancianos o algo así —afirmó Tamara.
—Yo diría que inspirada en el castillo de Colditz —añadió Janssen en voz baja, dirigiendo el haz de luz hacia las escaleras que conducían al rellano de la planta superior.
Parecían estar en mal estado y él no tenía ninguna intención de comprobar su capacidad para soportar su peso. Tamara percibió sus dudas.
—Yo subo. Siga usted por aquí abajo. Avíseme si encuentra algo interesante.
—Tenga cuidado —dijo Janssen.
La inspectora jefe volvió a encender la luz de su móvil y se dispuso a subir la escalera curva, manteniéndose pegada a la pared en todo momento.
Janssen se centró en la planta baja y vio que desde la entradita se podían seguir tres diferentes direcciones.
Una de ellas conducía hasta una habitación en la parte delantera de la casa que parecía haber sido una oficina en el pasado.
Junto a ella había un pórtico que daba paso a una habitación más grande.
Janssen se situó en el umbral y observó su alrededor con el haz de luz de la linterna.
En la pared del fondo había una chimenea abierta de grandes proporciones.
En otros tiempos habría tenido un marco ornamentado, probablemente de mármol o granito, pero había desaparecido, dejando al descubierto las viejas lamas de la pared donde se habría situado.
Se habían caído algunos trozos del techo, y en el suelo había restos de yeso y de madera.
Al iluminar el techo, el inspector comprobó que una buena parte del mismo estaba combado.
Decidió que era demasiado peligroso continuar, por lo que volvió sobre sus pasos para explorar la ruta alternativa.
Un pasillo lo adentró más en el edificio.
Parecía que, antes de su abandono, se habían llevado de allí todo lo que podía tener alguna utilidad.
En ninguna de las habitaciones a las que llegó había nada digno de mención.
En algunos lugares, los revestimientos del suelo se estaban levantando.
Las paredes se estaban descascarillando, tanto la pintura en sí como el papel pintado en aquellos lugares en los que había estado presente.
La impresión general era de un estado avanzado de deterioro.
El edificio había sido olvidado, abandonado a su suerte.
Janssen reflexionó sobre la relación de Susan Cook con aquel lugar.
Tenía pinta de haber sido una institución estatal.
Tamara probablemente estaba en lo cierto con lo de la residencia de ancianos.
La relación de Susan con aquel edificio podía tener algo que ver con el tiempo que la mujer pasó en el sistema estatal de acogida.
Todas las habitaciones a las que el inspector iba llegando eran anodinas, desangeladas y carecían de una función discernible.
En un momento dado, el pasillo se bifurcaba; por un lado, se dirigía hacia el centro del edificio, y, por el otro, terminaba en una ventana que probablemente daba al jardín, pero que en la actualidad estaba tapiada, igual que todas las demás.
El inspector encontró allí otro montón de escombros formado por el yeso caído del techo.
Los escombros ocupaban todo el ancho del pasillo y tuvo mucho cuidado al pasar.
Le llamó la atención algo que captó la luz de la linterna mientras pasaba por encima del montón.
Se agachó para mirar más de cerca, y enfocó con la luz directamente sobre lo que había visto.
Se trataba de una huella en el polvo. Parecía reciente; el dibujo de la suela se marcaba en el revestimiento del suelo.
Janssen examinó las proximidades, pero no vio nada digno de mención. El pasillo giraba hacia su derecha, adentrándose todavía más en el edificio. Al dirigir la linterna en esa dirección, vio una puerta al final del pasillo, a apenas cuatro metros de distancia.
Llegó hasta dicho lugar, una puerta victoriana maciza de cuatro paneles, probó el picaporte y comprobó que no estaba cerrada con llave.
La abrió con cuidado y se produjo un ruido excesivamente fuerte, que pareció propagarse por el interior de la estancia.
Iluminó el interior con la linterna y siguió el haz de luz por toda la estancia.
Quienquiera que hubiera dejado la huella se había dirigido hacia aquel lugar, pero el inspector no tenía ni idea de por qué.
Dio un paso adelante y sorteó más escombros vigilando dónde pisaba.
La habitación solo tenía una puerta; no había ventanas y, por tanto, resultaba claustrofóbica.
El olor a humedad, junto con el moho visible en las paredes, propiciaba un fuerte olor a tierra en el aire.
Se oyó un crujido procedente de arriba y Janssen apuntó con el haz de luz de la linterna en esa dirección; por un instante, le preocupó que estuviera a punto a caer algo más procedente del techo, pero no fue así.
Volvió a bajar la luz y centró su atención en un gran armario empotrado construido en el hueco de una esquina de la habitación, entre la pared y el conducto de la chimenea.
El inspector se acercó al armario y observó que faltaba una de las puertas y que la otra se balanceaba con la corriente de aire que había provocado su entrada en esa dependencia.
En la cara interna de la puerta encontró unas marcas.
Al principio pensó que se trataban de líneas aleatorias que no seguían ningún patrón, pero luego se dio cuenta de que en realidad eran letras.
Estaban grabadas en la pintura en el centro de la puerta y solo podían verse si estaba abierta.
Bueno, incluso así, probablemente solo se verían si se estuvieran buscando.
De hecho, él las había visto porque estaba buscando cualquier cosa fuera de lo normal.
Era muy factible que pasaran desapercibidas nueve de cada diez veces.
Muchas de las letras estaban dispuestas en pares y eran muy rudimentarias, lo que dificultaba su lectura.
Janssen acercó la linterna para estudiarlas.
Relacionó una K y una D. También había una S y lo que le pareció que podría ser otra letra D, aunque no estaba seguro.
Debajo había más letras, pero, debido a la luz artificial y a la tosquedad del grabado, eran demasiado difíciles de descifrar.
Por encima de todas las letras encontró las únicas palabras.
Una frase sencilla: «Yo estuve aquí». El significado de todo aquello no estaba claro, pero le pareció convincente la idea de que las parejas fueran iniciales.
Por alguna razón, supuso que podría ser relevante para la investigación y sacó su móvil.
Iluminó las letras desde diferentes ángulos e hizo varias fotos.
Intrigado ante el esfuerzo que debía haber supuesto ejecutar aquellas inscripciones, se inclinó hacia el armario y alumbró el interior con la linterna haciendo arcos con el haz de luz, pero no vio nada más destacable.
Guiado por un presentimiento, Janssen recurrió al sentido del tacto y comenzó a recorrer con cuidado los bordes interiores del armario hasta que tocó con los dedos algo metálico, frío y suave.
Lo cogió y comprobó que tenía en la mano un cuchillo pequeño de mantequilla.
Estaba encajado entre la parte superior del armario y el marco.
Lo colocó junto a las letras y comprobó que la parte plana de la hoja coincidía aproximadamente con la anchura de las hendiduras.
—¿Qué tiene ahí?
La voz de Tamara sobresaltó al inspector, que reaccionó levantándose a gran velocidad, golpeándose la cabeza contra el borde del armario al hacerlo.
—¡Caramba! —murmuró.
—Lo siento —dijo Tamara—. ¿Algo interesante?
—Curioso, seguro, aunque no sé si interesante —respondió, frotándose la cabeza.
—Esto sí que lo es —aseguró Tamara, señalando el suelo a la altura de sus pies.
El inspector miró hacia donde le había indicado su compañera y se sorprendió al ver que aquello se le había pasado por alto.
La luz del móvil de Tamara estaba iluminando el umbral de la puerta de la habitación.
A simple vista se podía observar una mancha circular oscura, que abarcaba prácticamente el ancho de dos de las tablas viejas del suelo.
Janssen se acercó a unos centímetros, se arrodilló y la examinó más de cerca.
Los dos habían visitado suficientes escenas de crímenes como para saber reconocer sangre seca cuando la veían.
—¿Qué opina? —preguntó Tamara.
—Creo que hemos encontrado el lugar en el que atacaron a Susan Cook. Traigamos a los de Criminalística lo antes posible —afirmó el inspector, levantando la vista y mirando a Tamara a los ojos.
Ella echó un vistazo por la habitación.
—¿Qué demonios la traería aquí?