Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Eric les hizo señas a Janssen y Tamara cuando se acercaban a una curva de la carretera.

No había ninguna necesidad de hacerlo. El terreno que los rodeaba era algo ondulado, pero se trataba en general de unas tierras agrícolas planas bien cuidadas y ambos habían visto los coches de policía aparcados en el arcén mucho antes de que el oficial investigador se percatase de su llegada.

El inspector se echó a un lado en la carretera, que era apenas lo bastante ancha como para que cupieran dos coches uno al lado del otro, y se detuvo.

Se bajó del coche y miró a su alrededor.

La propiedad habitada más cercana que se podía divisar era una granja, pero estaría por lo menos a unos cuatrocientos metros en línea recta.

Los campos estaban delimitados por setos y arbustos que, sin embargo, ofrecían poca protección para quien quisiera pasar desapercibido.

La ventaja de aquella ubicación era su carácter remoto.

Había que tener muy mala suerte para que te vieran abandonar un coche allí, aunque se tratara de una extensión muy abierta.

La elección de aquel lugar dejó un tanto perplejo al inspector.

—Los peritos forenses han encontrado algo interesante —les dijo Eric a modo de saludo. Resultaba obvio que estaba excitado ante el hallazgo, y les hizo señas para que lo siguieran.

A Janssen le complacía ver la confianza que mostraba el joven oficial. Eric estaba consolidándose, pero Janssen esperaba que subiera un escalón más en cuanto a su rendimiento.

—Sangre en el maletero del coche.

El Ford blanco estaba aparcado fuera de la carretera, en un camino de acceso al campo contiguo, meticulosamente alineado con el seto y apartado de la calzada.

Recordaba a los muchos vehículos que los excursionistas aparcaban al borde de la carretera antes de adentrarse en la red de senderos y vías ecuestres.

El maletero estaba abierto, levantado al máximo, y un agente forense, vestido con un mono azul, estaba tomando fotografías del interior.

Cuando Janssen se acercó a él, este le indicó que ya había terminado y se apartó para dejar espacio.

En el fondo del maletero se habían dispuesto dos marcadores.

Uno señalaba una mancha oscura en la moqueta, aproximadamente del tamaño de un plato pequeño.

El otro, una mancha marrón en el borde del coche, que podría ser un arañazo causado al cargar o descargar algo.

Janssen se agachó para ver mejor y coincidió con los pensamientos de Eric. Era sangre seca.

—Tendremos que cotejarla para confirmarlo, pero es lógico pensar que pertenece a Susan Cook.

Se habrán quedado las marcas cuando la sacaron del maletero —dijo Eric—.

Las personas pesan mucho cuando están en un estado de inconsciencia.

Incluso una mujer de complexión delgada como Susan se podría convertir en una especie de peso muerto. Lo siento. No quería que sonara así.

—No pasa nada, Eric —dijo Janssen, mirándolo a los ojos—. Tienes razón. Aunque eso nos lleva a cuestionarnos la envergadura de su agresor. Es difícil maniobrar con una persona inconsciente, pero alguien de mi tamaño podría lidiar con Susan con relativa facilidad en comparación con alguien como tú.

Eric asintió. Aquel comentario no había sido despectivo.

Eric medía alrededor de metro setenta. Era atlético y, sin duda, físicamente capaz, pero lo que había dicho Janssen seguía siendo cierto.

El inspector volvió a reflexionar sobre aquella ubicación, que aún le parecía muy extraña.

¿Por qué habían abandonado el coche precisamente allí?

Lo iban a encontrar muy pronto. Aquellas carreteras no tenían mucho tráfico y el coche estaba a la vista.

Le daba la sensación de que abandonarlo allí había sido una idea de última hora, elegida sin pensarlo mucho.

A menos que a quien lo hubiera hecho no le preocupara que lo descubrieran.

En ese caso, era poco probable que fueran a obtener mucha información útil de él.

Se esperaba más o menos que ya lo hubieran limpiado por completo.

Dio un paso atrás y miró en el interior del habitáculo.

No daba la impresión de que hubiera habido ningún intento de dañar más el vehículo, ocultar su propiedad o destruir pruebas forenses.

Era casi como si hubieran tratado el coche con el respeto característico de un propietario en lugar de como lo haría un asesino que intentara ocultar pruebas, lo que reforzaba su primer pensamiento.

Las nubes se abrieron y dejaron paso al sol de finales de otoño, que descendía rápidamente hacia el horizonte.

Janssen se orientó y estimó que el antiguo puerto de Thornham estaba a poca distancia en coche en dirección norte.

Resultaba tentador considerar la posibilidad de que el asesino hubiera actuado con premeditación y confeccionado un plan estructurado para salir impune de su crimen.

Sin embargo, había algo en todo aquello que le parecía chapucero, propio de alguien sin experiencia.

La ubicación del lugar donde se había abandonado el cuerpo.

La extraña sensación que le producía el vehículo.

A primera vista todo parecía aleatorio; en realidad, era desordenado, caótico.

El asesino había transportado el cuerpo de la víctima hasta Thornham, donde eliminó cualquier posibilidad de identificación y lo arrojó al agua, pero no cogió el llavero del coche.

Había sido un descuido. Se trataba de un coche moderno con un sistema de encendido sin llave.

La llave solo tenía que estar presente en el coche para que el motor arrancara; una vez en marcha, seguiría funcionando hasta que se apagara manualmente.

El asesino no tenía conocimiento de ello o no se dio cuenta, condujo el coche hasta aquel lugar y, luego, lo abandonó.

Un delincuente experimentado comprendería el proceso de investigación policial.

Cuanto más tiempo se prolongara la frustración de la policía por construir una línea temporal de los primeros días, más se debilitaba el rastro.

Que el asesino hubiera dejado la llave en el cadáver los había conducido hasta la empresa de alquiler de coches y, después, hasta Lincolnshire.

Pero ¿por qué en aquel lugar? Resultaba muy incierto, muy aleatorio en apariencia.

Y así era como se comportaban los asesinos accidentales, actuando mediante hechos aleatorios.

La adrenalina y el miedo solían afectar a sus habilidades para tomar decisiones, lo que provocaba que dichas decisiones fueran en un principio caóticas y, después del suceso, parecieran precipitadas y poco definidas.

Sin embargo, a Janssen le parecía que aquel caso no cuadraba con todo eso.

La forma en la que estaba aparcado el coche.

El abandono del cadáver. Todo ello era prueba de que alguien había actuado con una determinación clara, sin una precipitación imprudente.

Y, sin embargo, no podía quitarse de la cabeza la sensación de que se trataba de la obra de un novato. Esa conclusión lo estaba irritando.

—¿Había algo útil en el interior? —oyó preguntar a Tamara. Janssen prestó atención a medias a la conversación, pero continuó con su propio análisis personal.

—No, estaba limpio —respondió Eric—. ¿Esperaba encontrar algo en particular?

—Un diario o algo similar —explicó Tamara—. El suyo ha desaparecido del lugar en el que vivía.

—Pues no. Aparte de la sangre y los papeles de la empresa de alquiler que había en la guantera, no había nada. No debió tener el coche demasiado tiempo. Ni siquiera hay un recibo de combustible.

—Es una posibilidad —dijo Janssen, que se dirigió a la puerta del copiloto. Estaba abierta y miró al perito de Criminalística en busca de aprobación, poniéndose un par de guantes forenses mientras lo hacía.

—Sí, ya hemos procesado gran parte del interior —respondió el perito, indicándole que podía entrar—. Hemos recuperado huellas para cotejarlas y sacado fotografías. Todavía tenemos que examinar las alfombras y la tapicería en busca de fibras.

—De acuerdo. No necesito entrar —dijo—. Eric, ¿has traído el mando?

El oficial investigador se acercó hasta aquel lateral del coche y le entregó al inspector una bolsa de plástico con el mando en su interior.

Janssen cruzó mentalmente los dedos para que el dispositivo fuera hermético.

Sostuvo la bolsa lo bastante cerca como para que el coche captara la señal.

Estiró la mano hacia el interior del coche, pulsó el botón de encendido y se alegró al ver que el salpicadero se iluminaba.

Las agujas de los diferentes indicadores se movieron.

El coche tenía tres cuartos del depósito de gasolina.

Se trataba de un coche familiar de cinco puertas y Janssen hizo un cálculo mental aproximado de cuántos kilómetros había recorrido Susan.

Si había recogido el coche el viernes con el depósito lleno, como era habitual, entonces no había recorrido muchos kilómetros.

Eso suponiendo que no hubiera tenido que repostar durante el tiempo transcurrido.

El inspector le echó un vistazo al kilometraje registrado en el salpicadero.

Se asomó al exterior, miró a su alrededor y cruzó la mirada con la de Tamara. Su compañera se acercó a él.

—¿En qué está pensando? —le preguntó la inspectora jefe.

—Así, de memoria, el kilometraje que tenía el coche cuando Susan lo recogió no difiere mucho del actual. No recorrió mucha distancia. Si tuviera que aventurarme, diría que murió el viernes por la noche. El sábado como muy tarde.

—¿Por qué?