CAPÍTULO 12
Al salir de la casa, Janssen vio a Gretta cerca de donde estaba aparcado su coche.
Estaba charlando con otra mujer a la que no habían visto antes, examinando las plantas que crecían al borde del camino que discurría junto a la casa principal.
La mujer los vio acercarse mientras Martin cerraba la puerta de la casa detrás de ellos; el inspector no pudo evitar pensar que se había quedado merodeando por allí, esperando a que ellos aparecieran.
—¿Está bien? —le preguntó Tamara—. Se ha quedado un poco en blanco por un instante ahí dentro.
Janssen se encogió de hombros ante la pregunta.
—Es algo en lo que estoy trabajando.
El inspector sintió la mirada de su compañera sobre él, pero fingió no darse cuenta de su interés.
—¿Han encontrado lo que buscaban? —les preguntó Gretta cuando ambos llegaron a su altura.
Janssen miró a Tamara, que sonrió.
—Sí, gracias. Martin nos ha sido de gran ayuda —dijo Tamara—. Le agradecemos el tiempo que nos ha dedicado hoy.
—Siempre es un placer ayudar a la policía —respondió Gretta—. Es horrible lo que le ha ocurrido a Susan, de verdad. Confío en que pronto detendrán al responsable.
—Haremos todo lo posible —afirmó Tamara—. Antes nos ha dicho que Susan se había ido hacía poco tiempo y que no creía que fuera a volver. Fue un poco imprecisa.
El rostro de Gretta se endureció en una mirada dura y reflexiva, aunque miró de reojo a Martin, que caminaba ya hacia ellos.
—¿He dicho eso? No lo recuerdo muy bien. La última vez que hablé con ella, tuve la sensación de que la conversación tenía un aire definitivo. Me temo que no recuerdo bien las palabras exactas. ¿Por qué? ¿Es importante?
—Ah… Hablando con Martin, he tenido la impresión de que la marcha de Susan era más bien algo temporal.
—¿En serio? Debe haber alguna confusión. La mayoría de las veces, la gente oye lo que quiere oír, ¿no? ¿Es relevante?
—Solo estoy intentando formarme una idea para entender la situación. ¿Qué puede contarnos sobre el momento en el que Susan llegó aquí, hace nueve años? ¿Puede explicarnos cómo sucedió?
—Me temo que no, jovencita. La gente encuentra su fe recorriendo caminos muy diferentes. Nuestra puerta siempre está abierta a los creyentes.
—Comprendo —dijo Tamara, decepcionada por aquella respuesta tan vaga—. Bueno, gracias de nuevo por su ayuda. Si necesitamos algo más, nos pondremos en contacto con usted.
Tamara y Janssen se subieron al coche. Martin se situó junto a Gretta y, de nuevo, pareció incapaz de mirarlos a los ojos mientras el inspector arrancaba y daba marcha atrás para girar.
—Nunca seré capaz de entender qué fue lo que vio Susan en ese hombre —dijo Janssen en voz baja, con cuidado de que nadie pudiera leer sus labios, pues Gretta los estaba observando.
—Tiene razón. Le falta personalidad, pero quizá eran dos almas desdichadas que se encontraron.
—¿Un encuentro oportuno? Sí, tal vez —convino Janssen, que ya avanzaba con el coche a través de la carretera de acceso a la finca—. ¿Qué opina del diario?
—Quizá Susan se lo llevó consigo. O puede que alguien lo haya cogido antes de que pudiéramos hacerlo nosotros —respondió Tamara—.
Si es lo segundo, me gustaría saber de quién se trata.
Si el contenido es tan llamativo como ha sugerido Martin, entonces esa persona lo está ocultando por alguna razón.
¿Recuerda que Simon Cook nos explicó que Susan era muy hermética y reservada?
Martin nos ha contado algo similar, aunque con otras palabras.
Tengo la impresión de que se trataba de una mujer cautelosa, desconfiada. Me pregunto por qué.
—¿Cree que era una experta en guardar secretos?
—Creo que este lugar guarda más de uno. No me creo lo que nos cuenta Gretta acerca del periodo de tiempo que precedió a la marcha de Susan.
—¿Por qué nos iba a mentir?
—No lo sé. Quizá para confundir las cosas… Y, antes de que me lo pregunte, tampoco sé por qué querría hacer eso. Sea cual sea el secreto que guardara Susan, es probable que fuera precisamente lo que condujo a su asesinato. No le ha contado nada a ninguno de los que la rodeaba, eso es seguro.
—Entonces, tal vez podamos descartar que se tratara de algún desconocido al azar —dijo el inspector.
—Es demasiada casualidad que se topara con alguien que quisiera matar sin más.
Susan Cook regresó a Norfolk por alguna razón, pero se esforzó mucho para asegurarse de que nadie se enterara de ello, al menos nadie que ella no quisiera.
Ahora bien, para haber encontrado la muerte el fin de semana, tan poco tiempo después de su regreso…
Debió contactar con su asesino. Es muy probable que no solo lo conociera, yo sugeriría que, además, también confiaba en él.
—Lo bastante como para girarse y quedarse de espaldas a él estando lo bastante cerca como para matarla —teorizó el inspector, pensando en voz alta—. Hay que hablar con las personas que tenían una relación estrecha con ella hace nueve años e intentar averiguar a quién podría acudir tras su regreso.
—Entonces, descubriremos quién la mató.
—Eso la hace pensar de nuevo en Abigail Thomas, ¿verdad? —dijo el inspector.
Tamara asintió.
Una llamada telefónica que sonó a través del manos libres del coche interrumpió la conversación. Janssen respondió al ver en la pantalla el nombre de Eric.
—¿Cómo va lo de Barbara Keller? —preguntó el oficial.
—Está muerta, pero no ha sido una pérdida de tiempo, ni mucho menos. Te pondremos al corriente en cuanto volvamos. Estamos saliendo ahora mismo.
—Genial. Pensé que querríais saber de inmediato que la policía ha encontrado el coche de alquiler de Susan Cook.
—¿Dónde? —preguntó Tamara, a quien se le habían iluminado los ojos.
—Abandonado en un camino, al este de Ringstead.
—¿En qué estado estaba? —preguntó Janssen.
—Ahora mismo voy hacia allá, pero los agentes dicen que está bien. Un granjero de la zona lo ha denunciado esta mañana temprano. Dice que llevaba allí un par de días, así que le pareció extraño y nos ha llamado.
—Envíanos la ubicación y nos reunimos allí contigo —dijo Janssen.
***
Gretta vio alejarse el coche por la carretera de acceso a la finca. Martin estaba a su lado, en silencio. Sin apartar la mirada de los policías que se marchaban, suspiró.
—¿Qué querían saber?
Martin se mordió el labio inferior un momento antes de responder.
—Cómo llegó Susan aquí, cómo era… Ese tipo de cosas.
—Confío en que hayas podido ofrecerles tu perspectiva única —dijo Gretta, fulminándolo con la mirada.
Martin apartó los ojos de ella y cambió nerviosamente el peso de su cuerpo de un pie a otro.
—Yo… Yo… Sí…, les he dicho lo que he podido, que no ha sido mucho. No creo que les haya sido de gran ayuda.
—No, supongo que no podías serlo. Después de todo, tampoco es que conocieras muy bien a Susan, ¿verdad?
Martin asintió. Parecía nervioso. Más de lo habitual.
—No me puedo creer que esté muerta —dijo. Su tono de voz reflejaba de forma evidente la profunda tristeza que sentía—. ¿Quién podría hacerle algo tan horrible?
—El culpable será juzgado, Martin. Al final, todos tendremos que enfrentarnos a esa rendición de cuentas. Que Dios bendiga su alma y que encuentre en el cielo la paz que no tuvo en vida.
Sin decir nada más, Gretta dejó a Martin y volvió al interior de la casa principal.
Pasó por la cocina, que ahora estaba limpia y ordenada, con todo recogido, y se dirigió hacia la habitación situada en la parte delantera de la casa, que utilizaba como despacho.
Una ráfaga de aire caliente la recibió al entrar.
Se aseguró de que nadie la seguía, y luego cerró la puerta.
Las brasas incandescentes del fuego titilaban con llamaradas ocasionales.
Gretta apoyó una mano sobre el borde de su escritorio para mantenerse firme, se arrodilló y añadió un trozo de leña al fuego.
En cuestión de segundos, las llamas bailaban alrededor del combustible recién añadido.
La mujer dejó escapar un gemido mientras se ponía derecha y se dirigió hacia el otro lado del escritorio.
Se sentó, apartó algunos papeles, abrió un cajón y sacó un pequeño cuaderno.
Le dio la vuelta en la palma de una de sus manos, miró a través de la ventana y contuvo el aliento.
La ciudad de Lincoln se extendía en el horizonte; su imponente catedral era visible en lo alto de la colina incluso desde aquella distancia.
Ahora estaba pagando el peaje del esfuerzo que le habían supuesto su corto paseo y su intento de reavivar el fuego.
El cuaderno no tenía nada de especial; estaba compuesto por hojas simples con líneas para guiar la escritura.
Gretta hojeó las páginas de forma distraída sin detenerse a leer nada en particular, fijándose de vez en cuando en las fechas escritas a mano en la parte superior de cada página.
No había nada meticuloso en lo que se había escrito.
Pasaban días, o incluso semanas, sin que se escribiera nada, y eso daba paso en ocasiones a un torrente repentino de información en días consecutivos.
Al acercarse a los días más recientes, redujo la velocidad y se centró en los pensamientos y sentimientos que había experimentado en el pasado.
En más de una ocasión, Gretta había descubierto que leer aquellas palabras le había provocado rabia, frustración y, sobre todo, una gran vergüenza.
Martin se sentiría muy apenado por lo poco que lo mencionaba.
Había sido una herramienta, utilizada para lograr un objetivo diferente.
Una realidad que él sería incapaz de comprender si alguna vez llegara a enterarse de ello.
Eso no sucedería. No si ella podía evitarlo.
Gretta cerró aquel diario precario, se levantó y regresó a la chimenea, que estaba a poca distancia de ella.
Lo sostuvo con firmeza en su mano izquierda y acarició con suavidad la cubierta con los dedos de la derecha.
Permaneció allí un momento, mirándolo fijamente, hasta que se inclinó y lo dejó caer con cuidado sobre el fuego.
Las llamas se apoderaron de la nueva incorporación y envolvieron el cuaderno de inmediato.
—Adiós, Susan. Siempre te tendré presente en mis oraciones.