Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

—Siento que esto haya sido un shock para usted —le dijo, tratando de tranquilizarlo con calidez. Martin la miró a los ojos. Janssen pudo ver lágrimas en los de él.

—Yo… No lo entiendo. ¿Qué ha pasado? ¿Un accidente?

—La han asesinado —explicó Tamara—. Lo siento mucho.

Martin perdió toda capacidad de controlarse y se derrumbó. Hundió la cabeza y se echó a llorar desconsoladamente. Tamara lo miró y Janssen se mordió el labio inferior e inclinó la cabeza hacia un lado.

—Es evidente que estaba muy unido a Susan —dijo el inspector—. ¿Puede explicarnos adónde iba a ir ella cuando se marchó de aquí la semana pasada?

Martin, a quien las lágrimas le aterrizaban en las manos sin cesar, no respondió. Levantó la vista y miró a Janssen a los ojos por primera vez.

—Susan era especial… muy diferente a los demás.

—¿Diferente en qué sentido? —preguntó.

Martin se secó los ojos con el dorso de la mano.

—Lo siento mucho. Qué vergüenza —dijo Martin, mirando al suelo.

—No se preocupe, no pasa nada —respondió Tamara, sentándose al lado del hombre. Él esbozó una sonrisa débil hacia la inspectora jefe, inclinando la cabeza en señal de agradecimiento por su gesto—. Es una noticia impactante. ¿Cuáles eran los planes de Susan?

—Me dijo que tenía que volver a casa durante algún tiempo —dijo Martin—. Tenía que resolver algunos asuntos.

—¿Qué asuntos? —preguntó Janssen, para tratar de volver a centrarse en el tema que les ocupaba.

—Susan no hablaba mucho de su vida pasada, la de antes de venir con nosotros.

Sé que tenía problemas. Cuando llegó, durante un tiempo, apenas hablaba.

No solo conmigo, sino con nadie. Hubo gente que pensaba que no debería estar aquí…

Pero Gretta vio algo en ella que los demás no fueron capaces de ver.

Ese es su don. Me refiero al de Gretta. Tiene una capacidad maravillosa para ver a través de las barreras que construimos a nuestro alrededor y así descubrir quiénes somos en realidad, aunque lo intentemos ocultar.

Gretta vio algo en Susan, como hizo con todos nosotros.

—Parece una mujer formidable —dijo Janssen.

—Oh, lo es. Créame que lo es —afirmó Martin, asintiendo con entusiasmo.

—Pero ¿desarrolló usted una relación cercana con ella, con Susan? —insistió Tamara. Martin la observó, y luego miró alternativamente hacia Janssen y hacia la puerta. Parecía temer que alguien pudiera oírlo—. ¿No fue así?

El tono de Tamara era suave. Trataba de indagar con delicadeza para lograr la información que tanto ella como su compañero sabían que estaba ahí.

—Sí. Hemos llegado a tener mucha confianza —dijo Martin, casi en un susurro. Sus manos permanecían entrelazadas mientras jugueteaba distraído con algo.

Janssen dio medio paso a su izquierda para poder ver mejor y se dio cuenta de que Martin estaba girando su anillo de boda con el pulgar y el índice. Daba la sensación de que estaba mirándolo fijamente. El inspector eligió con cuidado sus siguientes palabras.

—Susan era especial para usted.

Era una afirmación. Martin lo miró y luego apartó la vista.

—¿Cuánto tiempo llevaban juntos?

—¡No sé a qué se refiere! —exclamó Martin. El hombre separó las manos y fulminó al inspector con esa mirada culpable tan típica de un adolescente.

—Me refiero a su aventura. ¿Cuánto tiempo llevaba sucediendo? —insistió Janssen.

La resistencia de Martin se derrumbó en cuestión de segundos y volvió a hundir la cabeza.

—Sé que esto es doloroso, Martin, pero necesitamos entender qué estaba pasando en la vida de Susan para descubrir quién la ha matado —explicó Tamara, que inclinó la cabeza hacia abajo para asegurarse de que el hombre pudiera verla.

Martin cruzó la mirada con la de ella y asintió de forma casi imperceptible.

—Un tiempo —dijo al final—. Deben comprender que ninguno de los dos lo planeó… Tan solo sucedió. No puedo explicarlo. A los dos nos falta… nos faltaba algo en nuestras vidas. No puedo creer que nunca más vaya a ver su sonrisa, a sentir el calor de sus brazos alrededor de mí…

Las palabras de Martin se volvieron a apagar, pues tuvo que luchar por reprimir las nuevas emociones que amenazaban con abrumarlo.

Janssen sintió una especie de opresión en el pecho.

La empatía que sintió por la difícil situación de aquel hombre le trajo a Alice a su mente.

Intentó apartar la imagen, pero siguió sintiéndose culpable.

La había dejado de lado en exceso últimamente.

Tenían ante ellos un hombre que estaba intentando comprender con desesperación que nunca iba a volver a ver a la mujer que amaba.

Eso le tocó al inspector la fibra sensible.

Percibir aquello le impactó. Se dio cuenta de que Tamara lo estaba mirando con preocupación.

La inspectora jefe entrecerró los ojos, y él hizo un gesto con la mano para indicarle que ya se había vuelto a concentrar.

—«Velad y orad para no caer en la tentación.

El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil» —susurró Martin, que levantó la cabeza y miró a Tamara a los ojos—.

Mateo, capítulo veintiséis, versículo cuarenta y uno.

Sabias palabras… Pero una vida de devoción y oración no me ha preparado para resistir como pensé que resistiría. Soy un hombre débil y malo.

—Es usted un hombre —dijo Tamara, aunque Martin pareció no haber oído el comentario. Si lo había hecho, no reaccionó.

Asegurándose de que Martin no lo viera, Janssen miró a Tamara y le dijo «gracias» con los labios. El brillo de los ojos de la inspectora le indicó que lo había entendido.

Martin sorbió ruidosamente por la nariz y miró al otro lado de la habitación, hacia la mesita de noche.

—Susan me pidió un favor —afirmó, volviendo a mirar a Tamara, que estaba a su lado—. Dijo que tenía que irse a casa, pero que, por el momento, nadie podía saber que iba a ir allí. Nadie de la comunidad, pero tampoco nadie de su antigua vida en Norfolk.

—¿Le contó por qué? —preguntó Tamara.

Martin negó con la cabeza.

—La verdad es que no. Me dijo que era peligroso. Yo quise saber por qué, claro, pero no me lo explicó. Me aseguró que volvería en cuanto hubiera terminado todo. Que nosotros… podríamos irnos. Empezar de cero.

—¿Qué le pidió?

Martin volvió a mirar al suelo.

—Necesitaba alquilar un coche. Como les he dicho, tengo acceso a todos los documentos de la comunidad.

—Barbara Keller —dijo Janssen.

Martin levantó la vista y asintió.

—No vi que le hiciera ningún daño a nadie. Quiero decir, a Barbara no le iba a importar… Y, además, Susan y ellas fueron muy amigas hasta el final. Si Susi se lo hubiera contado a alguien, habría sido a ella.

—¿Susi? ¿Era un apodo? —preguntó Tamara.

Martin sonrió.

—Lo reservaba para aquellos a quienes quería… O quizá para aquellos que ella sentía que la querían.

—¿Le pidió algo más?

—No, la verdad es que no. Intentamos idear una razón creíble por la que tuviera que alejarse de la comunidad durante algún tiempo sin levantar sospechas. Me temo que no he sido de mucha ayuda con eso. No se me da bien engañar a la gente.

Janssen pensó que era más bien al contrario. El hombre había logrado mantener en secreto una aventura durante bastante tiempo dentro de una comunidad muy cerrada. Podría decirse que se le daba mejor de lo que pensaba.

—¿Qué razón se le ocurrió a Susan? —preguntó Janssen.

Martin negó con la cabeza.

—No lo sé. Pero hay algo más —dijo Martin, que volvió a mirar la mesita de noche—. Me dijo que, si alguna vez le pasaba algo, todas las respuestas estarían en su diario. En ese momento me pareció algo extraño, pero ahora quizá… Quizá sea eso lo que tengan que examinar.

Janssen se acercó a un lateral de la cama.

Se puso un par de guantes de látex que guardaba en el bolsillo de la chaqueta para ocasiones como aquella, se inclinó y abrió el cajón con cuidado.

Estaba vacío. Metió la mano hasta el fondo del cajón y rebuscó por si acaso estuviera escondido dentro, pero allí no había nada.

Comprobó si había algo en el fondo o si se había caído detrás de la mesita, pero se sintió decepcionado al no encontrar nada.

Miró a Tamara y negó con la cabeza. Se agachó en el suelo y miró debajo de la cama, pero tampoco obtuvo ningún resultado.

Se arrodilló, miró a Martin y a Tamara y se encogió de hombros.

—Nada.

—No lo entiendo —dijo Martin, que se acercó para ver por sí mismo.

—Preferimos que no toque nada. Por si acaso —dijo Janssen, que levantó una mano para detener el movimiento de Martin.

El hombre frunció el ceño.

—¿Le contó qué había en el diario? —preguntó Tamara.

—No. Solo que lo explicaría todo.

—¿Quién más podría saber de su existencia? —preguntó Janssen.

Martin se encogió de hombros.

—Que yo sepa, nadie. Esto es muy extraño. No lo entiendo.

—La casa estaba abierta cuando llegamos. ¿Siempre está así? —preguntó Janssen.

—Sí, claro. ¿Por qué íbamos a cerrar con llave las puertas dentro de nuestra comunidad?

—Para guardar un secreto —dijo Janssen, siendo muy consciente de la ironía.