CAPÍTULO 11
Gretta se levantó de su asiento. Janssen le ofreció su brazo para ayudarla y ella aceptó la oferta con gentileza.
Una vez de pie, la mujer le dio una palmada suave en el antebrazo en señal de agradecimiento, se dirigió hacia la puerta y los guio de vuelta hasta la cocina.
La comida había terminado y el grupo estaba recogiendo.
Aquello era un hervidero de actividad en el que todos desempeñaban alguna función.
Nadie les prestó atención cuando entraron en la dependencia, una diferencia notable con respecto a cuando habían llegado.
Gretta se abrió paso entre la gente hasta llegar a un hombre.
Le colocó suavemente una mano sobre el hombro y lo alejó con delicadeza de los demás.
—Este es Martin —les dijo, con la mano aún posada sobre su hombro.
El hombre les sonrió, pero parecía una expresión forzada.
Enseguida apartó la mirada de Janssen, aparentemente prefiriendo encontrarse con la de Tamara Greave.
Era un hombre delgado, con entradas y una calvicie incipiente; se dejaba crecer el pelo de la parte superior de la cabeza sobre la frente para ocultarlo.
Su cabello castaño era liso y fino, y no cabía duda de que, de estar al aire libre, se levantaría con el viento.
Martin tampoco era demasiado alto, algo que no resultaba especial para Janssen, pues dada su estatura, tenía esa sensación con mucha frecuencia.
Sin embargo, aquel hombre era más bajo que la media.
—Martin se encarga de toda nuestra administración, tanto aquí en la comunidad como en el negocio —explicó Gretta—.
Él les mostrará dónde vivía Susan y es la persona más indicada para aclararles cualquier duda que puedan tener.
Ha sido un placer recibirlos, aunque haya sido en circunstancias tan terribles.
Antes de que ninguno de los dos pudiera responder a la mujer, Gretta le indicó a Martin con un gesto que se pusiera en marcha, y el hombre los condujo hacia la puerta de inmediato.
La señora se dio la vuelta y se alejó para supervisar los últimos detalles de la limpieza de la cocina.
A Janssen le sorprendió lo educada y, al mismo tiempo, lo distante que podía ser.
Martin les habló con un tono de voz inesperadamente rotundo. Su estatura y su porte sugerían que su voz sería bastante más débil y suave.
—Por favor, acompáñenme —les indicó, y se puso en marcha sin mirar atrás para ver si lo seguían.
Janssen miró a Tamara, que levantó una ceja en respuesta, pero no dijo nada.
Una vez en el exterior, una fría brisa los azotó y, como era de esperar, levantó el pelo de Martin.
El hombre los guio a través del patio hasta la última propiedad, una casa adosada de ladrillo de dos plantas.
Las casas se encontraban más allá del complejo de graneros más grande y Janssen supuso que originalmente se trataría de cabañas construidas para los trabajadores de la granja.
Eran viejas, el ladrillo de la base de las paredes parecía estar desmoronándose y se notaba que se habían realizado algunas reparaciones con anterioridad.
Al acercarse a la última propiedad de la fila de casas, Martin alcanzó el pomo de la puerta y la abrió; luego, se hizo a un lado para dejarles entrar primero.
A Janssen le sorprendió que la casa estuviera abierta.
La puerta daba a una de las dos habitaciones de la planta baja y Janssen miró a su alrededor.
Había un sofá pequeño colocado contra una pared, con una mesita auxiliar al lado.
Sobre ella había un par de libros y una revista.
Un reloj ruidoso hacía tictac y junto a él colgaba un barómetro, cuya aguja estaba clavada en la zona denominada «variable».
En la pared contigua había un cuadro que representaba una escena de una cosecha.
La habitación tenía una chimenea sin cerramiento que, por su aspecto, parecía que todavía se utilizaba mucho.
El olor a hollín y el ennegrecimiento alrededor de la rejilla así lo demostraban.
Había un radiador bajo la única ventana que daba al frente, y una serie de tuberías que recorrían la pared hacia arriba hasta desaparecer en el techo.
A pesar de que había calefacción, la casa estaba fría y podía verse una mancha grande de humedad en una esquina que crecía en el punto en el que se unían dos paredes.
A Janssen le llamó la atención lo espartano de aquel lugar.
No había televisión. No había ningún aparato para reproducir música.
—¿Dice usted que nadie ha tocado nada de esto?
Martin negó con la cabeza.
—Está tal y como lo dejó Susan —respondió Martin—.
Me encargo de la administración de toda la comunidad.
Eso incluye las viviendas, el mantenimiento, los turnos de trabajo…
En realidad, podría decirse que soy el gestor de los recursos humanos del negocio y de la comunidad.
Probablemente sepa cualquier cosa que se les pueda ocurrir.
—Gretta también mencionó eso del negocio. ¿Qué es lo que hacen aquí?
—Tenemos unas instalaciones en las que producimos alimentos éticos. Cultivamos nuestros propios productos, pero la mayor parte de lo que envasamos y comercializamos proviene de nuestra red.
—Una red de los hermanos de Plymouth… ¿Cómo las llamaban? ¿Asambleas del Evangelio?
Martin se rio.
—No, no somos tan exclusivos, desde luego que no. Nos abastecemos de proveedores éticos.
—¿No le gustaba a Susan coleccionar cosas? —preguntó Tamara, que estaba echando un vistazo a la habitación—. ¿Pasaba usted mucho tiempo aquí con ella como para saber si se ha llevado algo?
—Casi todas las cosas que puede ver han estado siempre aquí. Susan no necesitaba nada material.
Martin pasó junto a ellos para adentrarse en lo que era un pasillo estrecho que atravesaba la estancia y que terminaba en la cocina.
Ambos lo siguieron hasta allí. Era muy básica.
Había media docena de armarios situados en dos paredes, todos revestidos de madera de pino y pintados de blanco.
Encima del fregadero había una ventana y Janssen se acercó para mirar a través de ella.
Pudo observar una serie de tierras de cultivo abiertas.
No había ni jardín ni ningún otro tipo de espacio individual disponible para ninguna de las propiedades, por lo que el inspector pudo ver.
—Aquí viven de forma muy colectiva, muy en comunidad ¿correcto? —preguntó.
Martin inclinó la cabeza, con una expresión en su rostro que parecía querer transmitir que aquella pregunta había sido un tanto absurda.
—Sí, por supuesto. La vida fuera de nuestra comunidad es una vida de obstinación controlada por el ego y el deseo. Aquí, actuamos como un solo ente.
Esa respuesta parecía ensayada, como si la hubiera repetido muchas veces de la misma forma indiferente, natural y desapasionada.
Martin, que aún no había mirado a los ojos a Janssen, señaló con la mano abierta las escaleras que salían de la cocina.
El inspector comenzó a caminar por delante de los demás.
Las escaleras eran increíblemente estrechas, incluso para una persona no tan corpulenta como él.
Sus hombros casi rozaban las paredes a ambos lados mientras iba subiendo los escalones.
El rellano era pequeño y daba acceso a un dormitorio, un cuarto de baño y otra habitación diminuta que solo servía como trastero.
Janssen abrió la puerta de esta última estancia y se asomó.
Dentro había cajas típicas de mudanza, junto con una lámpara vieja y algunos cuadros.
Por el aspecto que tenían las cosas, debían llevar allí bastante tiempo, a juzgar por la cantidad de polvo que se había acumulado.
El inspector salió de la habitación y se reunió con Tamara y Martin en el dormitorio.
La inspectora jefe estaba echándole un vistazo al armario.
Se apartó para que él pudiera ver el interior.
Había ropa colgada en perchas o doblada cuidadosamente sobre los estantes. Janssen se giró hacia Martin.
—Gretta nos ha dicho que Susan había abandonado la comunidad.
—Sí, se fue a finales de la semana pasada. La espero de regreso pronto.
El inspector intercambió una mirada rápida con Tamara, que entrecerró los ojos. Gretta había sido mucho menos específica.
—Gretta nos ha dado la impresión de que no esperaban que Susan volviera —afirmó Janssen.
Martin parecía confundido.
—No, no, en absoluto. Estoy seguro de que volverá. Eso es lo que ella me dijo.
Algo en la expresión del rostro de Janssen debió alertar a Martin, porque su gesto cambió.
—¿Qué pasa? ¿Por qué están interesados en Susan? ¿Está bien?
—Lo siento, Martin —dijo Janssen, manteniendo un tono neutro—. Me temo que Susan ha fallecido.
El hombre se quedó boquiabierto y miró a Janssen con la mirada vacía.
—Pero… Eso no puede ser… Si ella estaba aquí el viernes por la mañana… —balbuceó, mientras parecía tambalearse sobre sus pies—. Dijo que tenía que… y que luego volvería.
El tono de voz de Martin se agudizó y las palabras comenzaron a escaparse de su boca de forma atropellada, hasta el punto de parecer incapaz de respirar mientras trataba de construir una frase.
Janssen se acercó a él con rapidez y lo sujetó de milagro cuando las piernas se le debilitaron y le fallaron.
Lo agarró firmemente por un brazo y lo ayudó a sentarse al pie de la cama.
Tras unos instantes, la respiración de Martin se estabilizó un poco, volviéndose menos entrecortada.
Janssen miró a Martin de cerca y se dio cuenta de que parecía estar destrozado.
Estaba sentado, con la mirada perdida y las manos juntas en el regazo.
La imagen era la de un niño perdido que no sabía dónde colocarse.
Tamara debió de pensar lo mismo que el inspector, ya que se acercó a Martin, se agachó y le puso una mano sobre la suya para tratar de consolarlo.