CAPÍTULO 10 #2
La señora que les había abierto la puerta los condujo a través de un camino que discurría por el lateral de la casa principal y pasaba por debajo de un arco de ladrillo cubierto de hiedra.
La mujer repelió estoicamente cualquier intento de conversación, aceptando ser su guía, pero poco dispuesta a interactuar con ellos de una manera mínimamente relevante.
Entraron en la casa por una puerta trasera que los llevó hasta lo que habría sido el antiguo lavadero y, a continuación, hasta la cocina.
Cuando llegaron a esta última, se oían voces conversando animadas.
Todos se callaron cuando llegaron a su altura.
Eran un grupo de aspecto normal; habría tal vez entre ocho y diez personas en total.
Todos eran adultos, hombres y mujeres de diferentes edades.
Estaban sentados alrededor de una mesa grande y rectangular, almorzando juntos.
Por el aspecto de las sartenes que había sobre los fuegos y el aroma dulce que flotaba en el aire, la comida debía consistir en sopa y pan recién horneado, y, en el centro de la mesa, había una fuente con quesos.
Tras la reacción inicial a su presencia, un par de personas comenzaron a servirse algo de comida y se reanudó la conversación, aunque ahora un poco más tranquila.
Janssen no necesitó su intuición para saber que estaban invadiendo su espacio.
La que hasta entonces había hecho de guía los dejó y cruzó la cocina para unirse al grupo. Un par de personas continuaron conversando, mientras que el resto miraban a los recién llegados con recelo.
—Son de la policía, Gretta —afirmó la mujer tras acercarse a otra señora de cabello blanco, que Janssen calculó que tendría unos setenta y tantos años. Llevaba un vestido largo negro con cuello blanco, adornado con un collar de cuentas que le colgaba en el centro del pecho—. Preguntan por Barbara.
Un par de personas intercambiaron miradas, pero nadie habló.
Gretta los miró a los dos y les esbozó una sonrisa cálida.
Con la ayuda de otra persona, echó hacia atrás la silla y se excusó de la mesa.
Aunque a simple vista no parecía estar enferma, Gretta se levantó con dificultad.
Les indicó a los demás que continuaran con su almuerzo, hizo un gesto a los dos detectives para que la acompañaran y salió de la cocina.
El grupo retomó el almuerzo y las conversaciones se reanudaron como si no se hubiera producido ninguna interrupción.
A Janssen le resultó desconcertante. Estaba acostumbrado a la reacción de algunas personas ante la presencia de la policía, que solía interpretar como resultado de una conciencia culpable. Pero, en aquella ocasión, era algo más que eso.
—Deben perdonarlos —se excusó Gretta, mirando hacia atrás un segundo mientras los guiaba hasta la habitación contigua.
Por su aspecto, parecía una especie de salón de recepción formal.
Allí había al menos una docena de sillas apiladas en un extremo y una mesa rectangular cubierta con un mantel blanco en el otro—.
No solemos recibir visitas muy a menudo.
—Lo hace parecer una especie de comunidad aislada —manifestó Janssen.
Gretta se detuvo, puso una mano en la puerta y les permitió pasar. Luego la cerró y les ofreció asiento junto a una chimenea sin cerramiento.
—Eso es exactamente lo que somos —aseguró la mujer, de nuevo con una sonrisa en el rostro.
Parecía sincera, muy diferente de la reacción que habían tenido todos los demás ante su presencia—.
Como les he dicho, no solemos recibir visitantes.
Por favor, no lo consideren un gesto de descortesía.
Es que solo nos sentamos a comer con los nuestros.
—¿Cómo es eso? —preguntó Tamara, que recorrió con la mirada las paredes que los rodeaban, fijándose en los diversos cuadros.
—No somos un grupo abierto —explicó Gretta—. Solo acogemos a quienes piensan como nosotros. Es nuestra forma de actuar, y así ha sido durante generaciones.
—¿Son miembros de los hermanos de Plymouth? —preguntó Janssen, asegurándose de que su tono no pudiera considerarse despectivo.
—Exacto… —respondió Gretta, que, con su tono de voz, dio a entender que quería que sus interlocutores se presentaran.
—Perdone —respondió Tamara—. Yo soy la inspectora jefe Greave y él es el inspector Janssen. Tenemos registrado que Barbara Keller vive en este lugar. ¿Está aquí hoy? Es con ella con quien necesitamos hablar.
—Me temo que eso va a ser imposible.
Antes de que ninguno de los dos tuviera tiempo de explicarle que la mujer que les había abierto la puerta les había dicho que Barbara estaba allí, Gretta levantó una mano para detenerlos.
—Barbara falleció el año pasado. Llevaba bastante tiempo enferma. Está enterrada aquí, en los alrededores de nuestra capilla.
—Comprendo —dijo Tamara, que miró a Janssen.
—¿Qué querían hablar con Barbara? —preguntó Gretta—. Los ayudaré en lo que pueda.
—Una mujer ha alquilado recientemente un coche en Norfolk usando la identificación de Barbara. A finales de la semana pasada.
—Qué extraño. Comprenderán que no pudo haber sido Barbara —respondió Gretta, que daba la impresión de estar sorprendida ante aquel hecho.
—Aparentemente, no —reaccionó Tamara—. ¿Le dice algo el nombre de Susan Cook?
Gretta entrecerró los ojos y, para Janssen, la reacción al mencionar el nombre de Susan no fue muy bien recibida.
—Sí. Susan pertenecía a la comunidad. Se marchó hace poco.
—¿Puede contarnos por qué? Por su reacción, parece algo… raro. ¿Es así?
Gretta se enderezó en su silla y respiró hondo. Janssen tuvo la impresión de que estaba midiendo su respuesta. No pudo evitar preguntarse por qué.
—Susan era un alma atribulada. Vino hace muchos años.
Nunca comprendí qué fue lo que la condujo hasta aquí, pero se entregó a la comunidad como cualquier otra persona.
En aquella época, y durante los años siguientes, tuve mis dudas de que su camino fuera el mismo que el nuestro.
Debería haber confiado en mi instinto y en las instrucciones de Dios.
Siempre hubo algo en ella que era… diferente.
—¿Qué provocó que se marchara?
—Tuvo que hacerlo —dijo Gretta con tono seco.
—¿Por qué?
—Susan era muy amiga de Barbara, la cuidó cuando ella ya era incapaz de valerse por sí misma.
Creo que la enfermedad de Barbara sacudió la fe de Susan, poniendo de manifiesto la debilidad real de sus creencias.
De todos los miembros de la comunidad, ellas eran las dos únicas personas que no vivían en unión. Aparte de los niños, claro.
—¿Se refiere a un matrimonio? —quiso aclarar Janssen.
Gretta asintió.
—¿Sabía que Susan estaba casada? —preguntó Tamara.
La mujer pareció descolocada.
—¡No! Y debo admitir que me sorprende. Si es así, lo ocultó muy bien. ¿De qué se trata todo esto? ¿Se ha visto involucrada Susan en un accidente o algo así?
—Me temo que tengo que contarle que Susan ha fallecido. La asesinaron el fin de semana pasado.
Gretta soltó un grito ahogado y perdió el control por un instante.
—Dios mío. Eso es terrible. ¿Quién podría perpetrar algo tan atroz?
—¿Cuánto tiempo hace que se marchó de la comunidad? —preguntó Jansen.
Gretta ladeó la cabeza.
—Hace poco.
—¿Dejó algo aquí? ¿Algunas de sus pertenencias? —insistió, mirando a su alrededor.
—Sí, creo que sí. No hemos reasignado el espacio en el que vivía a ninguna otra persona, así que creo que todo estará tal y como estaba cuando nos dejó.
—¿Podríamos verlo? —preguntó el inspector.
Gretta lo miró durante un instante. Daba la sensación de estar evaluando la solicitud. Tamara intervino.
—Siempre podemos volver con una orden de registro para todo el recinto —afirmó la inspectora jefe con una sonrisa en la boca.
Gretta la miró fijamente.
—No hay necesidad de amenazas implícitas, señorita. Haré que alguien los acompañe al lugar en el que vivía Susan y podrán hacer lo que deseen.
—Gracias —dijo Janssen, con una sonrisa cálida en el rostro.
Sin embargo, Tamara permaneció impasible.