Expiar nuestros pecados (Inspector Tom Janssen 3) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La localidad de Sleaford estaba situada al borde de los humedales, un área muy extensa que, antes del drenaje llevado a cabo a lo largo de tres siglos, era mayoritariamente una zona pantanosa y propensa a las inundaciones.

En consecuencia, el paisaje que se encontraron una vez hubieron salido de Norfolk y encaminado hacia Lincolnshire era en gran medida agrícola, con pocos elementos distintivos que pudieran servir como puntos de referencia.

Tom Janssen estaba preocupado mientras conducía junto a Tamara Greave hasta la dirección que tenían de Barbara Keller.

Aunque el caso, por oscuro que fuera, estaba suponiendo una distracción agradable de su vida personal, no dejaba de pensar en Alice y Saffy.

Sabía lo que Alice quería. Al menos, eso creía.

No tenía claro si estaba preparado para dar el paso que ella esperaba.

Pero ¿era su propia determinación lo que lo tenía inquieto o tal vez la falta de seguridad en sí mismo?

—Esta zona es un poco aburrida, ¿no? —dijo Tamara, devolviéndolo a la realidad.

—¿Cómo dice? —respondió el inspector, que se dio cuenta de que había desconectado por completo y no sabía ni cuántos kilómetros llevarían recorridos.

—La zona. Es monótona. Sé que hay humedales, pero la verdad es que no he venido mucho por aquí. Bien podríamos estar en los Países Bajos.

Janssen sonrió al escuchar esa mención a la tierra natal de sus antepasados.

De niño había visitado muchas veces Frisia, al norte del país, lugar de procedencia de su abuelo.

A pesar de esos fuertes vínculos familiares, su conocimiento sobre el idioma distaba mucho de ser perfecto y lo único que podía hacer era defenderse como buenamente podía.

Llevar el apellido familiar seguía siendo su mayor logro.

En fin, Tamara tenía razón. Si no fuera porque las señales de tráfico estaban en su idioma, sentiría que estaban recorriendo la campiña holandesa.

—Trajeron a un holandés para que dirigiera el drenaje de los humedales, ¿sabe? Es una zona preciosa del país.

—Si usted lo dice —respondió Tamara, mirándolo de reojo—. Demasiado tranquilo para mi gusto.

—Y lo dice una mujer que acaba de mudarse al norte de Norfolk —replicó Janssen de forma divertida.

—En Norfolk hay más cosas. La costa. Las playas.

—Lincolnshire tiene playas.

—Estas zonas pantanosas tienen niebla húmeda y marismas —replicó la inspectora jefe, que echó la cabeza hacia atrás, se llevó las rodillas al pecho, se estiró y colocó los pies sobre el salpicadero.

No era la primera vez que hacía eso en el coche de Janssen.

Al menos en esa ocasión se había quitado primero los zapatos.

El inspector seguía maravillándose de la capacidad de su compañera para hacerlo.

Debido a su estatura, para Janssen era imprescindible viajar en un coche grande; pero, aun así, no podía ni siquiera contemplar la idea de adoptar esa postura.

—¿Va a contarme qué le pasa? —preguntó Tamara sin mirarlo a los ojos—. No pensaba preguntárselo, pero bueno, afrontemos la realidad, soy una persona cotilla. Creo que es algo que viene con la placa.

Janssen miró al otro lado.

—¿A qué se refiere?

—Vamos, Tom. Lo conozco lo suficiente como para saber que hay algo que le preocupa y no es el caso en el que estamos trabajando. Ayer estuvo un poco brusco con Eric.

El inspector se encogió de hombros de forma casi imperceptible.

—Quizá lo estuve —reconoció, frunciendo el ceño—. Probablemente le estamos exigiendo demasiado al no contar con un sargento. Está haciendo un gran trabajo. No me había dado cuenta. ¿Cómo va el tema de conseguir un sargento?

—Buen intento de desviar la atención, Thomas. Dígame directamente que me ocupe de mis asuntos si lo prefiere —dijo Tamara—. Si yo tuviera problemas de autoestima, pensaría que tiene algo que ver conmigo.

—¿Con usted? ¿Por qué iba a tener algún problema con usted?

—No lo sé —dijo Tamara en voz baja. Janssen percibió su reticencia y pensó que ella ya debía haber considerado aquella idea—. Quizá por haber aceptado el ascenso. Después de asumir el puesto, me enteré de que también era candidato para el mismo.

Janssen negó con la cabeza. La decisión de Tamara de asumir el puesto de inspectora jefe no le suponía ningún problema. Ella se lo merecía; posiblemente, era mejor candidata que él.

—Nunca me postulé activamente para conseguir el puesto.

Volver aquí no tuvo nada que ver con mi carrera —afirmó el inspector, sin apartar la vista de la carretera.

Tras decirlo, pensó que, quizá, el hecho de no haber insistido lo más mínimo había sido una de las razones por las que no lo habían elegido.

—Entonces, ¿por qué regresó? —preguntó Tamara.

Una vez más, Janssen se encogió de hombros.

—Ah, no lo sé… Una vida más tranquila, quizá.

Janssen la miró y se dio cuenta de que la respuesta no la satisfacía.

—A veces la vida te pone cosas en el camino y es bueno dar un paso atrás y reevaluarlo todo. ¿Sabe a lo que me refiero?

Tamara lo observaba. El inspector no sabía si su compañera lo había entendido o si estaría pensando que se había intentado escaquear un poco con aquel comentario.

De ser lo segundo, entonces era tan inteligente como él pensaba, porque la realidad era esa, que había intentado eludir la respuesta.

Tamara lo miró fijamente durante un momento y, a continuación, se giró hacia la ventana para contemplar el paisaje que por el que iban avanzando.

Se estaban acercando a Sleaford y Janssen sabía que tenían que salir de la A17.

—Creo que ya hemos llegado —dijo el inspector cuando la autovía terminó en una rotonda de cinco salidas.

—Sí. Coja hacia Lincoln y pronto tendremos que salirnos a la derecha —afirmó Tamara, que bajó los pies y se sentó erguida.

Llegaron a la salida antes de lo que Janssen se había imaginado.

Cruzó hacia el carril contrario y comprobó que la carretera se estrechaba inmediatamente; lógico, pues era una vía que solo se utilizaba para acceder a las granjas.

La carretera asfaltada terminaba en unas puertas que estaban abiertas.

De la puerta de la derecha colgaba un cartel, viejo y desgastado, pero cuyo nombre aún podía leerse bien: «Bluebelle Farm» .

Cruzaron la puerta y se adentraron en un camino de grava.

Los campos de trigo que quedaba a izquierda y derecha estaban ya segados, y había rastrojos y pacas esperando a ser recogidos.

Según iban avanzando, Janssen se preguntó si se trataría de una finca todavía en activo o si algún terrateniente mayor la habría absorbido, como había ocurrido con tantas otras explotaciones pequeñas durante los últimos años.

El camino descendía y rodeaba un bosquecillo pequeño antes de que varias construcciones aparecieran a la vista.

El caserío original dominaba el paisaje, pero al acercarse aún más se hizo evidente que los edificios anexos estaban muy en uso.

Otra puerta les impedía acceder a un patio grande y rodeado por lo que en su día habrían sido graneros utilizados para el almacenamiento, los productos agrícolas y el ganado.

Ahora parecían estar destinados a un uso residencial.

Cada sección del inmueble reconvertido tenía una placa nominativa junto a la entrada, con letras de latón fijadas sobre un fondo de madera.

Janssen apagó el motor y ambos se bajaron del coche.

El día estaba nublado y caía una lluvia suave acompañada de un viento racheado.

Esta vez, Tamara había llevado su abrigo: una chaqueta de senderismo para climas de todo tipo que cogió de la parte de atrás del coche.

Se la puso mientras se acercaba al inspector, y ambos miraron a su alrededor.

Había coches en el patio y, a pesar de que la granja parecía haber sido reconvertida en un espacio habitable, todavía se podían contemplar vehículos agrícolas.

Seguían trabajando la tierra, en mayor o menor medida.

—¿Puedo ayudarlos en algo? —les preguntó una voz desde su izquierda.

Janssen se giró y vio a una mujer de pie al otro lado del muro que discurría junto a donde ellos se encontraban y rodeaba la finca.

Vestía ropa adecuada para aquella época del año: una chaqueta encerada hasta la altura de las rodillas y unas botas de agua.

A su lado había un labrador de pelaje dorado que tenía la boca abierta y la lengua colgando a un lado.

Tamara sacó su placa mientras se acercaba para hablar con ella.

—Policía —dijo, mostrando su identificación—. Estamos buscando a Barbara Keller. ¿Está aquí?

La mujer miró atentamente la identificación policial de Tamara y luego observó a Janssen. El inspector sintió que lo estaba evaluando.

—Sí, me atrevería a decir que sí. Les abriré la puerta. Pueden aparcar el coche junto a la casa principal —les explicó, señalando el edificio más grande—. No pueden dejar el coche ahí bloqueando el paso a todos los que quieran entrar y salir.

—¿Cuántas personas viven aquí? —preguntó Tamara, que imitó el recorrido de la mujer desde el otro lado del muro mientras se acercaba a la puerta para abrirla.

—Unas cuantas —respondió.

Janssen pensó que aquella era una respuesta evasiva, y bastante descortés, a una pregunta informal. El inspector volvió al coche, arrancó y esperó a que la puerta se abriera del todo para pasar.

Aparcó en el extremo más alejado del patio y salió del coche justo cuando otra silueta apareció desde un cobertizo que quedaba a su derecha.

La persona desapareció de su vista con rapidez, tras haberles echado un vistazo rápido a los recién llegados.

Janssen estaba seguro de que también había visto moverse un visillo en la propiedad más cercana, pero no pudo ver a nadie detrás de él.

El movimiento podría haber sido fácilmente el resultado de una corriente de aire.

Sin embargo, sintió que los estaban observando mientras caminaban.