CAPÍTULO 9 #2
— «Localizado». ¿Está sugiriendo el forense que podría ser el resultado del uso de un arma? —preguntó Janssen—. ¿Quizá un martillo?
—Es muy posible, sí. Aunque, a decir verdad, en ese punto concreto del cráneo no haría falta demasiado para causar una lesión.
Un niño de cinco años con un martillo pequeño bastaría para provocarla.
No haría falta aplicar mucha fuerza, por lo que la lesión de la víctima podría ser el resultado tanto de una caída como de una agresión.
Es razonable asumir que alguien quería asegurarse de que no sobreviviera tirándola al agua.
—Incluso aunque nadie lo hubiera hecho, es muy probable que hubiera muerto de todos modos.
Por debajo del punto de impacto es donde el cerebro conecta con la médula espinal, las venas y las arterias.
La autopsia ha revelado una hemorragia cerebral masiva.
Las reacciones corporales tras entrar en contacto con el agua bien podrían haber sido automáticas, completamente involuntarias.
El doctor Bellington cree que la mujer no habría sido consciente de estar sumergida.
—Entonces, está claro —dijo Eric en voz alta, verbalizando lo que todos pensaban—. Fuera cual fuera la causa, Susan Cook fue asesinada.
—¿Hay algún indicio de agresión sexual? —preguntó Janssen.
—No. El informe indica que no hay pruebas de lesiones en el cuerpo que apunten a ello.
—Eso prácticamente excluye la posibilidad de que el ataque tuviera un móvil sexual.
—Aunque las agresiones sexuales tienen que ver con el poder y no con la estimulación erótica —replicó Tamara. Janssen asintió—. También es importante destacar que Susan padecía un cáncer avanzado.
—¿Cómo de avanzado? —preguntó Janssen.
—Tenía múltiples tumores en el estómago, el hígado y el intestino.
«El tamaño y la diseminación de los tumores muestran la agresividad de la enfermedad y sugieren que el tratamiento ya había sido interrumpido» —leyó Tamara—.
Volviendo a los archivos, Eric, ¿a qué personas cercanas a Susan se mencionan en ellos?
¿En quiénes se fijaron los investigadores cuando pensaron que había muerto?
Eric consultó sus notas. Había investigado aquello, ya que el suicidio era la conclusión final implícita debido a la falta de pruebas. Tras examinar los hechos, la mayoría de los involucrados en la investigación concluyeron que se trataba de un desenlace circunstancial, pero no era la única teoría.
—Inicialmente, el agente encargado de la investigación del caso interrogó a los compañeros de trabajo de Susan, pero ninguno de ellos aportó nada relevante.
Tenía dos trabajos. Uno a tiempo parcial, en el bar de un club de golf de la zona.
Gozaba de popularidad entre los demás trabajadores y los clientes, pero a todos los interrogados les costó mucho poder ofrecer muchos detalles sobre su vida.
Todos pensaban que era bastante tímida y callada —dijo Eric, leyendo de su cuaderno—.
Los otros trabajos eran a tiempo completo.
Estuvo empleada en varios puestos en el comercio minorista, pasando por diferentes tiendas y negocios.
En el momento de su desaparición, ostentaba un cargo de supervisora básica, pero tampoco se relacionaba con nadie fuera del trabajo.
Eso se consideraba raro, porque los trabajadores solían trabajar y socializar juntos.
Imagino que, con los horarios de trabajo que tienen, es probable que se enfrenten a las mismas limitaciones que nosotros con respecto a su tiempo libre.
—Eso es verdad —concedió Tamara.
—Como ya sabréis a estas alturas, investigaron al marido —explicó Eric—. Tenía en su historial delitos relacionados con drogas, agresión y un periodo de seis meses de cárcel por robo. Su abogado pidió que valoraran otros doce cargos adicionales a la hora de dictar la sentencia.
—Robaba en casas para financiar su adicción —dijo Tamara de manera distraída.
Eric asintió.
—Eso parece. Ser el marido de Susan lo convirtió en el principal sospechoso del caso, pero tenía una coartada irrefutable para la noche de la desaparición de su mujer.
Se había llevado a su hijo a casa de un amigo y, a pesar de que los presentes eran consumidores habituales de drogas, todos dijeron que él estuvo allí y que no se marchó en ningún momento.
No se halló ninguna prueba que vinculara a Simon con la desaparición de Susan.
—¿Alguien más? —preguntó Janssen.
—No, nadie sospechoso. Tenía un par de amigas de la zona con las que se habló. Al parecer, era muy amiga de una mujer llamada Sarah Caseley. Eran buenas amigas de la infancia.
—Simon nos ha hablado de ella y de otra, Tara no sé qué —afirmó Janssen.
Eric revisó sus notas.
—Sí, será Tara Byrons. Creo que trabaja en un colegio de la zona.
—¿Crees o lo sabes? —preguntó Janssen. El inspector arqueó una ceja en un gesto seco mirando a Tamara.
—Lo comprobaré lo antes posible —dijo Eric, con aire desanimado.
—¿Qué opinaban los amigos sobre todo esto? —preguntó Tamara.
—No hay nada destacable en el expediente que indique que supieran algo de su desaparición o de sus planes para marcharse.
—¿La otra sigue por aquí? Caseley, ¿verdad? —preguntó Tamara.
Eric dudó y desplazó la mirada velozmente hacia Janssen.
—Lo comprobaré —respondió, tomando nota.
—Tendremos que volver a visitar a esas personas, a ver si el paso de unos cuantos años les ha servido para tener un poco más de claridad mental —concluyó Tamara—.
Alguien no recibió con demasiado agrado el regreso de Susan.
Quizá una de estas personas fuera la razón por la que se marchó hace nueve años.